Hola. Soy María. Es mi primer día – en la vida – en un gimnasio. Y tengo un par de diagnósticos psiquiátricos que básicamente me tienen un poquito mucho asustada por estar aquí. ¿Me pueden ayudar?

 

Así entré al gimnasio hoy, a principios de enero de 2018.

El día de mi cumpleaños, mi jefe me regaló la membresía, y eso fue en noviembre. La culpa de no usar ese dinero que él invierte me estaba provocando pesadillas. De ninguna manera ni mi jefe mi Annie me hicieron sentir incómoda al respecto, recibí un regalo y yo decidiría cómo y cuándo usarlo. Pero ustedes lo saben, “no te regalan el reloj, tú eres regalado al reloj”.

Tenía varios días pensando en que debía ir, pero ¿a qué hora? ¿Qué llevo? ¿Qué chingados se pone uno cuando va por primera vez al gimnasio? ¿Será normal ir y preguntar cómo se usa una caminadora?

Me puse los tenis, la camiseta de estar cómoda y pues lo demás básicamente era una de mis muchas pijamas que ahora descubro son “active wear”. Antes de entrar les mandé unos IG Stories a ustedes, porque son mi red de protección y mi propósito para hacer cosas nuevas. Inhale bien profundo y entré. Eran algo así como las 11 de la mañana, pensé que habría menos gente, pero no, la verdad es que sí había bastante como para hacerme sentir incómoda. Me presenté en la recepción y para mi suerte, las chicas que estaban trabajando se acordaron de mí y así pude empezar con mi frase introductoria.

“No te preocupes, ahorita te ponemos a trabajar con alguien super relax que no te haga sentir presionada”. Hagan de cuenta que el Cielo se abrió. Julio Alejandro, que tiene 30 años, y que podría ser mi sobrino (como Julio y Alejandro lo son en la vida real), me enseñó a usar una caminadora y me contó que tienen un sistema de emergencia por si te caes para que solita se apague y no te pase nada. Y me dijo: vamos a empezar por lo relax. Y me puse a muy poquita velocidad y me enseñó a modificarla y así fue como hice 20 minutos en la caminadora, a más velocidad de la que pensaba y sin que me doliera nada.

Cuando salí de casa le avisé a Annie, y le pedí que no hiciera mucha fiesta al respecto porque me pone mal eso. Contestó: *Hace fuzz interno*. También era importante para mí que Rich Rueda, mi amigo maratonista que siempre ha sido amable y templado conmigo, y a pesar de ser uuultra corredor jamás me ha dicho: “tú deberías hacer ejercicio”, supiera que por fin lo estaba haciendo.

 

Yo quería sólo caminar, pero como Julio se había ido a comer, ahora Roberto me dijo que haríamos ejercicio en algunos equipos para que empezara a agarrar condición… ¿de qué? No sé. Pero condición.

Nunca me ha pesado mover el cuerpo, tengo la fortuna de ser fuerte sin haberme ejercitado nunca. No fue si no hasta la última vuelta en los aparatos que sufrí mucho. Roberto quería que siguiera trabajando mis hombros, pero le dije que en la vida hay que tener equilibrio, que hiciéramos pierna. Y eso hicimos. Amé que me dejaran trabajar como me sentía cómoda.

No voy a negarlo, eso de sentarte en un aparato donde segundos antes otra persona estuvo sentada… No soy germófoba, pero la verdad el sudor no es algo que disfrute ni en mí. Todos los que se ejercitan ahí cargan una toalla de tela y en cada estación de ejercicio hay cerca una de limpieza: toallas de papel y líquido para que limpies el equipo que usaste después de usarlo. ¿Mi técnica? Usar mi toalla como en playa nudista: me senté en ella cada vez que usé un aparato y además limpié con las toallitas de papel.

La música nunca fue molesta, bastante inocua como para poder leer a gusto a Jesús Ramírez Bermúdez y su Breve Diccionario Clínico del Alma.  En mi última ronda de ejercicio tuve fans: mis entrenadores y las encargadas se acercaban para platicar conmigo y preguntarme por qué no había venido antes; entiendo que es su trabajo fraternizar, pero la verdad se sintió muy bien que me acompañaran, le ayudaron a mi ansiedad.

Cuando se lo platiqué a Annie me dijo espantada: “Ay María, yo jamás hablaría con nadie” Y yo pensé: pos lo difícil ya lo había hecho: salir de mi casa. Ya de ahí en adelante es rete fácil.

Mi adorado Diego me escribió por Whatsapp y me mandó un video hermoso que después, muy valientemente, porque a él le cuesta mucho trabajo ser público, lo posteó en nuestra página de Facebook y en nuestro Twitter. Se los comparto.

Los maestros de yoga siempre dicen que uno debe hacer hasta donde no duela, pero un poquito más de dónde no sea cómodo. O algo así. Yo sé que cada que he tenido una recaída de depre, de agorafobia, de miedos, si me exijo un poquito más de lo que creo que puedo hacer, es más fácil salir adelante. O salir atrás. Con las emociones uno no sabe a dónde sale, pero el chiste es salir.

Ir a un gimnasio es una cosa que siempre me provocó ansiedad. Mi sobrina Natalia me llevó al suyo en Boston, para acompañarla y tomar una clase de yoga. Eso ya lo había hecho acá y no me asustaba. Y fue horrible. Boston es ultra white y por más que formen parte de la sociedad más educada de Estados Unidos, siguen siendo gringos y ven a cualquier persona morena como algo raro, algo que no debe estar ahí. Siempre he admirado muchísimo a mi sobrina que aquí era blanquísima para todos, pero allá es absolutamente brown y sí, han habido muchas ocasiones en que se lo recuerdan.  No me sentí cómoda un segundo durante esa clase. La presión de las miradas y de no hacer sentir después avergonzada a mi sobrina me hicieron sentir muy mal.

Hoy fue muy diferente. Ciertamente tengo 15 años más… Me conozco mejor, sé con seguridad absoluta, que del suelo uno nunca pasa, estoy segura de quién soy y de mis ventajas, cualidades, desventajas y “defectos” (uno de ellos es que soy muy soberbia, entonces creo que no los tengo, digamos que lo mío son toques de carácter para no ser plana… JAJAJAJA). Fue cansado. Fue doloroso físicamente. Fue incómodo por momentos y en cuanto sentí la incomodidad, me la sacudí recordando: cada minuto que pasas aquí, es un minuto menos de dinero tirado a la basura.

Los muchachos del gimnasio quieren que vaya mañana… ya veremos.