Desde el diagnóstico, me resulta muy fácil decir: «tengo agorafobia” y de verdad creo que la afirmación es suficiente para explicarle a otra persona qué me pasa… pero no. Las palabras se gastan, las que engloban conceptos, aún más. No es lo mismo malentender qué significa “saltar” que qué significa “agorafobia”.

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No tengo idea de cuántas veces me he querido suicidar. Lo que sí sé, es cuáles han sido las únicas palabras que me han detenido de hacerlo una vez.

 

Tomen en cuenta que nunca como ahora había sido taaan abierta con mi idea compulsiva sobre el suicidio. Nunca. Nadie me lo creería, pero me tomó mucho tiempo entender que había millones de personas como yo: deprimidas, que andamos por la vida sin entenderla, sin darle el golpe, así que no era algo que hablara con mucha gente.

Eso sí, intenté hablarlo muchas veces y nunca fue… lo que esperaba. Y sí, sí se que los locos estamos enfermos de eso, de las expectativas. Tenemos futuritis aguda. Pero ese es otro tema…

Cada que hablaba con alguien, cada que me sinceraba, se me rompía más el corazón. En vez de que me quitaran las ganas, o me calmaran la desesperación, o que me convencieran de que valía la pena vivir por algo (nomás escribir la frase me produce escorbuto en la elegancia de mi amargura), terminaba convencida de que debía suicidarme. Si no lo hice, es porque me ejercito demasiado.

 

Qué NO decirle a alguien que está en crisis suicida

 

Que vale la pena vivir. PUAJ. A mí me da asco la frase, pero hay gente a la que le provoca náuseas, hastío, frustración. Nos recuerda que para muchos hay razones para vivir, y que nosotros no las hemos encontrado, o que las que tenemos no nos mantienen sin sufrir todo el tiempo.

Que le echemos ganas que nos pongamos las pilas. ¿En dónde? Neta, ¿en dónde echo las ganas? ¿Si fuera tan fácil como quitarme y ponerme pilas, no creen que a estas alturas ya me habría transplantado una maldita pila recargable o solar? Lo que intentan decir es justo una de las razones por las que pensamos en suicidarnos: no sabemos cómo echarle ganas, ponernos las pilas, y nos frustra, y nos hace sentir impotentes ver cómo ustedes sí pueden y nosotros no.

Que pensemos en la gente a la que lastimaremos al hacerlo. Miren, a mí eso me ha detenido, pero porque yo soy una culpígena mayor al grado de querer suicidarme por culpa… hasta que pienso en la persona que saldría lastimada, y entonces vuelve el ciclo y 24 horas después, quiero suicidarme por otra cosa. ¿VEN? Ni a mí me funciona. El suicidio, las ganas de suicidarse no se detienen porque amemos a quienes amamos, o porque no queremos hacerles daño, a veces nos dan precisamente por eso.

Que nunca nos soltarán, y luego soltarnos. No chinguen. Eso no se le hace a nadie, ni a los que sí sienten eso de que vale la pena vivir, pero mucho menos, a quien se quiere suicidar. Tantita madre…  Y es que justo una de las razones o motivaciones detrás de la desesperanza en el suicidio es la soledad dolosa, la que te hace sentir mierda, no como Rihanna sola frente al mundo en el MET Gala y sin acompañante.

Por favor, por más que quieran evitar que alguien se suicide, jamás le prometan que lo cuidarán o que le ayudarán o que lo acompañarán si no pueden hacerlo después y por tiempo indefinido. Sí. Indefinido.

Y cuidarnos no es fácil, y no se nos va a pasar para siempre esta idea de querer morirnos. Y estamos locos, y sí, también somos adorables y seductores y atractivos y mil cosas más pero nadie nos aguanta tanto como para de verdad quedarse para que jamás nos agarre la desesperación y de verdad suicidarnos. E idealmente nadie debería, porque todos tenemos que salir adelante por nuestra cuenta, eso es estar sano… pero aquí estamos locos, y lo sabemos. Así que no prometas lo que no cumplirás.

 

Qué SÍ decirle a alguien que está en crisis suicida

«Aquí estoy». Y no digas más, siéntate junto, y serena tu mente, y no sientas miedo de lo que hagamos. Si tú estás en calma, nosotros nos calmamos.

Acércate, ofrécenos tu mirada, tu mano pero no nos obligues a tomar lo que ofreces. A veces el simple hecho de saber que alguien está intentando conectarse es suficiente luz en esa oscuridad que nos ciega.

Escúchanos, no nos digas nada, sólo escúchanos. Y mientras hablamos, haz que nos demos cuenta que nos escuchas, no te quedes simplemente en silencio. Míranos, asienta, haznos saber que nos estás poniendo atención y que estás haciendo un esfuerzo por entendernos, no por detenernos si no por entendernos.

 

¿Qué me dijeron a mí?

«No por desesperación, mailob» Y eran mis palabras en la boca de alguien que me quiere. Y nunca nadie había usado mis palabras a mí favor, siempre en mi contra. Y nunca nadie me había dicho en una sola frase, con el tono perfecto, con la mirada perfecta, todo lo que necesitaba escuchar.

«Pero entonces, ¿cómo nos vamos a ir de viaje» Y no eran mis palabras, pero eran mis planes en palabras de alguien que tampoco me juzga por vivir siempre en el borde de las ganas locas de aprender a vivir o las ganas histéricas de morir de felicidad o de dolor, pero que ya todo acabe. Alguien que entiende mi desesperación y no se asusta.

Son las únicas dos veces que una frase me detuvo, me distrajo de la obsesión seductora de mandar todo al carajo.

Todas las demás, me he detenido yo, con esa primera frase, o pensando en que le quedaré mal a alguien con un compromiso. ¿Verdad que no suena lógico? ¿Quién en la desesperación del suicidio deja de hacerlo porque el lunes tiene una junta laboral que, de cancelarse, obliga a que más personas se compliquen laboralmente la vida? Yo. Yo soy esa culpígena que ni por morirse quiere darle lata a nadie. Y eso me detiene. Y me voy a vivir, a sentir todo el tiempo que le doy lata a todo mundo y aguanto y aguanto hasta que se llena la olla otra vez y hay que soltar el vapor acumulado.

A veces se libera fácilmente: ir al cine, un sábado en martes, un abrazo de las hadas mágicas de mi oficina. Incluso una comida que me haga sentir cobijada. A veces una canción. A veces ni todo junto. A veces todo se rompe.

El suicidio no es lógico, nos orilla a un estado mental alterado. Por favor, entra con cuidado si quieres rescatarnos de ese infierno. Entra sabiendo que nos estamos quemando, y no queremos quemarte.

 

 

¿Y si no funciona lo que nos dices para calmarnos? ¿Y si nos suicidamos?

Por favor, ten la certeza, de que no es tu culpa. La locura que nos domina no nos deja oír tu desesperación o tu esfuerzo por ayudarnos. Está siempre consciente de que sabíamos que hacías lo mejor que podías, la cosa es que nosotros no tenemos llenadera, nuestro dolor no la tiene y nos consume, y ni tú ni nadie evitaría algo que sólo nosotros podíamos evitar.

Si nos vamos, por favor recuerda el bien que nos hicimos, y no ese último momento en que nosotros, por las razones que hayan sido, no pudimos seguir aquí.

No es tu culpa. Y gracias por insistir.

 

 

Ahora, tú, suicida de confianza.

Sí, tú, que ya van mil veces que lo intentas

o que estás a dos,

o que lo andas pensando.

PIDE AYUDA

 

Tan claramente como puedas. Inténtalo. Igual y sale mal, pero igual sale bien. Y aquí va mi paracaídas por si te sirve de algo: Nunca en desesperación. Nunca. Decide tú, no dejes que la locura decida por ti.

 

A todos nos pega. Vemos una foto, un objeto y nos transporta a un momento importante en nuestro pasado. A la mayor parte de la gente le da por guardar objetos que les recuerdan momentos que les hacen sentir bien al verlos. Y si algún sentimiento incómodo se atraviesa, simplemente se lo sacuden. Ah… la felicidad de ser neurotípico.

Pero nosotros, «los locos, somos otro cosmos», diría mi maestro Oscar de la Borbolla, y los recuerdos son como el teletransportador que nos secuestra del presente y nos lleva al momento mismo donde nació ese recuerdo. «Beam me up, Scotty», y pronto estamos en el pasado, viviendo como si fuera por primera vez ese momento de mierda o de luz que nos llevó a un estado alterado de la consciencia. Porque no, nosotros no tenemos recuerdos, tenemos alientos de vida o de infierno.

Este retrato que ven, lo hizo Jaime Ávila, un gran, GRAN, gran fotógrafo a quien tengo el gusto de conocer hace un par de pares de años y que me ha hecho el favor de interesarse en este proyecto por lo que yo he hecho el esfuerzo de socializar y salir de mi cascarón a una cervecería en la Roma, donde convocó a quien quisiera participar en su serie «Deconstructed«.

¿Ya vieron qué chuladas de retratos? ¿Qué maravillosa capacidad tiene Jaime para capturar el momento más esencial de una persona? Bueno, pos porque la serendipia es como es, Jaime tomó esa foto mientras estaba ilusionada por un día que pintaba complicado, pero que valdría la pena el esfuerzo. ¿Se dan cuenta como mis ojos dudan? ¿Se fijan como en mi expresión hay un: «mejor ponte flojita, porque se avecina un madrazo»?

 

Minutos después de que Jaime tomara la foto, una persona a quien quiero profundamente, me lastimó muchísimo y en público. Horas después, otra persona a quien amo, olvidó que teníamos un compromiso importante porque estaba entrepiernado con una adolescente de trasero monumental; horas después, estaba sola en una sala de cine, en un ataque de ansiedad, viendo una película profundamente importante para mí y que de ahora en adelante será el recordatorio de uno de los días más dolorosos de mi vida.

Al día siguiente las cosas empeoraron, me quedé sin trabajo y entonces el suicidómetro se salió de control y me vi con el frasco de medicinas en la mano pensando: ¿Cuántas de estas serán necesarias para apagarme el CPU?

Estoy escribiendo esto, así que no me las tomé. En vez de eso le avisé a mi roomie que estaba suicida y que necesitaba que me monitoreara (a la distancia, porque no estaba en casa, pero en mi cabeza la idea de que lo supiera me ponía en mente que no estaba chido que me encontrara muerta en la casa y se sintiera por alguna razón responsable); le avisé a una amiga y le fui a un lugar de confianza a fingir que no pasaba nada. No funcionó así que me fui a refugiar a casa de mi amiga. Tampoco funcionó y en la noche me enteré de otra estocada…

Hoy veo la foto que Jaime tomó minutos antes de que sucediera la derrama de eventos desafortunados. Un neurotípico mentaría madres y diría: «puta madre Jaime, ahora estaré en una colección JUNTO A ELY GUERRA con mi cara de estúpida antes de que me diera cuenta de que todo valió madre». Por fortuna, yo estoy loca, soy neuroAtípica y estoy enferma de sobrevivir, de salir adelante. Así que veo en la foto lo que dijo mi querida Fátima: «…en tu foto hay una fuerza que precisamente se preparaba para lo que venía».

 

Vivir es mi deporte menos favorito, y yo odio los deportes. Sobrevivir es una consecuencia de la vida que tengo y me parece nefasta. Y a pesar de eso escribo, y he rescatado decenas ya incontables de animales y he podido ayudar incondicionalmente, dar clase (¿se imaginan? Soy capaz de enseñar algo a otras personas); de tejer, de cocinar, de servir una mesa, de atender y curar a quien amo. ¿Cómo sería si gozara vivir? ¿Cómo sería si sobrevivir fuera una idea lejana que sólo conociera por referencia?

 

Gracias Jaime. Tu foto revela quien soy. Este volcán activo que se cuida mucho de no hacer erupción para no lastimar a nadie, pero que siempre regala paisajes hermosos, dramáticos, pero hermosos.

 

 

La última vez que estuve en cama meses no fue principalmente por la depresión si no por las múltiples enfermedades. Quién sabe qué habrá sido primero si la depresión o las enfermedades, pero lo que realmente me mandó a la cama fue que me atropellaran.

Yo le llamo a esa época El Año del Terror. Fíjense nomás:

  1. Ya diagnosticada, con 8 años y medio de diagnóstico y tratamiento, en un matrimonio estable (con sus problemas, pero estable), con trabajo y sin deudas, me da el telele emocional. De la nada entro en depresión y al mes me acuerdo de un trauma violento que me manda a la lona. Los psiquiatras que me atendían en el Nacional decidieron mandarme más medicina, lo que me puso en zombie. Estuve así un mes, sin dejar de ir a trabajar, pero comenzando a romperme en todo.
  2. Al mes de estar así, el marido dice: «Se me acabó la gasolina, no sé si te amo, ya me voy».
  3. Al mes se van con él dos de mis perras. Ese día entra una gata a mi casa y sus 5 crías.
  4. Al mes se muere una.
  5. Al mes me atropellan.
  6. Al mes me quedo sin trabajo.
  7. Al mes me da bronquitis.
  8. Al mes neumonía.
  9. Al mes recibo la última comunicación de mi ex en un tono que en 10 años me había hablado. Lloro durante una semana sin parar. Como si en ese momento hubiera entendido que tronamos.
  10. Pasarían 4 meses más hasta conseguir trabajo.

 

¿Y cómo sobreviviste María? ¿Cómo le hacías para comer? 

Tengo mucha suerte. MUCHA. A mí me ha ido de la fregada, pero siempre he tenido piso dónde caer. Literalmente, siempre he tenido dónde vivir, y eso es más de lo que el 75% de la población puede decir. Yo jamás he sentido duda de tener casa, JAMÁS. Tengo el 60% del problema resuelto. Cuando uno tiene casa, comer es lo de menos. Sobre todo si además de tener mi privilegio tienes el amor incondicional de alguien. Yo tuve una mamá… digamos, complicada, pero la vida me compensó con mi nana. Ella, aunque yo no tuviera dinero, aunque tiene que viajar 2 horas para llegar todos los días a mi casa, aunque siempre ha tenido menos que yo, iba una vez por semana (los demás días obvio los ocupó para conseguir más casas que limpiar), y me daba de comer, me cuidaba, se aseguraba de que me bañara y me echaba la bendición.

Si tienes casa puedes dormir, y si duermes tu cuerpo se va acostumbrando a todo. Ofrezco disculpas de una vez porque mi visión de este problema es ultra privilegiado, lo que yo les aconseje está mermado por esta riqueza en la que jamás me ha hecho falta un techo. Aún así puedo contarles qué han hecho a quienes conozco que no tienen eso: pedir ayuda.

No es fácil, nadie nos enseña a hacerlo, nadie nos aclara que se tiene metodología para hacerlo (NETA, no hablo desde los vicios que me ha dado trabajar en Publicidad, hasta para pedir ayuda hay que cumplir con un check list).

 

¿Cómo pido ayuda?

¿Has oído eso de que el primer paso es aceptar que eres adicto? ¿O que tienes un problema? Pos por ahí se empieza. Cuando estaba tirada en la cama sin comida, angustiada porque mi nana me daba lo que no tenía, porque mis 8 gatos y mis dos perras no tenían qué comer pensaba: «qué bonito sería no existir, que nada existiera, que todo se evaporara y ser una con el polvo del Cosmos». Ya les he contado que para mí el suicidio no es una salida desesperada, es una puerta seductorsísima, donde todo se soluciona. Así que consciente de ello, tenía que recordar que por mucha tranquilidad que esa imagen me daba, era absolutamente imposible e irreal. Así que a pedir ayuda. Primero, contactar a la gente con la que había trabajado, contarles que andaba sin trabajo y que necesitaba encontrar algo cerca porque no podía caminar mucho y estaba enferma. Que quería trabajar de CM y que no podía con algo más pesado que eso.

Es decir: pedí específicamente algo, y además fui específica dentro de la petición. No dije: «No tengo dinero, estoy enferma, no mames no encuentro la salida». Eso no es pedir ayuda, eso es quejarse, y uno tiene derecho a hacerlo, pero no es pedir ayuda.

Cuando uno se queja sobre lo que nos pasa pero no tiene la humildad de aclarar: «necesito tu ayuda» se está pidiendo de más, estás metiendo al otro en el problema de creer que estás tan mal que tiene que resolverte, que no puedes con eso. Y a lo mejor es verdad, la cosa es que absolutamente nadie tiene por qué resolverte. NADIE. ¿Qué fuerte, verdad? Pasa que por más que el otro esté bien y tenga lo que tú necesites, si te lo da así nomás sin que lo pidas y te hagas responsable de pedirlo y recibirlo, te echa a perder y además, le quitas la certeza de haberte ayudado.

Cuando pidas ayuda, sé lo más claro posible, no sólo en lo que vas a pedir, en qué carajos necesitas. ¿Necesitas casa hoy? ¿Necesitas casa por tiempo indefinido? Pídelo con todas sus letras. ¿Necesitas dinero? Pídelo y aclara para qué y cuándo lo devuelves, si puedes devolverlo, si no podrás. No tengas miedo a no tener nada, tampoco a que te digan: no puedo ayudarte. Ten miedo a no saber qué necesitas, a no poder ver con claridad el desmadre en el que te encuentras, y por lo tanto a no saber por dónde empezar a levantarlo.

 

Cómo sacarle provecho a la ayuda recibida

Una cosa rebonita de pedir con claridad es que recibes lo que necesitas y como ya lo sabías, entonces ya sabes qué hacer con ella. Y se resuelve un problema, y te tomas 5 minutos para disfrutarlo y de ahí sacas fuerza y entonces tienes para resolver lo siguiente. Cuando por fin tuve trabajo, no tenía para comer. Pero no importaba, el trabajo me quedaba caminando, la nana me hacía un bote de arroz con algo y eso comía antes de la oficina y después. Y en la oficina nunca dije mentiras: siempre aclaré que estaba saliendo de una crisis bien pinche y que por favor me dijeran si la estaba cagando, que haría mi mejor esfuerzo para no tomarlo personal y darle.

Y así fue. Obvio, no di el ancho, obvio la cagué, obvio casi me corren, si no pasó es porque antes me ofrecieron un trabajo mejor. Vaya, honren lo que les dan. A mí me dieron trabajo y di todo lo que pude para conseguir sacarlo. La regué, pero la corregí. Y aunque la chamba no era la ideal, la trabajé como si fuera la panacea. Ahí conocí a Annie (y miren todos los años después lo bueno que fue conocerla); ahí conocí a una jefa que me enseñó que el trabajo se toma con seriedad, sin emociones, y se ejecuta, y que ese trato seco no significa que yo esté mal, significa que al trabajo se le quita la emoción para que salga rápido. Ahí me aprendí el alfabeto aeronáutico. Estoy muy orgullosa de eso. También trabajé mi primera cuenta internacional y hacerlo me hizo recuperar el ritmo como para que otro amigo me ofreciera un trabajo mejor pagado.

En cuanto pude recuperarme la nana no sólo recibió un aumento merecidísimo, si no que le compré todo lo que pude y se me dio mi gana. También la saqué de trabajar de sus otros clientes que no la tratan como familia. A quienes me ayudaron invitándome a comer, les invité comida. A quienes me prestaron, les pagué. A quienes me abrazaron, abracé. Y así me llené el vasito de la autoestima y el amor. Y estuve lista para la siguiente caída o cuando alguien más cerca de mí, se cayó.

 

Cuando estés en crisis, cuando estés en el piso, date todo el chance del mundo de llorar, de mentar madres. Incluso puedes pedir ayuda a alguien para que te oiga y no te diga nada, sólo te oiga (Recuérdalo: pide con claridad. Oye, me siento de la chingada, ¿puedes oír todo lo que traigo y no decirme nada?). Mi amiga Nisa y yo tenemos ese acuerdo: «Mana, necesito rant, ¿me lees?» Y ah jijos, no saben cómo sirve.

 

Ya que consigas sacarlo todo organizar tu desmadre, empieza por saber en qué escala de la pobreza estás. Neta, sin pena, aclara dónde estás según la ONU. Procúrate techo, comida, baño. Si tienes esos tres, entonces tienes un momento de disfrutar el alimento, la limpieza, el descanso. Y agarra fuerzas de ahí para revisar qué sigue: ¿Trabajo? ¿Puedes con eso? ¿Qué clase de trabajo puedes hacer? Haz una lista de los trabajos que sí puedes realizar y pide ayuda, búscalos. Y así, como gorda en tobogán: te avientas por el primero y lo disfrutas. Sales de ahí. Vuelves a subir las escaleras. Te vuelves a aventar. Sales de ahí. Vuelves a subir las escaleras. Te vuelves a aventar… Eventualmente podrás decir: ya no más toboganes, ahora vamos a la alberca, a disfrutar.

Mucha gente cree que ser border o bipolar es lo mismo. Es más, mucha gente confunde cualquiera de esos dos diagnósticos con la maniaco-depresión o con la «simple» volubilidad..

 

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«Recaída». Si cierro los ojos, la primera imagen que viene a mi mente es una persona que cae incesantemente en el mismo lugar, como esos videos que se supone nos causen gracia -a mí sólo me atormentan pensando en el dolor y la vergüenza que puede llegar a sentir la persona en cuestión.

Tal vez por eso «recaer» en la crisis de una enfermedad emocional nos causa tanta vergüenza además del dolor y nos provoca un sentimiento de fracaso insoportable. «Tenía un año y medio bien… pero últimamente no me siento bien y creo que voy a tener que volver a tomar medicinas». Ufff. Como si tomarlas estuviera mal, como si tener recaídas fuera un error.

No me canso de repetir que estar diagnosticado con depresión, o cualquier otro padecimiento psicoemocional es exactamente igual de normal que padecer cualquier síndrome o condición fisiológica: gripa, colon irritable, miopía, piel reseca, psoriasis, artritis, migraña, obesidad, colesterol alto… Me puedo seguir, pero me acabo de dar cuenta que no me puse crema y ya me dio comezón (porque tengo Síndrome de Ansiedad Mayor y solita me estoy dando cuerda poniendo imágenes en mi cabeza que no me sirven más que para escribir este post).

Quienes padecemos colitis sabemos, que si no le hacemos caso a la dieta, vamos a pasar el día pedorreándonos y con dolor de estómago y hasta sensación de ardor en el esófago. Quienes somos miopes sabemos que eventualmente vamos a tener que cambiar la graduación, porque la miopía es progresiva, hagamos lo que hagamos. Y nadie nos dice «recaídos», ni nos regañan por ser más miopes, o por tener gripa otra vez. Es más, nos apapachan, nos ayudan a escoger lentes, nos cuentan dónde conseguir micas más delgadas y baratas.

Lo diré hasta que hagamos camisetas: Estar deprimido ES NORMAL. Estar loco ES NORMAL. Recaer ES NORMAL. Estamos vivos y pasamos por ciclos, ¡las plantas lo hacen! Me acordé de esta canción maravillosa de Cole porter:

 

When the little bluebird / Cuando el pequeño pájaro azul

Who has never said a word / que jamás ha dicho una palabra

Starts to sing «Spring, spring» / comienza a cantar: «primavera, primavera»

When the little bluebell / Cuando la pequeña campana azul

At the bottom of the dell / comienza a sonar su badajo

Starts to ring, ding ding / Y suena «ding, ding»

When the little blue clerk / Cuando el pequeño portero del traje azul

In the middle of his work / A la mitad de su trabajo

Starts a tune to the moon up above / Comienza a cantar una tonada a la luna allá arriba

It is nature, that’s all / es natural, eso es todo

Simply telling us to fall in love / simplemente nos está diciendo que nos enamoremos

And that’s why birds do it, bees do it / Y por eso los pájaros lo hacen

Even educated fleas do it / hasta las pulgas educadas lo hacen

Let’s do ii, let’s fall in love / Hagámoslo, enamorémonos

In Spain the best upper sets do it / En España, los más adinerados lo hacen

Lithuanians and Letts do it /En lituania, los lituanos lo hacen

Let’s do it, let’s fall in love  / Hagámoslo, enamorémonos.

The Dutch in old Amsterdam do it / Los holandeces en Amsterdam lo hacen

Not to mention the Finns / Y ni siquiera mencionemos a los finlandenses

Folks in Siam do it– / Los tipos en Siam lo hacen

Think of Siamese twins / Piensen en los gemelos siamesess

Some Argentines, without means, do it / Algunos argentinos, incluso sin intención lo hacen

People say in Boston even beans do it / La gente dice que en Boston hasta los frijoles lo hacen

Let’s do it, let’s fall in love / Hagámoslo, enamorémonos.

 

Más allá de que Cole Porter estaba tratando de salir del clóset de manera lírica, estaba intentando explicarle al mundo que lo que él sentía (que en esa época era considerado una enfermedad) era NA-TU-RAL.

 

Es perfectamente normal tener recaídas, es parte de estar vivo: llega la naturaleza con su primavera y a nosotros los depresivos apocalípticos nos entra la angustia y el fastidio humano de pensar que todo mundo se apareará y quedará embarazado en este planeta. Llega fin de mes y todos, deprimidos o no, nos sentimos incómodos y frustrados y luego, deprimidos, porque el dinero no alcanza y la publicidad, el sistema y los prejuicios nos han hecho sentir que valemos sólo por la cantidad de dinero que atesoramos. Es normal. Even educated fleas…. recaen. 

Un día tuvimos la suerte de aceptarnos deprimidos, nos tratamos y con mucho esfuerzo salimos adelante. Por favor, tengamos el mismo cariño hacia nosotros mismos y aceptemos que tal vez recaímos, o recaeremos y que es parte de estar vivo, y que otra vez, lo reconoceremos, lo trataremos, y con mucho esfuerzo, saldremos adelante.

 

«¿Pero cuándo se va a acabar, María? ¿Por qué carajos no podemos ser «normales?» Por que lo normal es recaer, hasta los que están sanos lo tienen. Así que Welcome! ¡Eres normal! Y vas a salir adelante. Y cuentas con todos nosotros, los pertenecientes a esta red de apoyo, para cantarte: Let’s do it! Let’s fall in love!

 

 

 

La semana pasada fue devastadora para todos, desde quienes murieron, quienes perdieron todo lo que tenían, hasta quienes perdimos aparentemente pequeñas cosas, como la rutina, el orden que establecimos para vivir con algo de tranquilidad dentro de esta mente enferma que no nos deja nunca en paz.

En El Depre Book encontramos una manera de ayudarnos: leer en las noches para tratar de tranquilizarnos y dormir bien. Lo hicimos toda la semana del sismo y lo retomaremos martes y jueves de 10:30 a 11:30 hasta que lo consideremos necesario.

En esas sesiones de lectura también platicamos de lo incómodos y frustrados que nos sentimos al ayudar. Nosotros, los terriblemente conscientes de sí mismos, los que no podemos salir del laberinto de nuestros pensamientos, nos sentimos culpables si ayudamos, si no ayudamos, si nos quedamos callados o si hablamos. Todo es un eterno caer hasta el fonde de nunca jamás.

Uno de nosotros quiso escribir al respecto. Les dejo el texto de nuestro amigo Diego, muestra de su enorme valor como ciudadano, como habitante de la Depre y como amigo nuestro.

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Compañeros nocturnos de las lecturas del DepreBook:

El jueves no pude salir de casa, me costó trabajo bañarme, pero lo hice, intenté salir otra vez para ver en qué podía ayudar en los Multifamiliares de Taxqueña (vivo cerca de ahí) no logré llegar a la esquina de la calle donde vivo, ya saben ese miedo que se va apoderando y que lo único que quieres es regresar a casa corriendo y no volver a salir y no volver a sentirlo, va pa’ dentro el ansiolítico.

Llego la noche y se tuvo la primera lectura, de entre los que «pocos» o «muchos» ¡Qué importa! somos, estamos, tenemos algo en común y nos entendemos, terminó la transmisión, tomé mis medicamentos y dormí, después de dos noches sin poder lograr más de dos horas de sueño, dormí y descansé.

Al otro día, viernes 22 de septiembre, estaba con mucho mejor ánimo y sin ese miedo de ¿Podré salir hoy? Me bañé, desayuné, hice algunas cosas en casa y le dije a mi madre y abuela si me acompañaban a ponerle gasolina al auto (si salgo acompañado me da menos miedo) todo muy bien de regreso, algo me movió a regresar a los multifamiliares, en el auto traía mi casco y chaleco, me lancé, estacioné el auto lo más cerca (mi auto también es un lugar «seguro» y me hace ser «funcional» y moverme un poquito más), agarré casco y chaleco, me los puse y llegué hasta donde el reten me lo permitía y pregunté qué se necesitaba:

-En esa cartulina está la lista.

Le tomé foto y la subí a mi Facebook. en menos de cinco minutos uno de mis contactos me mandaba mensaje de: Yo tengo algunas cosas de las qué se necesitan ¿A dónde te las llevo?, le di la ubicación. Minutos más tarde otro amigo de un amigo con mensaje de: Yo tengo polines, medicamento y el tanque de oxígeno, pero habría que venir por ellos a tal dirección, en mi mente: ¡Uf! es aquí en Coyoacán ¡Qué chido! El Google Maps me indicaba que era en Coyo, sí, pero del otro lado de Tlalpan, no del lado en el que vivo: ¡A huevo, sí! traigo el Tafil, traigo las gotas naturistas y traigo el cel con los números de varios contactos a los que les puedo mandar mensaje o llamar por si me empieza a dar «la’nsia» y me van acompañando, arranquémonos.

Llegué, se cargaron los polines y tanque en la camioneta del papá del amigo de mi amigo y en mi auto las medicinas, arneses, líneas de vida, cables, etc. Regresé al lugar, se entregaron las donaciones y ¿saben? esas donaciones fueron de todos de ellos, de ustedes de todos los que estamos ahí dándole ¿Por qué de ustedes? porque se que podía mandar un whats o una llamada a María, porque aunque no tengo el contacto directo con los que estuvimos conectados en la transmisión del DepreBook sabía que somos muches con un trastorno psiquiátrico, porque entre esos muches había un hombre, porque sí, para los hombres es, creo, más difícil expresarlo, salir del clóset, decir: «Hey, espera, tengo miedo, vamos a regresarnos» o sacar de la manera más disimulada el Tafil y tomarlo sin que se den cuenta…

¡Gracias a todes!

Quienes padecemos depresión crónica o hemos padecido depresión mayor muchas veces tenemos que responder al bien intencionado, pero mal explicado consejo: «Échale ganas, vas a salir de esta. Todos nos recuperamos de un golpe como este. La humanidad entera lo ha hecho y tú también lo harás».

Y aunque es cierto que todos hemos pasado por la tristeza enorme de perder un amor, un trabajo, la estabilidad… no es cierto que ese sufrimiento SIEMPRE sea depresión, aunque claro, puede serlo. Para explicarnos mejor, empecemos por ver esta chulada de video hecho por Anika Studios (lean todo al respecto en este link)

 

 

 

 

¿Quién se identifica con Floyd? Casi que estoy segura que todos. Todos hemos pasado por ahí: una decepción, una pérdida, un dolor que desencadena una tristeza profundísima que se vuelve incontrolable, que termina controlándonos.

De repente dejamos todo eso que antes nos gustaba, eso que antes nos mantenía felices siempre. He visto amigos dejar justo la música, o la pintura. Otros se abandonan en sus camas o en sus sillones.

La depresión empieza a ocuparte. Tu cuerpo responde a ella y ya no a ti. Te vuelves torpe, porque estás dividido: una parte de ti está en el dolor, otra sigue viviendo en modo zombie. Todos los días tu cuerpo se equivoca más, y tú te preguntas más constantemente: ¿de qué sirve seguir?

Y por culpa, o por que todavía hay algo de esperanza, le sigues.

Como Floyd, te pones a hacer cosas rutinarias que no te llenan, pero que te hacen pasar del lunes al martes. Pero no es suficiente, porque aquello que te hizo decepcionarte hasta entristecer, hasta desconocerte, se vuelve una obsesión.

Cuando mi papá murió, las primeras horas estuvieron llenas de ruido, de gritos, de sollozos. Luego hubo un rato de calma, muy tenso y duro. Luego volvió el ruido durante días y luego los problemas. Uno de ellos, el que me provocó la agorafobia después, me tuvo encerrada 8 meses en mi recámara. Ahí empecé a soñar que mi papá en realidad no se había muerto, que había fingido su muerte y que lo había hecho para que yo cobrara el seguro y pudiera mantenerme, porque claramente, aunque creciera jamás iba a ser autosuficiente, ni podría jamás tener una vida normal.

Mis sueños han evolucionado a tal punto en que ya pasaron años desde que me «enteré de la verdad» y sueño que mi papá vive en otro departamento con su exasistente y tienen un negocio del que yo no sé nada; y a veces va a mi casa y me pregunta si ya pagué la luz, que si no necesito dinero, que si él ya no coopera en nada pero que todo está muy difícil y ahora que ya tiene 80 años le cuesta más trabajo.

Hay días en que me despierto y me tengo que repetir en voz alta: Fernando Mota se murió hace 18 años. Era tu papá. Le dio cáncer y se murió a los 63 años, en el departamento en el que yo vivo, pero no estará afuera cuando abra la puerta.

Esos ocho meses encerrada tras la golpiza que me propinó una comadre de mi papá en la puerta de mi departamento me fui, como Floyd, por el excusado. Me daba miedo ir al baño. Me daba miedo ir a la cocina. La persona que me golpeó se paraba afuera del edificio, bajo mi ventana a burlarse de lo chiquiada que estaba, de cómo no iba a poder sobrevivir sin mi papá. Yo ponía la tele, y cosía infinitos tramos de quilting.

Me acuerdo que un día ya no tenía qué comer y de milagro llegó mi hermana. Me dio arroz que había en la cocina y trajo cosas del super. En lo que ella iba para allá, yo me armé de valor, fui a la cocina y me traje el minirefri que tenía. Así no tendría que salir jamás.

Un día salí a la sala y la encontré llena de cacas de Kika. Kika es la perra que mi padre y yo (y luego mi ex) compartimos. Pensé en que la pobre perra estaba viviendo las consecuencias de mi locura y que yo no me quería suicidar porque nadie la iba a querer cuidar… pero esta vida conmigo, era una porquería.

Mi papá, la pérdida de mi padre, era mi diamante. Y mi trompeta, Kika. Por ella me atreví a salir y a limpiar y a empezar a moverme.

¿Ven ese momento en que Floyd le compra un helado a su Depre? Eso es la aceptación. Mi papá jamás volverá. Y mi distimia se ha inventado su otra vida, donde no se fue pero me muestra las consecuencias positivas y negativas de que eso haya sucedido.

Mi distimia y yo nos tomamos helados, somos roomies. Y cuando llega la depresión mayor, trato de identificarla a tiempo, y buscar ayuda, y no obsesionarme.

¿La chica que está en la otra banca escribiendo? Esa los representa a ustedes. Son mi nueva posibilidad.

 

Fragmentos de Martha Acrílico sobre madera Agosto 2017 Magos Nava

Se los juro que no recuerdo un día de mi vida en que no me haya preguntado para qué carajamadres estoy viva. Y no, no hablo del aspecto filosófico de esa pregunta. Pero con todo, eso no es lo peor de lo que me pasa.

Vivir con distimia es complicado: es como si vivieras en medio del Carnaval de Río y en lo único que pudieras fijarte es que todo mundo va dejando basura, nadie respeta a las mujeres, absolutamente todo se trata de sexo fácil, el reguetón sustituye hasta la samba, a nadie le importa el calentamiento global y a todo mundo le vale madre que no habrá agua potable en 18 años.

Simplemente no puedes conectar con lo que a los demás los llena de felicidad, y cuando los ves pletóricos de emoción, no puedes más que sentir vacío y desesperanza.

Con todo, prefiero eso a lo que me pasa cuando el borderline me pega. Ah, porque lo más bonito de estar psiquiátricamente diagnosticado, es aprender que no porque tengas una enfermedad puedes dejar de tener las otras. Básicamente la locura es como la diabetes: se te jode un sistema principal y lentamente te va jodiendo los demás.

Yo creo que lo de ser border, en mi caso vino después de la distimia. Yo creo que aprendí a ser border. Aunque mi madre nunca estuvo diagnosticada (y si lo estuvo no me lo dijo) estoy segurísima que era border. Segurísima.

Pero a ver, empecemos por explicar qué demonios significa ser border.

Wikipedia dice (y no me salgan con que no es buena fuente de consulta porque si lo creen, es porque no tienen la menor idea del enorme esfuerzo que hay detrás) (Sorry, ando muy agresiva):

El trastorno límite de la personalidad, borderline (abreviado como TLP), también llamado limítrofe o fronterizo, es definido por el DSM-IV (DSM-IV 301.831​) como «un trastorno de la personalidad que se caracteriza primariamente por inestabilidad emocional, pensamiento extremadamente polarizado y dicotómico, impulsividad y relaciones interpersonales caóticas». El perfil global del trastorno también incluye típicamente una inestabilidad acusada y generalizada del estado de ánimo, de la autoimagen y de la conducta, así como del sentido de identidad, que puede llevar a periodos de disociación.2​ Se incluye dentro del grupo B de trastornos de la personalidad, los llamados «dramático-emocionales». Es, con mucho, el más común de los trastornos de la personalidad.3

En otra entrada ya les conté que cuando me dijeron que era border casi me da el tramafat (esta enfermedad, trastorno o episodio emocional aún no está tipificado por ninguna institución, pero se siente de la fregada).

Para mí era mejor que me dijeran que estaba esquizofrénica (en ese momento, ahorita ya vivo muy en paz con mi diagnóstico). La idea de aceptar que vivo al límite de mis emociones constantemente me parece cruel, absurdo y un total desperdicio; pero además me parece peligroso: verán, estar deprimido no lastima (normalmente) a mucha gente más que a ti, a menos que vivas rodeado de familia que tiene que estar lidiando contigo. Yo he vivido sola muchos años, así que vivir con depresión, le ha afectado directamente a pocas personas que llegaron a mi vida más que advertidas de lo loca que estoy (así que sin mentiras, no hay engaños).

Pero cuando eres border, le afecta a todo lo que se ponga cerca de ti, no sólo a la gente, a tus cosas. Ejemplo:

Tenía 14 años. Me salí de casa un poco incómoda porque mi madre me dijo: «cuando vuelvas de la escuela, vas a ver muchos cambios».  Mi mamá se veía emocionada, como cuando alguien va a comprar muchas cosas en Navidad, o como cuando un adicto a las drogas está urgido por un pase y por fin lo consigue. Créanlo o no, no tengo referencia real sobre eso porque soy bien fresa, y pues mi única referencia es la televisión, así que mi mamá se veía así:

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Cuando volví al departamento, al abrir la puerta había otra. Literal como en Alicia en el País de las Maravillas. Y me quedé parada muerta de pánico pensando primero, que me había equivocado de departamento; segundo, que por fin se me había deschavetado todo y ahora alucinaba puertas que jamás terminarían de aparecer; tercero, que me había muerto y ese era el infierno: intentar salir de un lugar al que sólo puedes entrar, y seguir entrando infinitamente.

Toqué la segunda puerta con los nudillos y mi mamá apareció: «Mira nada más, ya tenemos consultorio en la casa».

Mi madre había estudiado en la Carlos Septién, como mi papá, y luego del divorcio, estudió Filosofía en el Claustro de Sor Juana y luego Tatatología en la Ibero y luego mil cursos que le hicieron creer que era terapeuta. ? I know… Honestamente creo que si alguno de sus «pacientes» o alumnos supiera cómo estaba realmente la cosa, no hubieran tomado ni media hora con ella. Era una gran maestra, eso sí, pero no estaba la salud para andar repartiéndola.

Mi mamá convirtió la sala y el comedor del departamento en una recámara extra, donde me metió a mí; y dos consultorios.

Ahora que recuerdo la imagen, era como vivir en esos departamentos japoneses que existen ahora divididos por tablaroca, donde apenas cabe una cama.

Así era mi mamá. Movía todo. Le partía la madre a los zapatos nuevos con sus tijeras toledanas. No era capaz de respetar el diseño de absolutamente nada. Y miren, pos si quería hacerle hoyitos a sus zapatos, a uno qué… la cosa es que también lo hacía con tus cosas, con tus amigos, con tu vida.

«Pues yo creo que desde ahora vamos a trabajar con el diagnóstico de Trastorno Limítrofe de la Personalidad», dijo el psiquiatra y creo que ahora entienden por qué carajos casi escupo.

 

En las últimas semanas me la he pasado trabajando muy concentrada en recuperarme de la agorafobia, en volver a salir a la calle como antes, que no era mucho, pero era funcional. Lo logré, estoy muy cabronamente orgullosa. Me obligué a hacerlo rápidamente porque en agosto comenzaba un compromiso importantísimo para mí: dar clase. No, yo no doy clase de cómo estar sana, les digo que la salud no está como para repartirla. Doy clase de cómo escribir. Eso sí lo sé hacer.

Esa clase que doy forma parte de un taller muy grande donde convivo con colegas a los que admiro montones, algunos de ellos muy amigos. Ya hemos hecho seis talleres; la verdad no siempre se nos ha llenado el salón. Los últimos 3 estuvieron medio vacíos. Y yo no tenía mucha esperanza cuando al cuarto para la hora, teníamos sólo 5 alumnos inscritos.

Pero sucedió, por fin, el milagro que mi maestro Angel dice que siempre sucede (aunque esta es la primera vez): «Vas a ver que en la última semana se llena».

TREINTA Y SEIS ALUMNOS.  30 + 6. Es decir, 3 decenas, y 3 pares.  Miren nomás el salón.

¿Saben lo que le hace eso a un border, agorafóbico con síndrome de ansiedad acostumbrado a contener todos los ataques de lo que sea que le den para cuando ya esté en su casa y se dé permiso de quebrarse, pero poquito, porque si no quién le va a dar de comer a los gatos?

Desde que salí de casa, mi discurso interno era inagotable: «Vas a decir una grosería mayúscula, vas a humillar a alguien sin intención pero te va a salir como si fueras Catalina Creel; vas a interrumpir a Master y a Haydeé y no los vas a dejar dar clase porque claro, si tú no eres la protagonista de la vida, entonces no vale. Ay ya cállate María, cállate por favor. Si es necesario te tomas el Clonazepam y te pones audífonos, hoy no das clase tú, así que te los puedes poner y nadie de los maestros se va a sentir incómodo porque te conocen y saben que a veces los necesitas. Claro, porque aunque tienes 40 no has aprendido a dominar tus «enfermedades»…. jajajaja, qué fácil es vivir diciendo: ay perdón, es que soy border. Si tanto sabes, si tanto te importa, ya te deberías de haber curado».

Y así… y todo eso pasaba mientras me comía un pie helado de limón en la oficina de mi amigo Romeo y él, amablemente nos hacía preguntas a Angel y a mí sobre el grupo. Y eso pasó 10 horas antes de salir, y siguió pasando 3 horas después de terminar.

Cuando llegué a casa tenía ganas de no dormir y ponerme a trabajar en las cuentas y cómo voy a pagarle a los maestros y cuántos becados tenemos y si necesitamos gafetes y que hay que integrar a los nuevos al grupo… y eran las 12 de la noche y me tomé mis medicinas y les agregué dos gotas de clonazepam y pensé en Carrie Mathinson (interpretada por Claire Danes) en Homeland con esa cara de hambre, de imposible satisfacción cuando por fin volvía a trabajar como espía sin haberse tomado sus medicinas…. y lloré y me fui a la cama rogando por dormir.

Y debe ser que me obligo. Y debe ser que tengo tanto miedo de hacerle daño a los demás. Y debe ser que los gatos arrullan con el ronroneo. Pero dormí. Y dormí hasta las 2 de la tarde. Y aunque era muchísimo no me dio vergüenza… pero desperté igual, toda alterada, toda maníaca. Y me salí en pijama a hacer mandados y no paré de caminar hasta que recorrí cuatro colonias.

Y ahora sólo pude dormir 5 horas, y tengo una junta de trabajo, y luego cita con el quiropráctico, y luego clase. Y muero de miedo. Y de pena.

Vivir deprimida es más fácil. Se los juro. Es como ser una masita moldeable que se compacta en alguna esquina y que no hará nada por ser otra cosa. Le vale madre.  Y sí, por dentro te sientes fatal, pero no sientes desesperación, al menos no con mi tipo de depresión, nomás te sientes vegetar y te preguntas para qué.

Esto otro… es agotador.

Desde hace casi un año, todos los sábados, me despierto, limpio la casa y me voy a Cachito Mío. Paso la tarde allá con Patricia, Alejandro, Megumi, Mich y Kira. A veces se aparecen otros amigos. A veces no.
 
Me inventé esta rutina para obligarme a convivir, para obligarme a escuchar el ruido de la gente, las peticiones inesperadas de los clientes. Eso me ha ayudado a hacer otras cosas: atravesar la Glorieta de Insurgentes, ir a un Centro Comercial, al cine, a la tienda de los esmaltes, al tianguis COMPLETAMENTE SOLA. A veces he ido al centro con la ayuda de mi sisterno Bernardo.
 
Hoy de plano no pensaba ir, y lo decidí desde el jueves porque fui al super, de la mano de mi nana (como niña de 3 años) y regresé hecha mierda, como si un camión me hubiera atravesado. Entonces, decidido está que no voy. Y todo cool, ¿no?
 
Ajá.. Pos nada, la culpa no me dejaba: «Si no vas, otra vez te vas a quedar encerrada como cuando se murió tu papá. ¿Neta quieres otros 8 meses viviendo en la recámara? ¿Neta de nada ha servido? ¿Así quieres escribir un libro sobre depresión? ¿Cómo se supone que vas a promoverlo: con citas por Skype?»
 
Y entonces me vestí, y me puse la mochila y no podía cruzar la sala. No saben lo jodido que se siente no poder cruzar tu propia sala. No es como si el suelo fuera lava.. es como si tú te desparramaras en todos lados sin poder recomponerte.
 
OK, conseguí pasar la sala. Y estaba parada en el quicio del pasillo de la entrada y no podía. Y me empezaba a faltar el aire. «Pide el Uber. Pide el Uber. Pide el Uber. Es más, escríbele a Paty y dile que ya vas, dile que vas y así no puedes echarte para atrás, porque qué vergüenza». Y eso hice. Y Paty, como todos mis amigos, como Annie, como Diego, como Marianita, no me presionan por hacer algo que para ellos es simple (Bueno, para Annie es igual de complicado, entonces ella y yo hablamos el mismo idioma). No me dicen con facilidad: «tú puedes, claro que es fácil». Me dicen: «Haz lo que más te convenga. Hay estas ventajas si te quedas y hay estas si vienes. Y yo te acompaño todo el tiempo. Y yo estoy aquí». 
Conseguí abrir la puerta del departamento y se me salió un crujido del pecho. Y no pude contener el llanto. La reja. Me temblaban las manos. Oí pasos y la peor de las personas se apareció: la mujer que limpia el edificio que le encanta gritarle a la gente y pegarle con la escoba a los coches. «No la veas, no la veas, no la veas, no está». Bajé las escaleras aterrorizada porque seguro me iba a caer y seguro un escalón me iba a quedar en la mordida de la boca y me iba a romper ahí mismo. No pasó. Caminé hacia afuera. Había muchísima luz. No podía ver bien. Abrí la primera puerta, más llanto. La segunda. Aparecieron los vecinos que nadie conoce porque un vecino decidió hacer Airbnb su depto y ahora siempre hay desconocidos con llave en mi edificio. Llegó el Uber, caminé al coche pero quería correr y no me salía. Me metí y lloré más rato. Pobre del chofer.
En cuanto llegué a Cachito me escondí en la cocina. Kira me limpiaba la cara y me abrazaba. Entonces me abrazaron los demás y se fue pudiendo. Unas dos horas más tarde pude respirar.
Es mi rutina. Es mi casa. Es mi calle. Es mi trayecto. Es mi gente. Y aunque duela, aunque pesen los brazos y no los pueda levantar, aunque se me haga un nudo en el estómago y me hiperventile y me duela el pecho, no voy a perderlos.
Hoy se pudo. Mañana será otro día.