Somos oxígeno, nitrógeno y carbón. Y no sólo lo dice Nacho Cano en esa chulada de canción llamada Aire, que por cierto, narra un suicidio en medio de una alucinación. Somos sustancias químicas. Nuestras emociones son provocadas por otros químicos y a veces esas emociones provocan otras emociones que también, son químicos.

El amor es un químico. El más potente de todos. Love is all you need. Y por favor, quien contradiga a The Beatles, tiene problemas graves, tal vez hasta psiquiátricos.

Sirva toda esta introducción para tratar de contestar el texto de Gibrán Ramírez Reyes, publicado en Milenio sobre su opinión como politólogo del actuar de las farmacéuticas y las enfermedades mentales.

Si no lo han leído, dense. Aquí está.

Me hicieron favor de mostrarme el texto, y me advirtieron: “No te vayas a enojar”. Así que leí sabiendo que para otros era ofensivo y molesto. Como ahora me dedico semiprofesionalmente a esto de la divulgación de la vida como paciente mental, resulta que mi opinión importa en este tema. El «semi» es porque no cobro por hacer esto y por lo tanto mis habilidades de “paciente de carrera” me cuestan, no me dan. Y por lo tanto, mi opinión no está sesgada más que por mis intereses, no por mi cuenta bancaria o mis necesidades profesionales.

Muchas veces he dicho abiertamente que la depresión es una enfermedad producida por un desbalance químico. También he dicho, apoyada por los médicos que me han tratado, que la depresión es una enfermedad compleja de la que sabemos poco, que afecta a muchísima gente de todos niveles socioeconómicos, culturales, con distintos tipos de padecimientos sistémicos o sin ellos y que, por ello, muchísimos científicos (es decir, médicos dedicados por años a estudiar padecimientos psicológicos, psiquiátricos y neurológicos) no han podido encontrar una pastilla tan mágica que nos cure.

Ni para hacer buenas películas, ni para ser buen escritor, ni para curarse de una enfermedad. No hay.

Yo no soy médico, yo nomás soy una escritora, mujer, morena, de 40+ años, mexicana, es decir: sometida a la violencia sistematizada, a un sistema de salud que con muchísimos esfuerzos, a veces, consigue procurar salud, donde montones de profesionales de la salud tienen que cubrir muchísimas veces con sus propios recursos las carencias del sistema; ese sistema que da la nota a nivel internacional sobre cómo en los hospitales públicos no hay medicinas (psiquiátricas y no) para atender a sus enfermos.

Yo nomás soy eso. No soy politóloga, no estudié en la UNAM ni en el COLMEX (tuviera tanta suerte). No soy profesora en la facultad que me forjó. No escribo una columna que leen miles de personas qué tal vez, como yo, están enfermas y requieren el consejo de un médico. Yo soy escritora, y si se meten a nuestro Instagram, verán que reseño libros de psicólogos de médicos, que en ninguna de sus hojas recomiendan medicamentos. Soy escritora y soy paciente de carrera. Y desde ahí, tengo tres cositas que decir sobre el texto de Gibrán:

  1. Johann Hari es un escritor y periodista que ha dedicado su carrera a escribir sobre depresión, lo que él llama “guerra contra las drogas” y las adicciones. Tiene un TED Talk donde propone que los enfermos de depresión entramos en un ciclo vicioso de aislamiento que agrava nuestros síntomas (estoy muy de acuerdísimo). También está acusado de plagio por su trabajo y cuando comprobaron este plagio, no quiso regresar la lana del premio que se ganó plagiando textos. Vaya, nadie es perfecto y por lo tanto, nadie tiene la verdad absoluta. Ni el nazismo pudo mantener esa teoría de que la psiquiatría no existe.
  2. Ahora entiendo por qué no se le puede dar la razón a nadie. Como perderla no implica un desbalance químico, porque esas cosas son inventos del monstruo farmacéutico, no hay cómo sintetizar la razón y ponerla en pastillas para dárselas a quienes la pierden.
  3. Zapatero, a tus zapatos. Científicos, a su ciencia. Médicos a su servicio y pacientes a eso, a ser pacientes. ¿Politólogos defendiendo teorías que aclaman que no se necesitan medicamentos para curarse en una época en que el Estado no está procurando medicinas? Bueno, supongo que esos son los menesteres que Gibrán tiene que atender desde su trinchera.
Esta es mi versión favorita de Aire.
Nocieto. También amo esta.
Se puede curar la depresión

Llevo desde que me acuerdo deprimida. No, no exagero. Y a ratos siento que es una mentira que me dijeron los médicos, pero luego me acuerdo, y se me pasa mientras me hundo en la cama por días.

La verdad es que no se cura. No en mi experiencia, pero tampoco se cura la caries, ni la urzuela, ni la gastritis crónica, ni la hernia hiatal. Vaya, hay un montón de enfermedades que no se curan, aprendemos a vivir con ellas… y sí, se puede vivir bien con depresión.

 

Vivir con depresión

La mayor parte del tiempo es cansado. Si no la padeces, te cuento qué se siente: despiertas porque abres los ojos y la decepción de seguir vivo te domina. Sí, es decepcionante. A todos nos encantaría que en la noche la pesadumbre de cargar con uno mismo, no, no exagero. Neta es super normal despertarme y en vez de estirarme como hacen ustedes, me encojo y me hundo más en las cobijas. Quisiera quedarme ahí por siempre, o hasta que el resto de ustedes crean que es una buena hora para irse a dormir.

La depresión en sí, solita con sus efectos, nos hunde en la cama, o en la regadera… Me acuerdo que hubo una época en que después de bañarme por 5 minutos, -porque me da culpa hacerlo por más tiempo porque hay gente en Iztapalapa sin agua- me quedaba sentada en el piso, con el agua escurriendo, contando las piezas de cerámica del piso para intentar llenar la cabeza de algo que no fuera el ruido gris y los pensamientos destructivos. «Uno, dos, tres, dibujo, cuatro, cinco, seis, borde».

Encima de lo que nos hace la depresión tenemos que lidiar con la presión social porque, como la depresión no se ve, no se nos nota como la gripa o el dolor de estómago o una pierna fracturada, tenemos que explicarle a la gente que nos sentimos mal aunque nos veamos bien y que no, no se trata de echarle ganas, o de ponerle ánimo, o de creer que las cosas estarán mejor. ¡Justo estamos enfermos de no poder creer esas ideas!

Así empiezan los días malos. Y si esos son los primeros minutos del día, ¿imagínense cómo la pasamos si logramos salir de la cama y arrastrarnos al trabajo (si es que la chingadera de enfermedad nos permite hacerlo)?

Tener depresión es como estar pegajoso en la vida, como si intentar avanzar por los minutos del reloj fuera imposible porque a cada paso tienes que destrabar el pie, y luego el otro, y el otro… Es un ejercicio interminable para repetir una acción tan simple para muchos, como dejar que pase el tiempo. Para nosotros el tiempo no pasa, nos atraviesa, nos usa, nos extiende la tortura, y cada minuto sintiéndonos miserables se expande.

 

¿Cómo es un día bueno?

Claro que en más de 4 décadas han habido días en que me despierto y me estiro como gatito que sabe que al final de sus 79 posiciones de yoga relajante, caminará elegantemente a su plato, lleno de croquetas y esa idea le llena el corazón de felicidad. Sí, sí he tenido días de esos. Y sí, me gustan y me alientan y me llenan el corazón de una sensación cálida y relajante que se recorre por mi pecho hasta la cabeza y luego se va.

Me pasa. Y no muy seguido. Y no, no puedo repetir la fórmula, no puedo pensar en eso y hacer que vuelva a pasar. Mi mente es más lista que eso y no se engaña con lo que sea.

En un día bueno puedo hacerlo casi todo: no se me olvida comer, ni lavarme los dientes ni bañarme. También puedo hacer plática casi intrascendente (es decir, relajarme y convivir ?) y así paso un poco por normal. Y lo hago porque conseguirlo me da satisfacción, me recuerda que hay días en que la depresión no interfiere con mi esfuerzo contra ella y consigo salir adelante.

 

¿Y por qué no te esfuerzas todos los días y luchas contra la depresión?

Yo no sé mucho de americano. De futbol americano. Lo poco que sé me lo enseñaron mis dos maridos, ambos jugaron y pues tocaba aprender. Para ambos el futbol les había dado la disciplina que tanta falta les hizo en la adolescencia. Les ayudó a entender su fuerza física y enfocar la mental. Sirvió para entender sus emociones y usarlas en lo práctico.

En ese sentido, me paso toda la vida jugando futbol americano: disciplinadamente me recuerdo que si la idea de suicidarme viene, tengo que decirle: «Ahorita no joven, estoy trabajando». Si insiste: «Pérame, te veo a las 5, ahorita estoy ocupada». Si empiezo a alucinar con imaginar la escena, si pienso en cómo hacerlo, entonces tengo que dejarla que lo haga y no poner resistencia, poner música, cantar, intentar bailar donde sea que esté.

A veces la locura cree que por hacerlo le estoy diciendo que sí, y sí, pero como la negra del son: le digo que sí, pero nunca cuando. Ese es el siguiente paso. Cuando ya estoy muy convencida de suicidarme, entonces le pongo fecha, y siempre postfecho ese cheque. Le doy años de distancia para entretenerla.

En mi cabeza eso hace un entrenador de futbol, piensa estrategias para que cada jugador de su equipo haga algo en contra del enemigo. Pero cuando me dicen: «Échale ganas, ánimo, verás que mañana será otro día», es como si me mandaran a taclear al equipo contrario armada del jugador más enclenque del mundo, sin casco, sin hombreras y cada minuto.

Mi depresión es, como el equipo de defensa de los Steelers a finales de los 90. Y mi mente es como un montón de gatitos drogados que sólo quieren amor, y croquetas, y arenero limpio y… ¡ay mira, ahí hay alguien a quien le podemos hacer cariños! Y ya, valí madre, me distraje y mi gatito interior ya dejó que los jugadores de la NFL de mi depresión lo aplastaran.

 

¿Y la solución?

No sé cuál será la tuya, pero te platico la mía y espero que te sirva.

 

  1. No importa lo difícil que sea, SALTE DE LA CAMA. Te juro que sirve que te arrastres a la ventana y veas el sol, estires la espalda y hagas que tus ojos enfoquen más lejos que la tele, ayuda. Aunque no lo sientas, salte de la cama, y respira.
  2. COME. Ya sé, es una pus. A mí me dan náuseas todo el tiempo y por todo. Y siempre he creído que tiene que ver con la depre, con las emociones, con algún trauma. OJO: amo comer. Los placeres más grandes de mi vida empiezan con C. Y comer es uno de ellos, pero me gustan las comidas planeadas, las que calculas todo el tiempo qué combinarás, cómo maridarás. Evidentemente lo que me gusta es el control del placer, construirlo, pero comer en sí, alimentarme, llenarme el tanque de gasolina nutritiva no se me da. Y pues hay que hacerlo. Ponte alarmas, no dejes un día sólo comiendo helado y galletas y refresco y cigarro.
  3. Olvídate del azúcar. Neta, olvídate del azúcar procesada. Eso de desayunar café (con una de azúcar aunque sea sustituto) y un pan dulce de bolsita es como alimentar tu cuerpo de aire explosivo. El ázucar nos da un subidón, y luego nos baja y nos da ansiedad por comer. Entre más veces comes, más chamba tiene tu organismo y pues el pobre ya está lidiando con la confusión que le provoca la depre (mareos, cansancio crónico, insomnio, falta de apetito, dolor de cabeza, dolor en el pecho, dolor de espalda). Si le das la tarea de metabolizar un montón de bombas de azúcar (refresco, galletitas, chocolates de tienda, caramelos) no le estás dando chance de aprovechar comidas que lo nutran y que poquito a poco construyan algo mejor que un boost de energía. Deja el azúcar ya.
  4. Las redes sociales son para convivir, no para vaciar tus miedos y angustias y compartirlos irresponsablemente con todos tus conocidos. Para eso está el consultorio de tu terapeuta. Recuerda que todo lo que pones en tu Facebook lo ve alguien, y sí, a lo mejor consigues la reacción que querías pero no te atreviste a provocar en vivo, pero también habrá consecuencias para ti, y no te van a gustar. Sé el community manager de tus ideas, y no andes publicando todo a lo menso. 
  5. VE A TERAPIA. ¿Que cuesta mucho? Bueno, pues pide ayuda. Todos esos amigos que te dicen que le eches ganas, pos que le echen ganas ellos y te ayuden. No les pidas lana para tu consulta a cualquiera, eso sólo está para la familia y normalmente lo hacen porque a ellos también les afecta tu depre y les beneficiará que vayas.  Pero no sientas miedo por pedir ayuda.
    ¿Te da miedo ir? Pues sí, a todos, sobre todo porque igual y nos dicen que sí podemos solos y qué horror, si de ahí venimos de estar solos, lo que menos queremos es seguir solos contra esto. Pero si sigues yendo te darás cuenta que la terapia hará que le pierdas miedo a eso de poder con la depre all by yourself.

«Cuando empezamos con esto, cuando le dieron el diagnóstico, lo primero que nos dijeron fue: no le den todo, no se la pongan fácil, pónganle límites, porque con una enfermedad es muy fácil tirarse y no exigirse». Esa frase o alguna variante se les ha dicho a millones de familiares de nosotros «los locos».

«No seas un enabler/habilitador de sus debilidades. No le des toda la ayuda que te pide. Espera a que te pida todo con todas las palabras que conllevan o no le des nada». No, no, no. También no. ¿Sabes qué más? NO. ¿Y qué carajos sí? ¿Qué se puede hacer por alguien que está «loco»?

 

Me tomó AÑOS encontrar una manera sencilla de responder esto. Mi manera más simple tiene que ver con lo aprendido rescatando animales. Un perro o gato de la calle si se deja ver, es porque o está francamente mal, o francamente bien. Vaya, los ves o muy contentos como si nada, paseándose como si la ciudad fuera su casa o los ves dejándose morir. Díganme si no. Cuando un perro o un gato está sano, fregado y desnutrido, pero todavía está fuerte, cuesta un mundo rescatarlo. Los animales se saben solos, por eso son mentalmente más sanos que nosotros. Aunque crecieron en manada, no se acostumbran a depender de ella para sobrevivir; pero si viven en una, se acostumbran a defenderla. Aportan, pero no esperan. No sienten autocompasión, así que no andan dándole lata a la manada cuando saben que morirán: se echan en un rincón oscuro y esperan la muerte con paciencia.

Si el animal está fregado porque un humano intervino entonces sí pide ayuda, porque todas sus normas de conducta social se rompieron. Es decir: si el animal viviera en un grupo de animales, éstos no lo hubieran amarrado a una cadena en la azotea, no lo echarían agua caliente para que se callara, no lo mantendrían encerrado en una jaula para que se reprodujera y después vender a sus crías, no lo tratarían como otra especie y lo vestirían como otra especie. Vaya, entre animales no se maltratan, se defienden si se atacan, pero no se maltratan.

En cambio los humanos… vaya que se nos da eso de amarrarnos con cadenas, encerrarnos en sótanos, golpearnos, violentarnos. Hemos sido tan prolíficos con la capacidad de violencia que podemos ejercer entre nosotros que hasta inventamos leyes para nombrar estos maltratos. Y que no se nos olvide, a diferencia de los otros animales, nosotros tenemos una herramienta más para herirnos: las palabras.

Por eso cuando los animales humanos rescatamos a los animales gatos o perros es fácil que se recuperen: sólo tenemos que darles lo básico: restablecer su salud física, alimentarlos, albergarlos en un techo seguro. Lo demás, ellos solitos lo componen, su mente, sus ideas, su seguridad. Si nosotros los dejamos que corran su cauce mientras mantenemos sus necesidades básicas, ellos se componen.

 

¿Pero qué pasa con un humano si tiene cubiertas todas sus necesidades básicas y «no se compone»? Bueno, antes de llegar a la pregunta que llevan tratando de contestar millones de profesionales de la salud y la misma cantidad de filósofos, analicemos qué carajos significan «necesidades básicas» para un humano.

Miren, no me hagan caso a mí, porque van a decir que si me la paso rescatando animales y que si no les pongo límites a ellos, menos a los humanos, que seguro a todo mundo se la pongo super fácil y blablabla… Vamos a lo que dicen las instituciones como la ONU, en la que el Consejo Nacional  de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, basa su definición del Índice de Rezago Social, es decir: cómo definimos en México si tienes o no tienes lo mínimo indispensable.

El Coneval dice del Índice de Privación Social, lo siguiente:

Índice de Privación Social: Índice construido para cada persona a partir de la suma de los seis indicadores asociados a las carencias sociales. Es decir, es el número de carencias que tiene una persona (rezago educativo, acceso a los servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, acceso a los servicios básicos de la vivienda, y acceso a la alimentación).

Si quieren averiguar exactamente qué significa cada una de esas carencias, pueden leer tooodas las definiciones en este texto.

Mientras, vamos analizando si tu «enfermo mental» sólo quiere «llamar la atención», o neta necesita ayuda (enfermo o no).

  1. Rezago educativo. En mi muy retorcido entender, esto debemos tomarlo como: no estás suficientemente preparado académicamente, culturalmente, educativamente, para enfrentar la vida. No se trata sólo de no haber terminado la secundaria, o de todos esos pueblos donde nadie tiene prepa, se trata también de todos esos privilegiados con wifi que viven estresados porque son los únicos en la oficina que no tienen un título y cada que hay cambios en la oficina, la sudan porque igual los corren por falta de papeles aunque tengan años de experiencia.
  2. Acceso a los servicios de salud. Por favor, ríamos todos al unísono. En este país si tienes suerte, estás asegurado porque el trabajo te dio una póliza de gastos mayores, que básicamente cubren que te operen de emergencia por algo. Todos los demás no sólo sufrimos de dolor si nos enfermamos, sufrimos por pensar por lo que nos costará recuperar la salud. Más estrés.
  3. Acceso a la seguridad social. No confundir el concepto «seguridad social» con la institución «seguro social». Son dos cositas diferentes: la primera se refiere a que vivas seguro, que te sientas seguro. Y pos ya sabemos que en este país no te sientes seguro… mucho menos segura. Lo otro es una institución deficiente que no consigue darnos salud.
  4. Calidad y espacios de la vivienda. Pongámoslo simple, que tengas dónde vivir. Preferentemente que no sientas que puedes perder ese techo donde vives. De ser posible, que no vivas hacinado, unos encima de otros, que tengas un espacio para ti donde puedas descansar.
  5. Acceso a los servicios básicos de la vivienda. Que tengas luz, agua. En México no aplica lo del internet, en algunos lugares de Europa, sí. Y pues obvio allá también se da por sentado que tengas piso que no sea de tierra, que tu casita tenga una cama, una estufa, un calefactor, cositas que aquí son lujos excesivos para más del 75% de la población.
  6. Acceso a la alimentación. Que tengas cómo y con qué comer.

 

Quiero creer que no todos los que leen este blog están diagnosticados. Quiero creer que también nos leen quienes nos quieren entender, quienes nos aman, quienes nos acompañan en la vida. A ustedes les pregunto: ¿tienen estas 6 necesidades básicas cubiertas? ¿Verdad que no? Eso es porque México es Máxico, somos una paradoja donde al mismo tiempo que podemos declararnos como seres felices, podemos vivir en alguno de los índices de pobreza. ¿Quieren saber cuáles son los índices de pobreza o mejor les paso un antidepresivo? Anden, vayan por un chocolate y échense este trompo a la uña.

 

Pobreza: Una persona se encuentra en situación de pobreza cuando tiene al menos una carencia social (en los seis indicadores de rezago educativo, acceso a servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de la vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación) y su ingreso es insuficiente para adquirir los bienes y servicios que requiere para satisfacer sus necesidades alimentarias y no alimentarias.

Pobreza extrema: Una persona se encuentra en situación de pobreza extrema cuando tiene tres o más carencias, de seis posibles, dentro del Índice de Privación Social y que, además, se encuentra por debajo de la línea de bienestar mínimo. Las personas en esta situación disponen de un ingreso tan bajo que, aun si lo dedicase por completo a la adquisición de alimentos, no podría adquirir los nutrientes necesarios para tener una vida sana.

Pobreza moderada: Es aquella persona que siendo pobre, no es pobre extrema. La incidencia de pobreza moderada se obtiene al calcular la diferencia entre la incidencia de la población en pobreza menos la de la población en pobreza extrema.

Pobreza multidimensional: Es la misma definición de pobreza descrita en este mismo glosario, la cual se deriva de la medición de la pobreza en México que define la Ley General de Desarrollo Social. La palabra multidimensional se refiere a que la metodología de medición de pobreza utiliza varias dimensiones o factores económicas y sociales en su concepción y definición.

 

Les aseguro que la mayor parte de quienes leemos esto estamos en algún índice de pobreza. Ojo, no me estoy tirando al piso, no estoy escribiendo esto para llamar la atención, no estoy pidiendo que consientan a la gente que en sus vidas abusa y les pide más de lo que pueden dar. Estoy pidiendo que con toda la objetividad que puedan, traten de observarse y pensar si ustedes, que se consideran sanos, están en condiciones de estarlo porque tienen todo lo indispensable para vivir.

 

Bueno, nosotros «los locos» no sólo vivimos igual que ustedes, con algún tipo de pobreza social, además de eso, tenemos una enfermedad que seguramente no podemos atender porque no tenemos dinero para hacerlo; le pedimos ayuda a los demás a veces claramente, a veces con torpeza, y muchas veces somos señalados como envidiosos, como débiles, como manipuladores. Y entonces andamos como esos perros y gatos de la calle que no se dejan rescatar, porque todavía tienen algo de fuerza, pero también porque cada que han pedido ayuda, les han dicho que no.

 

¿Y entonces qué hago? ¿Cómo le ayudo a mi «loco» de confianza? Empieza por preguntarle cómo se siente hoy, si puedes ayudarle en algo y si no sabe qué contestar, no te vayas, sé paciente, si te quedas y le haces sentir que no volverás a dejarlo solo con carencias reales y las que genera la enfermedad emocional, te juro que eventualmente te lo dirá.

 

Me he preguntado eso desde niña. Me lo pregunté primero porque era lo que todos decían: «Eres una niña chiquiada, consentida, malcriada». No quería ir a las fiestas de cumpleaños, no quería celebrar mi cumpleaños, no quería vestirme como todas las demás, no quería ruidos y alharacas.

Tengo recuerdos muy incómodos de momentos donde los adultos encargados de mi vida buscaron obligarme a convivir invitando gente de mi edad a la casa que ahora entiendo aceptaban por compromiso con sus familias o porque sentían lástima por mí. Las reuniones eran tan profundamente tediosas… yo me esforzaba tanto por convivir que terminaba siendo odiosa. Ellos se sentían tan atrapados que quedaban hastiados de mí. Yo lo único que quería era que el tiempo pasara rápido y se acabara la visita por compromiso.

El problema real venía después: sabía que mis esfuerzos no sólo me habían desgastado, también habían sido en vano, que los invitados se sentían fastidiados e incómodos; yo me sentía frustrada y culpable: ¿por qué me parecía tan aburrida la gente, tan insulsa? ¿Por qué trataba con tanta condescendencia a quien hacía un esfuerzo por ser amable conmigo?

Sigo sin saberlo…

«Dear, yo sé que soy intolerante, y el mundo tiene dos pedos si no le parece». Me dijo ayer mi Dear (que me conoce hace 12 años y quien me permite cosas como lavar platos en su casa para que yo no me sienta incómoda por no hacer nada. Yo no quiero ser intolerante, no quiero ser esa clase de persona que se considera mejor que otra por la razón que sea. Pero tampoco consigo interesarme por cualquier tipo de plática, o (no sé si la solución es peor) fingir que me importa.

Es muy difícil comprender la distimia. A mí misma me tomó años aceptarme. Cuando he tenido cuadros de depresión mayor noto la enorme diferencia que  hay entre sentirme fatal, sin ganas de nada, a lo que siento todos los días…. que es una especie de aceptación melancólica. Muchas veces la gente cree que porque soy amorosa, que porque puedo emocionarme con algo y pasar un rato cómoda y sonriente, si sigo haciendo esas cosas eventualmente «me curaré». No es así. Para empezar a diferencia de la mayor parte de nosotros los depresivos, yo no recuerdo una época en mi vida donde no me haya sentido así: melancólica, derrotada, desinteresada, desapasionada (y esos son los días buenos); la diferencia de ese estado llega cuando me deprimo clínicamente y una especie de desesperación me ronda. Esa crisis se salpimenta de manía (porque no sólo soy distímica, también tengo personalidad limítrofe). Tanto la desesperación como la manía me desgastan y me asustan. O tal vez porque me asustan me desgastan. Y esas emociones que me provocan esos estados alterados se parecen mucho a lo que siento cuando estoy en una situación social, digamos, convencional: reuniones, «vamos a vernos para pasarla tranquilo, sólo platicar y salirnos de la rutina».

Ay qué miedo me dan esas palabras: «Salir de la rutina». Con el trabajo que me ha costado encontrar una donde cada pieza me hace sentir mejor que la anterior hasta que finalmente el día termina o llega un momento en donde todo parece encajar.

 

¿Ustedes cómo lo llevan? ¿Disfrutan la convivencia? ¿Les gustan los grupos? ¿Prefieren la soledad? ¡Cuéntenme! Vamos a platicar, a pasarlo tranquilo… cada quien desde su computadora.

POST DATA: Gracias a sus comentarios me di cuenta que di por entendido, o que hice entender que la Distimia es la culpable de mi necesidad de soledad y mi incapacidad de disfrutar las fiestas y reuniones. No. La distimia es otro monstruo, un poquito oscuro, que nada tiene que ver con mi INTROVERSIÓN.

Nosotros los introvertidos no disfrutamos de estos compromisos de fin de año (o de cualquier otro compromiso social). Nada nos hace más felices al respecto que el hecho de que nos notifiquen que se cancela. Convivir en masa nos desgasta. Lo mismo pasa con platicar con gente con quien no tenemos nada en común. El paraíso para nosotros es el silencio cómodo que proporciona la persona adecuada.

Muchas gracias por sus comentarios. No me habría dado cuenta de este gravísimo error si no me escriben.

«Recaída». Si cierro los ojos, la primera imagen que viene a mi mente es una persona que cae incesantemente en el mismo lugar, como esos videos que se supone nos causen gracia -a mí sólo me atormentan pensando en el dolor y la vergüenza que puede llegar a sentir la persona en cuestión.

Tal vez por eso «recaer» en la crisis de una enfermedad emocional nos causa tanta vergüenza además del dolor y nos provoca un sentimiento de fracaso insoportable. «Tenía un año y medio bien… pero últimamente no me siento bien y creo que voy a tener que volver a tomar medicinas». Ufff. Como si tomarlas estuviera mal, como si tener recaídas fuera un error.

No me canso de repetir que estar diagnosticado con depresión, o cualquier otro padecimiento psicoemocional es exactamente igual de normal que padecer cualquier síndrome o condición fisiológica: gripa, colon irritable, miopía, piel reseca, psoriasis, artritis, migraña, obesidad, colesterol alto… Me puedo seguir, pero me acabo de dar cuenta que no me puse crema y ya me dio comezón (porque tengo Síndrome de Ansiedad Mayor y solita me estoy dando cuerda poniendo imágenes en mi cabeza que no me sirven más que para escribir este post).

Quienes padecemos colitis sabemos, que si no le hacemos caso a la dieta, vamos a pasar el día pedorreándonos y con dolor de estómago y hasta sensación de ardor en el esófago. Quienes somos miopes sabemos que eventualmente vamos a tener que cambiar la graduación, porque la miopía es progresiva, hagamos lo que hagamos. Y nadie nos dice «recaídos», ni nos regañan por ser más miopes, o por tener gripa otra vez. Es más, nos apapachan, nos ayudan a escoger lentes, nos cuentan dónde conseguir micas más delgadas y baratas.

Lo diré hasta que hagamos camisetas: Estar deprimido ES NORMAL. Estar loco ES NORMAL. Recaer ES NORMAL. Estamos vivos y pasamos por ciclos, ¡las plantas lo hacen! Me acordé de esta canción maravillosa de Cole porter:

 

When the little bluebird / Cuando el pequeño pájaro azul

Who has never said a word / que jamás ha dicho una palabra

Starts to sing «Spring, spring» / comienza a cantar: «primavera, primavera»

When the little bluebell / Cuando la pequeña campana azul

At the bottom of the dell / comienza a sonar su badajo

Starts to ring, ding ding / Y suena «ding, ding»

When the little blue clerk / Cuando el pequeño portero del traje azul

In the middle of his work / A la mitad de su trabajo

Starts a tune to the moon up above / Comienza a cantar una tonada a la luna allá arriba

It is nature, that’s all / es natural, eso es todo

Simply telling us to fall in love / simplemente nos está diciendo que nos enamoremos

And that’s why birds do it, bees do it / Y por eso los pájaros lo hacen

Even educated fleas do it / hasta las pulgas educadas lo hacen

Let’s do ii, let’s fall in love / Hagámoslo, enamorémonos

In Spain the best upper sets do it / En España, los más adinerados lo hacen

Lithuanians and Letts do it /En lituania, los lituanos lo hacen

Let’s do it, let’s fall in love  / Hagámoslo, enamorémonos.

The Dutch in old Amsterdam do it / Los holandeces en Amsterdam lo hacen

Not to mention the Finns / Y ni siquiera mencionemos a los finlandenses

Folks in Siam do it– / Los tipos en Siam lo hacen

Think of Siamese twins / Piensen en los gemelos siamesess

Some Argentines, without means, do it / Algunos argentinos, incluso sin intención lo hacen

People say in Boston even beans do it / La gente dice que en Boston hasta los frijoles lo hacen

Let’s do it, let’s fall in love / Hagámoslo, enamorémonos.

 

Más allá de que Cole Porter estaba tratando de salir del clóset de manera lírica, estaba intentando explicarle al mundo que lo que él sentía (que en esa época era considerado una enfermedad) era NA-TU-RAL.

 

Es perfectamente normal tener recaídas, es parte de estar vivo: llega la naturaleza con su primavera y a nosotros los depresivos apocalípticos nos entra la angustia y el fastidio humano de pensar que todo mundo se apareará y quedará embarazado en este planeta. Llega fin de mes y todos, deprimidos o no, nos sentimos incómodos y frustrados y luego, deprimidos, porque el dinero no alcanza y la publicidad, el sistema y los prejuicios nos han hecho sentir que valemos sólo por la cantidad de dinero que atesoramos. Es normal. Even educated fleas…. recaen. 

Un día tuvimos la suerte de aceptarnos deprimidos, nos tratamos y con mucho esfuerzo salimos adelante. Por favor, tengamos el mismo cariño hacia nosotros mismos y aceptemos que tal vez recaímos, o recaeremos y que es parte de estar vivo, y que otra vez, lo reconoceremos, lo trataremos, y con mucho esfuerzo, saldremos adelante.

 

«¿Pero cuándo se va a acabar, María? ¿Por qué carajos no podemos ser «normales?» Por que lo normal es recaer, hasta los que están sanos lo tienen. Así que Welcome! ¡Eres normal! Y vas a salir adelante. Y cuentas con todos nosotros, los pertenecientes a esta red de apoyo, para cantarte: Let’s do it! Let’s fall in love!

 

 

 

No sólo me saqué la lotería de la distimia (depresión crónica, trastorno depresivo crónico); también me saqué la de la disritmia paroxística en el lóbulo parietal frontal izquierdo, y la de la personalidad limítrofe.

Cuando el psiquiatra habló por primera vez de esa posibilidad, me asusté muchísimo. Le tengo menos miedo a la esquizofrenia y eso que es absolutamente peor. Pero sucede que antes que ser paciente Border (trastorno de la personalidad limítrofe, personalidad limítrofe, TPL, BLP) fui víctima de quienes la padecen y me aterraba la posibilidad de haber lastimado ya a quienes me conocían, y no poder hacer nada al respecto; porque bien jodido todo, no hay tratamiento específico para los border. No es como la depresión a la que, tras algunos intentos, puedes concluir que determinado tratamiento psicológico combinado con tal medicina y algunos cambios de rutina, mejorarás. Cuando eres border te despiertas con la esperanza de que el día sea controlable, y si lo consigues, ganaste. Pero no siempre lo consigues, y no, no tienes chance de pensar más a futuro.

Ya en otras ocasiones les he mostrado el dibujito con que yo explico mi sentir o mi forma de percibir mi border.

 

Esa gráfica podría representar un día, o una semana, o una hora. A veces es una hora… y no saben lo cansada que estoy después de que acaba el día.

Los picos que cruzan en línea casi recta son tan rápidos que a veces siento que mi cuerpo no está ahí. Puedo sentir mi cuerpo vacío y mi emoción completamente desgobernada. Cuando los picos van hacia abajo, me encuentro conmigo, creo que porque soy más depresiva que maníaca. En general, me siento más cómoda, más estable, cuando mis emociones tiran hacia lo depresivo que hacia lo maníaco, pero mucha gente prefiere lo contrario. Añoran el rush de la manía, porque nos da una energía enorme en la que conseguimos trabajar, limpiar la casa, limpiarnos, organizar, hablar, dirigir, comer, hasta hacemos ejercicio. El peligro está en cuanto sacamos la cartera y empezamos a comprar compulsivamente o nos da por salir con desconocidos, o por apostar, o por drogarnos o por irnos de fiesta hasta apagarnos. Para mí, los peligros son gastar y salir a la calle. Como ahora puedes comprar en línea, es super riesgoso que tenga dinero. A veces tenerlo me desata la manía. Y no puedo detenerme hasta que me desgasto emocional y económicamente. Uno de mis frenos es tener letreros por todos lados en mi casa, en el lugar donde tengo la compu que dicen: «Gana, gasta, guarda», frase de mi mamá. «En calidad de zapatos y lentes, nunca se escatima», frase de mi papá. «Si no está en oferta y no te vuelve loco, no lo compres», frase mía.

La comida es otra de mis compulsiones. Puedo comer sin detenerme, sin que disfrute la comida, incluso sintiendo cómo la comida ya no cabe y hasta el esófago empieza a contraerse. Pero no me puedo detener. Si tengo comida enfrente, me la como. Por eso evito las papas, los cacahuates, las golosinas. Si voy a comer postre, que sea una pieza: pastel, flan, bisquets, pero nada que se pueda dividir en pequeñísimas unidades.

Como les he contado, tengo la fortuna de nunca haber sido fiestera, así que el consumo de alcohol y drogas no está en mi esquema de consumo compulsivo, eso ayuda montones, porque las consecuencias de gastar y comer compulsivamente son relativamente controlables, sus efectos casi inmediatos y los de largo plazo, reprochables: a la gente le cae muy mal que uno sea gordo y tragón y pobre. Pero los de drogarse, alteran muchísimo la efectividad de las medicinas y los ciclos de sueño, y pues básicamente a todo mundo le gusta y celebra que uno sea flaco, fiestero y que viva «la vida al máximo», entonces es más fácil caer.

Durante las últimas cuatro semanas he estado experimentando cambios muy radicales en mi energía. Me frustra tanto…  Hace unos días, después de haberme pasado más de cuatro dormida casi todo el tiempo, desperté con muchísima energía. Eran las 9:30 y yo ya estaba vestida y arreglada. A las 10 estaba en el supermercado comprando la comida de la semana, a las 11, estaba llorando mientras trapeaba, contándole a mi nana todo lo que daría por tener el 20% de la energía de ese día, pero siempre. No podía parar de moverme ni de llorar. Y estuve así al menos cuatro días más. En el último día de energía, salí con Stephanie -mi cómplice de locura. Fuimos a comprar varios pendientes que tenía previamente apuntados en una lista para evitar hacer compras compulsivas. Pasamos de la oficina de impuestos donde pagamos el agua, a la librería donde compramos títulos para las sesiones de lectura, al hipermercado donde compramos cloro especial para orina de mascotas, al supermercado donde compré dos camisetas, trapeadores y tratamiento para el cabello, y de ahí fuimos por café y de ahí al cine. Sí, fui al cine. Y fui a ver una película infantil, que en mi opinión son las más duras de ver para todos aquellos que fuimos traumatizados de niños.

El domingo, cuando nos vimos para almorzar, su marido -que además es mi jefe- me dijo al verme: «¿Estás bien despierta, verdad?» No, no lo estaba. Y no lo estoy ahora. Y sé que los siguientes tres días estaré cansada. Y estoy angustiada porque el domingo es mi cumpleaños y me cuesta mucho trabajo lidiar con ese día, no porque no quiera envejecer, si no porque no sé cómo lidiar con la atención de un evento en el que mi único logro fue salir de la panza de mi madre asistida por la ayuda del doctor Porres. Porque vivir es un martirio al que estoy dispuesta a someterme por los siguientes años porque de vez en cuando hay momentos en que me lleno de energía que tiene mucha paz en el interior, y no desgasta, y se siente como si el universo me abrazara.

Hoy es un día cansado. Pero ya logré hacer facturas, almorzar, ayudarle un poco a la nana con la limpieza, escribir aquí, organizar el siguiente calendario para el Social Media Boot Camp, y estoy peinada y lista para salir a la calle al rato que toca clase. Estoy agotada, y quisiera dormir una semana… pero me exijo porque cada que separo la vista de la computadora puedo ver a mis mascotas dormir tranquilamente en sus trepadores, o porque mi nana me cuenta que pudo reparar algo en su casa, o porque mi Comadre me dice que tenemos un trabajo nuevo y eso nos permitirá hacer sesiones de foto juntos, o porque Stephanie, Magos y Jan me dicen que le emociona este proyecto. O por ustedes, que me leen. Y entonces vale la pena seguir buscando una especie de regulador de corriente que me haga sentir más en mi centro.

Si tú también tienes diagnóstico de Border o algo de lo que escribí te parece familiar, por favor cuéntame cómo te sientes, ya sea en los comentarios de este post, o en la página de Facebook o por Twitter o en el foro. Quiero saber cómo estás.

 

Fases de la luna Margarita Nava

– Pero vas a salir de esta, estoy segura. 

– Vaya, he vivido con esto toda mi vida, no es como si hubiera salida. Se acostumbra uno a vivir así.

– No, pero uno sale de la depresión, uno no se queda ahí. 

– Algunos sí, y otros no. Hay depresiones de las que se entra, se siente que no se puede vivir, y luego, con mucha ayuda, se sale. Yo he tenido tres de esas. Pero además de esas, que se llaman «depresiones clínicas»; tengo distimia, que es depresión crónica pero funcional. 

– ¿JUAT? No chingues, no sabía que había varios tipos de depresión. 

– Chuli, esto es como en la salchichonería: quieres jamón York, de pavo, de pollo, con especias, sin especias pero con nueces, sin sodio pero light pero que sepa a algo… Aquí hay de todo. Porque además, la depre como el perfume, reacciona diferente con cada persona.

 

CHA- LE

 

La verdad es que siempre asumo que quien ha padecido algún cuadro de depresión sabe estas cosas. Y pos no. Un día me voy a tatuar: ASUMIR ES ILEGAL.

 

Tengo amigos que han pasado por periodos jodidísimos de depresión clínica, los he visto romperse en pedacitos cuando salen de la cama luego de 5 o 6 días de no haberlo conseguido. Una de mis hermanas tuvo un episodio catatónico por 40 días… supongo que eso me preparó para acompañar a otras personas después.

Otra cosa que me ha enseñado vivir con enfermedades psicoemocionales y con gente que las padece o ha padecido es que es INDISPENSABLE:

 

  1. Nadie en ningún sitio de internet puede diagnosticarte. NADIE.
  2. Necesitas ayuda profesional. Alguien con cédula médica.

 

Aclarando el asunto, y recordando nomás que yo escribo desde mi experiencia de paciente diagnosticada hace más de una década…

 

La Clínica Mayo (fuente que me ha sido autorizada por médicos de mi confianza), dice de la depresión clínica:

 

La Depresión Clínica puede afectar a personas de cualquier edad, incluso a los niños. Sin embargo, los síntomas de la depresión clínica, si son graves, en general mejoran con asesoramiento psicológico, medicamentos antidepresivos o una combinación de ambas opciones.

Si una persona tiene depresión clínica, debe presentar al menos cinco de los siguientes síntomas, durante un período de dos semanas, la mayor parte del día, casi todos los días. Al menos uno de estos síntomas debe ser ya sea un estado de ánimo depresivo o pérdida del interés o el placer. Los signos y síntomas pueden incluir los siguientes:

  • Estado de ánimo deprimido, como sentirse triste, vacío o con ganas de llorar (en niños y adolescentes, el estado de ánimo deprimido puede manifestarse como irritabilidad constante)
  • Interés considerablemente reducido o imposibilidad de sentir placer por ninguna actividad o por la mayoría de ellas
  • Pérdida de peso considerable cuando no se está a dieta, aumento de peso, disminución o aumento del apetito (en los niños, lo normal es que no puedan aumentar de peso)
  • Insomnio o más deseo de dormir
  • Desasosiego o conducta lenta observados por otros
  • Cansancio o falta de energía
  • Sentimientos de desprecio por uno mismo o culpa excesiva o inadecuada
  • Dificultad para tomar decisiones, para pensar o para concentrarse
  • Pensamientos recurrentes sobre la muerte o el suicidio, o intento de suicidio

Los síntomas deben ser tan intensos que provoquen problemas notables en las relaciones con los demás o en las actividades cotidianas, como el trabajo, la escuela o las actividades sociales. Los síntomas pueden basarse en tus propios sentimientos o en las observaciones de los demás.

 

Ora, saquen una libretita para que vean la diferencia con la Distimia (que es lo yo tengo).

El Trastorno Depresivo Persistente, también llamado Distimia, una forma de depresión continua y a largo plazo (crónica). Es posible que pierdas interés en las actividades normales de la vida cotidiana, que te sientas desesperanzado, que te vuelvas improductivo y que tengas baja autoestima y una sensación general de ineptitud. Estos sentimientos duran años y pueden afectar en gran medida tus relaciones y tu desempeño en la escuela, en el trabajo y en las actividades diarias.

Si tienes trastorno depresivo persistente, es posible que te resulte difícil sentirte optimista incluso en ocasiones felices. Puede que te describan como pesimista o negativo, que crean que te quejas todo el tiempo o que eres incapaz de divertirte. Aunque el trastorno depresivo persistente no es tan grave como la depresión mayor, tu estado de ánimo deprimido actual puede ser leve, moderado o grave.

Debido a la naturaleza crónica del trastorno depresivo persistente, sobrellevar los síntomas de la depresión puede resultar difícil, pero una combinación de sesiones de terapia comunicativa (psicoterapia) y medicamentos puede ser eficaz para tratar esta afección.

 

– Lo que a ti te pasó fue un periodo super horrible donde veías todo negro, un hoyo negro profundo de donde no parabas de caerte.

– Exacto

– Bueno, yo vivo en un palco desde donde lo único que veo es ese hoyo negro.

 

Por eso es menos «peligroso» que yo hable de suicidio, porque básicamente lo he pensado siempre, como una opción práctica para dejar de vivir en gris (en mi caso es una cuestión de ruido, el ruido general de la vida me fastidia a un punto en el que…); se vuelve peligroso si tengo más de una semana pensando en cómo suicidarme. Ahí ya hay que prender los foquitos de alerta porque seguro, ando en depre mayor. Por que sí a los que tenemos Distimia, nos puede dar depre doble. Bien bonito.

 

No puedo recalcar lo importante que es que busques ayuda. Ya sea que tienes alguno de los síntomas de Depresión Clínica o de Distimia o que llevas algún tiempo no sintiéndote completamente tú.

Yo tengo la enorme fortuna de no tener vergüenza (a veces eso es culpa de ser border, a veces es culpa de mi personalidad) y gracias a eso lo hablo y he conseguido ayuda. Por favor, si vas a perder la elegancia, que sea preguntando dónde está el hospital psiquiátrico más cercano, o si tus amigos conocen a algún psiquiatra, o googleando: psicólogos y psiquiatras cerca de mí.

 

Y si no sientes nada de esto, pero te recordó a alguien, por favor, pregúntale, trata de acercarte y entenderle. Insisto (sobre todo porque todo mundo me lo recuerda): yo tengo una facilidad enorme para explicarme pero no todos son como yo y a muchos les da vergüenza hablar de esto. Tu ayuda puede ser la diferencia entre vivir pleno (y sí, con depresión y distimia o cualquier otra cosa, pero aceptándote) a vivir a medias.

Si me dieran un peso por cada vez que alguien me ha dicho cosas como:

 

¿No será que dices que estás enferma porque te compraste la idea que alguien te dijo?

¿Y si en realidad lo que pasa es que te sientes cómoda diciendo que tienes todo eso que dices para no enfrentar que eres super fuerte y que puedes con eso y más?

La neta, no sé por qué dices que estás enferma, a veces hasta me asusta que lo digas tan fácilmente… es que no se te nota. Vaya, yo conozco gente que sí está enferma y pues tú no estás así.

 

Este… miren… básicamente no necesito el permiso de nadie para decir qué soy, cómo soy, cómo me siento, qué tengo, cómo lo tengo, por qué lo sé. No tengo por qué justificarme con nadie sobre mis diagnósticos y cómo los encontré o porque me siento cómoda nombrándolos. Peeero… En vista de que ya me puse muy públicamente a escribir y hablar de esto, lo haré, porque ya entendí que no soy la única a la que ponen en duda y este espacio se trata de crear herramientas para que todos nos sintamos menos solos.

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Una de mis hermanas me dijo recientemente: «lo que más jode es que no te crean, que te digan que exageras para llamar la atención».

Nunca me voy a cansar de describirme con la misma tranquilidad y desaprensión con que diría la receta de las lentejas al Tequila: Soy María, soy mexicana, tengo 40 años. Soy morena, caderona, ojo de capulín. Soy talla 13, peso 85 kg, calzo del 6.5, no lleno un brassiere y tengo distimia, soy medio intolerante a la lactosa, ya me cae pesada la barbacoa y también soy border, me dan ataques de ansiedad y de pánico porque tengo agorafobia y ansiedad social. Ah, también tengo disritmia paroxística en el lóbulo parietal frontal izquierdo, soy Crazy Cat Lady y fan de Star Wars por culpa de Joseph Campbell. Creo que Carl Sagan decía puras cosas ciertas. Mi color favorito es el verdemoradonaranja y no me gustan las fiestas.

 

¿Saben qué son todas esas palabras? CARACTERÍSTICAS. Identificadores con los que los seres humanos hemos encontrado que nos comunicamos mejor. Si yo les digo verde, ustedes imaginan verde, pero si nos ponemos a compararlo, cada quién tiene un verde diferente en mente. Pero igual le decimos verde para no perdernos entre tantos detalles de percepción; ahora, si es necesario entrar en detalles, pos es porque te dedicas a los colores.

Cuando digo que tengo distimia, no me saqué de un diccionario de enfermedades la palabra (aunque muchos hacen eso con diccionarios de medicina alternativa y a ellos sí no les cuestionan sus enfermedades, porque son avant garde, porque están siendo holísticos…). Cuando digo que varios psiquiatras que han estudiado bastantes años para poder atenderme a mí y a otros y quien me escucha decirlo decide que son médicos pagados de sí mismos, ególatras que no tienen autoridad alguna para decirme nada, les recuerdo que están discutiendo con alguien que no tiene terminada la preparatoria, y que mi vocabulario es más extenso, mi capacidad de comprensión es mayor, y mi tolerancia, evidentemente, infinita.

 

Cuando alguien viene y me dice que prefirió no hacerle caso al psiquiatra, que las medicinas le hacían sentir peor, y que encontró en la ayahuasca y la meditación la forma de sentirse mejor, no tengo nada que decir más que: felicidades. Porque normalmente los que padecemos algo, lo que sea, compartimos lo que hemos pasado sin ánimo de estar convenciendo a nadie de que nuestro método es el bueno.

No hay método bueno. No hay receta inefable. No la hay porque cada persona es distinta, cada padecimiento tiene sus propias características y circunstancias. Y por eso cuando yo digo depre, ustedes imaginan una cosa que bien puede ser medio gris, medio triste, medio oscura, pero cada quien sabe qué tanto.

So, paren de mamar: si les digo que eso soy, es porque eso soy, porque me conozco, porque llevo años entendiéndome, haciendo la chamba, escuchando a muchos, leyendo más. Y por favor, si no tienen nada constructivo qué decir, recuerden que lo mejor que pueden hacer por un depresivo, o por cualquier persona con un dolor cualquiera, es ESCUCHAR.

Fragmentos de Martha Acrílico sobre madera Agosto 2017 Magos Nava

Se los juro que no recuerdo un día de mi vida en que no me haya preguntado para qué carajamadres estoy viva. Y no, no hablo del aspecto filosófico de esa pregunta. Pero con todo, eso no es lo peor de lo que me pasa.

Vivir con distimia es complicado: es como si vivieras en medio del Carnaval de Río y en lo único que pudieras fijarte es que todo mundo va dejando basura, nadie respeta a las mujeres, absolutamente todo se trata de sexo fácil, el reguetón sustituye hasta la samba, a nadie le importa el calentamiento global y a todo mundo le vale madre que no habrá agua potable en 18 años.

Simplemente no puedes conectar con lo que a los demás los llena de felicidad, y cuando los ves pletóricos de emoción, no puedes más que sentir vacío y desesperanza.

Con todo, prefiero eso a lo que me pasa cuando el borderline me pega. Ah, porque lo más bonito de estar psiquiátricamente diagnosticado, es aprender que no porque tengas una enfermedad puedes dejar de tener las otras. Básicamente la locura es como la diabetes: se te jode un sistema principal y lentamente te va jodiendo los demás.

Yo creo que lo de ser border, en mi caso vino después de la distimia. Yo creo que aprendí a ser border. Aunque mi madre nunca estuvo diagnosticada (y si lo estuvo no me lo dijo) estoy segurísima que era border. Segurísima.

Pero a ver, empecemos por explicar qué demonios significa ser border.

Wikipedia dice (y no me salgan con que no es buena fuente de consulta porque si lo creen, es porque no tienen la menor idea del enorme esfuerzo que hay detrás) (Sorry, ando muy agresiva):

El trastorno límite de la personalidad, borderline (abreviado como TLP), también llamado limítrofe o fronterizo, es definido por el DSM-IV (DSM-IV 301.831​) como «un trastorno de la personalidad que se caracteriza primariamente por inestabilidad emocional, pensamiento extremadamente polarizado y dicotómico, impulsividad y relaciones interpersonales caóticas». El perfil global del trastorno también incluye típicamente una inestabilidad acusada y generalizada del estado de ánimo, de la autoimagen y de la conducta, así como del sentido de identidad, que puede llevar a periodos de disociación.2​ Se incluye dentro del grupo B de trastornos de la personalidad, los llamados «dramático-emocionales». Es, con mucho, el más común de los trastornos de la personalidad.3

En otra entrada ya les conté que cuando me dijeron que era border casi me da el tramafat (esta enfermedad, trastorno o episodio emocional aún no está tipificado por ninguna institución, pero se siente de la fregada).

Para mí era mejor que me dijeran que estaba esquizofrénica (en ese momento, ahorita ya vivo muy en paz con mi diagnóstico). La idea de aceptar que vivo al límite de mis emociones constantemente me parece cruel, absurdo y un total desperdicio; pero además me parece peligroso: verán, estar deprimido no lastima (normalmente) a mucha gente más que a ti, a menos que vivas rodeado de familia que tiene que estar lidiando contigo. Yo he vivido sola muchos años, así que vivir con depresión, le ha afectado directamente a pocas personas que llegaron a mi vida más que advertidas de lo loca que estoy (así que sin mentiras, no hay engaños).

Pero cuando eres border, le afecta a todo lo que se ponga cerca de ti, no sólo a la gente, a tus cosas. Ejemplo:

Tenía 14 años. Me salí de casa un poco incómoda porque mi madre me dijo: «cuando vuelvas de la escuela, vas a ver muchos cambios».  Mi mamá se veía emocionada, como cuando alguien va a comprar muchas cosas en Navidad, o como cuando un adicto a las drogas está urgido por un pase y por fin lo consigue. Créanlo o no, no tengo referencia real sobre eso porque soy bien fresa, y pues mi única referencia es la televisión, así que mi mamá se veía así:

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Cuando volví al departamento, al abrir la puerta había otra. Literal como en Alicia en el País de las Maravillas. Y me quedé parada muerta de pánico pensando primero, que me había equivocado de departamento; segundo, que por fin se me había deschavetado todo y ahora alucinaba puertas que jamás terminarían de aparecer; tercero, que me había muerto y ese era el infierno: intentar salir de un lugar al que sólo puedes entrar, y seguir entrando infinitamente.

Toqué la segunda puerta con los nudillos y mi mamá apareció: «Mira nada más, ya tenemos consultorio en la casa».

Mi madre había estudiado en la Carlos Septién, como mi papá, y luego del divorcio, estudió Filosofía en el Claustro de Sor Juana y luego Tatatología en la Ibero y luego mil cursos que le hicieron creer que era terapeuta. ? I know… Honestamente creo que si alguno de sus «pacientes» o alumnos supiera cómo estaba realmente la cosa, no hubieran tomado ni media hora con ella. Era una gran maestra, eso sí, pero no estaba la salud para andar repartiéndola.

Mi mamá convirtió la sala y el comedor del departamento en una recámara extra, donde me metió a mí; y dos consultorios.

Ahora que recuerdo la imagen, era como vivir en esos departamentos japoneses que existen ahora divididos por tablaroca, donde apenas cabe una cama.

Así era mi mamá. Movía todo. Le partía la madre a los zapatos nuevos con sus tijeras toledanas. No era capaz de respetar el diseño de absolutamente nada. Y miren, pos si quería hacerle hoyitos a sus zapatos, a uno qué… la cosa es que también lo hacía con tus cosas, con tus amigos, con tu vida.

«Pues yo creo que desde ahora vamos a trabajar con el diagnóstico de Trastorno Limítrofe de la Personalidad», dijo el psiquiatra y creo que ahora entienden por qué carajos casi escupo.

 

En las últimas semanas me la he pasado trabajando muy concentrada en recuperarme de la agorafobia, en volver a salir a la calle como antes, que no era mucho, pero era funcional. Lo logré, estoy muy cabronamente orgullosa. Me obligué a hacerlo rápidamente porque en agosto comenzaba un compromiso importantísimo para mí: dar clase. No, yo no doy clase de cómo estar sana, les digo que la salud no está como para repartirla. Doy clase de cómo escribir. Eso sí lo sé hacer.

Esa clase que doy forma parte de un taller muy grande donde convivo con colegas a los que admiro montones, algunos de ellos muy amigos. Ya hemos hecho seis talleres; la verdad no siempre se nos ha llenado el salón. Los últimos 3 estuvieron medio vacíos. Y yo no tenía mucha esperanza cuando al cuarto para la hora, teníamos sólo 5 alumnos inscritos.

Pero sucedió, por fin, el milagro que mi maestro Angel dice que siempre sucede (aunque esta es la primera vez): «Vas a ver que en la última semana se llena».

TREINTA Y SEIS ALUMNOS.  30 + 6. Es decir, 3 decenas, y 3 pares.  Miren nomás el salón.

¿Saben lo que le hace eso a un border, agorafóbico con síndrome de ansiedad acostumbrado a contener todos los ataques de lo que sea que le den para cuando ya esté en su casa y se dé permiso de quebrarse, pero poquito, porque si no quién le va a dar de comer a los gatos?

Desde que salí de casa, mi discurso interno era inagotable: «Vas a decir una grosería mayúscula, vas a humillar a alguien sin intención pero te va a salir como si fueras Catalina Creel; vas a interrumpir a Master y a Haydeé y no los vas a dejar dar clase porque claro, si tú no eres la protagonista de la vida, entonces no vale. Ay ya cállate María, cállate por favor. Si es necesario te tomas el Clonazepam y te pones audífonos, hoy no das clase tú, así que te los puedes poner y nadie de los maestros se va a sentir incómodo porque te conocen y saben que a veces los necesitas. Claro, porque aunque tienes 40 no has aprendido a dominar tus «enfermedades»…. jajajaja, qué fácil es vivir diciendo: ay perdón, es que soy border. Si tanto sabes, si tanto te importa, ya te deberías de haber curado».

Y así… y todo eso pasaba mientras me comía un pie helado de limón en la oficina de mi amigo Romeo y él, amablemente nos hacía preguntas a Angel y a mí sobre el grupo. Y eso pasó 10 horas antes de salir, y siguió pasando 3 horas después de terminar.

Cuando llegué a casa tenía ganas de no dormir y ponerme a trabajar en las cuentas y cómo voy a pagarle a los maestros y cuántos becados tenemos y si necesitamos gafetes y que hay que integrar a los nuevos al grupo… y eran las 12 de la noche y me tomé mis medicinas y les agregué dos gotas de clonazepam y pensé en Carrie Mathinson (interpretada por Claire Danes) en Homeland con esa cara de hambre, de imposible satisfacción cuando por fin volvía a trabajar como espía sin haberse tomado sus medicinas…. y lloré y me fui a la cama rogando por dormir.

Y debe ser que me obligo. Y debe ser que tengo tanto miedo de hacerle daño a los demás. Y debe ser que los gatos arrullan con el ronroneo. Pero dormí. Y dormí hasta las 2 de la tarde. Y aunque era muchísimo no me dio vergüenza… pero desperté igual, toda alterada, toda maníaca. Y me salí en pijama a hacer mandados y no paré de caminar hasta que recorrí cuatro colonias.

Y ahora sólo pude dormir 5 horas, y tengo una junta de trabajo, y luego cita con el quiropráctico, y luego clase. Y muero de miedo. Y de pena.

Vivir deprimida es más fácil. Se los juro. Es como ser una masita moldeable que se compacta en alguna esquina y que no hará nada por ser otra cosa. Le vale madre.  Y sí, por dentro te sientes fatal, pero no sientes desesperación, al menos no con mi tipo de depresión, nomás te sientes vegetar y te preguntas para qué.

Esto otro… es agotador.