Una de las primera preguntas que discutimos en este espacio fue a propósito de cómo se vive el amor cuando tienes depresión o cualquier otro diagnóstico o afectación emocional. A uno de nosotros, su terapeuta le había dicho que cuando se está deprimido no se puede sentir amor, que químicamente es imposible. Quien puso el tema sobre la mesa dijo que esa afirmación le había destruido todo, porque tenía pareja, y claro que sentía amor, pero si un profesional de la salud le decía que eso era mentira, ¿entonces qué sentía?

 

Yo les he contado ya varias veces que si fui al Nacional de Psiquiatría luego de muchos años de vivir enferma e intentar solucionarlo únicamente con terapia fue porque un amor de mi vida me dijo: «Nena, ya no puedo solo, necesito ayuda». Y le hablé a una amiga que también la estaba pasando mal y nos fuimos juntas al Nacional. (Ahora que lo pienso no entiendo por qué no le pedí eso a mi pareja… algún día tendré que discutirlo con mi terapeuta). Mi driver, mi motivación para «curarme» fue la culpa que sentí: Marido (así siempre le dije y así lo presentaba, incluso) no tiene parientes enfermos como yo, ni tenía por qué vivir las consecuencias de haberme escogido con todo y esta locura.

15 años después la vida es muy diferente, él y yo ya no estamos juntos, pero él y yo somos felices y cada quien vive el amor como quería vivirlo.

¡JA! Hasta acá los oí: ¿María, cómo vives el amor? ¿Tienes pareja? Sácame de una duda, ¿eres gay o no? Desde que existe este espacio y mi vida privada está expuesta, esas preguntas se me aparecen constantemente. Dejaré la primera pregunta para el final, porque es justo la razón de este texto. Contesto las demás.

 

 

¿Tienes pareja?

No, porque la palabra me queda chiquita para lo que yo entiendo por el amor que se siente por alguien en quien confías plenamente y además te atrae y satisface sexualmente. «Pareja» creo, es una palabra que nos inventamos -como sociedad- cuando las uniones libres, el concubinato, vivir sin estar casados se volvió más popular y queríamos que dejaran de molestarnos, queríamos aclarar que nos considerábamos (entre esos que conformaban la pareja) iguales, que había el mismo respeto del uno al otro y que rompíamos con el esquema tradicional de posesión que algunas ideas sobre el matrimonio legal y religioso imponen.

¿Eres gay?

No, aunque me gustan físicamente ciertas mujeres, tanto como me gustan ciertos hombres. Y también algunas personas que se identifican con otras identidades de género. No soy gay porque mi cerebro no se enamora de mujeres, y aunque mi cuerpo se ha sentido atraído a muchas, sólo me he enamorado de mujeres desde los 21 años. Antes que eso, estuve enamorada de 2 mujeres: una en la primaria y otra en la secundaria. Y luego me enamoré sólo de hombres. Y no he vuelto a sentir amor emocional y carnal por otra mujer. Esto es: en la Escala de Kinsey soy un dos muy sólido.

 

Tomando en cuenta esas dos circunstancias les daré un poco más de contexto:

No quiero volver a vivir con alguien. No quiero que alguien viva en mi casa pues. Si por alguna razón de la vida eso pasara, agradezco enormemente que en mi departamento haya 3 recámaras porque me parece que compartir cama todas las noches es muy violento. Creo en la individualidad como la forma más amorosa de amar a alguien. Creo que si cada quien tiene su clóset como se le da la gana, y decide si quiere o no tener su cama o dormir con o sin gatos no debe estar perdiendo el tiempo en esas cosas. Mis experiencias de concubinato me han enseñado que el amor vive en todos los espacios de la casa y que si insistes en que la recámara sea ese altar sagrado al que sólo se va a tener intimidad emocional y sexual, rapidito lo conviertes en un dios falso que incumple todas sus promesas.

Sin embargo me he enamorado un par de veces más. Antes y después de mis «maridos». Y no todas han sido amor, algunas han sido francos enculamientos y he salido perdiendo como cualquier persona que teniendo personalidad limítrofe, confunde a las hormonas con la posibilidad de encontrarse en alguien más.

Eso se me quitó el día que después de quedarme rota por dentro y por fuera, llena de deudas, humillada ante mí misma y con la reputación hecha mierda por fin entendí que no sólo nadie es responsable de tu felicidad, si no que absolutamente nadie puede vivir en ti, o tú en otro/otra. Se vive para uno. De esa manera te aseguras de tener lo que necesitas, de entender tus límites para recibir y dar y entonces, con mucho gusto y generosamente pero sin destruirte, amas.

Aunque yo nunca fui celosa y por lo tanto mi sentido de posesión era bastante bajo, terminé por afianzar los beneficios de no sentir celos cuando conocí a alguien que tampoco siente celos y que tras conocernos me dijo: «cuando estemos juntos, no hay nadie más, y lo único que importa entre tú y yo, sucede cuando estemos juntos». ¡Por fin alguien me aclaraba que se puede sentir amor y vivir en el presente! Yo lo suponía, pero no lo sabía de cierto. Odiaba… odio las relaciones que incluso teniéndolas, otorgándose títulos como novios, esposos, maridos y mujeres, se sienten inseguras si no están juntos en el mismo lugar y que cuando están separados por el trabajo, por que salieron con amigos, porque carajo, no pueden ir al WC al mismo tiempo, siguen hablando el uno del otro, que no paran de vivir «en pareja» y se olvidan de vivir individualmente.

Ser borderline significa (entre muchísimos otros comportamientos) ser codependiente. Nos olvidamos de nosotros porque duele demasiado ser. Nos maltrataron tanto de niños, nos olvidaron tanto de niños que ansiamos desesperadamente que alguien nos ame como no fuimos amados, que nos cuiden como no fuimos cuidados. Pasan muchos años y mucha terapia y mucho autoconocimiento hasta que entiendes que tienes esa hambre desesperada pero que vivir a dieta vale la pena. Que si intentas calmar esa hambre, sólo te llenarás de «amor golosina», que engorda y te hace lento, que te sube el ritmo cardíaco y te da ansiedad. Sólo la proteína del amor propio, luego de consumirla adecuadamente, termina por hacernos ver la realidad.

 

Entonces María, ¿cómo vives el amor?

Con límites. En vigilia. Recorriendo el territorio de mis desesperaciones para que, cuando se presenta eso que yo llamo «los rinocerontes del corazón»* no me agarren con hambre desesperada. Pienso en el amor como tener hambre e ir al super. Hacerlo es una decisión económica muy estúpida y una alimentaria muy absurda: gastas dinero que no tienes en alimentos y productos que no necesitas; compras «comida» que no te nutre pero te calma por 20 minutos la ansiedad.

Comer es un verbo regular que se conjuga como Amar. Y así de mucho hay que respetar ambas actividades. He vivido 15 años en medicinas psiquiátricas, y tomarlas me ha enseñado lo importante de la rutina, de atender horarios para tomarlas, de combinarla con los alimentos adecuados para proteger mi estómago, para que hagan el efecto adecuado; a leer para entender qué hacen en mí y por qué tienen efecto distinto en otras personas; a preguntarle a los médicos de todos rubros, especialidades y experiencias qué opinan. La investigación y el hábito me ha hecho discernir entre lo que me conviene a mí y lo que no; y por eso no ando automédicandome ni cambiándome las medicinas. Me cuido, me vigilo, me pongo límites.

He tratado de ponérselos a mi cuerpo con respecto al peso, a la actividad, porque tengo mal la espalda, porque le doy mucho medicamento, porque lo necesito para hacer dinero para cuidar a mi nana, a mis animales, para darle clase a mis alumnos y seguir aprendiendo juntos, para comer quiché de salmón y tarta de naranja, para comer jocoque con arúgula, para leer hasta las 2 AM y para caminar a paso rápido en la caminadora mientras leo en mi Kindle.

Creo hábitos para disfrutar lo que me da gozo; y creo límites para que el gozo sea siempre fresco, amable, y que no me haga daño. Y así es el amor. Así amo. Y por eso amo a tan poca gente.

 

Tener un diagnóstico psiquiátrico, psicológico o biológico altera nuestra forma de amar porque altera nuestra rutina establecida para mantenernos sanos. Quienes nos aman y no están enfermos, deben modificar sus rutinas para permanecer a las vivas y además guardar fuerzas para sí mismos.

Mi padre repetía siempre: «Primero tú, después tú, al final tú, así siempre tendrás algo qué darle a los demás, podrás ayudarles, y esa será tu recompensa, tu gusto, tu alegría». Me ha costado mucho aprender el balance que hay en esa frase. En la receta del amor siempre pongo más cucharadas de mi esencia de las que son sanas para mí y para quien participará del festín que haremos juntos; y hacerlo mata al amor, lo pudre. Por enculamiento he entregado las llaves de mi casa, mi dinero, mi vida entera. Por los rinocerontes he conseguido a entregar sólo aquello que será bien recibido.

Los límites nos ayudan a entendernos, a conocernos, a no dañar al otro. Cuando alguien amorosamente nos limita, nos dice: «No es rechazo princesa, es otra cosa, pero no es rechazo»; «Cuando estemos juntos estamos sólo tú y yo, y nadie más»; «Necesito ayuda, no puedo solo contigo», nos están diciendo «también te quiero» y nos dan una oportunidad para vernos desde otra perspectiva.

Si tienes algún diagnóstico emocional mi sugerencia es que a cada emoción abrumadora o desbordante le des su momento, ya sea una emoción amorosa, sexual, violenta, angustiante, ansiosa, del tipo que sea, en cuanto la sientas llegar, cierra los ojos e inhala. Suspende el tiempo para ti y respira. No importa lo que pase afuera, sólo respira. Te juro que si te das 4 respiros bien calmados, con los ojos cerrados, podrás verte desde afuera y entender qué quieres hacer con esa emoción. Cuídate, sólo así podrás cuidar a alguien más.

 

 

*Los rinocerontes del corazón: No son mariposas en el estómago. Esas se sienten cuando alguien te gusta, cuando por alguna razón pierdes la vergüenza que siempre te domina y te atreves a preguntar: «Hola, ¿qué haces? ¿Te acompaño a dónde sea que vayas?» Las mariposas te llevan a la cama, a tener sexo sin fijarte en nada, a veces después o antes de la cama hay alcohol, o un par de dates casuales. Pero una vez que el sexo calma el hambre de las mariposas, solitas desaparecen.

Los rinocerontes pasan por mí. Me atraviesan. Se les escucha venir a lo lejos en su paso fuerte y decisivo. Retumban desde el centro de mi torso y van expandiéndose y multiplicándose hasta que todos caminan al mismo ritmo, contundentes, en mi corazón y entonces, el cerebro dice: Inhala. Ese polvo que levantan, durará por siempre.

Lo he sentido tres veces en mi vida. Una vez una parvada de pájaros me arrobó y me llevó a volar. Pero nos mató un cocodrilo.

Mi mamá, como creo son muchas mamás en el mundo, tenía la maña de recordarme constantemente que yo no era lo que ella esperaba. De hecho, que hasta me alejaba bastante de serlo. Entre los muchos elementos de esta que soy yo, su mal concebido guisado, estaba mi gracia de no ser discreta. «Mijita, ¿qué no te das cuenta que a las mujeres entre más calladitas, mejor les va? ¿Por qué no eres más reservadita? ¿Por qué te haces tatuajes? ¿No te da miedo que un día nadie te quiera contratar porque tienes tatuajes? ¿Por qué te hiciste uno de tu papá y no uno de mí?»…

Puff.
Estos últimos días he notado un… discreto, muy polite, muy amable, es más muy atento cuestionamiento de mis seres cercanos: «Oye… mmm. No te preocupa… No sientes como… ¿No crees que sería bueno que la gente no supiera que tomas medicinas?» Y aclaro, por «medicinas» se refieren a medicinas psiquiátricas…. uuuuu Mufasa.
No. No me da pena. Al contrario. Me da un cierto sentimiento de tranquilidad. Si yo me decidí a tomar medicinas, a buscar ayuda de los que estudian nomás 15 añotes para poder darte una receta, es porque alguien más no fue discreto con su condición, porque alguien más tuvo la tranquilidad de decirme (ojo, no de confesarme, porque no es un pecado que se dice en un lugar oscuro con una reja de por medio): «soy bipolar, tengo epilepsia generalizada y padezco depresión crónica, y me tomo 3 chochos al día y es lo mejor que me puede pasar, por que gracias a los chochos soy yo, pero sin estarme metiendo el pie todo el tiempo».
Si esa persona no hubiera sido honesta conmigo, yo jamás me hubiera atrevido a buscar ayuda, a hacerme análisis, a sentarme con un psiquiatra, a poner en la mesa de la realidad mi historia familiar y dejarme de tonterías donde el sufrimiento pasado no es otra cosa más que una novela que jamás escribiré.
Un día, alguien más me verá y con algo de suerte (porque se necesita que esa persona esté dispuesta a verlo y que yo esté dispuesta a enseñarlo) coincidiremos y mi «ejemplo» le dará fuerza para ir a pedir ayuda.
No. No me da pena. Padecer depresión no es nada diferente a padecer… síndrome de colon irritado. La diferencia, es que yo con mis chochos sí dejo de armar pedos.