Una pastillita verde, explosiva, incomprendida, que tuvo malas películas… y que me ha salvado cada vez que quiero suicidarme. Stan Lee me regaló Hulk.

 

Tengo 10 minutos de descanso. Ahora vivo contando minutos. Soy la Social Media Lead de Cultura Colectiva Noticias, fuente inagotable de uno de las mejores herramientas para aprender a vivir con Síndrome de Ansiedad Mayor: no tienes tiempo de hacerle caso al demonio interno cuando cada 5 minutos el mundo tiene algo qué contar y tú eres responsable de uno de los engranes que hace que un par de millones de personas se enteren.

 

Reaccionando a una de esas historias, me enteré que murió Stan Lee. Inmediatamente dejé mis pendientes en hold, y me puse a hacer mi chamba. Para hacerlo subí y bajé unas 8 veces las escaleras de donde hace meses me caí y casi me mato, por accidente, no porque quisiera. Tres horas después me cayó el 20.

 

 

Fue lo más que pude hacer para mí, para darme mi chance de llorarlo. Y para ustedes, porque este sitio existe para que yo comparta cómo chingados le he hecho para sobrevivir…me. Porque el mal está en uno, como en cualquier super héroe. Por eso tenemos kriptonita (ya sé que no es Marvel, pero Superman también vive en mí… y Batman). Por eso tenemos a Wonder Woman que nos ha reinventado el feminismo. Por eso tenemos a Hulk… que me ha salvado tantas veces.

 

Tan pronto lo publiqué ustedes, que son la mar de generosidad, empezaron a comentar. Y me están compartiendo sus versiones de Hulk, y ese es el milagro del regalo de Stan Lee: nos sintetizó códigos complejísimos, para que todos encontremos en su personajes, alguien que nos de el poder de una imagen, que jamás será tan fuerte como el de las palabras.

 

No tengo chance de escribir más, pero no podía dejar de hacerlo. Desde mi Hulk, sepan que admiro, amo, y quiero al suyo, a su Spiderman, a su IronMan, a su Batman (si como yo viven divididos en el amor por DC y MArvel), a su Luke Skywalker, a su Darth Vader… a su Han Solo (personaje que siempre me recordará mi más reciente intento suicida). Les abrazo a todos. Desde mi Hulk, les abrazo a todos.

Hola de nuevo, soy Shantale la melancólica. Hoy es el Día de la Salud Mental y como comprenderán se me ‘encendió la mecha’. Gracias por leerme. Luz colectiva para los apagados.

 

Dejar ir es sano, sí ya sé, me lo dice todo el mundo. Pero, ¿cómo se logra eso?

Aprovechando el Día de la Salud Mental, quise compartir algunas buenas prácticas del soltar. (Vaya verbo ese de soltar, suena tan simple y cuesta ¡pa su mecha!)

Cuando perdemos a alguien o algo nos sentimos vacíos, tristes… al menos a mí me ha pasado y conozco a muchas personas que coinciden. Pero, ¿por qué sentimos esa necesidad de hacer siempre lo mismo, de ver las mismas caras, de disfrutar de los mismos colores y sabores? Siempre pensé que era adicta a las novedades, pero de pronto cuando ya no veo a mis compañeros de trabajo todos los días o cuando nos falta un ser querido porque se murió o cuando cambia totalmente tu rutina porque no puedes valerte por ti mismo, ahí es donde digo «no pues sí prefería la rutina, sin cambiecitos, así plana como estaba».

Hay luz al final del túnel. (Foto: Creative Commons)

Ya habrán escuchado hablar del tan urgente duelo, no del enfrentamiento de honor medieval entre caballeros, ¡no! El que hay que vivir de preferencia sin saltártelo –como la infancia y la juventud que algunos nos pasamos de noche– para sanar pérdidas o para que nos caiga el veinte de que las cosas cambiaron. Si yo fuera psicóloga aquí es donde recomendaría vivir un duelo para sanar y continuar con lo que sigue. La cosa es que estar en duelo, valga la monótona coincidencia, duele y mucho.

El dolor que se siente cuando perdemos algo o a alguien puede venir en muchas presentaciones según lo veo yo. Hay veces que sientes vacío, tristeza, frustración, impotencia de no poder cambiar nada ya, soledad por supuesto, melancolía (uy a mí esa se me da re bien). Hasta se me ocurre que puede doler el ego, la autoestima y aspectos más complejos de la mente humana, de entrada porque el duelo nos recuerda lo vulnerables que somos ante numerosas situaciones y lo insignificantes que podemos llegar a sentirnos al no poder modificar el mundo que nos rodea.

Soltar es la mejor manera de ejercitar la voluntad. Paradójicamente, el dejar ir no sólo nos vuelve más ligeros, más flexibles, también nos hace más fuertes, resilientes, sabios.

@JadishaDeciga, colaboradora del DepreBook

Pero hay esperanza, esperen. No sé por qué me solté varios párrafos abordando lo jodido que es estar en duelo, de hecho es un proceso de lo más sano. Bronca habría si nos negáramos a aceptar la realidad –cualquiera que esta sea– y entonces sí que no podríamos seguir adelante en completa consciencia de nuestra existencia. Se vale sufrir también, aunque nadie nos lo enseña y pocas veces se nos permite. Pareciera que derramar lágrimas o ver el horizonte sumergido en tus propios pensamientos fuera malo y no lo es. Let be!

Ahora bien, para que no quede en mi simple y llana opinión, retomo recomendaciones de Ricardo de la Herrán, consultor en Semiología de la Vida Cotidiana para el manejo del duelo:

  1. Hay que aceptar y sentir las emociones, es normal y es válido
  2. Evitar preguntarnos «por qué» y quedarnos en la negación
  3. Después de sentir las emociones, es sano dejarlas pasar poco a poco
  4. Debemos comprender que tenemos derecho a recuperar la tranquilidad, la alegría y la felicidad
Hola de nuevo, soy Shantale Carrera, un alma melancólica. Irónicamente me tomo mi tiempo para cada cosa… pues es carrera, no carrerita, digo yo. Hoy mi abuela venció a la muerte en un enfrentamiento y eso movió todo a mi alrededor. Gracias por leerme. Luz colectiva para los apagados.

 

Consolar y aconsejar a otros que tomen con ligereza la vida y la muerte es bastante más sencillo que terapearse a uno mismo. ¡Vaya habladora que soy!

Tal vez me entiendan y empaticen cuando digo que nadie experimenta en cabeza ajena. De hecho, ya he dicho en otros textos que deberíamos abstenernos de decir palabras de aliento y “te entiendo”. La verdad es que cuando eres tú el que siente y sufre, nadie puede entenderte y nadie puede cargar nada por ti.

Lo ideal sería no tener costales que cargar, como las personas que viven en completo desapego. Tengo un hermano que practica justo eso y aunque por momentos me encabrona y me hace sentir impotencia por lo que yo espero de él, la única verdad es que yo sufro y me acongojo mientras que él vive una vida más libre y sin demasiado drama. No sé si en el fondo lo envidio.

Hoy, después de unas semanas de mucho ajetreo emocional y desgaste físico me tocó acompañar a mi segunda madre (ya sé que no existe tal cosa, pero si digo a secas “abuela” quedaría muy llano) al quirófano. No hubiera sido tan dramático si no tuviera 89 añotes y si no fuera pieza fundamental en mi vida, pero así es.

De por sí vivo las despedidas con cierto toque hollywoodense, pero esta despedida de un minuto con camillero y elevadorista presentes aunado a una abuela que parece roca de lo fuerte y seria que puede llegar a ser, fue todo un reto. Las lágrimas se me escurrían como cuando veo la escena de la mamá de Dumbo meciéndolo desde la jaula. Lo único que se me ocurrió decirle fue “aquí te espero para que sigamos leyendo el libro” (pues llevamos 55 páginas y 100 por delante de una novela que le estaba leyendo en voz alta y que parecía disfrutar). Ella sólo se sonrió, sin más.

Limpié su lagrimita –silenciosa también– y la dejé irse. Por fortuna y para mi enorme disfrute, regresó de cirugía en santa paz, con mucho mejor cara que con la que se fue y en cuestión de minutos comenzó a corregir y reclamar a la enfermera en turno con el tono y volumen que le caracteriza. Entonces dije “she is back!”.

¡A vivir que son dos días!

(Frase de Lucía en Aquí no hay quien viva)

No te das cuenta de lo mucho que te gusta la vida hasta que la ves peligrar. Al menos eso me pasó a mí esta mañana. No es la primera vez que siento la muerte cerca, a veces ha sido en carne propia, otras con un ser amado, pero la sensación es muy fuerte. Parece que por momentos somos nada, que lo que nos empeñamos en vivir y conseguir a diario es absurdo y que en general lo efímera que es la vida la hace misteriosa. Veo dos posibles conclusiones: o adoptas una actitud vale madres pensando que esto es breve y da igual lo que hagas o dejes de hacer pues de todos modos nos vamos a morir o bien, que consciente de que la estancia es corta, le trates de sacar todo el provecho y te conviertas en un ser intenso y aprehensivo. Debe haber más de dos opciones ahora que lo pienso, pero en mi alma existen esas dos y pelean una con la otra todos los días.

Las experiencias fuertes o parteaguas como algunos les llaman nos transforman, no siempre nos hacen crecer, a veces nos amargan. Depende de las capacidades de cada quien supongo. En mi experiencia, el pasado es un maestro y aunque me vuelvo más compleja cada vez y difícil de entender, estoy convencida de que mi espíritu se ha ido haciendo más fuerte, de acuerdo a mi propia escala de valores… cuestionable ya sé.

Lo genial de ser un individuo es que puedes darte licencia de cambiar tanto como te dé la gana o tus habilidades de transformación lo permitan. Lo más difícil para mí es modificar mis expectativas acerca de las personas y las situaciones, la decepción por no cumplirlas puede ser tan profunda que me hace daño. Es ahí donde vuelvo a envidiar a mi hermano.

Hoy no se fue mi abuela, hoy no me he ido yo, así que es suficiente razón para sonreír y seguir leyendo el libro. Un día a la vez.

Por mi abuela, a quien le gusta mucho Frank Sinatra. (YouTube)

Hola, soy Shantale Carrera, un alma melancólica. Irónicamente me tomo mi tiempo para cada cosa… pues es carrera, no carrerita, digo yo. Hoy es el día ideal para unirme al DepreBook, no sólo porque llueve y ando down, sino porque perdí a mi cuñado y por él «arrastré el lápiz». Gracias por leerme y sin afán de abusar, les pido un poco de luz colectiva para los apagados.

 

Si midiéramos la vida en bocanadas o los jalones que le damos a un cigarrillo, algunos querríamos llegar a la colilla, incluso quitar el filtro y seguir… pellizcando con las yemas de los dedos el papel o con dos moneditas con ganas de que nunca de los nuncas se apagara la brasa. No fue el caso de mi cuñado. Él dijo que no llegaría a viejo y se le concedió. Eso me lleva a confirmar que somos capaces de tomar todas las decisiones de nuestra vida, todas, aunque sea con la firme intención.

Cigarro que se quedó a tres cuartos...

¿Vida inconclusa? Foto: Creative Commons

Él se quedó como el cigarrillo de la fotografía, a tres cuartos del promedio. La mayoría de la gente dirá “le quedaba tanto por vivir” o “por qué se van los jóvenes, no es justo” y se entiende que lo sientan así a primera instancia, sería lo lógico, ¿cierto? Pero, la vida no obedece a la lógica; hay quienes deseamos tener un hijo con todo el corazón y no lo hemos logrado y hay también los que mientan madres cada vez que la prueba sale positiva. Somos un abanico de opciones y casi siempre insatisfechos, ¡ay los humanos!

El amor que se le tiene a un cuñado es peculiar, por un lado es una relación no tan cercana como para andar en camisón sin bata, pero lo suficientemente cercana como para compartir popote en una taquería (eso del popote perderá significado en 3, 2…), como sea es alguien que sin ser tu hermano ni tu pareja, es un poco de ambos porque cumple con funciones de hermano como molestar, ayudar y defender, al mismo tiempo posee muchas de las características físicas y culturales de tu novio, como en mi caso.

Incluso pude contemplar su belleza por dentro y por fuera sin sentirme atraída, reírme y molestarme de sus comentarios… como haría con mi propio hermano. Lo dicho, es un parentesco importante que poco se explota cuando se tiene. No me pondré en plan de “hubiera confiado más en él” o “hubiera ido más veces a cenar tacos con él aunque me cayeran pesados”, porque tampoco se trata de entrar en la espiral del flagelo (aunque para eso es este espacio). Lo disfruté, poco pero lo disfruté y, digo poco porque ¿realmente cuándo tenemos suficiente las personas?

No tenemos llenadera y la muerte nos lo recuerda –por no decir nos lo restriega en la cara–, pienso que cada día que le saqué alguna carcajada o él a mí (como era lo común) fue un regalo. Celebré cada vez que vi detalles hermosos en él semejantes a su hermano, y también me alegré al encontrar defectos que no comparten (la neta). En resumen, su vida era especial y única para mí y para mucha gente. Lo cierto es que no me siento en posición de sufrirlo porque precisamente la relación entre cuñados parece lejana, pero perdí a un ser querido y sí muy cercano, hoy lo sé. Conforme pasan las horas y arrecia el resfriado y dolor de cuerpo lo confirmo y duele un poco más.

Encima de todo y para acabarla de chingar, como buen ser melancólico que soy, la música me lleva a él con canciones que ya me gustaban de por sí, que canto con frecuencia de hecho y, que desde su partida han cobrado un nuevo significado, uno muy triste hoy, pero que posiblemente sea feliz después, cuando las aguas se aplaquen y el egoísmo nos permita decir: él está bien. Vivió intensamente y quizá ya esté en un lugar más feliz en el que no se tiene que preocupar de convenciones sociales y tantas pendejadas, por qué no decirlo. Yo deseo que así sea y que se acabe su cigarrito en otro escenario, el que él elija.

Hasta siempre cuñado, gracias por tu risa, por tus bromas, por tu ayuda en mi mudanza, gracias por regalarme un soundtrack para las tardes lluviosas como esta.

Ser feliz, cansa. Pero sienta bien.

¿Cuánto tiempo tienen sintiéndose mal? ¿Cuánto tiempo han vivido sin poder sacudirse el malestar emocional, la depresión, la frustración, la ansiedad? Yo tengo toda mi vida así, y aunque han habido periodos en que experimento una cierta paz, nunca en mi vida había sido feliz. Sí, lo dije en pasado. Y ahora soy feliz, tengo exactamente desde el 23 de abril de 2018 siendo feliz. Y no saben lo cansado que es.

 

¿Han oído cómo se quejan los papás porque dicen que nadie los prepara para serlo? ¿O se acuerdan de eso que decía el idiota de Salinas de Gortari, de que nos preparáramos para la administrar la abundancia? Bueno, pos así me siento. Ando como loquita para todos lados, trabajando como si tuviera 20, construyendo nuevos lazos emocionales en la chamba, en la escuela, entendiendo que sí tengo amigos y que está cool y que me los merezco. Eso, para mi cerebro distímico, incapaz de creer que la vida tiene propósito alguno, es como para alguien con 20 kilos de sobrepeso hacer unas 50 abdominales.

Yo supongo que así es como se iniciaron los primeros experimentos de la terapia Gestalt. ?Me acuerdo cuando mi madre andaba estudiando Gestalt un día me entintó los pies y me puso a caminar en un rollo de papel larguísimo. «Estoy analizando tus pisadas para entender cómo te sientes». Créanme, jamás volví a caminar con confianza frente a ella… pero aprendí mucho sobre Gestalt y sus principios y ahora entiendo cómo, modificando hábitos no sólo emocionales como lo propone la corriente alemana de terapia, sino hábitos alimenticios, de rutina, sociales y de convivencia. Ojo, no quiero decir que corran a cambiar toda su vida, sino que de verdad cada cambio, por pequeño que hagan, siempre y cuando sea constante, traerá otros cambios y muchas veces, aunque saquen por completo de lugar, son para bien.

Mi rutina pasó de despertar cuando el cuerpo y la mente me lo permitían, tratar de armar algun texto para este sitio, atender a los gatos, trabajar en mis clases para Mutant y volver a dormir. Ahora despierto a las 6AM, limpio la casa, preparo café y desayuno, me arreglo. Sí, leyeron bien, me quito la pijama y me visto con ropa de calle y me maquillo, y salgo a la calle oyendo música y normalmente voy de buenas. Hasta yo me tengo que pellizcar de vez en cuando.

Luego de esa mañana que ya de leerla me cansa, paso 8 horas en una redacción de noticias, trabajando los canales de social media, conviviendo, aprendiendo, dejándome llevar. Sí, leyeron bien: dejándome llevar.

Hay días en que saliendo voy al gym, otros a terapia, otros derecho a la escuela y otros a dar clase privada. En no sé qué tiempos que me invento consigo ir al super, traer la cena, hablar con mi familia por Whatsapp. Y entre más cosas hago, entre más pendientes saco más satisfecha me siento.

No, no me curé de distimia, sigo pensando que esto de vivir es un chiste muy mal contado, que incluso ahora que ya puedo disfrutar algunas emociones que me eran desconocidas, es una ojetada de quien haya planeado esta «experiencia» que uno tenga que pasarla mal junto con pasarla bien. Qué pésimo diseño de producto: tú jamás comprarías un refresco que dijera: te va a saber a gloria al mismo tiempo en que te tomas una taza entera de azúcar que tapará tus arterias, alentará tu metabolismo y te hará sentir necesidad compulsiva de otro refresco. ¿Verdad que no?

Pero la realidad es que la vida es así: engorda, tapa las arterias, cansa. Y si empiezas a entender que hay emociones que sí están a tu alcance, como ser feliz, como disfrutar lo que antes odiabas, te cansas. Lo disfrutas, pero te cansas, porque no estamos… al menos yo no estoy acostumbrada al consumo de energía que implica sentirte bien.

Cuando he estado deprimida, en crisis pues, más allá de mi distimia, más allá de mis muchos issues emocionales, cuando he estado por semanas o meses sin poder hacer contacto con nadie, metida en la cama, perdida en mi pantano de miedos, me canso igual, pero más denso. Si pudiera medirlo sería como si el cansancio de la depresión fuera constante y delgado pero sucio, como una mancha de aceite en un vidrio. El cansancio de la felicidad, del entusiasmo es como una mancha de agua, se va rápido, pero con la lluvia vienen un montón y no paras.

Me asusta, y mucho. No sé cómo no tener miedo de perder todo esto nuevo que me hace sentir bien, y a veces me da tanto miedo que entorpezco las pláticas, me tenso, me entra el pánico y me echo a perder el momento. Pero como siempre, algo hice bien en medio de todo, y a pesar de que la gente que me quiere se desespera (y es perfectamente natural que lo haga), siempre consiguen ayudarme a regresar a mi centro.

 

Yo no tengo manera de saber a qué le tienen miedo ustedes, o qué situaciones les han provocado gusto, felicidad. No sé si le tienen miedo, supongo que sí. No estamos acostumbrados a esto. Pero ya me está pasando, llevo varios meses así, y sin miedo a equivocarme les digo: vale la pena. Justo la pena. O la gloria. Lo que sea que venga. Pero jamás dejen de intentar algo por miedo.

«¿Por qué te juntas con gente que siempre SIEMPRE siempre está metida en problemas?» Ah… si tuviera un dólar por cada vez que me han preguntado eso. Les dicen «gente tóxica» y se les olvida que vivimos en un planeta con 8 billones de personas: NADIE está sano. NADIE.

 

Hace un par de años que puedo contestar esa pregunta con mucha calma, aún no consigo hacerlo con precisión o con un discurso breve, pero ya puedo contestar sin ironía, o sin ofenderme. Mucha gente pregunta eso con alguito de sarcasmo (y el sarcasmo no es sano, no es una expresión amable; la ironía por otro lado, no busca herir, sino crear un momento sofisticado de algo que pudo ser fácilmente vulgar); otras personas preguntan esto con desesperación: genuinamente quisieran que me juntara sólo con gente que ellos consideran sanas, «positivas» (ah cómo me caga esa palabra, me hace creer que ven a la gente como pilas), gente que «te traigan cosas buenas a la vida» ? Pos ni que fueran mensajeros. Además, ¿cómo saben qué son esas «cosas buenas» en MI vida?

 

Tengo poquitititito más de 4 décadas en el planeta y nací en una familia que muchos consideran tóxica, otros caso de estudio psiquiátrico y otros, francamente, un milagro de supervivencia. Eso era de la puerta de la casa pa’dentro. Pa’fuera mis papás eran amados, admirados, respetados. Mis hermanos eran divertidos y queridos por sus amigos. Cuando se hicieron adultos mis hermanos también se hicieron seres humanos respetados y admirados (cuenta mucho que al menos 2 de ellas son maestras, mi hermano es famoso y las otras dos son unas guerreras de supervivencia).

La gente es tóxica dependiendo de dónde la veas, de qué quieras y aceptes recibir de ella, y de qué hagas con lo que te puede dar.

 

Mi padre era alcohólico de carrera, oficio y vocación. Además era violento. A mis hermanos les tocó un sin fin de golpizas. A mí no -dicen- porque lo agarré viejo, pero pues sí lo intentó, nomás que no me dejé. Me hizo otras cosas, pero no me dejé golpear. Con todo y lo horrible de esa imagen, mi padre era un hombre inteligentísimo, con una memoria privilegiada y la conversación más embriagante del mundo. Mis compañeras de escuela tenían papás que les hablaban como niñas chiquitas, les decían «princesa» y les compraban Barbies. Mi papá me decía Doña Maríaisabel, me compraba libros y me hizo justificar mi necesidad de un Optimus Prime en un ensayo de 2 cuartillas. Mi papá me estimulaba intelectualmente. Mi madre también, siempre hablábamos sobre teólogos jesuitas que además estudiaron Filosofía y sabían de Matemáticas; de Erich Fromm, de cómo El quijote de la Mancha podía resumir perfecto el crecimiento de un ser humano de la inmadurez emocional a la rendición de la adultez. Y yo tenía sólo 7 u 8 años.

 

¡CLARO QUE ERAN TÓXICOS! Carajo, Mariaisabelita era una niña y no jugaba ni tenía idea de cómo hacerlo (de hecho me provocaba ansiedad al punto de llorar en los patios de las muchas escuelas a las que asistí). Pero también eran exquisitos. Y sobreviví a ellos y me hice fuerte. Y de ahí vengo, de crecer entre adultos rotos que sabían caminar con las astillas de fuera y las presumían como si fueran adornos. ¡Por supuesto que me junto con gente rota, hermosa, sofisticada, deliciosa, embriagante! Y he aprendido a hacer de ello una actividad que no me destruya, al contrario, me construye, me va haciendo cirugía menor, molecular, en cada astilla que se levantó al momento en que fui parida (otro drama digno de película, porque así era todo en mi familia: un maldito drama desgastante).

La gente tóxica de la que todos nos quieren advertir vive dentro de nosotros. Desde ahí la ven los demás y nos advierten el posible daño que harán. Y nos piden que cambiemos nuestra vida por completo, que eliminemos a esa gente, que cambiemos de grupos sociales, de trabajo, es más ¿por qué no te vas de vacaciones largas, y comienzas de cero? Ah, no pos sí. Cómo uno tiene todos los recursos económicos para mandar todo a la fregada y cambiar de vida sin afectarse aún más o a los que nos rodean… Todo mundo nos da recetas para cambiar todo desde cero, pero nadie nos dice cómo hacerle para vivir con lo que tenemos. Por eso la gente es adicta a estos programas de televisión donde le cambian la casa a alguien, o el guardarropa, o el cuerpo por entero; con la cantidad de dinero adecuada, todo es cambiable. ¿Saben qué no hay? Programas de televisión que nos cuenten cómo queda esa gente después de que de manera «positiva» le cambió la vida a alguien, de un momento para otro.

 

Yo no aprendí a vivir rodeada de «gente tóxica», nací en un lugar donde había para aventar. Y me pasé años tratando de salir de ahí, y buscando desesperadamente todo lo que me pedían que cambiara: gente feliz, gente que te enseñe a disfrutar, a divertirte. Y fallé como las grandes. Entre más la buscaba más vacía me quedaba, más rechazos recibía. Había familias de amigas mías que me recibían con muchísimo amor al principio, y luego, cuando veían lo difícil que era, me mandaban al carajo. Y no es culpa de ellos: todos tienen la buena intención de ayudar a alguien y sentirse bien al hacerlo, pero NADIE les enseña que toma tiempo, que pesa, que es una bronca, nomás les cuentan la parte donde «fueron felices para siempre».

No sé en qué momento me cansé de buscar y de vivir desesperada, pero me cansé. Creo que fue hace unos 6 años… Me di por vencida total y completamente. Decidí que quería vivir una cantidad específica de años para seguir cuidando a mi nana y a mis animales y luego ya decidiría si por fin me bajaba el switch o no. Puse en pausa hasta la desesperación por morir. Me dediqué a sacar los temas de cada día: dormir, comer, leer, escribir, hacer algo útil, mantener limpio el lugar donde vivo, hacer un esfuerzo social que me mantuviera elástica… Cada día que lo lograba le agregaba algo.

Creo que llevo haciendo eso de vivir al día -conscientemente- un par de años. No, no soy feliz que irradio florecitas y mariposas ? Soy… estoy en paz. Este emoji es mi objetivo del día, siempre: ? Soy yo quien dejó de ser tóxica PARA MÍ. Dejé de insistir en conseguir lo que los demás querían de mí, o en lo que me hicieron creer que era correcto (añorar el éxito laboral y profesional, la claridad de objetivos, saber qué chingados quiero de la vida, divertirme, disfrutar), mandé todo eso a la fregada y día a día fui descubriendo que para mí el éxito es que mi nana llegue a mi casa y nos sentemos una hora a platicar de todo y nada; que conseguir que un par de sábanas moradas (casi) no tengan pelo de gato; que si me pasan la receta para hacer noodles de restaurante hipster, me salgan y tenga con quién compartirlo; no deber mucho, y comprender que vivo en una sociedad que inventó la economía para el 1% y yo no formo parte de él.

 

Esa niña enojada y asustada, a la defensiva, de la foto, ya no está.  Poco a poco eliminé a quien me juzgaba más y aprendí a consentirme. Se fue Isabel, llegó María. Y ahora vivimos juntas y en paz.

Nosotros, los que somos una pelotita de gente igual que se une en este espacio tenemos muchas características en común. Nos sentimos incomprendidos, la mitad del tiempo que pasamos despiertos pensamos constantemente en qué sentido tiene estar vivos, cuando encontramos algo que nos hace sentir bien tenemos dos reacciones: nos asusta a morir o nos atragantamos hasta acabárnoslo. Morimos todos los días un poco, pero nunca es suficiente.

Una de las características más dolorosas que he encontrado entre nosotros los locos es que sobre-pensamos en los demás. Siempre estamos pensando en el otro, pero no en qué pensarán de nosotros, o por qué no nos entienden, si esa idea cruza nuestro ciclo de ideas, fácilmente se va: tenemos demasiada locura qué procesar como para detenernos en el juicio del otro. Nos detenemos en el dolor que nos causa, en el vacío que tiene el otro y que nos jala a su propio infierno; porque sabemos que quien no nos entiende, que quien nos señala, que quien nos juzga es porque no sabe ver hacia dentro de sí mismo. Por eso, entre locos, y hasta entre locos y civiles, siempre andamos ofreciendo ayuda, hasta cuando no tenemos para darla.

El dolor del otro nos paraliza, nos absorbe, nos consume. Tal vez por eso cuando ofrecemos ayuda parecemos desesperados. No es que queramos que a huevo la tomen, queremos que estén bien, porque su dolor nos duele, nos trastoca.

 

Hace poco me preguntaron por qué vivo con tantos animales. La verdad no soy una de esas personas que ve a sus gatos y les habla en diminutivos y les corta jamón en cuadritos. Tampoco creo que hablemos el mismo idioma o que me entiendan en un nivel equitativo. Vivo con tanto animal porque no tenían dónde quedarse. Los animales que viven conmigo nadie los quiso, nadie los aguantó. Tengo un par que llegaron por mi gusto, es verdad, pero todos estuvieron en una situación donde nadie los quería.

Pero ayudar a un animal es muy fácil. Sólo necesitas dinero, tiempo, esfuerzo. Lo más difícil que se tiene que hacer al ayudar ellos lo solucionan. Jamás te ponen resistencia. Un animal herido podrá tirar la mordida, los arañazos, pero está asustado. Hay un punto en todos los gatos y perros que he rescatado en situación física pinche, donde dejan de moverse del miedo que tienen. Eventualmente sucede. Y ya que los curas, puede que sientan miedo y no se pongan cariñosos contigo, pero reciben la comida y el techo que les das.

Los humanos no somos tan fáciles.

En mi desesperación por ayudar he terminado estorbando el 90% de las veces. Ese es mi bateo histórico. La riego de una manera desproporcionada, tanto como mi intención por ayudar. No he terminado por aprender a hacerlo, y sigo sintiendo este impulso desesperado. A veces siento que si no ofrezco ayuda me voy a romper por dentro, una grieta grande grande tronará y la caja torácica no podrá contenerme más. Y el problema no es que explote, es que salpico, y alguien saldrá herido, y entonces… tendré que desesperarme otra vez por ayudar por el problema que causé. Es un ciclo sin fin.

 

En esos viajes circulares he aprendido muy poquito, pero no porque sea poco voy a dejar de compartirlo.

 

  1. «Que tú no hayas recibido atención de niña, que no hayas tenido una mamá que te cuidara no quiere decir que los demás estén igual que tú. Es más, los demás, la mayor parte sí tuvieron, y no andan buscando como tú una mamá. Así que deja de ofrecerlo». Sabias, crueles pero sabias, palabras de mi ex. En algún momento lo desesperé en mi desespero, en algún momento mi necesidad compulsiva porque todos estén bien y la intranquilidad que me provoca no lograrlo lo rebasó y me puso ese alto. No estuvo bonito. Lloré como si me hubiera dado un golpe directo al pecho. Les juro que se sintió físicamente como un golpe al centro de mi pecho. Y dolió porque tiene razón. Que yo haya pasado por lo que pasé, que eso me haya provocado esta ansiedad porque todos tengan lo que yo no tuve, no significa de ninguna manera que los demás lo necesiten, lo quieran o incluso se sientan cómodos de recibirlo.
  2. La otra persona puede estar muriéndose, pero si no pide ayuda, es porque no está lista para recibirla. Y si no está lista para recibirla, tú nomás vas a lastimar si la ofreces. Te vas a lastimar a ti porque interpretarás un sanísimo «no» como un rechazo. La persona en dolor o en necesidad se sentirá incómoda porque no te estaba pidiendo nada y ahí vas a ofrecerlo. Si no piden nada, no lo ofrezcas. La compañía en silencio ya es bastante ayuda.
  3. Cuando alguien no acepte tu ayuda, por favor, por favor, por favorsísimo trata de recordar que no te rechaza a ti, rechaza lo que ofreces porque no lo necesita. Y que no lo necesite es bueno, porque quiere decir que ya tiene claro que al menos eso que das NO lo necesita. Hay un mar de soluciones y caminos allá afuera de sus problemas y por lo menos tú ya le diste la tranquilidad de que eso, no lo necesita. Se siente jodido, pero es un gol. Es un win. Es un logro.
  4. Ayudar es un gusto. Ayudar es un placer que llena ese hueco infinito que tenemos dentro. Así que recuerda que el primer beneficiario eres tú. Esperar algo a cambio es inútil, es estéril, hecha a perder el mero acto de ayudar, el placer de darse al otro.

 

Una vez que uno acepta salir del clóset del ayudador compulsivo la situación mejora. No es fácil, pero mejora. Seguiremos siguiendo unos freaks, unos weirdos y seguiremos preguntándonos what the hell are we doing here (cause) we don’t belong here, pero mejora.  Procúrate siempre un gusto, date siempre algo a cambio de ese dolor interminable que a veces es vivir y ayudar sin entender por qué. Los chocolates sirven. Las siestas también.

 

Y acuérdate: siempre pregunta antes de ayudar.

En mi caso, funciona como una forma de empujarme a hacer cosas, a tomar acción. Ejemplo: Me regalan una membresía para el gimnasio. Es gimnasio caro, de esos que siempre están limpios y puedes ir a cualquier sucursal. El costo de esa membresía es un lujo que yo jamás me daría. Básicamente cuesta lo mismo que un costal de croquetas para mis gatos. Me regalan la membresía y por la culpa que siento, no por quedar bien, si no por el dinero que no se está usando, me paro, voy al gimnasio, empiezo a hacer algo nuevo que no conocía y entiendo ahora sí, con todos los pelos de la burra en la mano, hasta dónde me molesta hacer ejercicio, por qué, qué sí me gusta y qué no.

 

Otro ejemplo: por múltiples razones, como  millones de mexicanos, no terminé la educación básica. Me quedé a la mitad de la preparatoria. Como mis padres, siendo académicos, tampoco habían terminado la escuela básica (eran otros tiempos, darlings) nunca me sentí tan incómoda. Pero eventualmente salí de mi burbuja y descubrí que mis privilegios académicos eran calificados como minúsculos entre la gente educada, pero sus resultados eran por arriba del promedio, muy por arriba del promedio, y eso me daba culpa. Así que leí cuanto pude, pregunté hasta hartar y pese a jamás poder ir a una escuela como gente «normal» conseguí desarrollar muchas herramientas académicas para forjarme del oficio de escritora. Culpa. Otra vez a culpa.

 

Escribo por culpa, por ejemplo. Escribo porque sabiendo que puedo hacerlo y que además vivo en un universo interno lleno de cuestionamientos que mucha gente se hace, me parece que lo menos que puedo hacer -dado que quienes me rodean me soportan- es tratar de sacarle alguna utilidad, ya sea económica o social, para que esa herramienta que aprendí sirva de balance.

 

Por culpa he llenado mi departamento de 100m2 en una colonia fresa de la ciudad de México de seres vivientes que necesitan casa pero que no consiguen ser lastimados por mi ánimo, o por mi trastorno de personalidad, o por mi inconstancia económica… pero lo lleno, porque no está bien que en esta ciudad con miles de personas en las calles, en este país con millones de personas sin casa y sin sustento, alguien como yo tenga 100m2 para sí sola.

 

Muchos psiquiatras y psicólogos dirán que estoy enferma de mis merecimientos, que no entiendo que merezco cierta cantidad de riqueza, o de felicidad, o de estabilidad. Y tendrán razón: no lo entiendo. En mis mejores días, los más calmos, los más estables, me parece que más allá de mi culpa extraordinaria, no hace más falta que leer las noticias para darme cuenta que mis privilegios son excesivos. Vaya, que mi culpa no es una locura desenfrenada, que está justificada ante la realidad brutalmente desigual entre humanos. En mis peores días, me acuerdo que un día alguien decidió no abortarme pese a la recomendación médica, y aunque lo decidió no quiso/pudo cuidarme como debería; entonces, tomando en cuenta que no debería estar viva, y que no me gusta esto de vivir, todo lo que tengo es un sobre-privilegio, todo lo que siento es un sobre-privilegio. ¡Úsalo María, no queda otra!

 

Hoy desperté para leer. Mi dinero de burguesa privilegiada, me permitió comprarme la edición del 250 aniversario de Ética para Amador de Fernando Savater donde leí el prólogo que hace el autor sobre la edición y el empaquetado de sus tres obras:

«El último mensaje que quieren darte -que quiero darte yo, que los he escrito para ti- es éste: «!No tengas miedo¡ Lo más grave que podía pasarte ya ha ocurrido: has nacido, estás vivo y en el mundo, obligado a ser humano. A muchos otros les ha pasado antes y sufrieron y disfrutaron. Ahora es tu turno. ¡Adelante!»

 

No sé si ser humano sea un privilegio. Lo pongo en duda sobre todo al ver la vida que llevan mis mascotas. No entiendo por qué estoy obligada a serlo. Ni por qué a fuerza tiene que ser mi turno. Pero Fernando Savater sabe mucho más sobre el oficio de escribir, de pensar y de vivir que yo. Así que ni modo, a vivir. Porque desobedecer a Fernando Savater me da muchísima culpa.

 

PD: Si es verdad que la Culpa da Cancer, entonces los psicólogos ya hubieran encontrado la solución a la enfermedad. Tampoco le echemos la culpa a la Culpa de todo.

Me he preguntado eso desde niña. Me lo pregunté primero porque era lo que todos decían: «Eres una niña chiquiada, consentida, malcriada». No quería ir a las fiestas de cumpleaños, no quería celebrar mi cumpleaños, no quería vestirme como todas las demás, no quería ruidos y alharacas.

Tengo recuerdos muy incómodos de momentos donde los adultos encargados de mi vida buscaron obligarme a convivir invitando gente de mi edad a la casa que ahora entiendo aceptaban por compromiso con sus familias o porque sentían lástima por mí. Las reuniones eran tan profundamente tediosas… yo me esforzaba tanto por convivir que terminaba siendo odiosa. Ellos se sentían tan atrapados que quedaban hastiados de mí. Yo lo único que quería era que el tiempo pasara rápido y se acabara la visita por compromiso.

El problema real venía después: sabía que mis esfuerzos no sólo me habían desgastado, también habían sido en vano, que los invitados se sentían fastidiados e incómodos; yo me sentía frustrada y culpable: ¿por qué me parecía tan aburrida la gente, tan insulsa? ¿Por qué trataba con tanta condescendencia a quien hacía un esfuerzo por ser amable conmigo?

Sigo sin saberlo…

«Dear, yo sé que soy intolerante, y el mundo tiene dos pedos si no le parece». Me dijo ayer mi Dear (que me conoce hace 12 años y quien me permite cosas como lavar platos en su casa para que yo no me sienta incómoda por no hacer nada. Yo no quiero ser intolerante, no quiero ser esa clase de persona que se considera mejor que otra por la razón que sea. Pero tampoco consigo interesarme por cualquier tipo de plática, o (no sé si la solución es peor) fingir que me importa.

Es muy difícil comprender la distimia. A mí misma me tomó años aceptarme. Cuando he tenido cuadros de depresión mayor noto la enorme diferencia que  hay entre sentirme fatal, sin ganas de nada, a lo que siento todos los días…. que es una especie de aceptación melancólica. Muchas veces la gente cree que porque soy amorosa, que porque puedo emocionarme con algo y pasar un rato cómoda y sonriente, si sigo haciendo esas cosas eventualmente «me curaré». No es así. Para empezar a diferencia de la mayor parte de nosotros los depresivos, yo no recuerdo una época en mi vida donde no me haya sentido así: melancólica, derrotada, desinteresada, desapasionada (y esos son los días buenos); la diferencia de ese estado llega cuando me deprimo clínicamente y una especie de desesperación me ronda. Esa crisis se salpimenta de manía (porque no sólo soy distímica, también tengo personalidad limítrofe). Tanto la desesperación como la manía me desgastan y me asustan. O tal vez porque me asustan me desgastan. Y esas emociones que me provocan esos estados alterados se parecen mucho a lo que siento cuando estoy en una situación social, digamos, convencional: reuniones, «vamos a vernos para pasarla tranquilo, sólo platicar y salirnos de la rutina».

Ay qué miedo me dan esas palabras: «Salir de la rutina». Con el trabajo que me ha costado encontrar una donde cada pieza me hace sentir mejor que la anterior hasta que finalmente el día termina o llega un momento en donde todo parece encajar.

 

¿Ustedes cómo lo llevan? ¿Disfrutan la convivencia? ¿Les gustan los grupos? ¿Prefieren la soledad? ¡Cuéntenme! Vamos a platicar, a pasarlo tranquilo… cada quien desde su computadora.

POST DATA: Gracias a sus comentarios me di cuenta que di por entendido, o que hice entender que la Distimia es la culpable de mi necesidad de soledad y mi incapacidad de disfrutar las fiestas y reuniones. No. La distimia es otro monstruo, un poquito oscuro, que nada tiene que ver con mi INTROVERSIÓN.

Nosotros los introvertidos no disfrutamos de estos compromisos de fin de año (o de cualquier otro compromiso social). Nada nos hace más felices al respecto que el hecho de que nos notifiquen que se cancela. Convivir en masa nos desgasta. Lo mismo pasa con platicar con gente con quien no tenemos nada en común. El paraíso para nosotros es el silencio cómodo que proporciona la persona adecuada.

Muchas gracias por sus comentarios. No me habría dado cuenta de este gravísimo error si no me escriben.

Normalmente nada. La mayor parte de nosotros no celebra. Muchos de nosotros, además de padecer depresión -lo que provoca que muchas veces no sepamos ni qué día de la semana es- padecemos ansiedad social y entonces la idea de una celebración, de ser el centro de atención mientras los demás cantan y te ven y esperan que reacciones de determinada manera… Uy, lo escribo y se me eriza la espalda.

Yo cumplo años los 19 de noviembre. Este año cumplí 41. Son 11 más de los que de niña pensé que podría vivir.

Empecé el día temprano, porque mi Dear Carlos Sandoval me despertó con el sonar del teléfono para cantarme las mañanitas en alemán, «que ya ni sé si es alemán, que hace años que no lo practico». Tiene suerte ese hombre de que le conteste… le contesto el teléfono a tan poca gente… Me tomé mi Prozac a mi hora, escribí, leí, limpié la casa, me vi con Steph y Joakim a las 2 para comer en Otto que es mi lugar de confianza y rutina, comimos postre extra Casa del Fuego aunque estaban a punto de cerrar pero mi tocaya, la chef, me apapachó haciendo tres órdenes más de pan francés y Emilio me preparó mi café sónico; luego caminamos a la horrenda Plaza Galerías de las Estrellas, que es la cúspide de lo kitch y mi jefe me regaló un año de gimnasio («Es prestación laboral, y así me aseguro que Stephanie también irá al gimnasio»). Compramos un par de libros en el Sanborns, recorrimos la plaza mientras me daba un ataque de risa porque Stephanie imitaba el acento norteño que Jan de la Rosa (editora del Depre Book) tiene ligerititititito, pero que Stephanie exagera. Salimos de la plaza y cada quien se fue a su casa.

Un día antes había pasado la tarde con Magos, Jan y Stephanie y después, abrazando a C3P0, uno de mis gatos, mientras lo dormíamos porque sus riñones fallaron. C3P0 tenía 14 años, que son los que a mí me gustaría vivir a partir de este momento. Llegué a casa y vi su cojín vacío y sentí un hueco en la panza, pero agradecí tener los medios y a Rafa Paz como amigo y veterinario para evitarle sufrimiento a mis animales.

Entonces abrí a Laramburu (mi computadora) y me puse a ver documentales. El último que vi se llama «Diagnóstico Bipolar: Cinco familias buscan respuestas». Está en HBO, por si quieren verlo. En algún punto uno de los padres de estos niños diagnosticados como bipolares dice: «Es que no es normal que un niño de 6 años diga: Tengo plan A, B, C, D, E y 6 para suicidarme. ¿Quién habla así? No es normal». Y me reí. Yo no hablaba así, pero eso pensaba. Y no hablaba de suicidarme porque no hacía falta hablarlo, en mi casa se hablaba de muerte y de cualquier tema «adulto» contándome a mí entre ellos… y no es por hacerme la lista, pero de verdad no me quedaban grandes los temas, los entendía y participaba.

Nomás que yo no era violenta, que es una característica de la bipolaridad, la autodestrucción, los golpes, la irritabilidad hasta los trancazos. Recuerdo sólo cuatro episodios violentos en mi vida: uno en casa de mi tía Lucha (que siempre me cayó fatal), dos con mi hermana Maruja y uno con mi exmarido Rojito. 41 años, y no han habido más. Lo que hay es lo otro… esa cosa de sentir que me muero, que imploto, que desaparezco, que no estoy, o que estoy de más, o que todo me lastima, que todo es como una sirena de patrulla y que no puedo cerrar los ojos.

Hoy pasé el día con dos de mis  hermanas, la que me enseñó a escribir y la que me enseñó a mandar todo a la chingada sin despeinarse. Yo tengo 41, ellas 56 y 54. Ya nos alcanzamos. Ya somos adultas todas. Ya no soy una niña chiquita que estorba o grita. Ahora son ellas las viejitas cotorras que gritan y se ríen en el restaurante y yo pongo ojos de huevo cocido porque me da pena, pero me da ternura.

 

No celebro, no me gustan las mañanitas, no me siento cómoda. Carlos Sandoval y Mike Chávez me cantaron por teléfono y yo pude esconderme en mis cobijas para no sentirme vista (sí, ya sé que es una ridiculez). No celebro porque de verdad vivir, con todo y estas enormes muestras de amor, me cuesta un huevo, la mitad del otro ovario y cada uno de los óvulos que hay dentro (y no, no he usado ninguno). Vivir es como respirar aire pesado y tratar de aligerarlo con cada exhalación. No celebro porque desde que me acuerdo me pregunto para qué carajos estoy viva. Pero reconozco que cada año que he aguantado vivir he aprendido algo, que cada año que he soportado esto ha valido la pena, algo sale bien.

Este año, los reconozco a ustedes, a esta comunidad, y por ella vale la pena seguir.