Desde el diagnóstico, me resulta muy fácil decir: «tengo agorafobia” y de verdad creo que la afirmación es suficiente para explicarle a otra persona qué me pasa… pero no. Las palabras se gastan, las que engloban conceptos, aún más. No es lo mismo malentender qué significa “saltar” que qué significa “agorafobia”.

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Después de 16 años en medicinas psiquiátricas, un día me vi sin pastillero, sin alarmas, forjando un churro y confiando en que todo estuviera bien.

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Una pastillita verde, explosiva, incomprendida, que tuvo malas películas… y que me ha salvado cada vez que quiero suicidarme. Stan Lee me regaló Hulk.

 

Tengo 10 minutos de descanso. Ahora vivo contando minutos. Soy la Social Media Lead de Cultura Colectiva Noticias, fuente inagotable de uno de las mejores herramientas para aprender a vivir con Síndrome de Ansiedad Mayor: no tienes tiempo de hacerle caso al demonio interno cuando cada 5 minutos el mundo tiene algo qué contar y tú eres responsable de uno de los engranes que hace que un par de millones de personas se enteren.

 

Reaccionando a una de esas historias, me enteré que murió Stan Lee. Inmediatamente dejé mis pendientes en hold, y me puse a hacer mi chamba. Para hacerlo subí y bajé unas 8 veces las escaleras de donde hace meses me caí y casi me mato, por accidente, no porque quisiera. Tres horas después me cayó el 20.

 

 

Fue lo más que pude hacer para mí, para darme mi chance de llorarlo. Y para ustedes, porque este sitio existe para que yo comparta cómo chingados le he hecho para sobrevivir…me. Porque el mal está en uno, como en cualquier super héroe. Por eso tenemos kriptonita (ya sé que no es Marvel, pero Superman también vive en mí… y Batman). Por eso tenemos a Wonder Woman que nos ha reinventado el feminismo. Por eso tenemos a Hulk… que me ha salvado tantas veces.

 

Tan pronto lo publiqué ustedes, que son la mar de generosidad, empezaron a comentar. Y me están compartiendo sus versiones de Hulk, y ese es el milagro del regalo de Stan Lee: nos sintetizó códigos complejísimos, para que todos encontremos en su personajes, alguien que nos de el poder de una imagen, que jamás será tan fuerte como el de las palabras.

 

No tengo chance de escribir más, pero no podía dejar de hacerlo. Desde mi Hulk, sepan que admiro, amo, y quiero al suyo, a su Spiderman, a su IronMan, a su Batman (si como yo viven divididos en el amor por DC y MArvel), a su Luke Skywalker, a su Darth Vader… a su Han Solo (personaje que siempre me recordará mi más reciente intento suicida). Les abrazo a todos. Desde mi Hulk, les abrazo a todos.

Hola de nuevo, soy Shantale la melancólica. Un gato llegó a mi vida cuando más lo necesitaba…enseguida supe qué hacer: quererlo. Gracias por leerme. Luz colectiva para los apagados.

Estoy en un mes difícil y muy particular, quizá no sea la única. Si me estás leyendo en un momento de debilidad o tristeza profunda y crees que un gato llegó a salvarte, te entiendo perfectamente.

Curioso cómo se acomoda todo cuando eres romántica, ves y buscas señales por doquier. Llegó un gato a mi vida –a la vida de Eduardo y la mía– justo cuando más desganados y tristes estamos…

Me pongo a leer acerca de gatos y los efectos que causan en los humanos porque me intriga y quiero comprarme sola la historia de que llegó por algo y para algo, pero me cuesta pensarlo como un ser utilitario. Como sea estoy en ello y justo hoy veo que mi amigo Rafa publicó que ya van 4 meses desde que murió su gatita al mismo tiempo que en Spotify suena The Greatest de Cat Power mientras este felino del que les quiero hablar se acuesta en mis piernas dificultando que pueda escribir y me veo en la necesidad de hacerlo a una mano y toda torcida. ¿Ya están viendo la escena? No sé qué opinen pero el tratamiento ya comenzó.

Precisamente hoy que fui a terapia (con un ser humano como yo, sólo que una mujer sabia y que ve más allá que yo) y claro me sentí mejor porque me desahogué, pero no me di cuenta hasta hace unos minutos de que también me está ayudando Ringo Starr –ese será su nombre, creo– porque diario salgo a buscarlo, le dejo listos los recipientes en donde le pongo agua fresca y croquetas en lo que decidíamos si adoptarlo o mejor dicho si él decide quedarse.

Foto: Edu

Después de varias lecturas confirmo lo que intuitivamente ya sabía: los animales curan y en especial los gatos son misteriosamente oportunos para llegar e irse de nuestras vidas. Este gatito en particular ha sido fácil de querer, su carácter es dócil y se ve que nadie lo ha asustado ni maltratado porque se relaja y vulnera sin titubear. Lo más que parece haberle ocurrido es un raspón en la pata y una pequeña cortada en la oreja que me recuerda a Nemo de algún modo.

Mañana lo llevaré por primera vez al veterinario y comenzará oficialmente el proceso de domesticación, mismo del que no me siento muy orgullosa, pero como el criterio que aplica aquí es el del humano, pues decidimos darle una vida casera, ojalá que él quiera quedarse con nosotros. El tiempo que dure lo disfrutaremos, porque ya saben lo que se dice, que los gatos eligen a su dueño y no al revés.

Foto: Creative Commons

Entre ronroneos y cariños me voy sintiendo más en paz, incluso me ayuda a apaciguar la latente neurosis y pienso dos veces antes de golpear la pared con el puño (de cualquier manera sería “darme un balazo en el pie” porque tengo trabajo y con la mano jodida no sería fácil llevarlo a cabo, ni podría estar escribiendo ahora mismo este texto. Pero es que a veces el enojo es mucho y la decepción profunda, sin ponerles rostro pues ya ni sé quién provocó que me sintiera de este modo, pero identifico con claridad ambas emociones.

No me conocen suficiente aún, pero ya he adoptado gatos antes y el desenlace en cada caso ha sido distinto, no siempre favorable… lo dicho, ellos eligen hasta cuando y otras veces yo he sido egoísta o estúpidamente práctica y me prometí no volver a tener mascotas hasta estar lo suficientemente estable como para ofrecerles lo mismo. Es entonces donde me pregunto: ¿qué diablos es la estabilidad y cómo se consigue? Tal vez lo que ocurre es que ya me perdoné por gatos pasados y quiero hacerlo de otro modo ahora, acompañada. No niego el instinto maternal.

Larga y cómoda vida para Ringo y que Eduardo y yo podamos gozar de su compañía y sus poderes sanadores que en este momento tanta falta nos hacen.

The Greatest de Cat Power suena casualmente mientras escribo este texto. (YouTube)

Creer o no creer, en Dios con o sin mayúscula, en el esoterismo, en el horóscopo, en una medalla que te regalaron y hoy tiene tanto poder como para un musulmán su tapete de oraciones. Hacemos de los objetos y las imágenes una moneda de cambio para nuestras esperanzas y miedos y las volvemos tan poderosas como los símbolos religiosos, los amuletos del amor (los anillos de casados, las arras, los lazos) o las canciones que escogemos para escuchar decenas de veces. Son nuestra protección, nuestra forma de recordar esos momentos en que fuimos felices o desdichados.

Yo siempre he sido muy conceptual, a todo le veo un cómo y un porqué y un detallito de lo otro. Soy adicta a las películas que tienen cameos y/o easter eggs, porque me parece que todo objeto aquel al que se le cargue de emoción, vale la pena pues tiene una historia, tiene la memoria de alguien; y al mismo tiempo, puede contener la memoria de otros.

Ese poder que le conferimos a los objetos nos hace efecto placebo de bienestar en el alma. Si bien no podemos volver a vivir el momento que nos recuerda, sí nos transporta a él y cada que lo hace le damos más historias, más recuerdos, más emociones. Los objetos que nos importan son un poco las cajas fuerte de nuestra alma y en ella guardamos todo lo que nos importa. Sacamos esas joyas poco, explicamos muy poco qué significan para nosotros porque sabemos que no todos lo entienden, que tendríamos que dar muchísimos detalles para que alguien que no comparte esa historia, la entienda. Incluso con quien la compartimos tenemos una visión distinta de ese momento, porque cada quien la vio desde su historia, desde sus carencias, miedos y esperanzas. Pero lo compartimos. Porque todos tenemos un anillo, un japa mala, una canción, un lugar, una palabra que nos une por dentro, y nos transporta a otra persona.

Mis primeros recuerdos con estos objetos placebo, sagrados, conceptuales, se remontan a un pedazo de tela de rayón (de esa que es super suavecita pero no es seda, y brilla de un lado y del otro es opaca) que tenía estampadas margaritas sobre un fondo morado. Recuerdo jugarla entre mis dedos y acariciarla con las mejillas. Tendría 2 o 3 años. La sensación que me recuerda es de confort, pero también de miedo. Creo que mi infancia se puede resumir en esas dos palabras.

Mis tatuajes son por supuesto, los objetos placebo más sagrados y conceptuales que tengo, cada uno me cuenta una historia o una verdad que debo recordar constantemente y en los brazos tengo un par que literalmente buscan recordarme mis mayores debilidades y fortalezas psiquiátricas; así, cuando tengo un ataque de pánico o de ansiedad, me veo los brazos y me acuerdo que he pasado por ahí, que puedo salir; cuando tengo una decepción amorosa, cuando tengo exactamente lo contrario, tengo un recordatorio de que el amor es libre, y que yo tengo una posición contundente al respecto; que el amor es excepcional, que te hace volar y te aterriza; y que no por eso vas a vivir pegada a la persona que te provee de esas emociones, porque las emociones nacen en mí, viven en mí.  Que soy tan fuerte como un elefante y tan vulnerable como las alas de pluma que le puse; que soy un colibrí.

Lo que ven en la foto son mis objetos placebo, los que simbolizan esta nueva yo que comenzó a nacer, tal vez cuando empecé este proyecto, o cuando me dio la crisis química en febrero, o cuando comencé a sentir el efecto de mi propia regulación de serotonina y me «enfermé» de salud. Me recuerdan que soy querida, que mis acciones afectan para bien y para mal a mi gente, que no estoy sola y que jamás dejo sola a mi familia, que tengo familia, y que al final, sólo somos polvo de estrellas.

Hoy salí y me descubrí cómoda en la calle (por supuesto que todas las medidas obseso compulsivas estaban tomadas: audífonos, ropa que me haga sentir segura, caminar por la calle que no me abruma, música perfecta que también es un objeto placebo -hoy fue Achtung baby… No, no me parece casual que la traducción sea: Atención, baby). Sentirme cómoda es la epítome de todos mis esfuerzos, es la cumbre de mi lucha interna, es el resultado que he anhelado toda mi vida… y ahora lo acaricio constantemente. Tanto los momentos, como los amuletos. Y esa sensación de comodidad es un anhelo que he tratado de conseguir durante años.

Durante muchos años quise tener esta sensación de pertenencia, me costó mucho trabajo entender que a la primera instancia a la que debo pertenecer es a mí. Y en cuanto lo pude ver, en cuanto vi que soy suficiente para mí y que eso no implica que no quiera a los demás, que necesite su ayuda y disfrute su compañía o añore su amor, comencé a vivir dentro de mí. Y me quedé ahí mucho tiempo. Lo hice sola, sin que nadie pudiera acercarse o acompañarme en ese dolor, pero me ayudó para prepararme para este proyecto, y ahora sé cómo ayudarle a otros a pertenecerse.

Los objetos placebo que ahora uso siempre me recuerdan cada lucha, cada detalle, cada momento de luz y felicidad que pasé para llegar a este momento. Los cargo por eso, porque la energía que yo les confiero me protege, porque me recuerdan lo que he vivido para llegar aquí.

Cada quién su fe, cada quien sus rituales, este es un pedacito de los míos y me ayudan a sentirme dentro del carril cuando la locura borra las líneas en la carretera.

Creer en algo, en alguien es un acto de esperanza. si le conferimos a ese objeto placebo todo el poder, estamos literalmente endiosándolo, y perdemos la fe en nosotros mismos; dejamos que sea el otro quien decide nuestra suerte, nuestra capacidad de recuperarnos, de salir de un embrollo.

Si perdemos la fe en el otro y dejamos de escucharle, entonces nos quedamos solos en el diálogo interno, y aunque al principio podamos creer sólo en nosotros, eventualmente nos faltará algo.

Saber que somos parte de todo, conectarnos, generosamente entregarnos a escuchar a alguien más nos permite oírnos y encontrar tokens que nos recuerden ese momento de profundo amor y sabiduría donde compartimos con el otro, donde la fe y la esperanza se vieron de igual a igual; y entonces Dios es dios, y no eres Tauro eres tú, y no eres un manojo de angustias, miedos o corajes; o uno de entusiasmos, crushes e ilusiones pasajeras. Eres todo, completo y cambiante, y tienes un lugar dónde serás cobijado. Cuando escuchas al otro, cuando te conectas con el otro, sucede ese milagro.  En la religión se llama rezar, en el consultorio se llama terapia; en las relaciones humanas se llama amor. Y si tuviste suerte, te haces de un objeto placebo, un collar, un anillo, una foto, una canción, un amuleto que te recordará que eso existió en tu vida, y que puedes repetirlo.

¿Tienes algún objeto placebo? ¿Hay algún objeto que te recuerde quién eres, que esté cargado de significado? Cuéntame.

Todo mundo se los dice: «respira, relájate, ahorita se te pasa». Y miren, fastidia un montón que nos lo digan, pero la verdad, es que sí funciona.

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«Pero qué dramática eres, ¿por qué siempre tiene que ser todo un show contigo? ¿En serio no puedes sólo contestar que sí o que no? ¿Neta vas a exagerar sobre esto TAMBIÉN?» ¿Les suena conocido, familiar?

La exageración es una característica de cualquier persona, neurotípica (como la palabra lo dice: gente neurológicamente típica, sin enfermedades mentales) o no, que se presenta al momento de sacar de proporción un evento, sea el que sea. En mexicano llamamos eso: hacer una tormenta en un vaso de agua. Ahora, ser exagerado en una época en que todos creen que es normal tomarse selfies, publicarlas y luego esperar que los likes que reciban les llenen el autoestima, tal vez ya no sea tan notorio como antes. Para ser exagerado en estos días, tienes que armar un show enorme. ENORME. Involucrar a muchas personas y preferentemente dejar testigos en redes sociales de lo mucho que está sucediendo.

¿Y qué es la expansividad? Ah pues miren, la expansividad es un término psicológico que se utiliza para describir un tipo de personalidad. Es decir, no es un adjetivo para calificar a cualquier persona, mucho menos si es neurotípica, y por supuesto, no todos los neruroatípicos somos expansivos, así que no se puede tomar a la ligera.

La palabreja en cuestión la escuché de mi nueva psicoanalista, que desde hace unos meses -y tras la crisis de serotonina- está volviendo a armar mi diagnóstico. Casi todas las semanas hacemos un estudio nuevo para entender más o menos dónde anda mi psique. Y en una de esas sesiones salió la palabreja.

La expansividad puede ser una característica dentro de las personas con Trastorno de la Personalidad Limítrofe o puede ser un Trastorno por sí mismo. El Trastorno Expansivo de la Personalidad se caracterisa por tener «sentimientos constantes y profundos de tensión emocional y temor. Preocupación por ser un fracasado, sin atractivo personal o por ser inferior a los demás. Preocupación excesiva por ser criticado o rechazado en sociedad».

Ay María, pero todos tenemos esos miedos, eso no puede ser un trastorno, una enfermedad.

? Miren, todos tenemos sentimientos medio inútiles, y los neurotípicos se pueden sacudir esos sentimientos y listo, se van a lo que sigue. Los neutoatípicos no podemos, y en ese no poder está la enfermedad. Sí, es una enfermedad, no poder con nuestras emociones es una enfermedad, y le pasa a tantísima gente que se analizan todos los sentimientos porque cada uno provoca situaciones distintas.

Entonces, la expansividad (que no es exageración, y que es parte de un diagnóstico o por si sola un diagnóstico) nos provoca un chorro de angustia por cagarla. Básicamente. A los neurotípicos que se comportan así siempre se les llama «overachievers»: sobre trabajan para conseguir resultados por encima del promedio. Todos conocemos a alguien así, y muchos de ellos consiguen que todo esa maquinaria que montan para conseguir un resultado mejor, de verdad funcione. Los overachievers expansivos básicamente somos como osos con caca agria en las manos a la mitad de una sala de emergencias: queremos desesperadamente que las cosas mejoren, queremos además que mejoren por nuestra intervención, pero no más conseguimos angustiarnos un montón.

 

Nos desparramamos por la situación que nos angustia para abarcarla por completo en un intento por entenderla y mejorar, pero no lo conseguimos. Peor aún, si lo conseguimos, no nos parece haberlo hecho, nos  parece que no logramos el resultado adecuado, nos angustia que pudimos haberlo hecho mejor, que la gente pudo haber quedado más satisfecha… y volvemos a sentir caca agria en las manos y nos angustiamos y nos sentimos señalados. Vuelta a empezar.

 

La expansividad, como muchos otros síntomas del Transtorno Limítrofe de la Personalidad es manejable. Es decir, los que lo padecemos podemos entrenarnos para identificar el momento en que el sentimiento se vuelve más grande que nosotros o incluso cuando está empezando, ponerle un estatequieto y que nos deje vivir. Por supuesto que no es fácil, y por supuesto que no pasa de un día para otro, pero se puede. Hay que ir a terapia, hablar mucho de lo que nos pasa, compartirlo y aprender de los demás para encontrar una serie de palabras, una metodología de pensamiento, una cierta secuencia de pasos de respiración, para ejecutarla cuando nos entra la angustia y entonces detenerlo.

 

Ahora, hay buenas noticias: recientemente he experimentado la capacidad que tiene la expansividad pero para emociones que me hacen sentir bien (ya saben que odio la palabra positiva, no soy pila). En momentos en que algo me ha provocado un gusto, una sensación de paz (por alguna razón que anclo en la crisis de serotonina, en los cambios de terapia, en por primera vez en 16 años ver cambios realmente importantes en mi tratamiento), consigo   e x p a n d i r   la emoción. Es decir, prolongo el sentimiento de paz y calma si lo identifico y decido que, así como la angustia se expandía, la sensación de calma también.

Estoy teniendo «there is no spoon moments».

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No estoy segura de cómo lo consigo, aún. Pero tengo un par de tips que tal vez les sirven para matener a raya esos momentos de angustia descontrolada, tanto como para «descontrolar» esos momentos de paz.

1. Mantente en estado de vigilia. ¿Te has fijado como las imágenes que representan los budas tienen los ojos entrecerrados? Eso pasa porque están en vigilia: viendo mucho más hacia adentro, hacia lo que pasa en ti, pero sin dejar de entender el entorno. Si juntas ambas ideas, eso significa estar «aquí y ahora».

2. Que te valga madre lo que digan los demás sobre tu estado de vigilia. Miren, la mitad del tiempo estoy ida. Y antes me angustiaba que los demás pensaran que no estaba poniéndoles atención, que no quería escucharles, o que era idiota porque no entendía lo que decían. Y un día me acordé que todo mundo pensará lo que quiera pensar sobre lo que sea, y que jamás podrán simplemente estar de acuerdo con algo. Así que, si de todos modos van a criticar, pues que critiquen. Yo me tomo mi tiempo, y me voy para adentro de mí hasta que estoy segura de que las cosas están como yo puedo manejarlas.

3. Se paciente. Ya sé que vivimos en el mundo milennial, y que todo mundo quiere que los resultados sucedan en chinga, pero por más que la cultura se haya movido hacia la necesidad imperante de conseguir todo en minutos, la vida se tarda. Piensen en esto: una sandía tarda 6 meses en crecer lo suficiente para ser cosechada; a veces hasta un año. Para que te comas un sandwich con jamón y queso es necesario que el trigo se siembre (un mes), crezca (unos 5 meses), se coseche (un par de semanas), se limpie y se separen los granos (un par de días porque las máquinas hacen mucho); se muela, se triture, se haga harina (¿les gusta otras 3 semanas entre transporte y procesos?), se haga masa, se fermente, se preparen las porciones y se hornee el pan, se embolse, se envíe a un centro de distribución y de ahí a la tienda donde lo compras. Eso pasó con el pan, ¿imagínense lo que pasó con el pollo, o pavo o puerco que se comen en una rebanada de carne ultra procesada? Tengan paciencia a sus procesos, es muy complicado llegar a ellos y vale la pena el esfuerzo.

4. Se constante. De la misma manera en que un proceso lleva tiempo, no sirve de nada con que lo intenten una vez y lo dejen porque no hizo milagros. Los hábitos son pequeñas ejecuciones que se llevan a cabo de manera repetitiva y frecuente durante mucho tiempo, hasta que ya no sientes que los estés haciendo. Vivir en vigilia, vivir observándote es una tarea que requiere dedicación y por supuesto, consciencia. No es un botón que puedas prender y apagar a placer. Ver hacia adentro tiene muchas etapas: primero no vez nada, te despesperas; luego vez cosas que no querías ver y mandas todo al carajo porque pues esto se trataba de estar en paz, no de confrontarte (sí, cómo no); luego te azotas porque por primera vez te ves y no entiendes cómo pudiste haberte ignorado tanto tiempo; luego sólo quieres verte a ti y se te olvida todo el entorno; luego poquito a poco, empiezas a ver a los demás, a lo que sucede a tu alrdedor, y entonces, entras en vigilia.

 

La expansividad, como cualquier otra palabra que sirve para identificar un momento en la salud mental sólo es una guía para entendernos. A mí me ha servido para defenderme de mis propias acusaciones, para explicarme que ser como soy tiene una razón de ser y sirve. Y a quien no le guste… pues hay muchos otros blogs.

 

 

PD: La semana pasada no escribí. Al principio no me di cuenta, pero cuando caí en la falta me torturé como 4 días. ¿Cómo se supone que voy a terminar este libro si no soy constante? ¿Cómo se supone que voy a conseguir que más gente sepa cómo vivimos si no soy constante? Me regañé mil horas hasta que me di cuenta que estaba castigándome de más. Sí, es verdad, necesito ser constante; pero que no lo consiga de vez en cuando no significa que todo lo que ya he hecho deje de valer algo para mí y para quienes me leen.

No siempre consigo estar en vigilia, pero con la práctica, esta falta de un día de escribir no se convirtió en el abandono total de este espacio. Es decir, «no exageré», dirían los neurotípicos. Controlé mi expansividad.

Con los años he ido aprendiendo a lidiar con frases que antes me destruían. La etapa de no sentirme cómoda en mi cuerpo no afectó tanto como sé le afectan a otras personas. Nunca me sentí más gorda o más flaca, o más fea o más bonita. Me reconocía promedio pero atractiva. Soy de esas que tiene “un no sé qué”, y aceptaba que eso funcionaba para ciertas personas y para otras parecía desapercibido. Por lo tanto «gorda» no es una de mis palabras gatillo, no me dispara ira, dolor. «Fea, fuerte, grandota»… me incomodan.
Tengo mucha suerte, ya lo sé, que no me pese no ser Jennifer López, sobre todo en una época en que todas las personas tenemos a los medios para compararnos con un ideal imposible; al circulo de amigos que siempre está más guapo que nosotros; o simplemente a la blogger, o campaña publicitaria que le parece sencillo burlarse de los estereotipos. Es una joda. Me afectan a veces. Claro que (a veces) quisiera ser delgadita y chiquita y muy femenina… a veces. Pero la mayor parte del tiempo, digamos un 90%, admiro un montón mi cuerpo grandote y fuerte. Mis piernas que sin hacer ejercicio pueden patear algo hasta romperlo. Mi energía. Mi estómago que aguanta un montón de tacos y me soporta subir de peso sin fregarme tanto. Mucha suerte, mucha mucha.
Por eso digo que soy como Hulk: por afuera muy fuerte, por dentro, siempre estoy peor que Bruce Banner después de un episodio. Siempre, invariablemente.
La primera frase que me destruyó fue: “Nunca nadie te va a querer». No tienen una idea el trabajo que me ha costado creerme que alguien puede quererme. Luego de esa frase, llegaron los refuerzos:
“Nadie te quiere porque acosas a todo mundo, la gente se harta de ti”.
“Por supuesto que no caes bien. Nadie quiere a las sabelotodo”.
“Vuélvete indispensable, la gente sólo te va a querer si le sirves para algo”.
Y con esa frase, nació el monstruo. No saben el poder enorme que tiene en mí las palabras: inútil, fracasada. No más las escribí y tuve que ir a prepararme un café porque no puedo con ellas.
De esas dos palabras salen muchas frases que ando cargando hace más de dos décadas:
“Tú qué vas a saber de los días laborales si tu papá te paga todo”.
“Tú qué vas a saber de pobreza, a ti te tocaron los viajes, la época con dinero… pero bueno, también te tocó que te dieran de más, por eso te volvieron toda inútil”.
“De nada sirve que seas tan lista, que leas tanto, con esa actitud nunca vas a conseguir nada”.
“Y sí, te gira la rata muy cabrón, pero te estorba la ética; y cuando lo aclaras, ofendes a todos en la agencia. Aquí todos somos putas y estamos orgullosos de serlo”.
Todas tienen tanto eco en mí porque porque:
  1. Desde que me acuerdo, me dijeron que yo era un peligro para la vida de mi madre. Vaya, no solo le debía la vida, le debía la suya, porque la puso en riesgo para que yo naciera.
  2. Porque fui concebida luego de una tragedia, y mi vida, mi mera aparición, resultó en el consuelo/distracción de un montón de gente. Vaya, no ni sabía agarrar el chupón y ya tenía trabajo.
  3. Porque como salí lista y se me notaba (y no, no lo digo con vanidad), resulta que tengo que cubrir y sobre pasar las expectativas de serlo.
  4. Porque desde niña me acostumbré a tener una función para otros. Y si no la tengo, entonces de qué sirvo.
¿Se imaginan cómo me iba cada que algún maestro me regañó, que un jefe me llamó la atención (y ya sabemos que en esta cultura hay más patrones que jefes)? ¿Cada vez que una amiga me hizo notar un defecto de carácter? ¿Cada que un novio me tronó o me dejó de buscar? ¿Cada que alguien rechazó lo que yo le ofrecía? ¿Cada que alguien en mi vida desapareció?
¿Están visualizando una tragedia biblica? Gracias, sí, así se sintió, y así se sigue sintiendo.
Con más frecuencia de la que quisiera, alguien en mi vida (y miren que el casting de mi vida es muy chiquito), dice algo que me hace sentir inútil, fracasada, pobre (que en mi vida es peor que un delito, porque si eres pobre no puedes serle útil a nadie). En el transcurso de ese día alguien puede decirme amargada, gruñona, frustrada; hubo un momento bien curioso cuando un tuitstar ocupó un tuit mío para burlarse y hasta amenazas de muerte me cayeron, pueden decirme esos adjetivos que la gente usa para denigrar por el físico. Pueden decirme cobarde, miedosa, que me pierdo de la vida por no aventarme. Me costó mucho trabajo, pero el exmarido me enseñó que a veces no tengo la razón y que no por eso me están insultando, así que ya pueden decirme: «estás equivocada”, y no, no me quiebro.
Pero si por alguna razón alguien dice: “eso no sirve”, “lo entendiste mal”, “¿por qué no puedes hacerlo como te pedí? Es que es super simple, y no lo entiendes»… Hulk se rompe. Sale Bruce Banner, y no hay nada que me haga pensar que vale la pena algo en la vida.
El malestar emocional me puede durar desde días (no, nunca es menos de un par de días), hasta sus buenos meses. ¿Se imaginan lo mucho que tengo que exigirme para evitar que alguien me diga algo que me haga sentir inútil? Pero más que eso, ¿se dan cuenta que muchas veces, tal vez hasta la mayoría, no depende de mí que de verdad no haya hecho un buen trabajo?
Encontrar esa frase que te destruye es de vital importancia. Es entender al Aquiles que llevas dentro y comprarle botas con protección para el talón. Es conseguir que Bruce Banner no tenga miedo de agarrarse a besos a Natasha Romanov.
Yo me he llenado de gatos. He decidido que la manutención de mi nana es mi responsabilidad. Me he comprometido con los diagnósticos y la renta que esos tratamientos implican. De ahí me agarro. “Orale, soy bien inútil, y no, no estudié todo, ni tengo título, ni le entiendo a la onda de la oficina, ni me sé relajar, ni sé ir a fiestas, ni sé usar Excel, PERO, quién sabe cómo a pesar de lo ‘inútil’ que según esto soy, consigo ganarme la vida, mantener a mi nana, a mis mascotas (que pocas no son), pagarme mis medicinas y seguirle. Shut up, bitch!”.
Me tomó 35 años entenderlo. Aceptar que pese a todo, yo podía con responsabilidades que están muy pesadas.
Te aseguro que tu vida es igual. Nomás que no has podido darle el peso correcto a lo que cargas y nadie más podría… empezando por la depre. Porque nosotros andamos por la vida contra corriente y sin ganas de nadar. Por favor, ve por un café y échale cabeza. Hay algo que si tú no lo hicieras, que si tú no estuvieras, que si tú cambiaras algo en tu rutina, en tu forma de ser, se vería afectado. No, no es tu razón de vivir, pero por ahí está tu fortaleza. Es la maldición del ADN, neta sí eres únicx y especial. Y no hay nadie más como tú. Y la telaraña sin fin que es el universo, tiene un hijito colgado en ti… conectado a miles de otros hilos.

«¿Por qué te juntas con gente que siempre SIEMPRE siempre está metida en problemas?» Ah… si tuviera un dólar por cada vez que me han preguntado eso. Les dicen «gente tóxica» y se les olvida que vivimos en un planeta con 8 billones de personas: NADIE está sano. NADIE.

 

Hace un par de años que puedo contestar esa pregunta con mucha calma, aún no consigo hacerlo con precisión o con un discurso breve, pero ya puedo contestar sin ironía, o sin ofenderme. Mucha gente pregunta eso con alguito de sarcasmo (y el sarcasmo no es sano, no es una expresión amable; la ironía por otro lado, no busca herir, sino crear un momento sofisticado de algo que pudo ser fácilmente vulgar); otras personas preguntan esto con desesperación: genuinamente quisieran que me juntara sólo con gente que ellos consideran sanas, «positivas» (ah cómo me caga esa palabra, me hace creer que ven a la gente como pilas), gente que «te traigan cosas buenas a la vida» ? Pos ni que fueran mensajeros. Además, ¿cómo saben qué son esas «cosas buenas» en MI vida?

 

Tengo poquitititito más de 4 décadas en el planeta y nací en una familia que muchos consideran tóxica, otros caso de estudio psiquiátrico y otros, francamente, un milagro de supervivencia. Eso era de la puerta de la casa pa’dentro. Pa’fuera mis papás eran amados, admirados, respetados. Mis hermanos eran divertidos y queridos por sus amigos. Cuando se hicieron adultos mis hermanos también se hicieron seres humanos respetados y admirados (cuenta mucho que al menos 2 de ellas son maestras, mi hermano es famoso y las otras dos son unas guerreras de supervivencia).

La gente es tóxica dependiendo de dónde la veas, de qué quieras y aceptes recibir de ella, y de qué hagas con lo que te puede dar.

 

Mi padre era alcohólico de carrera, oficio y vocación. Además era violento. A mis hermanos les tocó un sin fin de golpizas. A mí no -dicen- porque lo agarré viejo, pero pues sí lo intentó, nomás que no me dejé. Me hizo otras cosas, pero no me dejé golpear. Con todo y lo horrible de esa imagen, mi padre era un hombre inteligentísimo, con una memoria privilegiada y la conversación más embriagante del mundo. Mis compañeras de escuela tenían papás que les hablaban como niñas chiquitas, les decían «princesa» y les compraban Barbies. Mi papá me decía Doña Maríaisabel, me compraba libros y me hizo justificar mi necesidad de un Optimus Prime en un ensayo de 2 cuartillas. Mi papá me estimulaba intelectualmente. Mi madre también, siempre hablábamos sobre teólogos jesuitas que además estudiaron Filosofía y sabían de Matemáticas; de Erich Fromm, de cómo El quijote de la Mancha podía resumir perfecto el crecimiento de un ser humano de la inmadurez emocional a la rendición de la adultez. Y yo tenía sólo 7 u 8 años.

 

¡CLARO QUE ERAN TÓXICOS! Carajo, Mariaisabelita era una niña y no jugaba ni tenía idea de cómo hacerlo (de hecho me provocaba ansiedad al punto de llorar en los patios de las muchas escuelas a las que asistí). Pero también eran exquisitos. Y sobreviví a ellos y me hice fuerte. Y de ahí vengo, de crecer entre adultos rotos que sabían caminar con las astillas de fuera y las presumían como si fueran adornos. ¡Por supuesto que me junto con gente rota, hermosa, sofisticada, deliciosa, embriagante! Y he aprendido a hacer de ello una actividad que no me destruya, al contrario, me construye, me va haciendo cirugía menor, molecular, en cada astilla que se levantó al momento en que fui parida (otro drama digno de película, porque así era todo en mi familia: un maldito drama desgastante).

La gente tóxica de la que todos nos quieren advertir vive dentro de nosotros. Desde ahí la ven los demás y nos advierten el posible daño que harán. Y nos piden que cambiemos nuestra vida por completo, que eliminemos a esa gente, que cambiemos de grupos sociales, de trabajo, es más ¿por qué no te vas de vacaciones largas, y comienzas de cero? Ah, no pos sí. Cómo uno tiene todos los recursos económicos para mandar todo a la fregada y cambiar de vida sin afectarse aún más o a los que nos rodean… Todo mundo nos da recetas para cambiar todo desde cero, pero nadie nos dice cómo hacerle para vivir con lo que tenemos. Por eso la gente es adicta a estos programas de televisión donde le cambian la casa a alguien, o el guardarropa, o el cuerpo por entero; con la cantidad de dinero adecuada, todo es cambiable. ¿Saben qué no hay? Programas de televisión que nos cuenten cómo queda esa gente después de que de manera «positiva» le cambió la vida a alguien, de un momento para otro.

 

Yo no aprendí a vivir rodeada de «gente tóxica», nací en un lugar donde había para aventar. Y me pasé años tratando de salir de ahí, y buscando desesperadamente todo lo que me pedían que cambiara: gente feliz, gente que te enseñe a disfrutar, a divertirte. Y fallé como las grandes. Entre más la buscaba más vacía me quedaba, más rechazos recibía. Había familias de amigas mías que me recibían con muchísimo amor al principio, y luego, cuando veían lo difícil que era, me mandaban al carajo. Y no es culpa de ellos: todos tienen la buena intención de ayudar a alguien y sentirse bien al hacerlo, pero NADIE les enseña que toma tiempo, que pesa, que es una bronca, nomás les cuentan la parte donde «fueron felices para siempre».

No sé en qué momento me cansé de buscar y de vivir desesperada, pero me cansé. Creo que fue hace unos 6 años… Me di por vencida total y completamente. Decidí que quería vivir una cantidad específica de años para seguir cuidando a mi nana y a mis animales y luego ya decidiría si por fin me bajaba el switch o no. Puse en pausa hasta la desesperación por morir. Me dediqué a sacar los temas de cada día: dormir, comer, leer, escribir, hacer algo útil, mantener limpio el lugar donde vivo, hacer un esfuerzo social que me mantuviera elástica… Cada día que lo lograba le agregaba algo.

Creo que llevo haciendo eso de vivir al día -conscientemente- un par de años. No, no soy feliz que irradio florecitas y mariposas ? Soy… estoy en paz. Este emoji es mi objetivo del día, siempre: ? Soy yo quien dejó de ser tóxica PARA MÍ. Dejé de insistir en conseguir lo que los demás querían de mí, o en lo que me hicieron creer que era correcto (añorar el éxito laboral y profesional, la claridad de objetivos, saber qué chingados quiero de la vida, divertirme, disfrutar), mandé todo eso a la fregada y día a día fui descubriendo que para mí el éxito es que mi nana llegue a mi casa y nos sentemos una hora a platicar de todo y nada; que conseguir que un par de sábanas moradas (casi) no tengan pelo de gato; que si me pasan la receta para hacer noodles de restaurante hipster, me salgan y tenga con quién compartirlo; no deber mucho, y comprender que vivo en una sociedad que inventó la economía para el 1% y yo no formo parte de él.

 

Esa niña enojada y asustada, a la defensiva, de la foto, ya no está.  Poco a poco eliminé a quien me juzgaba más y aprendí a consentirme. Se fue Isabel, llegó María. Y ahora vivimos juntas y en paz.

 

Hola. Soy María. Es mi primer día – en la vida – en un gimnasio. Y tengo un par de diagnósticos psiquiátricos que básicamente me tienen un poquito mucho asustada por estar aquí. ¿Me pueden ayudar?

 

Así entré al gimnasio hoy, a principios de enero de 2018.

El día de mi cumpleaños, mi jefe me regaló la membresía, y eso fue en noviembre. La culpa de no usar ese dinero que él invierte me estaba provocando pesadillas. De ninguna manera ni mi jefe mi Annie me hicieron sentir incómoda al respecto, recibí un regalo y yo decidiría cómo y cuándo usarlo. Pero ustedes lo saben, «no te regalan el reloj, tú eres regalado al reloj».

Tenía varios días pensando en que debía ir, pero ¿a qué hora? ¿Qué llevo? ¿Qué chingados se pone uno cuando va por primera vez al gimnasio? ¿Será normal ir y preguntar cómo se usa una caminadora?

Me puse los tenis, la camiseta de estar cómoda y pues lo demás básicamente era una de mis muchas pijamas que ahora descubro son «active wear». Antes de entrar les mandé unos IG Stories a ustedes, porque son mi red de protección y mi propósito para hacer cosas nuevas. Inhale bien profundo y entré. Eran algo así como las 11 de la mañana, pensé que habría menos gente, pero no, la verdad es que sí había bastante como para hacerme sentir incómoda. Me presenté en la recepción y para mi suerte, las chicas que estaban trabajando se acordaron de mí y así pude empezar con mi frase introductoria.

«No te preocupes, ahorita te ponemos a trabajar con alguien super relax que no te haga sentir presionada». Hagan de cuenta que el Cielo se abrió. Julio Alejandro, que tiene 30 años, y que podría ser mi sobrino (como Julio y Alejandro lo son en la vida real), me enseñó a usar una caminadora y me contó que tienen un sistema de emergencia por si te caes para que solita se apague y no te pase nada. Y me dijo: vamos a empezar por lo relax. Y me puse a muy poquita velocidad y me enseñó a modificarla y así fue como hice 20 minutos en la caminadora, a más velocidad de la que pensaba y sin que me doliera nada.

Cuando salí de casa le avisé a Annie, y le pedí que no hiciera mucha fiesta al respecto porque me pone mal eso. Contestó: *Hace fuzz interno*. También era importante para mí que Rich Rueda, mi amigo maratonista que siempre ha sido amable y templado conmigo, y a pesar de ser uuultra corredor jamás me ha dicho: «tú deberías hacer ejercicio», supiera que por fin lo estaba haciendo.

 

Yo quería sólo caminar, pero como Julio se había ido a comer, ahora Roberto me dijo que haríamos ejercicio en algunos equipos para que empezara a agarrar condición… ¿de qué? No sé. Pero condición.

Nunca me ha pesado mover el cuerpo, tengo la fortuna de ser fuerte sin haberme ejercitado nunca. No fue si no hasta la última vuelta en los aparatos que sufrí mucho. Roberto quería que siguiera trabajando mis hombros, pero le dije que en la vida hay que tener equilibrio, que hiciéramos pierna. Y eso hicimos. Amé que me dejaran trabajar como me sentía cómoda.

No voy a negarlo, eso de sentarte en un aparato donde segundos antes otra persona estuvo sentada… No soy germófoba, pero la verdad el sudor no es algo que disfrute ni en mí. Todos los que se ejercitan ahí cargan una toalla de tela y en cada estación de ejercicio hay cerca una de limpieza: toallas de papel y líquido para que limpies el equipo que usaste después de usarlo. ¿Mi técnica? Usar mi toalla como en playa nudista: me senté en ella cada vez que usé un aparato y además limpié con las toallitas de papel.

La música nunca fue molesta, bastante inocua como para poder leer a gusto a Jesús Ramírez Bermúdez y su Breve Diccionario Clínico del Alma.  En mi última ronda de ejercicio tuve fans: mis entrenadores y las encargadas se acercaban para platicar conmigo y preguntarme por qué no había venido antes; entiendo que es su trabajo fraternizar, pero la verdad se sintió muy bien que me acompañaran, le ayudaron a mi ansiedad.

Cuando se lo platiqué a Annie me dijo espantada: «Ay María, yo jamás hablaría con nadie» Y yo pensé: pos lo difícil ya lo había hecho: salir de mi casa. Ya de ahí en adelante es rete fácil.

Mi adorado Diego me escribió por Whatsapp y me mandó un video hermoso que después, muy valientemente, porque a él le cuesta mucho trabajo ser público, lo posteó en nuestra página de Facebook y en nuestro Twitter. Se los comparto.

Los maestros de yoga siempre dicen que uno debe hacer hasta donde no duela, pero un poquito más de dónde no sea cómodo. O algo así. Yo sé que cada que he tenido una recaída de depre, de agorafobia, de miedos, si me exijo un poquito más de lo que creo que puedo hacer, es más fácil salir adelante. O salir atrás. Con las emociones uno no sabe a dónde sale, pero el chiste es salir.

Ir a un gimnasio es una cosa que siempre me provocó ansiedad. Mi sobrina Natalia me llevó al suyo en Boston, para acompañarla y tomar una clase de yoga. Eso ya lo había hecho acá y no me asustaba. Y fue horrible. Boston es ultra white y por más que formen parte de la sociedad más educada de Estados Unidos, siguen siendo gringos y ven a cualquier persona morena como algo raro, algo que no debe estar ahí. Siempre he admirado muchísimo a mi sobrina que aquí era blanquísima para todos, pero allá es absolutamente brown y sí, han habido muchas ocasiones en que se lo recuerdan.  No me sentí cómoda un segundo durante esa clase. La presión de las miradas y de no hacer sentir después avergonzada a mi sobrina me hicieron sentir muy mal.

Hoy fue muy diferente. Ciertamente tengo 15 años más… Me conozco mejor, sé con seguridad absoluta, que del suelo uno nunca pasa, estoy segura de quién soy y de mis ventajas, cualidades, desventajas y «defectos» (uno de ellos es que soy muy soberbia, entonces creo que no los tengo, digamos que lo mío son toques de carácter para no ser plana… JAJAJAJA). Fue cansado. Fue doloroso físicamente. Fue incómodo por momentos y en cuanto sentí la incomodidad, me la sacudí recordando: cada minuto que pasas aquí, es un minuto menos de dinero tirado a la basura.

Los muchachos del gimnasio quieren que vaya mañana… ya veremos.