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Esto fue lo único que me consoló en esta depre-gordura-antiejercicio época de mi día. Sí, dije de mi día. Las mujeres de 30 que no somos (ni seremos) mamás, solemos ser secuestradas por nuestras hormonas.

Esta película fue mi pesadilla de niña. Tuve tantas pesadillas que un día me dio fiebre a media noche. Un poco así, pero menos dramático y más constante es el tema de la gordura/ejercicio/cuerpoquenoesmío.

Mi papá siempre decía: este cuerpo no soy yo, me carga a mí, me pertenece, pero no soy yo.

Supongo que podría empezar por ahí, por recordarle a mi cuerpo que hormonas, químicos, dietas, peso, celulitis, años, ejercicio o no, YO vivo en él, y que es un mero medio de transporte de quien soy. Así que más le vale alinearse por la izquierda y dejarme en paz.

Empecé a escribir un comment para contestarle a Zorombas y Özer y se hizo tan largo que pensé era mejor escribir una segunda parte. También porque en el Facebook, donde se redirecciona este blog, gente que me quiere me ha dicho las mismas cosas. 


Yo les agradezco mucho los consejos. De verdad. Cuando he estado en mi peso, también he dado esos consejos. Sé cómo bajar de peso, sé que debo hacer ejercicio, sé que vale la pena. Pero me doy cuenta que no escribí lo que quería decir. Estoy harta de subir y bajar. Estoy harta de que mi cuerpo se vulnere tan fácilmente. Mi problema no es estar gorda (no lo disfruto, pos supuesto, pero no es mi problema), mi problema es la comida. Es lo que lleno dentro de mí con la comida. 

¿Tienen alguna adicción? ¿Fuman por fumar? ¿Toman por tomar? ¿Se meten al tuiter y no paran de tuitear y hasta se fastidian pero siguen ahí?  Eso es una adicción. 

Y así como puedo comer sin parar, puedo no comer por días. Puedo ponerme a dieta, hacerla religiosamente. Escribir de sus beneficios y decirle al doc (por que sí, he ido con el doc y con el entrenador profesional y así) lo feliz que soy, lo bien que me siento.

Creo que ahora me pegó claramente porque gracias a las medicinas, no me siento detenida por mí… por mi cabeza y mis ideas para hacer lo que quiero. Y ahora mi cuerpo está pesado y se cansa porque yo tengo más energía que antes. Las medicinas psiquiátricas (los docs dicen que no, pero los pacientes decimos que sí), pero sobre todo los antidepresivos, tienen este efecto de incrementar las ansias que en los depresivos de carrera, suelen ser por comer. 

Yo sé que estos 10 kilos no son del Prozac, ni del Epival. Son míos toditos, pero ayudan las pastillas. 

El otro día salía del consul de la psiquiatra y pensé: «gorda pero feliz». Asumo que de ahí salió el refrán. A lo mejor en los 80, cuando el Prozac se volvió la panacea, y la gente empezó a sentirse feliz pero gorda… No sé. Cosas de pacientes. 

Hoy hice ejercicio. Ayer hice ejercicio. Planeo ir con el amigo Julián a caminar como anoche por Reforma. No me gusta, lo odio, me siento estúpida haciéndolo. Pero mi cuerpo ya no tiene 23 años y ya no baja de peso sólo comiendo bien. 

Debo aclarar que no creo que valga la pena, en términos netamente hedonistas, esto de comer como pajarito pura cosa que sabe a cartón (y me disculpan, pero el Special K y las galletas de avena y los panes con fibra y la soya texturizada saben a cartón -no le digan a mi marido que dije eso por favor). 

Me caga saber cómo le va a la vaca antes de ser procesada y empacada bellamente, limpiamente en un plato de asqueroso unicel pero me caga más saber que sabe deliciosa. No soporto cómo se ven los camarones, y los últimos camarones que comí en mi vida, para colmo, estaban feos. Pero por sobre todas las masacres animales por mucho que adore el tocino, los tacos al pastor, las chuletas ahumadas y mi guiso de puerco a la guayaba, no  puedo volver a comer puerco sabiendo que son desangrados hasta morir. 

Para colmo, no puedo comer tanta azúcar como quisiera. Y quisiera comer toda la que hay en el mundo mezclada con cacao, con nueces, con las harinas más cernidas y aireadas en mantequilla suavizada. Preparar los pasteles de café con nueces y chocolate drops más esponjosos y servirlos con café con leche. Hacer brownie de chocolate y servirlo con helado de vainilla…

Quisiera volver a
tomar alcohol sólo para tomar cocteles. Piñas coladas, Daiquirís de fresa y Margaritas de mango. Plátanos flameados con Cognac y salsa de caramelo de Bailey’s. 

El tema es que no puedo. No puedo y además ya me harté de vivir presa de mis antojos, de ver algo en la televisión, un guiso cualquiera y tener que comer aunque no tenga hambre. Así que ahora, tristemente, justo como me acuerdo que es estar a dieta y finalmente estar en tu peso, estoy comiendo a mis horas, las raciones adecuadas, de las comidas adecuadas. Haciendo ejercicio tres veces al día, dos veces cardio, una vez anaeróbico. Y pensando que sí, moriré como mi papá: deseando toooda la vida ser flaco y poder comer lo que uno quiera sin mover un dedo.

En fin, muchas gracias por los ánimos. De verdad me apapacha mucho que quieran que pueda con esto, que vea lo sencillo que es. Ya volveré a estar ahí y hasta escribiré que no entiendo a la gente gorda. 

79.832 kilogramos.

Eso marca la báscula. No me hacía falta pesarme, hace varias semanas que sé que estoy fuera de mi peso ideal, exactamente 10 kilos afuera de mi peso ideal.

¿Tú preocupada por el peso?, me dijo mi editora completamente sorprendida. No soy girly. No uso faldas (a menos que sean tan largas que no se vea ni el movimiento de mis pies). Me maquillo poco. Mis aretes son chiquititos y demasiado andróginos para ser considerados de mujer. Tengo más tennis que zapatos, y entre mis zapatos sólo hay dos alpargatas de tacón.

Soy tosca. Robusta decía mi pasaporte cuando me llevaron mis papás a sacarlo a la delegación. Robusta, sin señas particulares. Hace poco alguien se refirió a mí como la señora gordita que sabe de perros. Lo oigo y todavía me río. ¿Soy una señora? Lo de gordita…GORDA que odio el diminutivo. Señora… qué chingados significa eso. Físcamente pues.

Hoy me subí otra vez al maldito Wii, fuente de mi depresión temporal. Y me acordé de cuando era niña y acompañando a mis hermanas seguía todas las fronteras de los grupos anónimos a los que iban. Dejar de tomar era fácil, porque en realidad a los 8 años, sólo lo había hecho un par de veces. Y ni con la adolescencia le entendí el gusto al alcohol. Dejar de comer… uff. Dejar de comer.

Nunca he tenido chocolates escondidos bajo la almohada. Ni soy comedora de clóset. Siempre he comido mucho. Cuando tenía como 17 años, estaba en prepa, y me pedía una Pizza Mía a Pizza Hut, Meat Lovers, Familiar. No, no quiero refresco. Tampoco postre.

La pizza me duraba menos de media sentada. Comía eso al llegar de la escuela y en la escuela, nada. La rutina de comer una sola vez en cantidades desproporcionadas era mi favorita. También me gustaba comprar paquetes de galletas y sentarme a ver la televisión hasta que se acabaran. Debo aclarar que nunca nada de esto me deprimió. Comer es un placer que disfruto como pocos. Nunca me como algo que no me guste, lo he probado todo y sólo hasta ahora que tengo ya dos años involucrada en los derechos animales se me ha dificultado volver a comer animal. Yo puedo comer sin parar. A mí nadie me levanta de la mesa.

Si me quitas el plato de enfrente, dejo de comer. Y no volveré a hacerlo hasta las siguientes 3 o 4 horas. Probablemente una porción más grande de lo que necesito y mucho más grande de lo conveniente.

No conozco esa sensación que veo en la cara de los demás cuando acaban de comer y no pueden dar otro bocado. Nunca he sentido que no puedo comerme una cucharada más de pastel. Una quesadilla más.

Cuando mi papá enfermó, yo pesaba mis tradicionales 75 kilos que él siempre describió en mí con la expresión «tronadita». Mientras estuvo enfermo comía muchísimo. A mi papá se le olvidaba que ya habíamos desayunado, y me pedía que desayunara enfrente de él para que de verdad lo hiciera, una y otra y cuatro y seis veces al día. A penas murió dejé de comer.

No tenía dinero, pero tampoco tenía ganas. Compraba latas de atún y arroz y me encerraba en mi recámara a coser. No salía más que al baño. Una lata de atún cada dos días, una taza de arroz. Agua sin parar. La ropa se me caía.

He rondado los 58 kilos hasta los 85 kilos. Y es como si mi cuerpo no me perteneciera. Como si la poca importancia que le doy cotidianamente se vengara de mí y «de repente»  tuviera 10 kilos encima otra vez.

Sé que puedo bajarlos tan fácilmente como los subo. Pero estoy harta de hacerlo.

Cuando me incluí en la frontera de Comedores Compulsivos (sólo comer tres veces al día, servirte antes de sentarte todo lo que piensas comer y no saltarte una sola comida), entendí mucho de mis compulsiones. Comer para mí es una actividad de supervivencia. Es sólo cuando cocino, cuando veo cocinar, cuando alguien más depende de que yo entre a la cocina, cuando le encuentro el gusto a un sabor, a trabajar un par de verduras de manera que sepan de tal o cual manera.

Cuando estoy sola… no me importa comer.

Codependence at its best.

Pero hay un punto en el que mi cuerpo ya no puede más. No descanso al dormir, me duele la espalda, la cabeza me retumba en la noche y oigo zumbidos. Se me duermen las piernas y la mano en la que apoyo la cabeza al dormir. Mi azúcar es un desastre. Una trampa mortal.

Hoy recordé que mi papá (un gran adicto a las dietas y a comer desproporcionadamente), solíamos ponernos en días de ayuno, sobre todo en Semana Santa. Luego él se ponía inseguro o extrañaba el alcohol o andaba mal en los negocios y se ponía en unas dietas ridículas. Sólo ajos por dos días. Sólo cebollas. Sólo jitomates y queso cottage. Sólo papaya. «Monodieta mija, todo está en este libro». Ese libro fue uno de los primeros que regalé cuando él murió.

Alguien dijo de mí lo mismo cuando tenía 16 años, el novio de ese momento dijo: tengo una novia que siempre está a dieta.

Odio eso. Odio ser la señora gordita que siempre está a dieta.

Entré pensando que quería escribir un diario donde pudiera publicar mi compromiso para hacer ejercicio cotidianamente y comer tres veces al día, sin azúcar, sin chances en el intermedio, sin segundos platos.

Pero me aterra darme cuenta que este esfuerzo llega sólo cuando estoy en el tope de mi gordura y que aunque supe mantenerme en mi peso ideal por tres años, de alguna manera (el año que estuve deprimida con la pérdida del trabajo y la muerte de Kika) me enseñaron a comer no por supervivencia, si no por aburrimiento.

En fin… voy a intentar subirme al estúpido Wiiboard again. Por que sí, igual como me meto atracones de comida, me pongo unas friegas de ejercicio durante un día… y luego lo olvido.