Somos oxígeno, nitrógeno y carbón. Y no sólo lo dice Nacho Cano en esa chulada de canción llamada Aire, que por cierto, narra un suicidio en medio de una alucinación. Somos sustancias químicas. Nuestras emociones son provocadas por otros químicos y a veces esas emociones provocan otras emociones que también, son químicos.

El amor es un químico. El más potente de todos. Love is all you need. Y por favor, quien contradiga a The Beatles, tiene problemas graves, tal vez hasta psiquiátricos.

Sirva toda esta introducción para tratar de contestar el texto de Gibrán Ramírez Reyes, publicado en Milenio sobre su opinión como politólogo del actuar de las farmacéuticas y las enfermedades mentales.

Si no lo han leído, dense. Aquí está.

Me hicieron favor de mostrarme el texto, y me advirtieron: “No te vayas a enojar”. Así que leí sabiendo que para otros era ofensivo y molesto. Como ahora me dedico semiprofesionalmente a esto de la divulgación de la vida como paciente mental, resulta que mi opinión importa en este tema. El «semi» es porque no cobro por hacer esto y por lo tanto mis habilidades de “paciente de carrera” me cuestan, no me dan. Y por lo tanto, mi opinión no está sesgada más que por mis intereses, no por mi cuenta bancaria o mis necesidades profesionales.

Muchas veces he dicho abiertamente que la depresión es una enfermedad producida por un desbalance químico. También he dicho, apoyada por los médicos que me han tratado, que la depresión es una enfermedad compleja de la que sabemos poco, que afecta a muchísima gente de todos niveles socioeconómicos, culturales, con distintos tipos de padecimientos sistémicos o sin ellos y que, por ello, muchísimos científicos (es decir, médicos dedicados por años a estudiar padecimientos psicológicos, psiquiátricos y neurológicos) no han podido encontrar una pastilla tan mágica que nos cure.

Ni para hacer buenas películas, ni para ser buen escritor, ni para curarse de una enfermedad. No hay.

Yo no soy médico, yo nomás soy una escritora, mujer, morena, de 40+ años, mexicana, es decir: sometida a la violencia sistematizada, a un sistema de salud que con muchísimos esfuerzos, a veces, consigue procurar salud, donde montones de profesionales de la salud tienen que cubrir muchísimas veces con sus propios recursos las carencias del sistema; ese sistema que da la nota a nivel internacional sobre cómo en los hospitales públicos no hay medicinas (psiquiátricas y no) para atender a sus enfermos.

Yo nomás soy eso. No soy politóloga, no estudié en la UNAM ni en el COLMEX (tuviera tanta suerte). No soy profesora en la facultad que me forjó. No escribo una columna que leen miles de personas qué tal vez, como yo, están enfermas y requieren el consejo de un médico. Yo soy escritora, y si se meten a nuestro Instagram, verán que reseño libros de psicólogos de médicos, que en ninguna de sus hojas recomiendan medicamentos. Soy escritora y soy paciente de carrera. Y desde ahí, tengo tres cositas que decir sobre el texto de Gibrán:

  1. Johann Hari es un escritor y periodista que ha dedicado su carrera a escribir sobre depresión, lo que él llama “guerra contra las drogas” y las adicciones. Tiene un TED Talk donde propone que los enfermos de depresión entramos en un ciclo vicioso de aislamiento que agrava nuestros síntomas (estoy muy de acuerdísimo). También está acusado de plagio por su trabajo y cuando comprobaron este plagio, no quiso regresar la lana del premio que se ganó plagiando textos. Vaya, nadie es perfecto y por lo tanto, nadie tiene la verdad absoluta. Ni el nazismo pudo mantener esa teoría de que la psiquiatría no existe.
  2. Ahora entiendo por qué no se le puede dar la razón a nadie. Como perderla no implica un desbalance químico, porque esas cosas son inventos del monstruo farmacéutico, no hay cómo sintetizar la razón y ponerla en pastillas para dárselas a quienes la pierden.
  3. Zapatero, a tus zapatos. Científicos, a su ciencia. Médicos a su servicio y pacientes a eso, a ser pacientes. ¿Politólogos defendiendo teorías que aclaman que no se necesitan medicamentos para curarse en una época en que el Estado no está procurando medicinas? Bueno, supongo que esos son los menesteres que Gibrán tiene que atender desde su trinchera.
Esta es mi versión favorita de Aire.
Nocieto. También amo esta.

He estado diagnosticada psicoanalíticamente más de la tercera parte de mi vida, pero no acepté tratamiento psiquiátrico si no hasta hace 16 años. Entonces comencé a tomar Valproato Seemisódico, Fluoxetina y Quetiapina. Hace 3 meses las dejé y estoy bien.

No, no empiecen, no las solté las medicinas nomás por mis pistolas, o porque me hartaron, o porque me hacían sentir mal. Acompáñenme a leer esta complicada historia.

En enero decidí usar el regalo que me hicieron unos amigos e ir al gym. Jamás había ido al gym. No sólo era un reto emocional complicado, era un esfuerzo físico que nunca en mi vida había contemplado hacer. No estuvo fácil, pero tuve ayuda gracias a mi enooorme e incomodísima honestidad. Fui todos los días durante dos semanas, aunque al octavo día, un dolor muy agudo en la base del cráneo, del lado izquierdo, me bajó de la caminadora. Al día siguiente tuve un ataque de taquilalia que sólo pude controlar escuchando durante dos horas el ruido que hace el Aracuán en Los Tres Caballeros.
Dos días después fui al Nacional de Psiquiatría y le comenté a mi psiquiatra en turno lo que pasaba.

Por primera vez en 16 años no me sentí atendida, algo en la relación con este psiquiatra se había trastocado desde la primera consulta y por alguna razón, yo asumo que hubo algo de transferencia (nos la pasábamos hablando de filosofía, comunicación digital, Chomsky, pero de mí, nada). Mi psiquiatra no indicó ninguna medida, ni siquiera recomendó que detuviera el ejercicio, nada. No tocó el tema. Salí del Nacional tristísima, como si una relación de años se hubiera roto. Y así fue.

De camino vuelta a casa le pedí ayuda a mi médico internista, quien después de mucho preguntar, recomendó buscar inmediatamente otro psiquiatra que cumpliera con mis necesidades del momento: cerca como para caminar al consultorio, con especialidad en diagnósticos múltiples, que pudiera hacer un rediagnóstico y que no me costara un riñón. Bendita VRIM, me tardé 20 minutos en encontrarlo.

 

Una semana después del primer ataque de cefalea (así se llama el dolor de cabeza que me dio), estaban quitándome el Prozac (Fluoxetina, 20mg al día). Un mes después, ya no estaba tomándola y comenzamos a eliminar el resto de las medicinas.

No, no ha sido fácil. No es super bonito y no me siento «más yo» por haber dejado las medicinas. Me siento muy diferente, menos protegida de mis ruidos internos y más alerta. No siempre es bueno, a veces me abruma, pero siento que esta década y media de medicamento sirvió como entrenamiento para mis hábitos mentales. Ahora hago «orgánicamente» lo que la medicina hacía por mí. Vaya, me acuerdo de la sensación de pesadumbre que me da el Clonazepam cuando lo tomaba para una crisis de ansiedad. Me acuerdo qué se siente dormir muchísimas horas de manera artificial y despertar descansada de la mente, pero no del cuerpo. Me acuerdo cómo tras muchísimos años de tomar el Epival, no sólo controló los efectos secundarios de la disritmia sino que me enseñó a reaccionar más lentamente ante cualquier estímulo que me sacara de nivel.

 

Antes y después de los medicamentos sigo siendo yo, siguen dándome ataques de ansiedad, tuve hasta uno de pánico. Con o sin ellos, mi trastorno de personalidad limítrofe me hace como se le da su gana si no trabajo en terapia, si no hago mis ejercicios de meditación, si no duermo para descansar todo: cuerpo y mente. Básicamente el TPL hace de mí un trapito, pero las medicinas me dieron condición física y la terapia me dio elasticidad emocional para rendirme ante el trastorno y vivir con él, no contra él.

 

Al mismo tiempo que dejé las medicinas, hemos estado trabajando en un re-diagnóstico. El primero sucedió hace 16 años y entre las múltiples crisis – tanto mentales como económicas, yo no siempre fui una paciente formal que iba a todas sus citas; a eso hay que sumarle que en el Nacional no hubo seguimiento formal de mi caso en los últimos años, tal vez por que yo no asistí a todas las consultas como debía.

Por esas razones y porque no es lo mismo tener 25 que 41, es hora de volver a trazar un mapa de cómo actúa mi mente y por qué. Mi nueva psicoanalista (la que me atendió durante más de una década me dio amorosamente de alta y nos hicimos buenas amigas) está alternando consultas de terapia con consultas de diagnóstico y eventualmente, después de muchos tests, y luego de análisis clínicos, sabremos qué etiquetas colgarles a mi sintomatología emocional. La idea ni me entusiasma ni me acongoja, me parece un trámite más dentro del camino a mantenerme funcional, que no cuerda, que no sana, sólo funcional.

 

Físicamente han habido muchísimos cambios: mi cuerpo se adelgazó abruptamente luego de dos semanas sin medicamentos. Platicando con otros pacientes que tomaban más o menos el mismo combo que yo, coinciden en que algo hace ese coctel que nos hincha. No saben cómo agradezco que me importe un carajo ser gorda o flaca, vaya, que no sea un fantasma más de esos que tengo que cargar en la mente. Sinceramente el cambio es notorio, he bajado más de 10 kilogramos en menos de tres meses. No, no todo es la medicina, sigo yendo al gimnasio (ahora con mucho cuidado de lo que hago y usando monitor cardíaco), estoy comiendo menos para administrar mejor mi energía y se me ocurrió la grandiosa idea de tener tres trabajos: oficina, escuela y freelances. Porque YOLO, por que ruquenial, porque la lana nunca alcanza. Así que no le echemos la culpa de la bajada de peso sólo a las medicinas, que todo suma, todo resta.

Ahora, mentiría si les dijera que ando así libre por la vida, porque no. La realidad es que yo siempre estoy al borde del ataque de ansiedad y pues trabajar en una oficina, ir al gym, dar clases y transportarse de un punto al otro no es fácil para alguien que como yo, se desgasta el ruido, la gente, la convivencia. En lo que decidimos si necesito o no necesito más medicina, me puse a investigar y estoy tomando gotas de CBD, de lo cuál les contaré la semana que viene porque ahorita, ahorita, hay que dar de cenar.

 

La semana pasada fue devastadora para todos, desde quienes murieron, quienes perdieron todo lo que tenían, hasta quienes perdimos aparentemente pequeñas cosas, como la rutina, el orden que establecimos para vivir con algo de tranquilidad dentro de esta mente enferma que no nos deja nunca en paz.

En El Depre Book encontramos una manera de ayudarnos: leer en las noches para tratar de tranquilizarnos y dormir bien. Lo hicimos toda la semana del sismo y lo retomaremos martes y jueves de 10:30 a 11:30 hasta que lo consideremos necesario.

En esas sesiones de lectura también platicamos de lo incómodos y frustrados que nos sentimos al ayudar. Nosotros, los terriblemente conscientes de sí mismos, los que no podemos salir del laberinto de nuestros pensamientos, nos sentimos culpables si ayudamos, si no ayudamos, si nos quedamos callados o si hablamos. Todo es un eterno caer hasta el fonde de nunca jamás.

Uno de nosotros quiso escribir al respecto. Les dejo el texto de nuestro amigo Diego, muestra de su enorme valor como ciudadano, como habitante de la Depre y como amigo nuestro.

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Compañeros nocturnos de las lecturas del DepreBook:

El jueves no pude salir de casa, me costó trabajo bañarme, pero lo hice, intenté salir otra vez para ver en qué podía ayudar en los Multifamiliares de Taxqueña (vivo cerca de ahí) no logré llegar a la esquina de la calle donde vivo, ya saben ese miedo que se va apoderando y que lo único que quieres es regresar a casa corriendo y no volver a salir y no volver a sentirlo, va pa’ dentro el ansiolítico.

Llego la noche y se tuvo la primera lectura, de entre los que «pocos» o «muchos» ¡Qué importa! somos, estamos, tenemos algo en común y nos entendemos, terminó la transmisión, tomé mis medicamentos y dormí, después de dos noches sin poder lograr más de dos horas de sueño, dormí y descansé.

Al otro día, viernes 22 de septiembre, estaba con mucho mejor ánimo y sin ese miedo de ¿Podré salir hoy? Me bañé, desayuné, hice algunas cosas en casa y le dije a mi madre y abuela si me acompañaban a ponerle gasolina al auto (si salgo acompañado me da menos miedo) todo muy bien de regreso, algo me movió a regresar a los multifamiliares, en el auto traía mi casco y chaleco, me lancé, estacioné el auto lo más cerca (mi auto también es un lugar «seguro» y me hace ser «funcional» y moverme un poquito más), agarré casco y chaleco, me los puse y llegué hasta donde el reten me lo permitía y pregunté qué se necesitaba:

-En esa cartulina está la lista.

Le tomé foto y la subí a mi Facebook. en menos de cinco minutos uno de mis contactos me mandaba mensaje de: Yo tengo algunas cosas de las qué se necesitan ¿A dónde te las llevo?, le di la ubicación. Minutos más tarde otro amigo de un amigo con mensaje de: Yo tengo polines, medicamento y el tanque de oxígeno, pero habría que venir por ellos a tal dirección, en mi mente: ¡Uf! es aquí en Coyoacán ¡Qué chido! El Google Maps me indicaba que era en Coyo, sí, pero del otro lado de Tlalpan, no del lado en el que vivo: ¡A huevo, sí! traigo el Tafil, traigo las gotas naturistas y traigo el cel con los números de varios contactos a los que les puedo mandar mensaje o llamar por si me empieza a dar «la’nsia» y me van acompañando, arranquémonos.

Llegué, se cargaron los polines y tanque en la camioneta del papá del amigo de mi amigo y en mi auto las medicinas, arneses, líneas de vida, cables, etc. Regresé al lugar, se entregaron las donaciones y ¿saben? esas donaciones fueron de todos de ellos, de ustedes de todos los que estamos ahí dándole ¿Por qué de ustedes? porque se que podía mandar un whats o una llamada a María, porque aunque no tengo el contacto directo con los que estuvimos conectados en la transmisión del DepreBook sabía que somos muches con un trastorno psiquiátrico, porque entre esos muches había un hombre, porque sí, para los hombres es, creo, más difícil expresarlo, salir del clóset, decir: «Hey, espera, tengo miedo, vamos a regresarnos» o sacar de la manera más disimulada el Tafil y tomarlo sin que se den cuenta…

¡Gracias a todes!

Tenía ya unos 5 o 6 años como paciente del Nacional de Psiquiatría, medicada sólo con el tratamiento para la disritmia cerebral y la depresión cuando, por culpa de estar estable, el psiquiatra que me atendí me dijo: «Creo que va siendo hora de que sepas que todo este tiempo hemos estado pensando, trabajando con la idea de que puedes padecer Síndrome de la Personalidad Limítrofe».
Creo que le menté la madre. O eso quise hacer. Lo que sí recuerdo puntualmente es que me solté llorando. Para mí ser border era una maldición absoluta, era categóricamente el peor diagnóstico que me podían dar, mejor díganme que soy esquizofrénica, mejor sí hubiera sido un legradito, y todo para quéeee y todo para quéee…

Y bueno, mi reacción comprobaba el diagnóstico.

La mejor manera que tengo de explicarles qué es ser borderline es este dibujito.

Ser paciente del Nacional de Psiquiatría me ha enseñado a obedecer a una autoridad. La mayor parte de la gente dice que yo no lo hago, que jamás le tengo respeto a mis jefes. Tienen razón… si esos jefes no me impresionan, no me hacen sentir que puedo tenerles confianza en el liderazgo.

En el Nacional hay médicos ultra nerds. Para entrar ahí hay que ser un cerebrito, y el que me dijo que «vamos a empezar a trabajar con el diagnóstico Border» no sólo era un nerdazo, también padecía bipolaridad.

– ¿Y qué vamos a hacer? No hay medicinas para eso. Yo sigo en terapia pero no siempre puedo pagarla.

– Dormir. Vas a dormir. Te vas a obligar a no saltarte una noche de sueño, vas a dormir al menos 9 horas y nunca más de 11.

DAMN. Las noches que no duermo son un premio con doble filo: me siento útil por primera vez en muchos días, pero al mismo tiempo al día siguiente estoy drenada, agotada como si hubiera arado el campo. Anhelo las noches de insomnio, pero le temo a las mañanas/tardes de no poder cargarme, de no saber ni qué estoy haciendo. Dos noches de esas seguidas, pueden descomponerme más de una semana.

El 4 de julio me dio el ataque de pánico, y desde entonces estoy durmiendo más. Me mandaron más Fluoxetina: tomaba 20mg al día y ahora mandaron 40mg. El psiquiatra que me atendió en urgencias, sabiendo por mi historial que puedo botar en manía, me dijo que observara mucho que no me pusiera loca. Obvio no lo dijo así, son la mar de profesionales y siempre hablan con mucha delicadeza.

Me pasé dos noches conciliando el sueño a las 3AM y despertando a las 7AM. Eso es DANGER DANGER DANGER ZONE. Lo comenté con mi Internista de cabecera, quien por supuesto sabe todo mi historial de locura. Le bajé a 30mg.  Ya pude dormir.

OJO: no me bajo y me subo las dosis por mis pantalones. Hace años que llevo un diario de humor dentro de la aplicación del ciclo menstrual (sorry, si eres hombre, vas a tener que fingir que te baja porque las apps para seguir el ánimo son carísimas y además no son fáciles de usar). Registro absolutamente todos los cambios y mantengo informado a mi médico. Tomo en cuenta ciclos hormonales, episodios de crisis, si he comido o no a mis horas, si el estrés… Lo escribo porque tenerlo en la memoria no te confronta con lo que sientes, no te hace darte cuenta que tienes más días buenos que malos, o que tienes días mediocres pero vivibles.

Hoy desperté a las 11. Me dormí a la 1AM. Estoy incómoda porque no he conseguido hacer mi chamba pagada. Estoy encabronada porque no me he hecho de comer. Estoy enamorada de seguir trabajando en este sitio. Estoy fastidiada de que el dinero no alcance y estoy todavía muy overwhelmed (en español se dice sobrecogida, y pos es albur; y en espanglish se dice overwhelmeada y pos… no) por la generosidad de mis amigos, de la gene que confía en este proyecto y que sabe que lo que estoy haciendo no es por mí, es para mí y para nosotros, los locos.

El día será largo aunque empiece tarde. Y tengo que hacerle caso a mis psiquiatras: «A las 12, a la cama. Y te me duermes».

Hace quince días fui a mi consulta normal al Instituto Nacional de Psiquiatría. Me tocó rotación de psiquiatra y me cayó bien el nuevo.

Al momento de la crisis hace tres meses mis medicamentos eran 40 mg de Prozac en las mañanas, 750 mg de Epival Semisódico más 50 mg de Seroquel XR en las noches. En urgencias me quitaron el Seroquel y me mandaron 1 mg de Rivotril hasta la siguiente consulta de evaluación.

Pasaron casi dos meses entre ese momento en urgencias y la consulta hace 15 días. ¿Qué ha cambiado desde entonces?

¿Les ha pasado que cuando están en el peor momento de su día sienten que no acabará? ¿Que se seguirán sintiendo perdidos y sin razón por siempre? Las recaídas son así, son momentos -que pueden durar días, semanas- donde me pierdo en la automatización de ser funcional (funcionalidad posible gracias a las medicinas).

Recaer estando en chochos es como si tu cuerpo olvidara que tiene mente. Sigue y sigue y sigue hasta que en algún momento la mente le reclama y tocas fondo. Para mí fue el día que desbloqueé un recuerdo de abuso sexual infantil. Desde entonces empecé a nadar hacia la salida.

No soy experta, nunca había tomado Rivotril pero sé para qué sirve. Fue la última medicina que le di a mi padre por indicaciones del tanatólogo: necesita ayuda para despegarse. En mi opinión eso hizo el Rivotril por mí. Dejó que mi cuerpo y mi mente se pusieran de acuerdo y llegaran a la conclusión de que estábamos todos (Yo, Misses Joy, nuestro cuerpo y memoria) para acordarnos.

Hace 15 días me empezaron a quitar el Rivotril, ahora estoy de vuelta al Seroquel XR y mi vida se ve con la misma claridad de antes.

¿Eso significa que ya no estoy deprimida? Mmm… sí. Pero no significa que siga siendo una persona hermitaña, solitaria, que disfruta mucho más de la soledad y la compañía de pocos que la fiesta, los ruidos, el bullicio que muchos relacionan con la felicidad.

Después de la crisis, sabiendo lo que sé ahora, descubriendo que mi enfermedad también afectó a muchos y que no todos pudieron con el paquete de tenerme junto, lo asumo con todo el amor del que soy capaz: Tengo derecho a ser como soy. Sin cambios. Sin reclamos. Tengo derecho a ser nostálgica, lúgubre, ligeramente desenfocada. Tengo derecho a no atender los problemas que en este momento no quiero o puedo atender. Tengo derecho a disfrutar lo que sea como yo sé disfrutarlo, no como se supone debiera.

Tengo derecho a ser yo. Sin reproches, sin silencios, sin miedos de por medio.

Las crisis volverán, porque estoy viva y eso significa estar sujeta al cambio. Y en cada crisis caeré y me levantaré y aprenderé algo. Mientras tanto, a disfrutar el café.

Hoy amanecí ligeramente maníaca. Hace algunos años a estos cambios constantes de humor (pasar de estar metida en la cama llorando a querer ponerte a correr como Forrest Gump y luego limpiar la casa y mientras hacer fiesta), le llamaban maniaco-depresión.

Hasta donde yo lo entiendo ahora, luego de varios médicos, psicólogos, terapeutas, gurús, colegas de padecimiento… no se es maniaco-depresivo, hay momentos en que estás maniaco-depresivo.

Hoy es viernes, y según mis recuentos lloré histéricamente el lunes, luego no más nostálgicamente. El martes también y tuve que hablarle a un cuate para que me contara chistes. El miércoles y el jueves estuve zombie. Y hoy estoy contenta. Vaya, escogí mi ropa conscientemente de lo que hacía, quería verme de tal o cual manera, desayuné aunque sin hambre, pero por que sé que es bueno. Sabía que se me había terminado el Prozac así que antes que otra cosa pasara fui al súper, no lo pospuse para medio día.

Ya adelanté chamba, he contestado mails que tenía pendientes, he estado cantando…

¿Y la depresión? ¿Ontá?

Ayer fui a terapia, cosa que ayuda muchísimo a la perspectiva de la depresión. Verán, los depresivos no nos curamos, lo ideal es aceptarnos, entender que somos así y aprender a vivir con ello.

Hoy es un día de esos. Entre las medicinas, la cantidad exacta de chocolate obscuro, los amigos, un par de webinars bien interesantes sobre los cambios de Facebook y obvio, que es viernes, me siento bien. Me siento con ganas de estar sentadita en una banca de algún parque, leyendo. Y eso, en mí, es como en ustedes tener ganas de party rockin’ all the time.

 Hace un par de semanas un amigo  muy querido sufrió un ataque de no supimos qué. Cayó como tabla al piso y se convulsionaba. El hombrazo en cuestión: masculino, chilango, 37 años, guapo él, deportista él. Así que la verdad a los doctores (en publicidad) lo único que se les ocurrió fue el diagnóstico más evidente: O fue epilepsia o fue el estrés.

Durante el evento que no fue nada corto, robé su

BlackBerry y recordando en medio de mis histéricos mocos que el familiar más cercano es su abuela busqué evitar que fuera la primera en enterarse. El Oso Fabuloso es de esos seres humanos privilegiados por conservar y cultivar la amistad de aquellos que asistieron a la primaria con él.

En medio de mis gritos internos y neuronas con hipo encontré a un amigo suyo que pudo poner en alerta a los demás. A mí me dio un ataque de ansiedad nada elegante. El segundo desde que estoy medicada, el primero con razón suficiente.

Una semana después del incidente tomé mi primer clase de Primeros Auxilios. Aprendí mil cosas, protocolos médicos que un día me ayudarán a salvar una vida pero sobre todo a saber qué  hacer y por lo tanto estar concentrada sin miedo.

Mi amigo tiene epilepsia. Es uno de los diagnósticos que yo tengo. Los demás, aunque han estado muy controlados no  me han dado lata los últimos meses.

Platicando con un amigo en común recordaba aquella época en que entré a Televisa y con cada ruido brincaba como ratón o reaccionaba como Godzilla. «A Wunderman llegué diciendo a los cuatro vientos: tengo 3 diagnósticos psiquiátricos, tomo medicinas, no me justifico, pero les aviso por si me ven medio chueca a veces».

-Si hubieras llegado así a Televisa, otra cosa hubiera sido.

No decirle a nadie que padezco un par de síndromes podría llevarlos a confundir  mis síntomas y ponerlos en peligro. Lo que le pasó a mi amigo, bien me pudo pasar a mí de no haberme diagnosticado a tiempo. Toda mi vida he luchado contra los reclamos y regaños de quienes consideran inapropiado que hable de lo que padezco. Hay quienes abiertamente me llaman Attention Whore -tan suspicacia, tan observadores, tan inspirados.

Podemos teorizar sobre las razones que llevan a los demás a juzgar nuestro proceder, pero últimamente estoy inclinada a no dedicarle tiempo a quienes me incomodan. Prefiero escribir sobre aquellos a quienes mi conducta inapropiada, mi indiscreto proceder les ha servido.

Pasaron dos canciones entre la última palabra del párrafo anterior y la primera de este. No es que estuviera enumerando a los «beneficiados» de mi verborrea, es que me perdí recordando los momentos compartidos. Ahora noto que al recordar a quienes me reprochan me salen cuentos de palabras y al recordar a quienes me aceptan me invade un sentido de tranquilidad.

Bien dicen que las imágenes valen más que mil palabras.

Empecé a escribir un comment para contestarle a Zorombas y Özer y se hizo tan largo que pensé era mejor escribir una segunda parte. También porque en el Facebook, donde se redirecciona este blog, gente que me quiere me ha dicho las mismas cosas. 


Yo les agradezco mucho los consejos. De verdad. Cuando he estado en mi peso, también he dado esos consejos. Sé cómo bajar de peso, sé que debo hacer ejercicio, sé que vale la pena. Pero me doy cuenta que no escribí lo que quería decir. Estoy harta de subir y bajar. Estoy harta de que mi cuerpo se vulnere tan fácilmente. Mi problema no es estar gorda (no lo disfruto, pos supuesto, pero no es mi problema), mi problema es la comida. Es lo que lleno dentro de mí con la comida. 

¿Tienen alguna adicción? ¿Fuman por fumar? ¿Toman por tomar? ¿Se meten al tuiter y no paran de tuitear y hasta se fastidian pero siguen ahí?  Eso es una adicción. 

Y así como puedo comer sin parar, puedo no comer por días. Puedo ponerme a dieta, hacerla religiosamente. Escribir de sus beneficios y decirle al doc (por que sí, he ido con el doc y con el entrenador profesional y así) lo feliz que soy, lo bien que me siento.

Creo que ahora me pegó claramente porque gracias a las medicinas, no me siento detenida por mí… por mi cabeza y mis ideas para hacer lo que quiero. Y ahora mi cuerpo está pesado y se cansa porque yo tengo más energía que antes. Las medicinas psiquiátricas (los docs dicen que no, pero los pacientes decimos que sí), pero sobre todo los antidepresivos, tienen este efecto de incrementar las ansias que en los depresivos de carrera, suelen ser por comer. 

Yo sé que estos 10 kilos no son del Prozac, ni del Epival. Son míos toditos, pero ayudan las pastillas. 

El otro día salía del consul de la psiquiatra y pensé: «gorda pero feliz». Asumo que de ahí salió el refrán. A lo mejor en los 80, cuando el Prozac se volvió la panacea, y la gente empezó a sentirse feliz pero gorda… No sé. Cosas de pacientes. 

Hoy hice ejercicio. Ayer hice ejercicio. Planeo ir con el amigo Julián a caminar como anoche por Reforma. No me gusta, lo odio, me siento estúpida haciéndolo. Pero mi cuerpo ya no tiene 23 años y ya no baja de peso sólo comiendo bien. 

Debo aclarar que no creo que valga la pena, en términos netamente hedonistas, esto de comer como pajarito pura cosa que sabe a cartón (y me disculpan, pero el Special K y las galletas de avena y los panes con fibra y la soya texturizada saben a cartón -no le digan a mi marido que dije eso por favor). 

Me caga saber cómo le va a la vaca antes de ser procesada y empacada bellamente, limpiamente en un plato de asqueroso unicel pero me caga más saber que sabe deliciosa. No soporto cómo se ven los camarones, y los últimos camarones que comí en mi vida, para colmo, estaban feos. Pero por sobre todas las masacres animales por mucho que adore el tocino, los tacos al pastor, las chuletas ahumadas y mi guiso de puerco a la guayaba, no  puedo volver a comer puerco sabiendo que son desangrados hasta morir. 

Para colmo, no puedo comer tanta azúcar como quisiera. Y quisiera comer toda la que hay en el mundo mezclada con cacao, con nueces, con las harinas más cernidas y aireadas en mantequilla suavizada. Preparar los pasteles de café con nueces y chocolate drops más esponjosos y servirlos con café con leche. Hacer brownie de chocolate y servirlo con helado de vainilla…

Quisiera volver a
tomar alcohol sólo para tomar cocteles. Piñas coladas, Daiquirís de fresa y Margaritas de mango. Plátanos flameados con Cognac y salsa de caramelo de Bailey’s. 

El tema es que no puedo. No puedo y además ya me harté de vivir presa de mis antojos, de ver algo en la televisión, un guiso cualquiera y tener que comer aunque no tenga hambre. Así que ahora, tristemente, justo como me acuerdo que es estar a dieta y finalmente estar en tu peso, estoy comiendo a mis horas, las raciones adecuadas, de las comidas adecuadas. Haciendo ejercicio tres veces al día, dos veces cardio, una vez anaeróbico. Y pensando que sí, moriré como mi papá: deseando toooda la vida ser flaco y poder comer lo que uno quiera sin mover un dedo.

En fin, muchas gracias por los ánimos. De verdad me apapacha mucho que quieran que pueda con esto, que vea lo sencillo que es. Ya volveré a estar ahí y hasta escribiré que no entiendo a la gente gorda. 

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Hay días confusos en la vida. Días como enredados donde uno no sabe bien ni cómo se siente. En mi casa le decíamos «el frío del esternón», y lo avisábamos diciendo: «se me cayó un burro». Esa sensación que en portugués le dicen «saudade» y que en la caricatura de las indígenas mexicanas se expresa como «no me hallo».

Así como cuando a uno le da por averiguar qué es un orgasmo o qué se siente y se encuentra con mil respuestas hasta que topa con la científica, a ese «no me hallo» los terapeutas que yo he conocido, los médicos que me han visto cuando me invade, le dicen «depresión». Aquí, en este espacio yo le he puesto Misses Joy y nos hablamos de tu.

Lo he contado acá un par de veces, pero por si quedaban dudas: a Misses Joy le declaré la guerra hace un año y centavos y hasta le puse soldados de primer batallón, pastillas incluídas y todo. Con el tiempo que las he ido tomando me ha costado trabajo distinguir sus efectos, uno da por sentadas tantas cosas…

El Epival -un antiepiléptico que trata el corto circuito que me cruza desde la cien hasta el centro de la frente y que para efectos públicos se conoce como Epilepsia- me quitó el dolor de cabeza constante, el silbidito que no sabía escuchaba de toda la vida, las pesadillas que me hacían despertar palpitando. Esa pastillita fue muy clara en quitarme cosas que me estorbaban, pero como dijo Sol, mi doc, no te ha quitado lo principal: la tristecita esa.

El Prozac, fue más difícil de percibir en sus cambios y sobre todo, más difícil de presentar ante el mundo. La gente le tiene tantos prejuicios a las soluciones, muchos más que a los problemas. Está bien que alguien esté loco, así todo mundo habla de él y se queja; pero si ese alguien hace algo por estar mejor, inmediatamente se pone en duda su juicio, y sobre todo la efectividad de esa actitud. (Por favor, está loca, no tiene remedio, nunca va a cambiar). Para colmo, la gente que más duda, suele ser de las más cercanas.

He encontrado en los foros y blogs de consumidores de ambas drogas muchos comentarios sobre cómo les ha afectado para bien o para mal. Y creo que ayuda mucho hablarlo entre nosotros, nos da confianza para no sentirnos tan señalados, o mejor aún, para que no nos importe que nos señalan.

Hoy descubrí una cosa maravillosa sobre estar medicada, pero para explicarlo tengo que contarles algo.

Cuando era niña, y vivía en casa de mis papás muchas veces me encontraba sentada en una silla del pasillo del comedor, pensando a qué se referían con que estaban enojados, o que se sentían mal. ¿Qué era eso de sentirse mal? ¿Cómo se siente? ¿Cómo sabe uno qué es envidia y qué es coraje y qué es tristeza y qué es bondad y qué es hipocresía?

De niña supe muchas palabras de «grandes» pero no podía entenderlas. Así que durante muchos años, yo creo que como hasta los 10 o 12 -y me acuerdo porque estaba en la primaria y fui hilando cosas que decían los demás fuera de mi familia-, durante muchos años creí que el mundo era una farsa puesta para mí, para hacer un experimento donde se comprobaría que las emociones podían ser un invento. De esa manera yo jamás tendría claro qué era estar enojado, o triste, o feliz, porque nunca me habían dicho las palabras correctas.

Por eso estoy tan obsesionada con la ortografía, con las palabras, con lo que se dice y se hace. ¿Cómo puede uno confiar en alguien que no sabe escribir o hablar? ¿Cómo creer que lo que dice es cierto, que sabe lo que dice?

Poco a poco fui entendiendo que no hay una farsa en mi contra, pero que sí hay farsa, que no todos sabemos lo que sentimos, que muchos más no saben lo que dicen, y que el resto o tal vez todos juntos, tiene miedo, prejuicios anquilosados y enterrados como caracoles en los lomos de ballenas.

Hoy me enojé. Me enojé y menté madres y sentí cómo me hervía la sangre y cómo la cabeza me explotaba y cómo estaba diciendo cosas que no sentía y cómo no importaba que me tratara de tranquilizar me salían palabras como si no pudiera contenerlas en la boca. Todos esos clichés que jamás me habían hecho sentido y que ahora los tenía claritos, sin exageraciones, sin sentirme confundida.

Y me di cuenta: ya sé lo que siento, no estoy confundida, no tengo miedo de lo que siento. Hace mucho que no estaba enojada, creo que antes de hoy cuando tuve razones para estarlo, más que enojada me sentí herida, confundida, incapaz de sentir derecho de enojarme. Hoy me enojé. Y tan pronto como dejé que saliera el enojo como si fuera un gusano gigante que va creciéndome en la panza… se acabó. Adiós al enojo, y entonces pude pensar y me acordé de eso que me han dicho siempre y que nunca entiendo (tampoco ahora, pero por lo menos ahora sí me dio risa): «No te tomes las cosas tan personal» (Me da risa porque está mal construida la frase, me da risa porque es imposible que una persona no se tome las cosas personalmente, pero nunca me había dado risa que no estuviera mezclada con coraje. Ahora sólo me dio risa… y ya).

Qué fácil serían las cosas si la gente hablara con sinceridad y los demás escucharan con paciencia, con la tranquilidad de que su turno para hablar también llegará. Qué fácil sería que todos recordaran hablar de lo bueno, con tanta pasión y con tanta exageración como se habla de lo malo.

Asi que pongo mi granito de arena: El Prozac sí, daña el hígado y no es felicidad en una cápsula. Pero el Porzac sí, me ha ayudado a crecer mis ganas de estar mejor. Es como tener un cinturón para que no se te caigan los pantalones y así, no tener que estártelos subiendo mientras caminas.

Recientemente me he topado con dos realidades, dos puntos de vista sobre las medicinas psiquiátricas. Una, aclara que son cosas que se ponen de moda, que de hecho, ahora se receta Prozac porque Martha Sahagún lo puso de moda por dárselo a Fox.

Otra, dice que los psiquiatras sólo recetan 4 o 5 medicinas porque en realidad no saben qué es lo que está afectando tu cerebro. Que recetan esas medicinas como en la NASA mandan un cohete al espacio… al enorme, infinito espacio, para alcanzar una distancia que suena muy lejana de la Tierra, pero que no es más que un par de pulgadas en el talle del Universo.

Ambos puntos de vista no afectan mi forma de ver los «chochos pa locos» (dijo una de mis colegas cuando tras pedirme que le presentara a algún amigo me aclaro que «no me vayas a presentar uno de tus amigos que toman chochos y van al loquero ¿eh?»). Se me ocurre que mucha gente le tiene miedo a saber si lo que le pasa, lo que siente, también lo siente alguien más y eso los hace menos especiales de lo que creen, menos individuales. Creo también que mucha gente está intimidada por enfrentar eso que se ha acostumbrado a sentir -como una piedra en el zapato-, difícilmente cree que un chocho le puede ayudar.

Sin embargo creen en ponerle listones a San Charbel, en colocar un espejo con una estrella pintada a la entrada de la casa, en regalar becerros con monedas de chocolate a fin de año.

¿En qué cree la gente y por qué? ¿Y por qué termina acomodando todas esas cosas en las que cree en un manojo de supersticiones y le va restando lentamente profundidad a ese otro chocho, igualmente poderoso, igualmente criticado, y que provoca el mismo miedo… por qué terminan encuerando la fe?

¿Qué me han hecho a mí los chochos? …. Estoy más conectada con lo que quiero. Estoy más segura de comunicarlo. Cargo con muchas menos culpas… y en este mes, que han habido temas escabrosos qué vivir, noto que comí más y limpié menos. Pero tampoco me estoy cortando las venas por eso.

¿Qué tanto hay de fe en la ciencia de la psiquiatría y cuántos ortodoxos creen en el rigor, en la inflexibilidad que impide probar algo nuevo?