La vida con depresión, distimia, trastorno de la personalidad limítrofe, más lo que se sume en la siguiente consulta con el psiquiatra.

Llevo tres años escribiendo aquí. Llevo tres años curando mis heridas personales usando la única herramienta que sé utilizar bien: escribir. Soy escritora, soy mujer y fui abusada sexualmente muchos años, por mucha gente y NADIE hizo nada. No me cuidan, me violan.

En los años que me ha tomado entender el abuso al que fui sometida he tenido además, que sopesar el daño que la causará a la gente que me quiere y sí me ha cuidado, o mínimo se ha preocupado por mi bienestar sin hacer algo para procurarlo. A esa gente la quiero, a esa gente cuido. Pero también, tengo esta ira contenida, este Hulk que tiene ganas de romper absolutamente todo a su paso porque así estoy por dentro: rota, desde hace mucho tiempo. Porque hubo quienes (no, no fue una sola persona, no pasó una sola vez, y no fueron solo personas conocidas que abusaron, también fueron desconocidos) hubo quienes me rompieron porque se les antojó sentir placer sexual a partir del abuso del poder.

Si yo pudiera enseñarles cómo se ve mi psique, cómo estoy por dentro, cómo es mi decoración de interiores de mi alma, se vería así:

Por sí mismo, cualquier ser humano al nacer es un monumento, es el resumen del trabajo de meses de otro ser humano esforzándose al máximo para producir un ser vivo que no tiene más defectos que aquellos que sean propios de esa fabricación, pero sus emociones están blancas, están inmaculadas, como ese mármol del Ángel de la Independencia estuvo, cuando Don Porfirio lo mandó hacer.

Es la historia la que va manchando ese mármol, y por duro que sea, lo rompe, lo hace poroso, lo agrieta. Cuando alguien más decide que quiere usarlo de banca, cuando le toma fotos, cuando fumas y dejas tu colilla, cuando comes y dejas tus plásticos en él, lo ensucias. También, lo usas y dejas en él historia, como cuando asistes ahí a celebrar tu equipo de futbol masculino anotó goles.

DATO: en una de esas celebraciones, antes de que desarrollara definitivamente mi agorafobia, acompañé a mi novio de la adolescencia. Cargábamos una bandera de México en la multitud. Yo llevaba una falta a las rodillas, tennis, chamarra. Atrás de mí habían muchos hombres, no se sentía cuántas personas eran, pero sí sentí más de 6 manos metiéndose en todos los rincones de mi ropa y de mi cuerpo. No supe qué hacer, me dio vergüenza, me dio culpa ir con falda, me dio angustia gritar que no me tocaran porque todos celebraban. Cuando le dije al novio de la adolescencia se rió. Cuando le dije a mi madre me regañó. Dejé de decirlo. Al salir de aquella celebración, un tipo se acercó y me dijo al oído: “Debe sentirse horrible estar entre tantos hombres que pueden hacer lo que se les de la gana contigo, ¿no? Pinche puta”. Ese tipo tendría no más de 16 años, yo tenía 14. Era 1990.

Esa angel -es mujer, tiene los pechos al aire-, ha visto violaciones, asesinatos, accidentes fatales, se ha caído por los temblores y ha atestiguado cómo se rompe la ciudad varias veces. Puede porque no está vivo, puede por que es un objeto. Puede porque en realidad, NO HA VISTO NADA.

A menos de 5 km a la redonda de esa Victoria Alada fui abusada sexualmente de manera metódica y sistemática durante años. Es decir, fui usada como objeto del placer de otros.

Ser violada puede o no implicar penetración con objetos extraños o con el pene de un hombre o con la mano de una mujer. Puede o no implicar golpes, ser o no amarrada o inmovilizada. Puede o no incluir insultos verbales o escupitajos. La mayor parte de las veces implica simplemente la imposición de alguien a quien la abusada considera autoridad y por ello se inmoviliza. Si fuiste abusada desde niña entonces es mucho más fácil porque cualquier persona con 3 minutos más de vida, sabe más que tú y es autoridad. Y si eres abusada entonces te vuelves blanco de abusadores porque el abuso te condiciona a sentirte siempre vulnerable.

Si estuviera en mi poder, los cuerpos y las mentes de quienes abusaron de mí, estarían pintarrajeados, rotos, quemados, inutilizables pues. Y no puedo hacerlo. Porque ahora que soy más fuerte, esos “monumentos” no existen, o no los recuerdo todos.

Así que gracias a todas. GRACIAS por romper monumentos, por quemar oficinas, por romper vidrios, por arriesgarse al ejercer violencia para ejemplificar lo violentadas que estamos. Gracias por llenarme de glitter el himno nacional, gracias por gritar por mí, gracias por gritar por todas. Gracias, infinitas gracias. Y que le pese a quienes crean que las formas son más importantes que nuestra seguridad, que la blancura de nuestro mármol, que la negrura de nuestro barro, que la pureza de nuestro ser.

Gracias por romperlo todo, porque por mí nadie lo hizo. Porque abusaron de mí y nadie hizo nada. Porque me tuve que cuidar solita desde niña y porque aprendí a hacerlo tanto, que ahora no sé cómo dejarme cuidar porque no confío en nadie para que lo haga, porque no me cuidan, me violan.

«Oye manita, ¿verdad que tú sí tomas medicinas?», preguntó mi hermana la mayor con algo de confusión. «Obvio que sí», y le conté cómo ahora -con la ayuda de un psiquiatra nuevo en mi vida (pero con 52 años de experiencia en la profesión), una psicoanalista especializada en estudios y niños, mi terapeuta desde hace 8 años y la gente que me rodea y padece todos los días- decidimos eliminar dos de las tres medicinas que he tomado durante 13 años.

«Es que alguien que conozco y sigue lo que pones en tu Facebook, dice que tú no tomas medicinas y que pues eso está bien y que entonces ya no va a tomar las suyas».

JUAT?

Gente, ¿qué carajos he hecho yo en la vida para que me malentiendan de esa manera? No sé cuántas veces les he pedido que por favor, si les recetan medicinas, las tomen exactamente como se las recetaron, que no cambien de marca, que anoten cómo se van sintiendo, que le cuenten a su psiquiatra, que le pidan ayuda a sus personas cotidianas…

Luego de que mi hermana me contó esto, alguien más vía inbox me contó que había dejado las medicinas «porque ya me sentía bien». Y entonces, la que se empezó a sentir mal fui yo.

No creo que las medicinas sean la única solución. No creo que el único camino para confrontar nuestros miedos y padecimientos psiquiátricos sea a través de las medicinas. Pero creo que el camino que escojas para darle batalla a este infierno debe ser respetado. Si ya decidiste tomar medicinas y después de 2 horas no tienes reacciones alérgicas, o te dio un dolor de cabeza estúpido, entonces debes seguirle.

Sé que un texto más sobre por qué es importante seguir un tratamiento, no solo psiquiátrico, si no cualquiera que sea recetado no cambiará el panorama, pero uno es terco. Así que aquí van mis bullets sobre las medicinas.

  1. ¿Saben por qué hay gente que se muere de gripa? Porque se automedica. Se empiezan a sentir mal, tienen un frasco de antibióticos o una inyección que le sobró de la última gripa y se la pone. «Es que me dio fiebre y la neta no tengo tiempo ni fuerzas para enfermarme». Y entonces se enferman peor, porque su cuerpo dijo, «chido, ahí vienen los refuerzos», y ustedes nomás mandaron un batallón que además ya conocía su enemigo, dieron batalla por 8 horas y luego lo dejaron. Y entonces el maldito bicho que igual ni era gripa, nomás era un resfriado por cansancio, por que se destemplaron, se pone peor, y ustedes no la pelan porque es normal que se enfermen así, y van a la oficina, y contagian a todo mundo, y además le hacen caso a todos los que les dan remedios caseros mezclados con alcohol y más medicinas de las que venden sin receta.
    Como ya se puso loco y sí amerita que vayan al doctor, van al de la farmacia, que no los conoce, que además cada 3 meses renuncia porque les pagan fatal, y les manda todo el antibiótico que pueden y ustedes se lo toman y su cuerpo ya no puede y se rinde y entonces de verdad están enfermos.
    Y todo por no meterse a la cama, escuchar a su cuerpo UN MALDITO DÍA, y dejar que la fiebre trate de matar al bicho.
    Si se enferman de gripe y sólo tienen un día de fiebre, NO TOMEN ANTIBIÓTICOS. Descansen. Dejen que su cuerpo trabaje contra la enfermedad. Eso es lo que se hace. Y si pasan dos días con fiebre, VAYAN AL MÉDICO, a uno que los conozca y tengan una consulta de más de 15 minutos, y háganle caso, y no le mientan. Y tómense las medicinas como dice la receta, y no las suspendan cuando se sientan bien.
  2. ¿No les caga la madre que todo mundo sepa de fútbol o de política? Pinche gente, neta, ¿cuántas veces han pateado un balón? ¿Tres? ¿Trescientas? Pues eso no les da derecho a pensar que podrían hacerlo mejor que el futbolista que lleva años tratando de hacerlo mejor TODOS LOS DÍAS. Bueno, pos así de ridículos se ven tratando de ser médicos. Básicamente los médicos estudiaron montones de años. MONTONES. E incluso si fueron malos estudiantes, fueron mejores estudiantes que uno de Comunicación.
    Ahora, si no confían en su médico, si les parece que les está diciendo mentiras, vaya, si no se sienten cómodos… ¿por qué están con ese médico? Hay como 3 millones de opciones. Cambien a una que les haga felices. Lo harían si hubieran comprado zapatos y no les gustaran. No hay manera en la que por mucho que se conozcan, sepan más que un médico sobre Medicina. Y sólo si se conocen bien y se sienten bien con su médico y su médico sabe su especialidad y es buen profesionista, podrán salir de la bronca. Y no, no es fácil y no tiene por qué serlo. Nada es fácil en la vida. Vivir es difícil, básicamente por eso estamos enfermos.
  3. Así como no saben cómo medicarse, tampoco saben diagnosticarse. Es muy probable que tengan una idea, pero es porque Google les ha dado acceso a muchos resúmenes médicos digeridos para que los medio entiendan los mortales. Y pues la última vez que uno de esos artículos se hizo viral, convenció a un montón de papás de no vacunar a sus hijos. Y aunque tiempo después en internet y en publicaciones físicas el autor fue desmentido y las editoriales se retractaron, el daño estaba hecho. Ahora volvemos a tener sarampión, y varicela, y enfermedades que hace años estaban erradicadas. La viralidad de la información mal estudiada volvió a viralizar los virus. Repitan eso hasta que les salga de corrido.
  4. Los medicamentos psiquiátricos no son de efecto rápido como las aspirinas. No te harán efecto en 10 minutos, y los primeros efectos se notarán en 15 días y luego seguirán saliendo más efectos y por eso es taaan importante que lleves un diario sobre tus síntomas fisiológicos (si dormiste o no, si te pegó el cansancio, si sentiste hambre, si tienes dolor de cabeza, si te mareaste, si tienes náuseas, comezón…); de tu ánimo (si despertaste de buenas, de malas, sin saber dónde estabas o pensando que estabas en otro lugar; si hay más frustración o si te está llamando la atención algo que jamás habías visto) y si er a mujer o tomas hormonas, de todo lo que te hacen sentir normalmente. Toda esta información le sirve a la gente que te atiende y también a la gente que te rodea. Pueden pasar meses hasta que consigas el cocktail, dosis o frecuencia ideal pero vale la pena. Haz el esfuerzo. Duele más vivir sin ayuda.
  5. Ve juntando el dinero que cuestan tus medicinas y lo que cuesta una consulta psiquiátrica de emergencia y escóndelo. No tienes que juntarlo de fregadazo, puede ser de 10 en 10 pesos, pero júntalo. Así siempre tendrás la tranquilidad de que ahí está y que tienes dónde caer.

Yo espero que esta vez sí me hagan caso y no anden diciéndole a mi hermana que no tomo medicinas. Qué oso gente, qué perro oso.

Me he preguntado eso desde niña. Me lo pregunté primero porque era lo que todos decían: «Eres una niña chiquiada, consentida, malcriada». No quería ir a las fiestas de cumpleaños, no quería celebrar mi cumpleaños, no quería vestirme como todas las demás, no quería ruidos y alharacas.

Tengo recuerdos muy incómodos de momentos donde los adultos encargados de mi vida buscaron obligarme a convivir invitando gente de mi edad a la casa que ahora entiendo aceptaban por compromiso con sus familias o porque sentían lástima por mí. Las reuniones eran tan profundamente tediosas… yo me esforzaba tanto por convivir que terminaba siendo odiosa. Ellos se sentían tan atrapados que quedaban hastiados de mí. Yo lo único que quería era que el tiempo pasara rápido y se acabara la visita por compromiso.

El problema real venía después: sabía que mis esfuerzos no sólo me habían desgastado, también habían sido en vano, que los invitados se sentían fastidiados e incómodos; yo me sentía frustrada y culpable: ¿por qué me parecía tan aburrida la gente, tan insulsa? ¿Por qué trataba con tanta condescendencia a quien hacía un esfuerzo por ser amable conmigo?

Sigo sin saberlo…

«Dear, yo sé que soy intolerante, y el mundo tiene dos pedos si no le parece». Me dijo ayer mi Dear (que me conoce hace 12 años y quien me permite cosas como lavar platos en su casa para que yo no me sienta incómoda por no hacer nada. Yo no quiero ser intolerante, no quiero ser esa clase de persona que se considera mejor que otra por la razón que sea. Pero tampoco consigo interesarme por cualquier tipo de plática, o (no sé si la solución es peor) fingir que me importa.

Es muy difícil comprender la distimia. A mí misma me tomó años aceptarme. Cuando he tenido cuadros de depresión mayor noto la enorme diferencia que  hay entre sentirme fatal, sin ganas de nada, a lo que siento todos los días…. que es una especie de aceptación melancólica. Muchas veces la gente cree que porque soy amorosa, que porque puedo emocionarme con algo y pasar un rato cómoda y sonriente, si sigo haciendo esas cosas eventualmente «me curaré». No es así. Para empezar a diferencia de la mayor parte de nosotros los depresivos, yo no recuerdo una época en mi vida donde no me haya sentido así: melancólica, derrotada, desinteresada, desapasionada (y esos son los días buenos); la diferencia de ese estado llega cuando me deprimo clínicamente y una especie de desesperación me ronda. Esa crisis se salpimenta de manía (porque no sólo soy distímica, también tengo personalidad limítrofe). Tanto la desesperación como la manía me desgastan y me asustan. O tal vez porque me asustan me desgastan. Y esas emociones que me provocan esos estados alterados se parecen mucho a lo que siento cuando estoy en una situación social, digamos, convencional: reuniones, «vamos a vernos para pasarla tranquilo, sólo platicar y salirnos de la rutina».

Ay qué miedo me dan esas palabras: «Salir de la rutina». Con el trabajo que me ha costado encontrar una donde cada pieza me hace sentir mejor que la anterior hasta que finalmente el día termina o llega un momento en donde todo parece encajar.

 

¿Ustedes cómo lo llevan? ¿Disfrutan la convivencia? ¿Les gustan los grupos? ¿Prefieren la soledad? ¡Cuéntenme! Vamos a platicar, a pasarlo tranquilo… cada quien desde su computadora.

POST DATA: Gracias a sus comentarios me di cuenta que di por entendido, o que hice entender que la Distimia es la culpable de mi necesidad de soledad y mi incapacidad de disfrutar las fiestas y reuniones. No. La distimia es otro monstruo, un poquito oscuro, que nada tiene que ver con mi INTROVERSIÓN.

Nosotros los introvertidos no disfrutamos de estos compromisos de fin de año (o de cualquier otro compromiso social). Nada nos hace más felices al respecto que el hecho de que nos notifiquen que se cancela. Convivir en masa nos desgasta. Lo mismo pasa con platicar con gente con quien no tenemos nada en común. El paraíso para nosotros es el silencio cómodo que proporciona la persona adecuada.

Muchas gracias por sus comentarios. No me habría dado cuenta de este gravísimo error si no me escriben.

Vivo en la Ciudad de México desde que nací, hace 41 años. Y vivo a unas cuadras del Ángel de la Independencia hace 36. Eso significa que el «patio» de mi casa es simplemente espectacular: camino tan sólo cuatro cuadras y estoy en la zona más icónica de Reforma… por lo tanto, también estoy en la zona más conflictiva de la avenida.

No hay semana sin marcha, sin intento de remodelar, sin camiones regando las plantas o cambiándolas por las de temporada (por cierto, siempre muero de tristeza pensando en todas las plantas que se tiran a la basura, como si fueran desechos, junto con el dinero de nuestros impuestos). Nunca falta un accidente automovilístico o peatonal o que involucre a un camión de pasajeros y tal vez a un bicicletista. No estamos exentos de robos, de asaltos violentos, de tráficos provocados por la enorme cantidad de escuelas de todos niveles, oficinas gubernamentales y privadas. Para colmo, somos una colonia de paso de tráfico: la gente viene de Polanco, de la Anzures, de la zona de avenidas mayores, para cruzar por la Cuauhtémoc y llegar a la Roma, la Condesa, la Juárez, la Del Valle.

Hace años fuimos secuestrados por un montón de carpas que dentro ocultaban el vacío de la democracia. Con la simpleza de levantar un dedo, a cualquier político le parece sencillo arruinarnos la vida y cerrar la avenida para sus propósitos ya sean políticos o populistas.

También hay marchas ciudadanas, y de esas nunca me quejaré. Es la única herramienta que tenemos para quejarnos por nuestros muertos y desaparecidos.

Pero el sábado pasado, Reforma la grande, la avenida de Don Porfirio Díaz, la que se suponía debía recordarnos a Champs Elyseè, se convirtió en un pasillo de centro comercial, donde año con año, marcas de juguetes, de programas infantiles, de músicos y personajes que venden sus propios souvenirs, se anuncian al por mayor bajo el nombre del «Tradicional Desfile Navideño».

Yo no sé si reír o llorar… Las tradiciones para mí significan actos de pequeños eventos encadenados que construyen un recuerdo tan íntimo que tiene la capacidad de albergar la memoria colectiva y desarmar el dolor individual.

El sábado yo debía estar a las 10:30 en la colonia Juárez, es decir, del otro lado de Reforma. Y aunque sabía del desfile y calculé cruzar antes de que cerraran todo, fue imposible. De repente mi vi en medio de la multitud, pisando basura sobre el asfalto, esquivando niños que no estaban siendo vigilados por nadie, adultos entusiasmados hasta la incomodidad ajena porque en un carro alegórico bastante mal producido, cruzaría fingiendo cantar, alguna estrella juvenil.

Caminé hasta encontrar a algún policía que me indicara por dónde cruzar: Seguro por allá en la Juárez, por General Primm. Uy excelente. Y empecé a caminar más rápido en el ánimo de llegar a mi clase. Cuando llegué a la calle mencionada era imposible cruzar. La gente se apilaba contra las vallas y los policías eran empujados entre la multitud porque ésta quería estar lo más cerca posible de un globo de aire gigante que parecía un toro.

Entendí que no llegaría jamás y me di la vuelta alejándome de la avenida para buscar dónde sentarme, en el parque Luis Pasteur, junto al Senado de la República. Tan pronto me senté me cayó el 20: «María, estás entre la multitud».

 

Un silencio hueco se impuso en mi cabeza en medio de los gritos y el sonido de la gente. «Estás sola. Y estás entre la muchedumbre. Hay niños corriendo. Hay mamás fumando junto a ellos. El número de padres ausente evidencia la jodida carga de este país y su machismo. Hay vendedores de porquerías envueltas en basura. Hay toda clase de ofensas contra el medio ambiente y para colmo, tal vez eres la única persona ofendida porque cada una de esas marcas está evitando pagar impuestos al crear este desfile como una donación a la CDMX. ¡Y NO TIENES UN ATAQUE DE PÁNICO!»

 

Estaba tan sorprendida por el descubrimiento que transmití en vivo para compartirlo. En las últimas semanas he podido ir a centros comerciales, tiendas departamentales, al cine, a restaurantes que no conozco, he platicado con extraños y en ningún momento he sentido el menor indicio de un ataque de pánico.

No, eso no quiere decir que jamás me volverá a dar uno. Eso tampoco quiere decir que ya no tengo agorafobia o enoclofobia o una de mis 20 mil fobias. Quiere decir que puedo controlarlo. Que si me tomo mis medicinas, que si voy a terapia, que si pido y acepto la ayuda de mis amigos, se puede lograr.

Yo espero que todos ustedes sientan eso alguna vez. Que puedan ver a sus miedos a los ojos y decirles: «Ven, siéntate, vamos a vivir juntos y en paz y tú me vas a dejar ser». En lo que eso pasa, les dejo esta canción de Kevin Johansen que me recordó el desfile horrendo del sábado.

 

 

Yo sé que todos tenemos tentaciones y que eso de vivir básicamente se trata de sentir, de aprovechar el tiempo, de tener experiencias inolvidables, de sentirnos mejor. Nomás que en el ánimo de hacerlo, también nos contradecimos, también nos hacemos daño, también terminamos dañando a los demás.

Les dejo aquí una brevísima, pero muy detallada, lista de 5 actividades que conscientemente he eliminado de mi vida para evitar lastimarme más, dañar a otros, abandonar la incongruencia y beneficiar mi tratamiento.

  1. Nada de drogas recreativas. – La neta, eso lo hacía incluso antes del diagnóstico. La única vez que me ofrecieron marihuana fingí darle un jalón para salir de la bronca. Pasa que aquí su amistad, es un poquito reaccionaria y este tema de «la guerra contra el narco» no me parece que sea una moda, ni creo que haya sucedido solamente en los últimos 20 años. Ha sucedido siempre. Y me parece ultra irresponsable quejarse del país y consumir drogas ilegales.
    Pero más allá de eso: siempre supe que había algo raro conmigo, siempre pensé que la realidad que vivía ya estaba suficientemente alterada. Tenía 8 años la primera vez que me enfrenté a lo que en mi familia se llama locura: un brote psicótico esquizoide. Sé cómo se ven y sé que no necesitan que les agregues nada.
    Hoy hay una lucha importante por legalizar la marihuana y recuperar sus usos medicinales, y tengo cero bronca con ello, nomás que sin receta, no hay mota. Literal.
  2. Nada de alcohol.  – En la adolescencia sí tomé mucho. Me podía acabar dos botellas de tinto solita en mi cama, sin que nadie supiera. Pero antes, en la infancia, ya había recibido entrenamiento para aguantar. Mi padre era alcohólico, una de mis hermanas aceptó serlo y se fue a AA. Entendí que las adicciones corrían en mi familia y que no era un territorio que yo debía recorrer: no había nada por averiguar. Si lo intentaba, iba a salir mal.
    Aquellos años de adolescente tomando sola en mi cama, se fueron como vinieron, por fortuna, sin lastimar a nadie. En mis 20s confiada por la estabilidad de mi matrimonio me animé a probar por primera vez el Bacardí. El resultado fue poco más que vergonzoso. Me puse una borrachera tal que llegué vomitando a mi casa. Mi entonces marido me dijo: «Mira, yo ya me pasé toda la adolescencia cuidando a los borrachos de mis amigos, no lo quiero en mi vida de casado». Santo remedio, no volví a hacerlo.
    Luego vino el diagnóstico, y con él la prohibición específica de parte de los doctores de no tomar alcohol mientras estuviera en tratamiento. Soy estúpidamente obediente ante esta petición. No sólo le tengo mucho respeto a alguien que ha estudiado más de una década para servir a otro ser humano, también soy estúpidamente rígida: si acepté el tratamiento es porque me rendía ante la enfermedad, así que debía seguir todas las instrucciones.
    Eventualmente tuve una época de estabilidad suficientemente larga como para que mi psiquiatra me diera permiso, si así lo quería, de tomar pero sólo 1 a 2 mezcales, tequilas o vodkas, con comida, y acompañada por alguien de confianza y sin mezclarlo con mis medicinas. Y lo hice. Gracias a ello tengo dos noches de recuerdos muy lindos con eso. Volví a tener crisis y no hizo falta que nadie me dijera que no tomara.
    El efecto relajante que tiene el alcohol nos confunde, igual que el de cualquier otra droga recreativa o incluso que las que nos recetan. La cosa es que las recetadas vienen con un plan, están medidas y estudiadas; y el alcohol está estudiado también, por sus malos efectos.
  3. Nada de sexo casual – Ya sé, esto suena a prohibición total de la vida. Y casi, es. Pero les juro que vale la pena. Sobre todo si tienes diagnóstico de Bipolaridad o Personalidad Limítrofe. Es la limitación que más trabajo cuesta, porque el sexo casual es una trampa para sentirnos queridos.
    Una amiga con Hipomanía tuvo varias experiencias sexuales, luego de divorciarse, completamente fuera del contexto de su personalidad y su carácter; cuando lo platicamos me dijo: «yo sólo estaba buscando que me abrazaran».
    El sexo es necesario y es sano. CIERTO. El sexo forma parte de la vida natural de cualquier persona. CIERTO. El sexo es liberador de endorfinas y nos pone de buenas. CIERTO… Siempre y cuando suceda en el contexto de la salud mental, esto es: dos adultos con capacidad de consentimiento, que busquen un momento de placer sexual, sin motivos ulteriores; que tengan buena autoestima y que no estén buscando llenar un vacío emocional con el sexo y las emociones que provoca. La adicción al sexo y al «amor» (lo pongo entre comillas porque las siglas de donde tomo esta frase no se refieren al amor, si no a la enfatuación) es real y es parte de muchos trastornos emocionales. Neta, ya estamos metidos en muchos problemas, no hace falta que le metamos más.
  4. Nada de automedicarse o autodiagnosticarse – Mi nana tiene tiene 35 años limpiando casas. Yo tengo 20 escribiendo. Mi hermana tiene 25 años como educadora. Si cualquiera viene a decirnos cómo hacer nuestra chamba sólo es justificable por una razón: Sabe más que nosotras.
    Recordando que mis únicas dos credenciales para hacer este espacio son: llevo 15 años de diagnóstico formal y 20 escribiendo, les voy a contar una cosita horrible que no saben de internet. Los artículos que leen googleando palabras como «depresión», «efectos de la fluoxetina», «enfermedades provocadas por los medicamentos psiquiátricos» o son escritos por gente a la que le pagan .80 centavos de dólar por escribir o traducir notas a tasajo, o son textos pagados por las mismas farmacéuticas para provocar más miedo del que ya provocan.
    TODAS las medicinas tienen efectos secundarios. TODAS las enfermedades tienen distintas etapas y evoluciones y no hay manera de escribir todos los matices y combinaciones que pueden haber en un sólo libro, ni en el DSM (en ninguna de sus ediciones).
    Cuando entras a una computadora y googleas tu enfermedad o tus síntomas, es como si te pararas a la mitad de una avenida a gritar esos nombres y cualquier persona te contestara. En cambio, si vas a un consultorio, de alguien que estudió para entender esas palabras y sus variantes y le informas cómo te sientes, esa persona tendrá las habilidades de combinar su experiencia, con la información actualizada, más la experiencia que conoce de otros pacientes.
    La mente es terreno con poca exploración, y no hay tantos exploradores buenos, bien preparados como quisiéramos. Por favor, no le concedas a Google la posibilidad de diagnosticarte o medicarte. Mejor googlea: «Psiquiatras en mi zona».
  5. No llevar registro de mis emociones. – Suena bien raro, pero así como la gente que está a dieta a veces tiene que contar las calorías o las cantidades de comida que ingirieron, es muy útil para los pacientes emocionales QUE NO TIENEN OBSESO COMPULSIÓN llevar un registro de cómo nos sentimos. Desde un diaro que cuente todo lo que hacemos y cómo nos afecta; hasta una app con emoticones que resuma en un dibujo el estado general de tu día.
    La última crisis que tuve consistió en varios ataques de pánico muy fuertes. Había estado estable durante dos años, no tenía crisis graves de depresión ni ansiedad, tampoco las ideas suicidas eran más recurrentes o persistentes. Pero entonces tuve un ataque de pánico, llevaba más de 6 años sin ninguno. Fui al Nacional de Psiquiatría y al hablarlo descubrimos que estaba francamente agorafóbica. Un mes después me dio otro ataque. Tuve mi primer cita en el Consultorio A y otro ataque más. Eran ya 3, ciertamente cada vez menores, pero ahí estaban, casi periódicos. Mientras tanto yo seguía tomando mis medicinas y apuntando mis emociones. Entonces me di cuenta: los ataques de pánico coincidían con los días en que mi calendario marcaba Síndrome Pre-Menstrual. ¡AJÁ!
    Dos meses antes del primer ataque había ido a visita regular al ginecólogo. Tras hacerme análisis notó que tenía altísima la prolactina (sí, de lácteo, justo es la hormona que sirve para producir leche). Le aclaré a mi ginecólogo todas las medicinas que tomo y, pues resulta que coincidentemente, ALGUNAS MUJERES que tomamos antidepresivos, solemos tener altos los niveles de prolactina. Cómo era lo único que encontró, me mandó una medicina para controlarlo. La tomé. Ya saben, soy la más obediente. Un mes después me cambió los anticonceptivos. Y nomás llegó la primera semana de SPM y adiós estabilidad.
    Descubrí eso gracias a mis anotaciones. Gracias a mi necesidad de entenderme. Eso no significa que yo tomara decisiones médicas al respecto. Lo platiqué con mi psiquiatra y me explicó que es muy probable que la medicina que me mandaron, junto con los eventos que viví en esos meses, provocaran la recaída. Suspendimos los anticonceptivos y dejamos descansar a mi cuerpo unos meses. Ahora apenas voy a volver con mis anticonceptivos anteriores…- Pero a ver, espérate María, si tú dices que no hay que tener sexo casual y eres biiiien solterísima.
    – ? Pero tengo 40 años. Y mis hormonas están quejándose muchito porque no me reproduje, y hacen de mí SPM una guerra sin cuartel contra mí.

    Hay anticonceptivos que no afectan el trabajo de los antidepresivos (CONSULTA A TU PSIQUIATRA Y A TU GINECÓLOGO, no a mí, yo no soy médico), pero que ayudan a eliminar los síntomas horrorosos del síndrome premenstrual.

    Toda esta maravilla de la investigación sucedió porque llevo un diario de emociones. Sirve. La información sirve. Echarle humildad y recordar que tus médicos son profesionales que dedicaron añísimos para estudiar (en los cuales se perdieron varios eventos familiares y pasaron muchas noches sin dormir) y luego dedicaron otros muchísimos años dando consulta (y muchas veces poniéndote a ti como prioridad antes que a ellos mismos o a sus familias), así que puedes confiar en ellos… siempre y cuando les ayudes a haciendo tu chamba

    Mucha gente me ha dicho que debería drogarme (recreativamente), tomar, ir a fiestas (no me gustan), tener sexo casual y dejar de estar trabajando/pensando en mi diagnóstico. Que no tengo vida. Que debería relajarme, dejar que la vida fluya, meditar y darme a la ayahuasca. A veces agradezco la buena intención, porque a veces lo dicen con buena intención; la mayor parte de las veces no saben de qué hablan y escupen lo que se les ocurre porque mi vida confronta sus propios hábitos, padezcan o no alguna enfermedad psicoemocional. Por fortuna tengo gente más importante en mi vida a quién escuchar: mi nana, que me cuida cuando estoy mal y me disfruta cuando estoy bien. Steph, que es mi cómplice de enfermedad. Mi Comadre, que me ha enseñado a disfrutar la vida sin caer en los lugares comunes. Mis amigos de Syrup Collective que llevan nomás 5 años confiando en que loca y todo, soy muy capaz de trabajar. Mis colegas de animales, que no me han levantado semáforo rojo por la cantidad de animales con la que vivo y que cuando me paso de idiota me lo recuerdan.

    Busca a esa gente en tu vida. No, no está en el buscador de Google. Ni en el alcohol. Ni en la fiesta. Ni en un churro. Ni en el sexo casual. Te juro que si cierras los ojos y te das chance de revisar tu vida tan objetivamente como te sea posible, descubrirás que lo que necesitas está entre tus manos.

Desde el 19 de septiembre de 2017 tenemos insomnio con justificación. Eso, para los depresivos, para los enfermos de cualquier diagnóstico psicoemocional es normal; pero desde ese día todos estamos mareados, dolidos, preocupados, angustiados.

Quienes vivimos el 85 y lo recordamos, este «nuevo» desastre fue como volvernos a raspar la rodilla donde hacía años nos habíamos quebrado la rótula. Estamos todos sorprendidos y ansiosos.

Como todos, yo tuve un 19S17 especial. Y llegada la noche, tocar la cama más que un consuelo era una especie de amenaza: «ahí viene la réplica, mejor no me acuesto. Mejor me duermo vestida como en el 85. Mejor duermo un ratito en la sala». A ratos me venía la voz de la razón: «María, de todos modos no vas a salir del edificio, de todos modos decidiste quedarte dentro, así que no tiene razón alguna que te angusties. Duerme. No dormir te hace más daño porque temblor o no temblor, tienes TPL y NECESITAS dormir».

Al día siguiente muchos comentarios en las redes sociales del Depre Book indicaban que nadie había dormido y no pensaban hacerlo. Yo no sabía qué hacer. Quería ayudar pero soy agorafóbica, no podía salirme a la calle a levantar escombro o a voluntariar en las brigadas. Me puse a tejer porque mi amiga e ilustradora de este sitio, Magos Nava, se juntó con unas chicas a hacer cuadros para cobijas. Pero no podía hacer más. AH, ya sé. Juntar ropa, donar dinero, comprar todo lo que pueda comprar. Y así me pasé el día 20.

Dio la noche y seguíamos sin dormir. Seguíamos asustados. Sugerí en las redes sociales que me conectaría en la noche y leería en voz alta, porque en mi vida, que me lean algo, siempre ha sido relajante. Y eso hice, sin esperar que alguien se conectara, pensando en aliviarme a mí también, mientras me escuchaba leyendo en voz alta aunque no fuera para mis gatos.

Ustedes se conectaron y gracias a eso hemos podido aumentar la comunidad del Depre Book. No sólo leemos, comentamos lo que nos ha pasado en el día, entre nosotros han nacido amistades fuera de la página de Facebook o la cuenta de Twitter y poco a poco, todos nos vamos haciendo más cómplices y nos sentimos más acompañados.

La primera semana leí todos los días, pero la verdad también me canso, me desgasto. Así que decidimos que las lecturas sucederían los martes y jueves a las 9:30 de la noche. No sé cuánto tiempo más lo haremos, supongo que tanto como necesitemos reconstruirnos por dentro.

Porque no lo sienten. Es así de fácil. Si entre nosotros luego nos desesperamos…

¿A poco no les ha pasado que oyen a un colega de depresión hablar de su experiencia y dudan? Dudamos porque nuestra depresión es distinta, porque lo que nosotros sentimos se ve y siente distinto y no nos imaginamos que pueda suceder de otra manera, hasta que oímos a más y más personas, y descubrimos que ninguna depresión es igual; claro, habrá algunos rasgos parecido, y gracias a ellos los terapeutas, psicólogos y psiquiatras pueden organizar ideas para ayudarnos, pero de que cada monstruo es distinto, no hay duda.

 

Me pasé el fin de semana con un dolor de cabeza tan intenso, que con sólo moverla me retumbaban los oídos. Dentro de mi cráneo se escuchaba un silbido agudo y largo, que desaparecía como hace un gong tras ser tocado. Apretaba la mordida para aliviarlo, pero como no tengo muelas inferiores en el lado izquierdo (porque en un ataque de pánico me la rompí y es hora que no junto el dinero para el implante) no sentía el alivio en el lado izquierdo. Traté de darme masaje en las cienes, pero mover las manos hacia la cabeza, levantar los brazos hacia la cabeza, me dolía. Ya había tomado un gramo de paracetamol y faltaba una hora para las medicinas de la noche. Me esperé tratando de dormir. Ayuda mucho que los gatos se me acomoden en todos lados y ronroneen. Algo tiene el sonido del ronroneo (que algunos dicen, lo ajustan para que nosotros lo percibamos mejor) que me fue aliviando hasta poder levantarme, tomarme otro gramo de paracetamol y mis medicinas.

Entonces recordé que hacía 20 años, tal vez más, vino a comer a mi casa un cliente de mi padre, y en la plática de sobremesa comentaba que le daban migrañas. A mí se me encendió el foco como loca: por fin podría hablar con alguien que no me conocía, enfrente de mi papá, de lo que me dolía.

-¿En serio? A mí también me pasa, pero me duele sólo una cuarta parte del cerebro, aquí, y muy intenso y luego nada.

-No. Eso no es una migraña. Evidentemente no te han dado.- Dijo el tipo con mucho desdén. Mi papá lo captó y en vez de defenderme o darme la voz, o si quiera preocuparse por si me dolía la cabeza constantemente, dijo: -No sabes lo que dices, deja que el señor hable.

Noposgraciasapá. Esa fue una de las muchas veces que mi papá escogió los negocios por encima de su familia. Claro, para él no era así, para él era: «estoy escogiendo los negocios para poder proveerle a mi familia». Y tenía razón: sin ese negocio no se podía pagar mi colegiatura o la comida o la hipoteca. ¿Ven? Es perspectiva.

Cuando le contaba a Steph sobre mi dolor de cabeza me preguntó: «¿Cómo te duele a ti?» Jijos manos, qué diferencia poder hablar con alguien que sabe que tienes algo parecido pero que no es igual, y que aunque te duele horrible ver la pantalla del celular, necesitas hablarlo con alguien.

 

Mi depresión es suuuper light, fresa, hipster. Creo. Bueno, en comparación con la depresión de muchas de las personas que conozco, y de cuando me da depresión mayor. Yo siento que vivo bien todos los días, con trabajo y algunos tropiezos, pero los vivo bien: como aunque sea una vez; aunque nomás sea una cosa, hago UNA cosa en el día de mi lista de pendientes. Vaya, la libro bastante bien. A veces hasta salgo. Justo ayer que salí me encontré a mis amigos Javi y Analú y me dijeron: «Ah qué gusto verte bien, la semana pasada sí nos dejaste preocupados». GULP. Y pues sí, yo misma sé que la semana pasada andaba mal, pero no sabía que se me notaba. Ando por la vida pensando que me veo normal, y resulta que sí se me ven las costuras. Ni modo, así es la distimia.

Mis amigos me conocen, mucho y muy bien. Porque tengo pocos, y porque me expongo mucho porque ya aprendí que es mi forma de pedir ayuda: con a la gente con quien sí me siento cómoda, les dejo verme las costura, se las señalo incluso. Con la que tengo mucha confianza hasta les pido que me digan si llevo muchos días sin bañarme o sin arreglarme o sin salir. Así me monitoreo, me obligo. Pero mis amigos, muchos de ellos, padecen depresión, la han padecido o mejor aún, han sido suficientemente amorosos como para leer, ver videos y educarse sobre la enfermedad. No sólo por mí, si no por otras personas que los rodean o por ellos mismos.

Como siempre les digo: tengo muchísima suerte.

 

Sé que muchos de ustedes no cuentan con un entorno familiar que los apoye, yo insisto en que ser huérfana es la mejor herencia que me dejaron mis papás, y que el hecho de que mis hermanos y yo tengamos una relación lejana y distante es bastante benéfico para nosotros. Sé que la mayor parte de las familias no tiene el valor de hacer lo que nosotros hicimos y se guarda rencor para no hablarse. A nosotros, insisto, nos tocó muy buena suerte.

Yo no sé desde hace más de 20 años lo que se siente que no te crean que estás deprimido, que no puedes contigo, o que no sabes qué demonios te pasa. Y vivir así me ha hecho tener confianza en mí: Lo cuento, lo escribo, pregunto, investigo.

No sentir el apoyo de tu familia duele mucho, porque es de quienes esperamos más. En mi lógica, que es muy retorcida, justo porque de ellos esperamos más, y porque de ellos la sociedad exige más, es de quienes tendríamos que esperar y pedir menos. Vaya, también es una friega para ellos, también tienen miedo, también tienen angustia y culpa, ¡y ni siquiera tienen depresión!

 

Si ya intentaste todo y aún así no entienden, seguro ya te dijeron que el problema eres tú. Y te debe haber calado en el alma, pero… ¿y si te lo tomas super en serio? Eso fue lo que hice yo. Cuando alguien no me cree, no me enoja, no me incomoda, simplemente acepto que no puede entenderlo, y le explico con manzanas, con naranjas, con gatos, con palabras complicadas, con aviones, con procesos, como lo necesite, pero me aseguro de hacer mi parte de la chamba. Y eso tiene dos ventajas:

  1. Le gano a la Depresión una batalla porque le enseño que yo puedo más que ella aunque ella sienta que me domina toda. Yo pude explicar, pude armar un plan, pude conocerla y sentarme con ella y entrevistarla y sacarle la sopa para poder mostrarle a otro cómo es. IN YOUR FACE, DEPRESSION!!!
  2. En una de esas, consigo que alguien lo entienda. IN YOUR FACE, DEPRESSION!!!

 

Si a pesar de intentar de esta manera no puedes, échamelos a mí. En estos días de lectura en vivo hemos comprobado que si invitamos a nuestros seres cercanos a unirse nos entienden mejor. Pídele a tu gente que se meta al sitio, que se una a las lecturas de los martes y jueves, que me lea a mí en este espacio, que me reclame a mí, que me escriba a mí. Yo ahorita puedo por los dos.

Quienes padecemos depresión crónica o hemos padecido depresión mayor muchas veces tenemos que responder al bien intencionado, pero mal explicado consejo: «Échale ganas, vas a salir de esta. Todos nos recuperamos de un golpe como este. La humanidad entera lo ha hecho y tú también lo harás».

Y aunque es cierto que todos hemos pasado por la tristeza enorme de perder un amor, un trabajo, la estabilidad… no es cierto que ese sufrimiento SIEMPRE sea depresión, aunque claro, puede serlo. Para explicarnos mejor, empecemos por ver esta chulada de video hecho por Anika Studios (lean todo al respecto en este link)

 

 

 

 

¿Quién se identifica con Floyd? Casi que estoy segura que todos. Todos hemos pasado por ahí: una decepción, una pérdida, un dolor que desencadena una tristeza profundísima que se vuelve incontrolable, que termina controlándonos.

De repente dejamos todo eso que antes nos gustaba, eso que antes nos mantenía felices siempre. He visto amigos dejar justo la música, o la pintura. Otros se abandonan en sus camas o en sus sillones.

La depresión empieza a ocuparte. Tu cuerpo responde a ella y ya no a ti. Te vuelves torpe, porque estás dividido: una parte de ti está en el dolor, otra sigue viviendo en modo zombie. Todos los días tu cuerpo se equivoca más, y tú te preguntas más constantemente: ¿de qué sirve seguir?

Y por culpa, o por que todavía hay algo de esperanza, le sigues.

Como Floyd, te pones a hacer cosas rutinarias que no te llenan, pero que te hacen pasar del lunes al martes. Pero no es suficiente, porque aquello que te hizo decepcionarte hasta entristecer, hasta desconocerte, se vuelve una obsesión.

Cuando mi papá murió, las primeras horas estuvieron llenas de ruido, de gritos, de sollozos. Luego hubo un rato de calma, muy tenso y duro. Luego volvió el ruido durante días y luego los problemas. Uno de ellos, el que me provocó la agorafobia después, me tuvo encerrada 8 meses en mi recámara. Ahí empecé a soñar que mi papá en realidad no se había muerto, que había fingido su muerte y que lo había hecho para que yo cobrara el seguro y pudiera mantenerme, porque claramente, aunque creciera jamás iba a ser autosuficiente, ni podría jamás tener una vida normal.

Mis sueños han evolucionado a tal punto en que ya pasaron años desde que me «enteré de la verdad» y sueño que mi papá vive en otro departamento con su exasistente y tienen un negocio del que yo no sé nada; y a veces va a mi casa y me pregunta si ya pagué la luz, que si no necesito dinero, que si él ya no coopera en nada pero que todo está muy difícil y ahora que ya tiene 80 años le cuesta más trabajo.

Hay días en que me despierto y me tengo que repetir en voz alta: Fernando Mota se murió hace 18 años. Era tu papá. Le dio cáncer y se murió a los 63 años, en el departamento en el que yo vivo, pero no estará afuera cuando abra la puerta.

Esos ocho meses encerrada tras la golpiza que me propinó una comadre de mi papá en la puerta de mi departamento me fui, como Floyd, por el excusado. Me daba miedo ir al baño. Me daba miedo ir a la cocina. La persona que me golpeó se paraba afuera del edificio, bajo mi ventana a burlarse de lo chiquiada que estaba, de cómo no iba a poder sobrevivir sin mi papá. Yo ponía la tele, y cosía infinitos tramos de quilting.

Me acuerdo que un día ya no tenía qué comer y de milagro llegó mi hermana. Me dio arroz que había en la cocina y trajo cosas del super. En lo que ella iba para allá, yo me armé de valor, fui a la cocina y me traje el minirefri que tenía. Así no tendría que salir jamás.

Un día salí a la sala y la encontré llena de cacas de Kika. Kika es la perra que mi padre y yo (y luego mi ex) compartimos. Pensé en que la pobre perra estaba viviendo las consecuencias de mi locura y que yo no me quería suicidar porque nadie la iba a querer cuidar… pero esta vida conmigo, era una porquería.

Mi papá, la pérdida de mi padre, era mi diamante. Y mi trompeta, Kika. Por ella me atreví a salir y a limpiar y a empezar a moverme.

¿Ven ese momento en que Floyd le compra un helado a su Depre? Eso es la aceptación. Mi papá jamás volverá. Y mi distimia se ha inventado su otra vida, donde no se fue pero me muestra las consecuencias positivas y negativas de que eso haya sucedido.

Mi distimia y yo nos tomamos helados, somos roomies. Y cuando llega la depresión mayor, trato de identificarla a tiempo, y buscar ayuda, y no obsesionarme.

¿La chica que está en la otra banca escribiendo? Esa los representa a ustedes. Son mi nueva posibilidad.

 

Soy remensa para soltar el cansancio, la tensión, el enojo afuera de mí. Hoy es uno de esos días en que estoy pagando las consecuencias de hacerme la valiente y exigirme de más.

No puedo dormir porque el estómago está completamente en guerra. Retortijones, ruidos, dolores. Todo el show.

El lunes hubo clase, estuvo más larga de lo esperado y me tomé tarde las medicinas. El martes, hecha un trapeador, salí a comprar ropa indispensable (calzones pues) y caminé un montón y estuve en la calle con gente.

El miércoles hubo clase: extra ruidosa, extra intensidad. Pero además antes de la clase, en plena manía, me topé con Amandititita y faneé durísimo.

El jueves era un trapo. Y aún así quise ir al Centro a conseguir equipo para las clases. Al Centro. Histórico. De la Ciudad de México. Seis gotas de Clonazepam permitieron el milagro.

El viernes fui al banco, al súper, al Hospital, a Cachito, a Casa Apolorama donde había mucha gente. Dejé Cachitos, Abracé al Apoloramo. Caminé a mi casa. A la mitad me quedé inmovilizada de entre cansancio y miedo. Llegué a casa hecha trapeador.

Tengo el estómago gritando: ¡Fue demasiado!

Le he hecho esto a mi cuerpo siempre. De niña dejaba de caminar, me privaba y no podía mover las piernas. A los 4 o 5 escuché por primera vez la palabra «somatización». Ahora en los ataques de ansiedad o pánico, lo primero que me pasa es que se me entumen los brazos.

Qué chingas le paro a mi cuerpo. Al pobre nomás le tocó la mala suerte de tenerme dentro a mí.

UPDATE:

Entiendo perfecto que este texto suena a queja, a «me tiro para que me levanten». Y ahora que lo entiendo corrijo: compartí cómo me siento físicamente porque sé que a muchos de nosotros nos pasa esto, nos agotamos físicamente por el esfuerzo emocional de mantenernos funcionales.

Quiero que puedan leerlo tanto quienes lo sentimos como quienes nos acompañan y no entienden que estamos como crudos, como golpeados por tan solo haber tenido un día de convivencia normal.

Efectivamente me duele todo. El estómago sigue dando lata. Pero pude dormir un cacho largo y ya estoy acomodada en el sillón, y me voy a poner a ver series de crimen que son mis favoritas y así me curaré «la cruda de convivencia social».

Esto no se trata de ánimo, o de echarle ganas, o de ponerte las pilas, o de quererte componer; se trata de darte tu tiempo, de entender que tu organismo necesita lo que te está pidiendo, en este caso, descansar, y que no tiene nada de malo hacerlo aunque no te hayas ido de borracho y estés en vivo, o hayas trabajado 20 horas, o hayas corrido un maratón.

Para quienes estamos enfermos del «regulador de emociones», cosa tan simples como salir al súper, tomar un café con un amigo, ir a consulta, subirte a un taxi, son tan cansadas como para otras hacer 4 horas de crossfit, con la diferencia de que ustedes suben fotos a Instagram y se felicitan por sus logros y nosotros escribimos y tratamos de buscar consuelo.

Son dos mecanismos con los mismos pasos y distintos procesos, porque todos somos distintos. Y todos tenemos chance de serlo