El deprebook

Se los juro que no recuerdo un día de mi vida en que no me haya preguntado para qué carajamadres estoy viva. Y no, no hablo del aspecto filosófico de esa pregunta. Pero con todo, eso no es lo peor de lo que me pasa.

Vivir con distimia es complicado: es como si vivieras en medio del Carnaval de Río y en lo único que pudieras fijarte es que todo mundo va dejando basura, nadie respeta a las mujeres, absolutamente todo se trata de sexo fácil, el reguetón sustituye hasta la samba, a nadie le importa el calentamiento global y a todo mundo le vale madre que no habrá agua potable en 18 años.

Simplemente no puedes conectar con lo que a los demás los llena de felicidad, y cuando los ves pletóricos de emoción, no puedes más que sentir vacío y desesperanza.

Con todo, prefiero eso a lo que me pasa cuando el borderline me pega. Ah, porque lo más bonito de estar psiquiátricamente diagnosticado, es aprender que no porque tengas una enfermedad puedes dejar de tener las otras. Básicamente la locura es como la diabetes: se te jode un sistema principal y lentamente te va jodiendo los demás.

Yo creo que lo de ser border, en mi caso vino después de la distimia. Yo creo que aprendí a ser border. Aunque mi madre nunca estuvo diagnosticada (y si lo estuvo no me lo dijo) estoy segurísima que era border. Segurísima.

Pero a ver, empecemos por explicar qué demonios significa ser border.

Wikipedia dice (y no me salgan con que no es buena fuente de consulta porque si lo creen, es porque no tienen la menor idea del enorme esfuerzo que hay detrás) (Sorry, ando muy agresiva):

El trastorno límite de la personalidad, borderline (abreviado como TLP), también llamado limítrofe o fronterizo, es definido por el DSM-IV (DSM-IV 301.831​) como «un trastorno de la personalidad que se caracteriza primariamente por inestabilidad emocional, pensamiento extremadamente polarizado y dicotómico, impulsividad y relaciones interpersonales caóticas». El perfil global del trastorno también incluye típicamente una inestabilidad acusada y generalizada del estado de ánimo, de la autoimagen y de la conducta, así como del sentido de identidad, que puede llevar a periodos de disociación.2​ Se incluye dentro del grupo B de trastornos de la personalidad, los llamados «dramático-emocionales». Es, con mucho, el más común de los trastornos de la personalidad.3

En otra entrada ya les conté que cuando me dijeron que era border casi me da el tramafat (esta enfermedad, trastorno o episodio emocional aún no está tipificado por ninguna institución, pero se siente de la fregada).

Para mí era mejor que me dijeran que estaba esquizofrénica (en ese momento, ahorita ya vivo muy en paz con mi diagnóstico). La idea de aceptar que vivo al límite de mis emociones constantemente me parece cruel, absurdo y un total desperdicio; pero además me parece peligroso: verán, estar deprimido no lastima (normalmente) a mucha gente más que a ti, a menos que vivas rodeado de familia que tiene que estar lidiando contigo. Yo he vivido sola muchos años, así que vivir con depresión, le ha afectado directamente a pocas personas que llegaron a mi vida más que advertidas de lo loca que estoy (así que sin mentiras, no hay engaños).

Pero cuando eres border, le afecta a todo lo que se ponga cerca de ti, no sólo a la gente, a tus cosas. Ejemplo:

Tenía 14 años. Me salí de casa un poco incómoda porque mi madre me dijo: «cuando vuelvas de la escuela, vas a ver muchos cambios».  Mi mamá se veía emocionada, como cuando alguien va a comprar muchas cosas en Navidad, o como cuando un adicto a las drogas está urgido por un pase y por fin lo consigue. Créanlo o no, no tengo referencia real sobre eso porque soy bien fresa, y pues mi única referencia es la televisión, así que mi mamá se veía así:

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Cuando volví al departamento, al abrir la puerta había otra. Literal como en Alicia en el País de las Maravillas. Y me quedé parada muerta de pánico pensando primero, que me había equivocado de departamento; segundo, que por fin se me había deschavetado todo y ahora alucinaba puertas que jamás terminarían de aparecer; tercero, que me había muerto y ese era el infierno: intentar salir de un lugar al que sólo puedes entrar, y seguir entrando infinitamente.

Toqué la segunda puerta con los nudillos y mi mamá apareció: «Mira nada más, ya tenemos consultorio en la casa».

Mi madre había estudiado en la Carlos Septién, como mi papá, y luego del divorcio, estudió Filosofía en el Claustro de Sor Juana y luego Tatatología en la Ibero y luego mil cursos que le hicieron creer que era terapeuta. ? I know… Honestamente creo que si alguno de sus «pacientes» o alumnos supiera cómo estaba realmente la cosa, no hubieran tomado ni media hora con ella. Era una gran maestra, eso sí, pero no estaba la salud para andar repartiéndola.

Mi mamá convirtió la sala y el comedor del departamento en una recámara extra, donde me metió a mí; y dos consultorios.

Ahora que recuerdo la imagen, era como vivir en esos departamentos japoneses que existen ahora divididos por tablaroca, donde apenas cabe una cama.

Así era mi mamá. Movía todo. Le partía la madre a los zapatos nuevos con sus tijeras toledanas. No era capaz de respetar el diseño de absolutamente nada. Y miren, pos si quería hacerle hoyitos a sus zapatos, a uno qué… la cosa es que también lo hacía con tus cosas, con tus amigos, con tu vida.

«Pues yo creo que desde ahora vamos a trabajar con el diagnóstico de Trastorno Limítrofe de la Personalidad», dijo el psiquiatra y creo que ahora entienden por qué carajos casi escupo.

 

En las últimas semanas me la he pasado trabajando muy concentrada en recuperarme de la agorafobia, en volver a salir a la calle como antes, que no era mucho, pero era funcional. Lo logré, estoy muy cabronamente orgullosa. Me obligué a hacerlo rápidamente porque en agosto comenzaba un compromiso importantísimo para mí: dar clase. No, yo no doy clase de cómo estar sana, les digo que la salud no está como para repartirla. Doy clase de cómo escribir. Eso sí lo sé hacer.

Esa clase que doy forma parte de un taller muy grande donde convivo con colegas a los que admiro montones, algunos de ellos muy amigos. Ya hemos hecho seis talleres; la verdad no siempre se nos ha llenado el salón. Los últimos 3 estuvieron medio vacíos. Y yo no tenía mucha esperanza cuando al cuarto para la hora, teníamos sólo 5 alumnos inscritos.

Pero sucedió, por fin, el milagro que mi maestro Angel dice que siempre sucede (aunque esta es la primera vez): «Vas a ver que en la última semana se llena».

TREINTA Y SEIS ALUMNOS.  30 + 6. Es decir, 3 decenas, y 3 pares.  Miren nomás el salón.

¿Saben lo que le hace eso a un border, agorafóbico con síndrome de ansiedad acostumbrado a contener todos los ataques de lo que sea que le den para cuando ya esté en su casa y se dé permiso de quebrarse, pero poquito, porque si no quién le va a dar de comer a los gatos?

Desde que salí de casa, mi discurso interno era inagotable: «Vas a decir una grosería mayúscula, vas a humillar a alguien sin intención pero te va a salir como si fueras Catalina Creel; vas a interrumpir a Master y a Haydeé y no los vas a dejar dar clase porque claro, si tú no eres la protagonista de la vida, entonces no vale. Ay ya cállate María, cállate por favor. Si es necesario te tomas el Clonazepam y te pones audífonos, hoy no das clase tú, así que te los puedes poner y nadie de los maestros se va a sentir incómodo porque te conocen y saben que a veces los necesitas. Claro, porque aunque tienes 40 no has aprendido a dominar tus «enfermedades»…. jajajaja, qué fácil es vivir diciendo: ay perdón, es que soy border. Si tanto sabes, si tanto te importa, ya te deberías de haber curado».

Y así… y todo eso pasaba mientras me comía un pie helado de limón en la oficina de mi amigo Romeo y él, amablemente nos hacía preguntas a Angel y a mí sobre el grupo. Y eso pasó 10 horas antes de salir, y siguió pasando 3 horas después de terminar.

Cuando llegué a casa tenía ganas de no dormir y ponerme a trabajar en las cuentas y cómo voy a pagarle a los maestros y cuántos becados tenemos y si necesitamos gafetes y que hay que integrar a los nuevos al grupo… y eran las 12 de la noche y me tomé mis medicinas y les agregué dos gotas de clonazepam y pensé en Carrie Mathinson (interpretada por Claire Danes) en Homeland con esa cara de hambre, de imposible satisfacción cuando por fin volvía a trabajar como espía sin haberse tomado sus medicinas…. y lloré y me fui a la cama rogando por dormir.

Y debe ser que me obligo. Y debe ser que tengo tanto miedo de hacerle daño a los demás. Y debe ser que los gatos arrullan con el ronroneo. Pero dormí. Y dormí hasta las 2 de la tarde. Y aunque era muchísimo no me dio vergüenza… pero desperté igual, toda alterada, toda maníaca. Y me salí en pijama a hacer mandados y no paré de caminar hasta que recorrí cuatro colonias.

Y ahora sólo pude dormir 5 horas, y tengo una junta de trabajo, y luego cita con el quiropráctico, y luego clase. Y muero de miedo. Y de pena.

Vivir deprimida es más fácil. Se los juro. Es como ser una masita moldeable que se compacta en alguna esquina y que no hará nada por ser otra cosa. Le vale madre.  Y sí, por dentro te sientes fatal, pero no sientes desesperación, al menos no con mi tipo de depresión, nomás te sientes vegetar y te preguntas para qué.

Esto otro… es agotador.

Publicado por Mariaisabel Mota

Soy María. Soy escritora de oficio. Llevo unos 25 años escribiendo y unos 35 entendiendo que padezco depresión. Decidí juntar ambas cosas y comenzar a escribir un libro. Este sitio alberga el proyecto.

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4 comentarios

  1. Que bonito es saber que no soy la única masita en el mundo que sólo se quiere hacer bola y que el mundo pase sin notarla. Que bonito es escuchar el monólogo mental de una persona a quien admiro y saber que ella también lucha, pero más allá de luchar hace algo sumamente valioso: compartir.

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