El deprebook

No sólo me saqué la lotería de la distimia (depresión crónica, trastorno depresivo crónico); también me saqué la de la disritmia paroxística en el lóbulo parietal frontal izquierdo, y la de la personalidad limítrofe.

Cuando el psiquiatra habló por primera vez de esa posibilidad, me asusté muchísimo. Le tengo menos miedo a la esquizofrenia y eso que es absolutamente peor. Pero sucede que antes que ser paciente Border (trastorno de la personalidad limítrofe, personalidad limítrofe, TPL, BLP) fui víctima de quienes la padecen y me aterraba la posibilidad de haber lastimado ya a quienes me conocían, y no poder hacer nada al respecto; porque bien jodido todo, no hay tratamiento específico para los border. No es como la depresión a la que, tras algunos intentos, puedes concluir que determinado tratamiento psicológico combinado con tal medicina y algunos cambios de rutina, mejorarás. Cuando eres border te despiertas con la esperanza de que el día sea controlable, y si lo consigues, ganaste. Pero no siempre lo consigues, y no, no tienes chance de pensar más a futuro.

Ya en otras ocasiones les he mostrado el dibujito con que yo explico mi sentir o mi forma de percibir mi border.

 

Esa gráfica podría representar un día, o una semana, o una hora. A veces es una hora… y no saben lo cansada que estoy después de que acaba el día.

Los picos que cruzan en línea casi recta son tan rápidos que a veces siento que mi cuerpo no está ahí. Puedo sentir mi cuerpo vacío y mi emoción completamente desgobernada. Cuando los picos van hacia abajo, me encuentro conmigo, creo que porque soy más depresiva que maníaca. En general, me siento más cómoda, más estable, cuando mis emociones tiran hacia lo depresivo que hacia lo maníaco, pero mucha gente prefiere lo contrario. Añoran el rush de la manía, porque nos da una energía enorme en la que conseguimos trabajar, limpiar la casa, limpiarnos, organizar, hablar, dirigir, comer, hasta hacemos ejercicio. El peligro está en cuanto sacamos la cartera y empezamos a comprar compulsivamente o nos da por salir con desconocidos, o por apostar, o por drogarnos o por irnos de fiesta hasta apagarnos. Para mí, los peligros son gastar y salir a la calle. Como ahora puedes comprar en línea, es super riesgoso que tenga dinero. A veces tenerlo me desata la manía. Y no puedo detenerme hasta que me desgasto emocional y económicamente. Uno de mis frenos es tener letreros por todos lados en mi casa, en el lugar donde tengo la compu que dicen: «Gana, gasta, guarda», frase de mi mamá. «En calidad de zapatos y lentes, nunca se escatima», frase de mi papá. «Si no está en oferta y no te vuelve loco, no lo compres», frase mía.

La comida es otra de mis compulsiones. Puedo comer sin detenerme, sin que disfrute la comida, incluso sintiendo cómo la comida ya no cabe y hasta el esófago empieza a contraerse. Pero no me puedo detener. Si tengo comida enfrente, me la como. Por eso evito las papas, los cacahuates, las golosinas. Si voy a comer postre, que sea una pieza: pastel, flan, bisquets, pero nada que se pueda dividir en pequeñísimas unidades.

Como les he contado, tengo la fortuna de nunca haber sido fiestera, así que el consumo de alcohol y drogas no está en mi esquema de consumo compulsivo, eso ayuda montones, porque las consecuencias de gastar y comer compulsivamente son relativamente controlables, sus efectos casi inmediatos y los de largo plazo, reprochables: a la gente le cae muy mal que uno sea gordo y tragón y pobre. Pero los de drogarse, alteran muchísimo la efectividad de las medicinas y los ciclos de sueño, y pues básicamente a todo mundo le gusta y celebra que uno sea flaco, fiestero y que viva «la vida al máximo», entonces es más fácil caer.

Durante las últimas cuatro semanas he estado experimentando cambios muy radicales en mi energía. Me frustra tanto…  Hace unos días, después de haberme pasado más de cuatro dormida casi todo el tiempo, desperté con muchísima energía. Eran las 9:30 y yo ya estaba vestida y arreglada. A las 10 estaba en el supermercado comprando la comida de la semana, a las 11, estaba llorando mientras trapeaba, contándole a mi nana todo lo que daría por tener el 20% de la energía de ese día, pero siempre. No podía parar de moverme ni de llorar. Y estuve así al menos cuatro días más. En el último día de energía, salí con Stephanie -mi cómplice de locura. Fuimos a comprar varios pendientes que tenía previamente apuntados en una lista para evitar hacer compras compulsivas. Pasamos de la oficina de impuestos donde pagamos el agua, a la librería donde compramos títulos para las sesiones de lectura, al hipermercado donde compramos cloro especial para orina de mascotas, al supermercado donde compré dos camisetas, trapeadores y tratamiento para el cabello, y de ahí fuimos por café y de ahí al cine. Sí, fui al cine. Y fui a ver una película infantil, que en mi opinión son las más duras de ver para todos aquellos que fuimos traumatizados de niños.

El domingo, cuando nos vimos para almorzar, su marido -que además es mi jefe- me dijo al verme: «¿Estás bien despierta, verdad?» No, no lo estaba. Y no lo estoy ahora. Y sé que los siguientes tres días estaré cansada. Y estoy angustiada porque el domingo es mi cumpleaños y me cuesta mucho trabajo lidiar con ese día, no porque no quiera envejecer, si no porque no sé cómo lidiar con la atención de un evento en el que mi único logro fue salir de la panza de mi madre asistida por la ayuda del doctor Porres. Porque vivir es un martirio al que estoy dispuesta a someterme por los siguientes años porque de vez en cuando hay momentos en que me lleno de energía que tiene mucha paz en el interior, y no desgasta, y se siente como si el universo me abrazara.

Hoy es un día cansado. Pero ya logré hacer facturas, almorzar, ayudarle un poco a la nana con la limpieza, escribir aquí, organizar el siguiente calendario para el Social Media Boot Camp, y estoy peinada y lista para salir a la calle al rato que toca clase. Estoy agotada, y quisiera dormir una semana… pero me exijo porque cada que separo la vista de la computadora puedo ver a mis mascotas dormir tranquilamente en sus trepadores, o porque mi nana me cuenta que pudo reparar algo en su casa, o porque mi Comadre me dice que tenemos un trabajo nuevo y eso nos permitirá hacer sesiones de foto juntos, o porque Stephanie, Magos y Jan me dicen que le emociona este proyecto. O por ustedes, que me leen. Y entonces vale la pena seguir buscando una especie de regulador de corriente que me haga sentir más en mi centro.

Si tú también tienes diagnóstico de Border o algo de lo que escribí te parece familiar, por favor cuéntame cómo te sientes, ya sea en los comentarios de este post, o en la página de Facebook o por Twitter o en el foro. Quiero saber cómo estás.

 

Publicado por Mariaisabel Mota

Soy María. Soy escritora de oficio. Llevo unos 25 años escribiendo y unos 35 entendiendo que padezco depresión. Decidí juntar ambas cosas y comenzar a escribir un libro. Este sitio alberga el proyecto.

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