Nosotros, los que somos una pelotita de gente igual que se une en este espacio tenemos muchas características en común. Nos sentimos incomprendidos, la mitad del tiempo que pasamos despiertos pensamos constantemente en qué sentido tiene estar vivos, cuando encontramos algo que nos hace sentir bien tenemos dos reacciones: nos asusta a morir o nos atragantamos hasta acabárnoslo. Morimos todos los días un poco, pero nunca es suficiente.

Una de las características más dolorosas que he encontrado entre nosotros los locos es que sobre-pensamos en los demás. Siempre estamos pensando en el otro, pero no en qué pensarán de nosotros, o por qué no nos entienden, si esa idea cruza nuestro ciclo de ideas, fácilmente se va: tenemos demasiada locura qué procesar como para detenernos en el juicio del otro. Nos detenemos en el dolor que nos causa, en el vacío que tiene el otro y que nos jala a su propio infierno; porque sabemos que quien no nos entiende, que quien nos señala, que quien nos juzga es porque no sabe ver hacia dentro de sí mismo. Por eso, entre locos, y hasta entre locos y civiles, siempre andamos ofreciendo ayuda, hasta cuando no tenemos para darla.

El dolor del otro nos paraliza, nos absorbe, nos consume. Tal vez por eso cuando ofrecemos ayuda parecemos desesperados. No es que queramos que a huevo la tomen, queremos que estén bien, porque su dolor nos duele, nos trastoca.

 

Hace poco me preguntaron por qué vivo con tantos animales. La verdad no soy una de esas personas que ve a sus gatos y les habla en diminutivos y les corta jamón en cuadritos. Tampoco creo que hablemos el mismo idioma o que me entiendan en un nivel equitativo. Vivo con tanto animal porque no tenían dónde quedarse. Los animales que viven conmigo nadie los quiso, nadie los aguantó. Tengo un par que llegaron por mi gusto, es verdad, pero todos estuvieron en una situación donde nadie los quería.

Pero ayudar a un animal es muy fácil. Sólo necesitas dinero, tiempo, esfuerzo. Lo más difícil que se tiene que hacer al ayudar ellos lo solucionan. Jamás te ponen resistencia. Un animal herido podrá tirar la mordida, los arañazos, pero está asustado. Hay un punto en todos los gatos y perros que he rescatado en situación física pinche, donde dejan de moverse del miedo que tienen. Eventualmente sucede. Y ya que los curas, puede que sientan miedo y no se pongan cariñosos contigo, pero reciben la comida y el techo que les das.

Los humanos no somos tan fáciles.

En mi desesperación por ayudar he terminado estorbando el 90% de las veces. Ese es mi bateo histórico. La riego de una manera desproporcionada, tanto como mi intención por ayudar. No he terminado por aprender a hacerlo, y sigo sintiendo este impulso desesperado. A veces siento que si no ofrezco ayuda me voy a romper por dentro, una grieta grande grande tronará y la caja torácica no podrá contenerme más. Y el problema no es que explote, es que salpico, y alguien saldrá herido, y entonces… tendré que desesperarme otra vez por ayudar por el problema que causé. Es un ciclo sin fin.

 

En esos viajes circulares he aprendido muy poquito, pero no porque sea poco voy a dejar de compartirlo.

 

  1. «Que tú no hayas recibido atención de niña, que no hayas tenido una mamá que te cuidara no quiere decir que los demás estén igual que tú. Es más, los demás, la mayor parte sí tuvieron, y no andan buscando como tú una mamá. Así que deja de ofrecerlo». Sabias, crueles pero sabias, palabras de mi ex. En algún momento lo desesperé en mi desespero, en algún momento mi necesidad compulsiva porque todos estén bien y la intranquilidad que me provoca no lograrlo lo rebasó y me puso ese alto. No estuvo bonito. Lloré como si me hubiera dado un golpe directo al pecho. Les juro que se sintió físicamente como un golpe al centro de mi pecho. Y dolió porque tiene razón. Que yo haya pasado por lo que pasé, que eso me haya provocado esta ansiedad porque todos tengan lo que yo no tuve, no significa de ninguna manera que los demás lo necesiten, lo quieran o incluso se sientan cómodos de recibirlo.
  2. La otra persona puede estar muriéndose, pero si no pide ayuda, es porque no está lista para recibirla. Y si no está lista para recibirla, tú nomás vas a lastimar si la ofreces. Te vas a lastimar a ti porque interpretarás un sanísimo «no» como un rechazo. La persona en dolor o en necesidad se sentirá incómoda porque no te estaba pidiendo nada y ahí vas a ofrecerlo. Si no piden nada, no lo ofrezcas. La compañía en silencio ya es bastante ayuda.
  3. Cuando alguien no acepte tu ayuda, por favor, por favor, por favorsísimo trata de recordar que no te rechaza a ti, rechaza lo que ofreces porque no lo necesita. Y que no lo necesite es bueno, porque quiere decir que ya tiene claro que al menos eso que das NO lo necesita. Hay un mar de soluciones y caminos allá afuera de sus problemas y por lo menos tú ya le diste la tranquilidad de que eso, no lo necesita. Se siente jodido, pero es un gol. Es un win. Es un logro.
  4. Ayudar es un gusto. Ayudar es un placer que llena ese hueco infinito que tenemos dentro. Así que recuerda que el primer beneficiario eres tú. Esperar algo a cambio es inútil, es estéril, hecha a perder el mero acto de ayudar, el placer de darse al otro.

 

Una vez que uno acepta salir del clóset del ayudador compulsivo la situación mejora. No es fácil, pero mejora. Seguiremos siguiendo unos freaks, unos weirdos y seguiremos preguntándonos what the hell are we doing here (cause) we don’t belong here, pero mejora.  Procúrate siempre un gusto, date siempre algo a cambio de ese dolor interminable que a veces es vivir y ayudar sin entender por qué. Los chocolates sirven. Las siestas también.

 

Y acuérdate: siempre pregunta antes de ayudar.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *