Hola de nuevo, soy Shantale Carrera, un alma melancólica. Irónicamente me tomo mi tiempo para cada cosa… pues es carrera, no carrerita, digo yo. Hoy mi abuela venció a la muerte en un enfrentamiento y eso movió todo a mi alrededor. Gracias por leerme. Luz colectiva para los apagados.

 

Consolar y aconsejar a otros que tomen con ligereza la vida y la muerte es bastante más sencillo que terapearse a uno mismo. ¡Vaya habladora que soy!

Tal vez me entiendan y empaticen cuando digo que nadie experimenta en cabeza ajena. De hecho, ya he dicho en otros textos que deberíamos abstenernos de decir palabras de aliento y “te entiendo”. La verdad es que cuando eres tú el que siente y sufre, nadie puede entenderte y nadie puede cargar nada por ti.

Lo ideal sería no tener costales que cargar, como las personas que viven en completo desapego. Tengo un hermano que practica justo eso y aunque por momentos me encabrona y me hace sentir impotencia por lo que yo espero de él, la única verdad es que yo sufro y me acongojo mientras que él vive una vida más libre y sin demasiado drama. No sé si en el fondo lo envidio.

Hoy, después de unas semanas de mucho ajetreo emocional y desgaste físico me tocó acompañar a mi segunda madre (ya sé que no existe tal cosa, pero si digo a secas “abuela” quedaría muy llano) al quirófano. No hubiera sido tan dramático si no tuviera 89 añotes y si no fuera pieza fundamental en mi vida, pero así es.

De por sí vivo las despedidas con cierto toque hollywoodense, pero esta despedida de un minuto con camillero y elevadorista presentes aunado a una abuela que parece roca de lo fuerte y seria que puede llegar a ser, fue todo un reto. Las lágrimas se me escurrían como cuando veo la escena de la mamá de Dumbo meciéndolo desde la jaula. Lo único que se me ocurrió decirle fue “aquí te espero para que sigamos leyendo el libro” (pues llevamos 55 páginas y 100 por delante de una novela que le estaba leyendo en voz alta y que parecía disfrutar). Ella sólo se sonrió, sin más.

Limpié su lagrimita –silenciosa también– y la dejé irse. Por fortuna y para mi enorme disfrute, regresó de cirugía en santa paz, con mucho mejor cara que con la que se fue y en cuestión de minutos comenzó a corregir y reclamar a la enfermera en turno con el tono y volumen que le caracteriza. Entonces dije “she is back!”.

¡A vivir que son dos días!

(Frase de Lucía en Aquí no hay quien viva)

No te das cuenta de lo mucho que te gusta la vida hasta que la ves peligrar. Al menos eso me pasó a mí esta mañana. No es la primera vez que siento la muerte cerca, a veces ha sido en carne propia, otras con un ser amado, pero la sensación es muy fuerte. Parece que por momentos somos nada, que lo que nos empeñamos en vivir y conseguir a diario es absurdo y que en general lo efímera que es la vida la hace misteriosa. Veo dos posibles conclusiones: o adoptas una actitud vale madres pensando que esto es breve y da igual lo que hagas o dejes de hacer pues de todos modos nos vamos a morir o bien, que consciente de que la estancia es corta, le trates de sacar todo el provecho y te conviertas en un ser intenso y aprehensivo. Debe haber más de dos opciones ahora que lo pienso, pero en mi alma existen esas dos y pelean una con la otra todos los días.

Las experiencias fuertes o parteaguas como algunos les llaman nos transforman, no siempre nos hacen crecer, a veces nos amargan. Depende de las capacidades de cada quien supongo. En mi experiencia, el pasado es un maestro y aunque me vuelvo más compleja cada vez y difícil de entender, estoy convencida de que mi espíritu se ha ido haciendo más fuerte, de acuerdo a mi propia escala de valores… cuestionable ya sé.

Lo genial de ser un individuo es que puedes darte licencia de cambiar tanto como te dé la gana o tus habilidades de transformación lo permitan. Lo más difícil para mí es modificar mis expectativas acerca de las personas y las situaciones, la decepción por no cumplirlas puede ser tan profunda que me hace daño. Es ahí donde vuelvo a envidiar a mi hermano.

Hoy no se fue mi abuela, hoy no me he ido yo, así que es suficiente razón para sonreír y seguir leyendo el libro. Un día a la vez.

Por mi abuela, a quien le gusta mucho Frank Sinatra. (YouTube)

1 comentario
  1. Paulina
    Paulina Dice:

    Ay prima chula! Concuerdo contigo en q no existe eso de experimentar en cabeza ajena….y de verdad hay días q nos dan lecciones tan valiosas que agradezco nos compartas la tuya de hoy….a seguir viviendo y a disfrutar cada momento con la bendición de tener a tu lado un ser tan maravilloso como lo es tu abuela, q Diosito nos la preste muchos años más! Las amo!

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