Ser feliz, cansa. Pero sienta bien.

¿Cuánto tiempo tienen sintiéndose mal? ¿Cuánto tiempo han vivido sin poder sacudirse el malestar emocional, la depresión, la frustración, la ansiedad? Yo tengo toda mi vida así, y aunque han habido periodos en que experimento una cierta paz, nunca en mi vida había sido feliz. Sí, lo dije en pasado. Y ahora soy feliz, tengo exactamente desde el 23 de abril de 2018 siendo feliz. Y no saben lo cansado que es.

 

¿Han oído cómo se quejan los papás porque dicen que nadie los prepara para serlo? ¿O se acuerdan de eso que decía el idiota de Salinas de Gortari, de que nos preparáramos para la administrar la abundancia? Bueno, pos así me siento. Ando como loquita para todos lados, trabajando como si tuviera 20, construyendo nuevos lazos emocionales en la chamba, en la escuela, entendiendo que sí tengo amigos y que está cool y que me los merezco. Eso, para mi cerebro distímico, incapaz de creer que la vida tiene propósito alguno, es como para alguien con 20 kilos de sobrepeso hacer unas 50 abdominales.

Yo supongo que así es como se iniciaron los primeros experimentos de la terapia Gestalt. ?Me acuerdo cuando mi madre andaba estudiando Gestalt un día me entintó los pies y me puso a caminar en un rollo de papel larguísimo. “Estoy analizando tus pisadas para entender cómo te sientes”. Créanme, jamás volví a caminar con confianza frente a ella… pero aprendí mucho sobre Gestalt y sus principios y ahora entiendo cómo, modificando hábitos no sólo emocionales como lo propone la corriente alemana de terapia, sino hábitos alimenticios, de rutina, sociales y de convivencia. Ojo, no quiero decir que corran a cambiar toda su vida, sino que de verdad cada cambio, por pequeño que hagan, siempre y cuando sea constante, traerá otros cambios y muchas veces, aunque saquen por completo de lugar, son para bien.

Mi rutina pasó de despertar cuando el cuerpo y la mente me lo permitían, tratar de armar algun texto para este sitio, atender a los gatos, trabajar en mis clases para Mutant y volver a dormir. Ahora despierto a las 6AM, limpio la casa, preparo café y desayuno, me arreglo. Sí, leyeron bien, me quito la pijama y me visto con ropa de calle y me maquillo, y salgo a la calle oyendo música y normalmente voy de buenas. Hasta yo me tengo que pellizcar de vez en cuando.

Luego de esa mañana que ya de leerla me cansa, paso 8 horas en una redacción de noticias, trabajando los canales de social media, conviviendo, aprendiendo, dejándome llevar. Sí, leyeron bien: dejándome llevar.

Hay días en que saliendo voy al gym, otros a terapia, otros derecho a la escuela y otros a dar clase privada. En no sé qué tiempos que me invento consigo ir al super, traer la cena, hablar con mi familia por Whatsapp. Y entre más cosas hago, entre más pendientes saco más satisfecha me siento.

No, no me curé de distimia, sigo pensando que esto de vivir es un chiste muy mal contado, que incluso ahora que ya puedo disfrutar algunas emociones que me eran desconocidas, es una ojetada de quien haya planeado esta “experiencia” que uno tenga que pasarla mal junto con pasarla bien. Qué pésimo diseño de producto: tú jamás comprarías un refresco que dijera: te va a saber a gloria al mismo tiempo en que te tomas una taza entera de azúcar que tapará tus arterias, alentará tu metabolismo y te hará sentir necesidad compulsiva de otro refresco. ¿Verdad que no?

Pero la realidad es que la vida es así: engorda, tapa las arterias, cansa. Y si empiezas a entender que hay emociones que sí están a tu alcance, como ser feliz, como disfrutar lo que antes odiabas, te cansas. Lo disfrutas, pero te cansas, porque no estamos… al menos yo no estoy acostumbrada al consumo de energía que implica sentirte bien.

Cuando he estado deprimida, en crisis pues, más allá de mi distimia, más allá de mis muchos issues emocionales, cuando he estado por semanas o meses sin poder hacer contacto con nadie, metida en la cama, perdida en mi pantano de miedos, me canso igual, pero más denso. Si pudiera medirlo sería como si el cansancio de la depresión fuera constante y delgado pero sucio, como una mancha de aceite en un vidrio. El cansancio de la felicidad, del entusiasmo es como una mancha de agua, se va rápido, pero con la lluvia vienen un montón y no paras.

Me asusta, y mucho. No sé cómo no tener miedo de perder todo esto nuevo que me hace sentir bien, y a veces me da tanto miedo que entorpezco las pláticas, me tenso, me entra el pánico y me echo a perder el momento. Pero como siempre, algo hice bien en medio de todo, y a pesar de que la gente que me quiere se desespera (y es perfectamente natural que lo haga), siempre consiguen ayudarme a regresar a mi centro.

 

Yo no tengo manera de saber a qué le tienen miedo ustedes, o qué situaciones les han provocado gusto, felicidad. No sé si le tienen miedo, supongo que sí. No estamos acostumbrados a esto. Pero ya me está pasando, llevo varios meses así, y sin miedo a equivocarme les digo: vale la pena. Justo la pena. O la gloria. Lo que sea que venga. Pero jamás dejen de intentar algo por miedo.

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