Creer o no creer, en Dios con o sin mayúscula, en el esoterismo, en el horóscopo, en una medalla que te regalaron y hoy tiene tanto poder como para un musulmán su tapete de oraciones. Hacemos de los objetos y las imágenes una moneda de cambio para nuestras esperanzas y miedos y las volvemos tan poderosas como los símbolos religiosos, los amuletos del amor (los anillos de casados, las arras, los lazos) o las canciones que escogemos para escuchar decenas de veces. Son nuestra protección, nuestra forma de recordar esos momentos en que fuimos felices o desdichados.

Yo siempre he sido muy conceptual, a todo le veo un cómo y un porqué y un detallito de lo otro. Soy adicta a las películas que tienen cameos y/o easter eggs, porque me parece que todo objeto aquel al que se le cargue de emoción, vale la pena pues tiene una historia, tiene la memoria de alguien; y al mismo tiempo, puede contener la memoria de otros.

Ese poder que le conferimos a los objetos nos hace efecto placebo de bienestar en el alma. Si bien no podemos volver a vivir el momento que nos recuerda, sí nos transporta a él y cada que lo hace le damos más historias, más recuerdos, más emociones. Los objetos que nos importan son un poco las cajas fuerte de nuestra alma y en ella guardamos todo lo que nos importa. Sacamos esas joyas poco, explicamos muy poco qué significan para nosotros porque sabemos que no todos lo entienden, que tendríamos que dar muchísimos detalles para que alguien que no comparte esa historia, la entienda. Incluso con quien la compartimos tenemos una visión distinta de ese momento, porque cada quien la vio desde su historia, desde sus carencias, miedos y esperanzas. Pero lo compartimos. Porque todos tenemos un anillo, un japa mala, una canción, un lugar, una palabra que nos une por dentro, y nos transporta a otra persona.

Mis primeros recuerdos con estos objetos placebo, sagrados, conceptuales, se remontan a un pedazo de tela de rayón (de esa que es super suavecita pero no es seda, y brilla de un lado y del otro es opaca) que tenía estampadas margaritas sobre un fondo morado. Recuerdo jugarla entre mis dedos y acariciarla con las mejillas. Tendría 2 o 3 años. La sensación que me recuerda es de confort, pero también de miedo. Creo que mi infancia se puede resumir en esas dos palabras.

Mis tatuajes son por supuesto, los objetos placebo más sagrados y conceptuales que tengo, cada uno me cuenta una historia o una verdad que debo recordar constantemente y en los brazos tengo un par que literalmente buscan recordarme mis mayores debilidades y fortalezas psiquiátricas; así, cuando tengo un ataque de pánico o de ansiedad, me veo los brazos y me acuerdo que he pasado por ahí, que puedo salir; cuando tengo una decepción amorosa, cuando tengo exactamente lo contrario, tengo un recordatorio de que el amor es libre, y que yo tengo una posición contundente al respecto; que el amor es excepcional, que te hace volar y te aterriza; y que no por eso vas a vivir pegada a la persona que te provee de esas emociones, porque las emociones nacen en mí, viven en mí.  Que soy tan fuerte como un elefante y tan vulnerable como las alas de pluma que le puse; que soy un colibrí.

Lo que ven en la foto son mis objetos placebo, los que simbolizan esta nueva yo que comenzó a nacer, tal vez cuando empecé este proyecto, o cuando me dio la crisis química en febrero, o cuando comencé a sentir el efecto de mi propia regulación de serotonina y me “enfermé” de salud. Me recuerdan que soy querida, que mis acciones afectan para bien y para mal a mi gente, que no estoy sola y que jamás dejo sola a mi familia, que tengo familia, y que al final, sólo somos polvo de estrellas.

Hoy salí y me descubrí cómoda en la calle (por supuesto que todas las medidas obseso compulsivas estaban tomadas: audífonos, ropa que me haga sentir segura, caminar por la calle que no me abruma, música perfecta que también es un objeto placebo -hoy fue Achtung baby… No, no me parece casual que la traducción sea: Atención, baby). Sentirme cómoda es la epítome de todos mis esfuerzos, es la cumbre de mi lucha interna, es el resultado que he anhelado toda mi vida… y ahora lo acaricio constantemente. Tanto los momentos, como los amuletos. Y esa sensación de comodidad es un anhelo que he tratado de conseguir durante años.

Durante muchos años quise tener esta sensación de pertenencia, me costó mucho trabajo entender que a la primera instancia a la que debo pertenecer es a mí. Y en cuanto lo pude ver, en cuanto vi que soy suficiente para mí y que eso no implica que no quiera a los demás, que necesite su ayuda y disfrute su compañía o añore su amor, comencé a vivir dentro de mí. Y me quedé ahí mucho tiempo. Lo hice sola, sin que nadie pudiera acercarse o acompañarme en ese dolor, pero me ayudó para prepararme para este proyecto, y ahora sé cómo ayudarle a otros a pertenecerse.

Los objetos placebo que ahora uso siempre me recuerdan cada lucha, cada detalle, cada momento de luz y felicidad que pasé para llegar a este momento. Los cargo por eso, porque la energía que yo les confiero me protege, porque me recuerdan lo que he vivido para llegar aquí.

Cada quién su fe, cada quien sus rituales, este es un pedacito de los míos y me ayudan a sentirme dentro del carril cuando la locura borra las líneas en la carretera.

Creer en algo, en alguien es un acto de esperanza. si le conferimos a ese objeto placebo todo el poder, estamos literalmente endiosándolo, y perdemos la fe en nosotros mismos; dejamos que sea el otro quien decide nuestra suerte, nuestra capacidad de recuperarnos, de salir de un embrollo.

Si perdemos la fe en el otro y dejamos de escucharle, entonces nos quedamos solos en el diálogo interno, y aunque al principio podamos creer sólo en nosotros, eventualmente nos faltará algo.

Saber que somos parte de todo, conectarnos, generosamente entregarnos a escuchar a alguien más nos permite oírnos y encontrar tokens que nos recuerden ese momento de profundo amor y sabiduría donde compartimos con el otro, donde la fe y la esperanza se vieron de igual a igual; y entonces Dios es dios, y no eres Tauro eres tú, y no eres un manojo de angustias, miedos o corajes; o uno de entusiasmos, crushes e ilusiones pasajeras. Eres todo, completo y cambiante, y tienes un lugar dónde serás cobijado. Cuando escuchas al otro, cuando te conectas con el otro, sucede ese milagro.  En la religión se llama rezar, en el consultorio se llama terapia; en las relaciones humanas se llama amor. Y si tuviste suerte, te haces de un objeto placebo, un collar, un anillo, una foto, una canción, un amuleto que te recordará que eso existió en tu vida, y que puedes repetirlo.

¿Tienes algún objeto placebo? ¿Hay algún objeto que te recuerde quién eres, que esté cargado de significado? Cuéntame.

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