Después de 16 años en medicinas psiquiátricas, un día me vi sin pastillero, sin alarmas, forjando un churro y confiando en que todo estuviera bien.

¿Cómo empezó todo?
En febrero de 2017 tras la odiada revisión de rutina en el ginecólogo, recibí un diagnóstico que no me dijo mucho: “tienes alta la prolactina”. El médico en cuestión (nuevo en mi vida), dijo que me tomara lo que había mandado y que eso lo solucionaría.
Yo no sabía que tenía un problema a solucionar, no me sentía mal. Fui al ginecólogo porque hay que hacerlo, porque es la otra condena de tener matriz: cada 28 días sangrar, una de cada 3 semanas no eres tú y las otras semanas vives esperando que no la pases tan mal con los cambios hormonales sumados a los cambios que provocan tus diagnósticos psicológicos y psiquiátricos. Bien padre.
La mentada medicina costaba poco más de 2 mil pesos y el frasco tenía 8 de 16 pastillas que necesité. Y me las tomé. Y los análisis de sangre decían que la prolactina estaba en mejor lugar.
Y un mes después me dio un ataque de pánico, como no me había dado en años.
¿Por qué dejé las medicinas?
Mi sobrino el médico, ese que un día va a recibir un premio Nobel, me explicó que la prolactina se eleva en pacientes que tomamos antidepresivos. Eso no lo sabía el ginecólogo, o no lo quiso ver o no lo consideró importante.
Es probable que por ese cambio en mi prolactina me diera después ese ataque de pánico, y los que siguieron. Es probable que por esa indicación médica, que seguí obedientemente como lo hice durante 16 años que me entregué a la medicina para atenderme, todo haya cambiado. La verdad, no tengo recursos suficientes para hacerme todos los análisis y saber qué pasó, pero aunque los tuviera, me haría falta una  una máquina del tiempo para que hiciéramos análisis desde que empezó todo, y no sabríamos ni por donde empezar, porque en 16 años de medicinas, los análisis sólo dijeron: te siguen haciendo efecto las medicinas. Y ya.

Sé que meses después de aquella medicina, que curiosamente se llama Cabergolina… 🤦‍♀️ conseguí aplacar a punta de mucho ejercicio terapéutico, los malditos ataques de pánico. Sé que empecé a bajar de peso sin proponérmelo. Como tenía 30 kilos de más, pues aproveché la coyuntura y seguí el régimen de ayuno intermitente. No aceleró la bajada de peso, y ayudó mucho a que no se me olvidara comer.
Toda mi vida la he pasado raro con eso de sentir apetito. A veces siento hambre y todo lo que veo me parece comestible. A veces es sólo ansiedad y como aunque me dé asco. Así que procuro tenerme alarmas, cuidar lo que como. Tengo la fortuna de no ser adicta al refresco y de que no me gusten las papitas y los dulces de tiendita. He sido fifí para comer, antes de que le dijéramos así a los modos mamones. Y eso me ha ayudado siempre.
A esa bajada inexplicable le siguió mi ingreso a la vida de gimnasio. Recibí de regalo de cumpleaños una membresía a uno de estos templos del sudor y la desnudés aceptada (guácala). Y como me caga que se tire el dinero, fui. Y como soy obsesiva, fui en serio. Y hacía dos horas de ejercicio desde el principio, y entonces me dio el telele.
¿Sobredosis de felicidad?
Sí, eso pasa. Y se siente de la chingada sobre todo si tu cerebro no está equipado para procesarla.
Durante 16 años he tomado antidepresivos, específicamente Fluoxetina. No es lo único que tomaba, pero es la única de las drogas que tomé que sirve para regular la serotonina, hormona maravillosa que hace que durmamos bonito, que se junta con la oxitocina y nos hace sentir amor y mariposas en el corazón.
Como yo nací muerta… ok no, nací sin ganas de vivir; mi teoría es que si fuiste concebida porque alguien coge por la tristeza de un asesinato y un suicidio, no hay manera de que entiendas que vivir vale la pena. Neta, soy más rápida explicando por qué algo que te hace feliz en realidad es un espejismo que uno de mis gatos chingándome una rebanada de jamón. Ni modo, es mi super poder.
Entonces, me subí a una caminadora, me monté a cuanto aparato de ejercicio me dijeron que me montara, y mi fluoxetina tomada dijo: “¿Te calmas? Aquí trabajamos sin necesidad de que produzcas felicidad orgánica”.
Diez días después de haber empezado a ir al gym, me turbo mareé en la caminadora, me senté en el piso, y tuve un blackout de 8 horas, del que salí cuando me dio un ataque de taquilla: me trabé en la misma palabra, como Howard Huges. Y lo único que me sacó de eso, fue un video con 2 horas del aracuán de Los Tres Caballeros en loop.

Esa noche fue un infierno. Sentí fiebre, dolor de cabeza medio, constante, con picos. Oía los pasos de mis vecinos como si me estuvieran caminando un montón de personas DENTRO del oído. Desperté sin cejas, sin pestañas, con la piel lastimada de tanto rascarme. Al día siguiente fui al Nacional de Psiquiatría. No estuvo padre. Por primera vez en 16 años no recibí la atención que necesitaba con urgencia. Me salí de ahí sin saber qué hacer, sintiendo que el cuerpo me explotaba y entendiendo, con la poca capacidad de razón que tenía, que no era yo, que no era la locura, que se sentía ajeno, que era como estar intoxicada.
Mi sobrino me autorizó buscar otro psiquiatra. Esta vez privado. Y eso hice.
Y adiós medicinas…
“Mijita, no sé cómo carajos se les ocurrió dejarte tantos años con tantas medicinas, con las dosis más altas”. Eso dijo mi nuevo psiquiatra, eso dijeron muchísimos otros médicos y amigos que también son pacientes y amigos que no lo son. Y miren, a lo mejor es verdad, pero en Medicina, en padecimientos emocionales o físicos, absolutamente nadie tiene de cierto nada, porque hasta las pruebas de sangre fallan. Cada paciente tiene una historia específica, cada médico tiene una perspectiva específica, y aunque todo mundo me dijo que dejara las medicinas y aunque tal vez ahora esté bien sin ellas, de ninguna manera me arrepiento de haberlas tomado, es más, estoy orgullosa de haberlo hecho y lo haría otra vez.
Soy muy pinche obediente, miento madres para hacer las cosas pero siempre las hago. Y si el médico decía que dejara las medicinas yo lo iba a hacer… con el mismo miedo con el que me tomé el Epival hace 17 años, con ese mismo miedo iba a dejar de tomarlo.
Poquito a poco, y bajando dosis, fuimos quitando medicinas. Y sí, se siente muy raro. Muy. Hay días que las extraño, hay días en que no entiendo cómo pude mantener ese tren de gasto… ¿Cómo carajos le hice para que en 16 años jamás me faltara una puta dosis? Fácil: Siempre me tomé las medicinas pensando en los demás, no en mí. Las empecé a tomar porque la Musaraña, mi exmarido, ya no podía sobrevivirme. Por él empecé a tratarme. Y seguí haciéndolo luego de que nos separamos porque ¿ni modo que le jodiera la vida a los que me rodeaban? ¡Claro que me las iba a tomar siempre! La vida sigue, y suicidarse es más caro que vivir. El evento pues de suicidarse, es más caro que sobrevivir.
Las medicinas me ayudaron a dormir. Y vivía dormida. Me ayudaron a escucharme, a parar el huracán que tengo en la cabeza y concentrarme por temporadas muy largas sólo en una de mis miles de emociones. Y me aburría enormemente, no lo sabía, así de aburrida estaba, que ni cuenta me daba que había mucho más que mi silencio interno, silencio químicamente inducido.
Me ayudaron a tener algo en la vida que fuera constante. Algo que por fin siempre fuera igual. La mayor parte de la gente tiene familia, una casa que ha sido la misma por siempre, pareja, trabajo, una carrera, algo que siempre ha sido por décadas. Para mí, eso sólo ha sido la Musaraña y las medicinas. Y “constancia” es, por supuesto, una de mis tres palabras favoritas.
Sin medicinas la vida se complicó. A un punto en que ahora oigo reguetón (y ese efecto es digno de un texto largo, otro, aparte de este. Y ni se quejen que este es el sexenio de los discursos largos).
¿Por qué no les había contado todo esto?
Literal, porque no he tenido tiempo. Y como soy la reina de tener buena suerte en la mala suerte, no tener tiempo ayudó a que todos estos cambios sucedieran por mi vida y que justo hoy, diez meses después, tenga un domingo en calma para hacerlo.
Me hubiera encantado escribirles todas las semanas como antes, irles contando qué se sintió dejar de tomar tanta medicina, cuáles fueron los efectos, cómo se sintió volver a dormir sólo 5 horas y descansar y luego que no fueran suficientes 3 horas al día; o cómo se siente vivir todo el maldito día con lentes oscuros porque todo está iluminado con luz blanca y tu cerebro no lo aguanta porque tiene disritmia. Me hubiera encantado… pero sustituí las medicinas con cannabis, y no sólo es ilegal (¡Ya que llegue abril y que la legalicen, por favor!); sustituir las medicinas por cannabis es inmoral (porque somos unos nacos idiotas);  es polémico, es cuestionable, provoca miedo. Y sorry, pero aunque ahora viva pacheca y nadie me crea, neta, yo jamás había visto más Mota que la de mi apellido, en mi INE. No sabía nada. NADA. Pero ya sé… 😬 Y harrrto. Y no sólo por que la uso. Porque he preguntado y me le pego a quienes saben.
Dejé de tomar medicinas y lo primero que pasó fue que no pude dormir. Reportándole todo el tiempo a mi psicóloga, que trabaja en conjunto con el psiquiatra, empecé e recetarme un mezcal por las noches, como hacía mi bisabuela. Pude dormir. Poco, pero pude. No siempre me echaba el mezcal, a veces nomás el cansancio me mandaba a la cama; hubieron días en que trabajé fuera de casa, no solo en la compu, si no en la calle, con gente, rodeada de ruido, con la agorafobia a todo, más de 15 horas seguidas.
Al mismo tiempo en que estos cambios médicos sucedieron, pasaron dos eventos importantes en mi vida, de esos que cambian rutinas, formas de ver esto de sobrevivir: acepté regresar a una oficina y por supuesto los 5 días a la semana y  8 horas al día que le dedicaría a eso se convirtieron en 7 días a la semana y 14 horas al día; y el segundo evento: conocí a un ser extraordinario que no sólo me enseñó a disfrutar y a que me valiera no tener dinero, no llegar a tiempo, bañarme por más de 5 minutos, también me enseñó todo lo que sé en términos prácticos, de marihuana.
Entonces, bajaba de peso sin control, cambiaba de rutina, de gente, y aprendí de bulto, en la práctica, lo que 30 años de terapia no pudo enseñarme. Vaya, la revolución, por pinches fin, me hizo justicia. Es horrible, cansado, doloroso, violento a veces… es como pararse frente a un rinoceronte y querer que te embista. Y es lo mejor que me ha pasado jamás. Por fin me siento viva, por fin conozco esa experiencia de vivir de la que todos hablan, de la que dicen que vale la pena.
No, no me curé. No estoy fuera de ser distímica o estar cuerda. Eso no se quita, eso no tiene por qué quitarse. He llegado a la conclusión de que ¡claro que soy mis diagnósticos! Me definen tanto como ser mujer, como ser morena, como ser bilingüe, como saber escribir y leer, como ser mexicana. No son cosas que te quites o que tengas que quitarte. Son las características con las que nací, con las que crecí, o las aprendí, pero son mías. Y me conforman, y porque lo hacen, me siento orgullosa de ellas, y aprendo todo lo que puedo sobre cómo me hacen parecida a otras personas.
Lo que pasó ahora, con todos estos cambios (porque no sólo es dejar de tomar medicina) es que crecí. Es decir, que veo más de lo que siempre vi; que tengo un paisaje más amplio sobre mi propio padecimiento y cómo lo han vivido personas que sin medicina, la han librado.
¿Qué sigue ahora?
Soy obsesiva. Pero además tengo suerte. Empecé a fumar mota y a tomar gotas de CBD hace 6 meses. Ya se hablaba de legalización en México y en el mundo tenían ya dos años discutiendo el uso medicinal. Decir que tengo  a la mano a una mente brillante que puede entender médicamente que me pasa, es poco. Pero además tengo la suerte de que sea mi sobrino, y que sus amigos son igual de tetos y ñoños y están se emocionan por encontrar nuevas maneras de curar gente. It happens que ahorita es la marihuana, pero eso es circunstancial.
Porque cambié de rutina, porque acepté la chamba en CCNews, conocí a Memo Nieto, presidente de la ANICANN, y ahora no sólo voy a escribir aquí cómo me está yendo con haber cambiado medicamentos psiquiátricos por churros, gotas y wax; ahora soy parte de la Asociación que hará que toooodo el país sepa que la marihuana no sólo son las plantitas que le quitaron a Caro Quintero, que no sólo es esa droga de pacheco perdidos, que no sólo se trata de la fiesta, que se trata de OTRA manera de mejorar la calidad de vida de muchos pacientes psiquiátricos, oncológicos, neurológicos; de otra manera de mejorar la calidad de vida del campo, del sector de la población que tenemos más olvidado. Carajo, se trata hasta de regenerar al planeta, de ponerlo verde y no por pacheco, sino porque podemos sembrar una plantita que se da fácil, que todo mundo quiere y que sirve no sólo para la fiesta.
Así que esperen muchos textos pacheco, muchos textos sobre cómo está viviendo la Mota, en mota, en modo caníbal vegetal. Que sigo distímica, sigo agorafóbica, sigo teniendo Síndrome de Ansiedad, pero ahora lo llevo con otra medicina.
Por favor, si tienen dudas sobre sus medicamentos, sobre su tratamiento, no lo vean como algo definitivo nunca. Sean obedientes con sus médicos, pero cuestionen todo. Péguenseles a todos los que saben algo sobre lo que nos pasa y encuentren su propio camino para estar bien. Y si en algo puedo ayudar, echen un tuit.
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