He estado diagnosticada psicoanalíticamente más de la tercera parte de mi vida, pero no acepté tratamiento psiquiátrico si no hasta hace 16 años. Entonces comencé a tomar Valproato Seemisódico, Fluoxetina y Quetiapina. Hace 3 meses las dejé y estoy bien.

No, no empiecen, no las solté las medicinas nomás por mis pistolas, o porque me hartaron, o porque me hacían sentir mal. Acompáñenme a leer esta complicada historia.

En enero decidí usar el regalo que me hicieron unos amigos e ir al gym. Jamás había ido al gym. No sólo era un reto emocional complicado, era un esfuerzo físico que nunca en mi vida había contemplado hacer. No estuvo fácil, pero tuve ayuda gracias a mi enooorme e incomodísima honestidad. Fui todos los días durante dos semanas, aunque al octavo día, un dolor muy agudo en la base del cráneo, del lado izquierdo, me bajó de la caminadora. Al día siguiente tuve un ataque de taquilalia que sólo pude controlar escuchando durante dos horas el ruido que hace el Aracuán en Los Tres Caballeros.
Dos días después fui al Nacional de Psiquiatría y le comenté a mi psiquiatra en turno lo que pasaba.

Por primera vez en 16 años no me sentí atendida, algo en la relación con este psiquiatra se había trastocado desde la primera consulta y por alguna razón, yo asumo que hubo algo de transferencia (nos la pasábamos hablando de filosofía, comunicación digital, Chomsky, pero de mí, nada). Mi psiquiatra no indicó ninguna medida, ni siquiera recomendó que detuviera el ejercicio, nada. No tocó el tema. Salí del Nacional tristísima, como si una relación de años se hubiera roto. Y así fue.

De camino vuelta a casa le pedí ayuda a mi médico internista, quien después de mucho preguntar, recomendó buscar inmediatamente otro psiquiatra que cumpliera con mis necesidades del momento: cerca como para caminar al consultorio, con especialidad en diagnósticos múltiples, que pudiera hacer un rediagnóstico y que no me costara un riñón. Bendita VRIM, me tardé 20 minutos en encontrarlo.

 

Una semana después del primer ataque de cefalea (así se llama el dolor de cabeza que me dio), estaban quitándome el Prozac (Fluoxetina, 20mg al día). Un mes después, ya no estaba tomándola y comenzamos a eliminar el resto de las medicinas.

No, no ha sido fácil. No es super bonito y no me siento “más yo” por haber dejado las medicinas. Me siento muy diferente, menos protegida de mis ruidos internos y más alerta. No siempre es bueno, a veces me abruma, pero siento que esta década y media de medicamento sirvió como entrenamiento para mis hábitos mentales. Ahora hago “orgánicamente” lo que la medicina hacía por mí. Vaya, me acuerdo de la sensación de pesadumbre que me da el Clonazepam cuando lo tomaba para una crisis de ansiedad. Me acuerdo qué se siente dormir muchísimas horas de manera artificial y despertar descansada de la mente, pero no del cuerpo. Me acuerdo cómo tras muchísimos años de tomar el Epival, no sólo controló los efectos secundarios de la disritmia sino que me enseñó a reaccionar más lentamente ante cualquier estímulo que me sacara de nivel.

 

Antes y después de los medicamentos sigo siendo yo, siguen dándome ataques de ansiedad, tuve hasta uno de pánico. Con o sin ellos, mi trastorno de personalidad limítrofe me hace como se le da su gana si no trabajo en terapia, si no hago mis ejercicios de meditación, si no duermo para descansar todo: cuerpo y mente. Básicamente el TPL hace de mí un trapito, pero las medicinas me dieron condición física y la terapia me dio elasticidad emocional para rendirme ante el trastorno y vivir con él, no contra él.

 

Al mismo tiempo que dejé las medicinas, hemos estado trabajando en un re-diagnóstico. El primero sucedió hace 16 años y entre las múltiples crisis – tanto mentales como económicas, yo no siempre fui una paciente formal que iba a todas sus citas; a eso hay que sumarle que en el Nacional no hubo seguimiento formal de mi caso en los últimos años, tal vez por que yo no asistí a todas las consultas como debía.

Por esas razones y porque no es lo mismo tener 25 que 41, es hora de volver a trazar un mapa de cómo actúa mi mente y por qué. Mi nueva psicoanalista (la que me atendió durante más de una década me dio amorosamente de alta y nos hicimos buenas amigas) está alternando consultas de terapia con consultas de diagnóstico y eventualmente, después de muchos tests, y luego de análisis clínicos, sabremos qué etiquetas colgarles a mi sintomatología emocional. La idea ni me entusiasma ni me acongoja, me parece un trámite más dentro del camino a mantenerme funcional, que no cuerda, que no sana, sólo funcional.

 

Físicamente han habido muchísimos cambios: mi cuerpo se adelgazó abruptamente luego de dos semanas sin medicamentos. Platicando con otros pacientes que tomaban más o menos el mismo combo que yo, coinciden en que algo hace ese coctel que nos hincha. No saben cómo agradezco que me importe un carajo ser gorda o flaca, vaya, que no sea un fantasma más de esos que tengo que cargar en la mente. Sinceramente el cambio es notorio, he bajado más de 10 kilogramos en menos de tres meses. No, no todo es la medicina, sigo yendo al gimnasio (ahora con mucho cuidado de lo que hago y usando monitor cardíaco), estoy comiendo menos para administrar mejor mi energía y se me ocurrió la grandiosa idea de tener tres trabajos: oficina, escuela y freelances. Porque YOLO, por que ruquenial, porque la lana nunca alcanza. Así que no le echemos la culpa de la bajada de peso sólo a las medicinas, que todo suma, todo resta.

Ahora, mentiría si les dijera que ando así libre por la vida, porque no. La realidad es que yo siempre estoy al borde del ataque de ansiedad y pues trabajar en una oficina, ir al gym, dar clases y transportarse de un punto al otro no es fácil para alguien que como yo, se desgasta el ruido, la gente, la convivencia. En lo que decidimos si necesito o no necesito más medicina, me puse a investigar y estoy tomando gotas de CBD, de lo cuál les contaré la semana que viene porque ahorita, ahorita, hay que dar de cenar.

 

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