Es una promesa. Es una epifania. Es un momento de claridad.

Siéntense y les cuento… es largo.

Mi computadora se descompuso, y como no tenía nada qué hacer sin ella, me puse a releer Diario de Una Oveja Financiera de Sonia Sánchez-Escuer, principalmente porque moría de miedo por la cuenta que iba a regresar junto con Lázara, mi computadora.

Sonia tiene esa habilidad envidiable de explicar los retos de las finanzas personales de una manera simple, sin hacerte sentir regañado. Me gusta leer ese libro cuando las cosas con el dinero van mal. He seguido sus consejos hace años, a veces me salgo del redil, pero he tratado de mejorar mi forma de consumir y eso me ha ayudado de muchas maneras, incluso en la vida con depresión.

De repente, una frase en el libro me hizo entender algo que no había tenido valor para hacerlo: yo tengo la misma habilidad que Sonia, pero para hablar de enfermedades mentales. No, no soy psiquiatra. Ella no es financiera. Soy, como ella, una comunicadora, yo de oficio, ella de profesión. Yo tengo la fortuna de saber escribir, de hacerlo con claridad, de no tenerle miedo a mi depresión, somos como roomies.

Como no tenía computadora, no pude abrir Evernote y ponerme a escribir. Corrí al pizarrón del estudio y escribí tan rápido cómo pude las ideas que me venían a la mente: temas qué tratar, medicinas, tratamientos, agorafobia, síndrome de ansiedad mayor, cómo pedir ayuda, cómo no pedir ayuda, cómo salir de la cama y cómo volver a dormir. Se me ocurrieron tantas cosas. No podía con todas.

Por supuesto, lo primero que vino, fue la inseguridad. Así que como buena Xennial (sí, ese término existe y está recién acuñado: una cosa entre Gen X y Milennial) corrí a Twitter y pregunté en un video si a mis contactos les parecía una idea lógica. Tengo mucha suerte, dijeron que sí.

Entendí que había una área de oportunidad importantísima: los libros que hay en el mercado sobre depresión TODOS son para que salgas de ella, bueno, eso pretenden. Todos se llaman: “Cómo curar la depresión”, “Cómo evitar el suicidio”, “Depresión, el enemigo público”; “Vuelve a vivir”. Me han regalado un par porque pues la gente se preocupa por mí… Son libros deprimentes. Con compilaciones de variantes ad náuseum de frases que los depresivos odiamos, como: “Échale ganas. Ánimo. Tú puedes”.

Nadie con depresión necesita eso. Lo primero que buscamos es alguien que nos entienda, que nos haga sentir que no somos anormales.

Hay muchos sitios gringos (mi favorito es The Mighty) con información preciosa sobre testimonios y técnicas y estudios… gringos todos, en inglés todos. Menos del 10% de la población del país habla inglés, pero más de 34 millones de mexicanos padecemos o hemos padecido algún tipo de depresión.

No necesitamos libros inaccesibles, que nos digan qué hacer para ser felices. Y hay mucha gente que necesita leer cómo vivir con depresión, en español.

Yo quiero un libro que sea un testimonio, un espacio donde otros se sientan comprendidos, pero no sólo eso, quiero un libro con mapas de cómo llegar a los hospitales psiquiátricos y qué hacer y cómo entrar y qué decir. Con herramientas visuales para quienes no quieren leer de más. Con índice independiente para quienes necesitan leer sólo un capítulo. Con textos escritos por psiquiatras que me han ayudado, por mi terapeuta, por los nutriólogos que han visto más allá de hacerme bajar de peso. Con las opiniones de la gente que me ha compartido sus momentos de depresión.

En lo que termino el libro, en este sitio encontrarán cómo voy, qué tanto he progresado, opiniones de otras personas con depresión, recomendaciones de libros que según yo, sí sirven; de películas, de música, de cuentas de Instagram, de ilustradores, de recetas de comida, de todo lo que se me ocurre para seguir viva, aunque muchas veces no tenga ganas.