No tengo idea de cuántas veces me he querido suicidar. Lo que sí sé, es cuáles han sido las únicas palabras que me han detenido de hacerlo una vez.

 

Tomen en cuenta que nunca como ahora había sido taaan abierta con mi idea compulsiva sobre el suicidio. Nunca. Nadie me lo creería, pero me tomó mucho tiempo entender que había millones de personas como yo: deprimidas, que andamos por la vida sin entenderla, sin darle el golpe, así que no era algo que hablara con mucha gente.

Eso sí, intenté hablarlo muchas veces y nunca fue… lo que esperaba. Y sí, sí se que los locos estamos enfermos de eso, de las expectativas. Tenemos futuritis aguda. Pero ese es otro tema…

Cada que hablaba con alguien, cada que me sinceraba, se me rompía más el corazón. En vez de que me quitaran las ganas, o me calmaran la desesperación, o que me convencieran de que valía la pena vivir por algo (nomás escribir la frase me produce escorbuto en la elegancia de mi amargura), terminaba convencida de que debía suicidarme. Si no lo hice, es porque me ejercito demasiado.

 

Qué NO decirle a alguien que está en crisis suicida

 

Que vale la pena vivir. PUAJ. A mí me da asco la frase, pero hay gente a la que le provoca náuseas, hastío, frustración. Nos recuerda que para muchos hay razones para vivir, y que nosotros no las hemos encontrado, o que las que tenemos no nos mantienen sin sufrir todo el tiempo.

Que le echemos ganas que nos pongamos las pilas. ¿En dónde? Neta, ¿en dónde echo las ganas? ¿Si fuera tan fácil como quitarme y ponerme pilas, no creen que a estas alturas ya me habría transplantado una maldita pila recargable o solar? Lo que intentan decir es justo una de las razones por las que pensamos en suicidarnos: no sabemos cómo echarle ganas, ponernos las pilas, y nos frustra, y nos hace sentir impotentes ver cómo ustedes sí pueden y nosotros no.

Que pensemos en la gente a la que lastimaremos al hacerlo. Miren, a mí eso me ha detenido, pero porque yo soy una culpígena mayor al grado de querer suicidarme por culpa… hasta que pienso en la persona que saldría lastimada, y entonces vuelve el ciclo y 24 horas después, quiero suicidarme por otra cosa. ¿VEN? Ni a mí me funciona. El suicidio, las ganas de suicidarse no se detienen porque amemos a quienes amamos, o porque no queremos hacerles daño, a veces nos dan precisamente por eso.

Que nunca nos soltarán, y luego soltarnos. No chinguen. Eso no se le hace a nadie, ni a los que sí sienten eso de que vale la pena vivir, pero mucho menos, a quien se quiere suicidar. Tantita madre…  Y es que justo una de las razones o motivaciones detrás de la desesperanza en el suicidio es la soledad dolosa, la que te hace sentir mierda, no como Rihanna sola frente al mundo en el MET Gala y sin acompañante.

Por favor, por más que quieran evitar que alguien se suicide, jamás le prometan que lo cuidarán o que le ayudarán o que lo acompañarán si no pueden hacerlo después y por tiempo indefinido. Sí. Indefinido.

Y cuidarnos no es fácil, y no se nos va a pasar para siempre esta idea de querer morirnos. Y estamos locos, y sí, también somos adorables y seductores y atractivos y mil cosas más pero nadie nos aguanta tanto como para de verdad quedarse para que jamás nos agarre la desesperación y de verdad suicidarnos. E idealmente nadie debería, porque todos tenemos que salir adelante por nuestra cuenta, eso es estar sano… pero aquí estamos locos, y lo sabemos. Así que no prometas lo que no cumplirás.

 

Qué SÍ decirle a alguien que está en crisis suicida

“Aquí estoy”. Y no digas más, siéntate junto, y serena tu mente, y no sientas miedo de lo que hagamos. Si tú estás en calma, nosotros nos calmamos.

Acércate, ofrécenos tu mirada, tu mano pero no nos obligues a tomar lo que ofreces. A veces el simple hecho de saber que alguien está intentando conectarse es suficiente luz en esa oscuridad que nos ciega.

Escúchanos, no nos digas nada, sólo escúchanos. Y mientras hablamos, haz que nos demos cuenta que nos escuchas, no te quedes simplemente en silencio. Míranos, asienta, haznos saber que nos estás poniendo atención y que estás haciendo un esfuerzo por entendernos, no por detenernos si no por entendernos.

 

¿Qué me dijeron a mí?

“No por desesperación, mailob” Y eran mis palabras en la boca de alguien que me quiere. Y nunca nadie había usado mis palabras a mí favor, siempre en mi contra. Y nunca nadie me había dicho en una sola frase, con el tono perfecto, con la mirada perfecta, todo lo que necesitaba escuchar.

“Pero entonces, ¿cómo nos vamos a ir de viaje” Y no eran mis palabras, pero eran mis planes en palabras de alguien que tampoco me juzga por vivir siempre en el borde de las ganas locas de aprender a vivir o las ganas histéricas de morir de felicidad o de dolor, pero que ya todo acabe. Alguien que entiende mi desesperación y no se asusta.

Son las únicas dos veces que una frase me detuvo, me distrajo de la obsesión seductora de mandar todo al carajo.

Todas las demás, me he detenido yo, con esa primera frase, o pensando en que le quedaré mal a alguien con un compromiso. ¿Verdad que no suena lógico? ¿Quién en la desesperación del suicidio deja de hacerlo porque el lunes tiene una junta laboral que, de cancelarse, obliga a que más personas se compliquen laboralmente la vida? Yo. Yo soy esa culpígena que ni por morirse quiere darle lata a nadie. Y eso me detiene. Y me voy a vivir, a sentir todo el tiempo que le doy lata a todo mundo y aguanto y aguanto hasta que se llena la olla otra vez y hay que soltar el vapor acumulado.

A veces se libera fácilmente: ir al cine, un sábado en martes, un abrazo de las hadas mágicas de mi oficina. Incluso una comida que me haga sentir cobijada. A veces una canción. A veces ni todo junto. A veces todo se rompe.

El suicidio no es lógico, nos orilla a un estado mental alterado. Por favor, entra con cuidado si quieres rescatarnos de ese infierno. Entra sabiendo que nos estamos quemando, y no queremos quemarte.

 

 

¿Y si no funciona lo que nos dices para calmarnos? ¿Y si nos suicidamos?

Por favor, ten la certeza, de que no es tu culpa. La locura que nos domina no nos deja oír tu desesperación o tu esfuerzo por ayudarnos. Está siempre consciente de que sabíamos que hacías lo mejor que podías, la cosa es que nosotros no tenemos llenadera, nuestro dolor no la tiene y nos consume, y ni tú ni nadie evitaría algo que sólo nosotros podíamos evitar.

Si nos vamos, por favor recuerda el bien que nos hicimos, y no ese último momento en que nosotros, por las razones que hayan sido, no pudimos seguir aquí.

No es tu culpa. Y gracias por insistir.

 

 

Ahora, tú, suicida de confianza.

Sí, tú, que ya van mil veces que lo intentas

o que estás a dos,

o que lo andas pensando.

PIDE AYUDA

 

Tan claramente como puedas. Inténtalo. Igual y sale mal, pero igual sale bien. Y aquí va mi paracaídas por si te sirve de algo: Nunca en desesperación. Nunca. Decide tú, no dejes que la locura decida por ti.

 

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