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María, ¿cómo vas con el libro? ¿Ya avanzaste? ¿Qué tal van esos capítulos? ? Jijos mano… The pressure. La angustia. No ha estado fácil, porque más allá de querer complacer a los demás que se entusiasman por la idea de un libro sobre depresión (¿qué pedo con esa contradicción semántica?) está la idea, la enorme presión, de complacerme a mí misma.

Una cosa es que una tenga distimia, que es un pain in the ass y una carga pesadísima de vivir. Pero una es hija de workaholics, hermana de workaholics, y en mi familia hay pecados que se pueden perdonar, con todo y que nací en una familia uuuultra católica (algunos muy de domingos y superficiales, otros muy nomás en laculpa histórica y los más, en lo teológico, académico, estudiado pues. Mi familia es nerd del catolicismo y la filosofía).

En mi familia se pueden perdonar los divorcios, las infidelidades, el alcoholismo, la depresión, la pobreza, algunas adicciones, determinados gustos musicales o estéticos, la superficialidad emocional o intelectual SIEMPRE Y CUANDO te estés partiendo la madre por estar bien. Y ahí de ti donde se te ocurra medio tirar la toalla. Primero porque no mames, no la tires, estorba. Segundo porque no mames, cómo se te ocurre tirarla si absolutamente todo mundo la tiene más complicada que tú, para eso te dimos educación, para que supieras que afuera hay un mundo de gente más miserable que tú. Tercero, porque no mames, qué hueva la gente que no hace absolutamente todo, hasta morirse, por salir adelante.

La idea de escribir este libro sucedió una tarde mientras releía a Diario de una Oveja Financiera de Sonia Sanchez Escuer. Como ya es más costumbre que excepción en mi vida, estaba tratando de reinventarme fuentes de empleo, porque eso es algo que los que no estudiamos y tenemos crisis emocionales que nos impiden tener continuidad en cualquier entorno (profesional, escolar, familiar) tenemos que hacer cada tanto. Estaba, como casi siempre, sin chamba y sin poder encontrarla. Así que por supuesto, estaba escribiendo ese libro, el que empecé hace dos años, para intentar trabajar, y a ver si esa inercia me hacía conseguir trabajo. Y así ha sido, me pongo tantito bien, consigo chamba, la consigo mantener un tiempo, vale madre, la pierdo, y otra vez.

Entonces, llevo dos años, tratando como dice el slogan de este sitio, viviendo con depresión aunque quiero morir en el intento. Y pues a veces consigo avanzar el libro, a veces lo acabo de un jalón (pasó que en una semana escribí 7 capítulos y neta, con eso armábamos un libro) pero por supuesto ya leyéndolos no servían para nada y los arrumbé en algún lugar y ahora ya no sé ni dónde están ni cómo empezó ni nada.

A veces consigo escribir algo más formal, a veces le doy forma, a veces hago un mapa más real. A veces pido ayuda y a veces la consigo. A veces se me ocurre que ya está listo para pitcharse a una editorial y luego me acuerdo que eso no haría el libro que quiero…

Verán, hay gente con depresión que no puede salir a la calle, que no puede ni siquiera abrir el celular porque ahí está la fuente de muchos disparadores de nuestra enfermedad. Ahí están las críticas, los estándares imposibles de cumplir, las promesas de la vida feliz que jamás logramos conseguir. No podemos salir a la calle porque cuando lo hacemos nos sentimos observados, juzgados, ridiculizados y eso desgasta. Pero además no podemos salir a la calle porque el dinero, es un poquito más escaso que el de la gente sana, porque nosotros rara vez tenemos trabajos estables o porque el dinero que tenemos ya lo debemos, o porque el que tenemos lo necesitamos invertir en medicinas, terapias, asistencia de gente que nos ayuda a ser un poquito funcionales.

Entonces, no hay chance de que ese libro que yo podría hacer y venderle a una editorial, le llegue por cuenta propia a quienes están como yo. Así que me la he pasado escribiendo un libro que no estoy segura que valga la pena escribir.

Lo que sí vale la pena, es seguir haciéndolo, seguir comunicando las ideas del libro, porque eso ha ayudado. Los posts en Facebook (que tanto odio), los posts aquí que sí disfruto, le han servido a algunas personas. Y eso me sirve porque me hace sentir útil, que es mi hit de dopamina más cabrón en el universo. Y si me sirve a mí y le sirve a alguien más, hay que seguir haciéndolo.

Así que ahora, en lo que consigo ordenar qué carajos hacer, en lo que consigo sobrevivir al day by day, no habrá libro, habrá podcast. Y podrán escucharlo los jueves, en Spotify, en iTunes y en la página de Dixo, que es la plataforma que amabilísimamente, decidió producirlo.

Les aviso para que guarden su lunes AM, para que se pongan un recordatorio, porque neta creo que mi productora Verónica, hizo un trabajo increíble y me ayudó a darle coherencia a las miles de ideas que suceden en mi cabeza. Recordatorio o no, aquí les dejo el link del primer episodio, aquí en Spotify, aquí en iTunes, y aquí en la página de Dixo.

Muchas gracias a todos los que durante dos años han seguido aquí, a los que lo acaban de descubrir y me escriben y lo recomiendan y lo usan. Hay gente que sobrevive a la depresión porque tiene hijos, porque ama a alguien y es correspondido, porque se ven en la sonrisa de otro. Yo sobrevivo a veces por mi nana, a veces por mis gatos, pero muchas porque sé que alguien aquí me lee y que de algo le sirve saber que yo también estoy aguantando.

Ojalá les sirva el podcast. Ojalá nos sirva.

Ser feliz, cansa. Pero sienta bien.

¿Cuánto tiempo tienen sintiéndose mal? ¿Cuánto tiempo han vivido sin poder sacudirse el malestar emocional, la depresión, la frustración, la ansiedad? Yo tengo toda mi vida así, y aunque han habido periodos en que experimento una cierta paz, nunca en mi vida había sido feliz. Sí, lo dije en pasado. Y ahora soy feliz, tengo exactamente desde el 23 de abril de 2018 siendo feliz. Y no saben lo cansado que es.

 

¿Han oído cómo se quejan los papás porque dicen que nadie los prepara para serlo? ¿O se acuerdan de eso que decía el idiota de Salinas de Gortari, de que nos preparáramos para la administrar la abundancia? Bueno, pos así me siento. Ando como loquita para todos lados, trabajando como si tuviera 20, construyendo nuevos lazos emocionales en la chamba, en la escuela, entendiendo que sí tengo amigos y que está cool y que me los merezco. Eso, para mi cerebro distímico, incapaz de creer que la vida tiene propósito alguno, es como para alguien con 20 kilos de sobrepeso hacer unas 50 abdominales.

Yo supongo que así es como se iniciaron los primeros experimentos de la terapia Gestalt. ?Me acuerdo cuando mi madre andaba estudiando Gestalt un día me entintó los pies y me puso a caminar en un rollo de papel larguísimo. «Estoy analizando tus pisadas para entender cómo te sientes». Créanme, jamás volví a caminar con confianza frente a ella… pero aprendí mucho sobre Gestalt y sus principios y ahora entiendo cómo, modificando hábitos no sólo emocionales como lo propone la corriente alemana de terapia, sino hábitos alimenticios, de rutina, sociales y de convivencia. Ojo, no quiero decir que corran a cambiar toda su vida, sino que de verdad cada cambio, por pequeño que hagan, siempre y cuando sea constante, traerá otros cambios y muchas veces, aunque saquen por completo de lugar, son para bien.

Mi rutina pasó de despertar cuando el cuerpo y la mente me lo permitían, tratar de armar algun texto para este sitio, atender a los gatos, trabajar en mis clases para Mutant y volver a dormir. Ahora despierto a las 6AM, limpio la casa, preparo café y desayuno, me arreglo. Sí, leyeron bien, me quito la pijama y me visto con ropa de calle y me maquillo, y salgo a la calle oyendo música y normalmente voy de buenas. Hasta yo me tengo que pellizcar de vez en cuando.

Luego de esa mañana que ya de leerla me cansa, paso 8 horas en una redacción de noticias, trabajando los canales de social media, conviviendo, aprendiendo, dejándome llevar. Sí, leyeron bien: dejándome llevar.

Hay días en que saliendo voy al gym, otros a terapia, otros derecho a la escuela y otros a dar clase privada. En no sé qué tiempos que me invento consigo ir al super, traer la cena, hablar con mi familia por Whatsapp. Y entre más cosas hago, entre más pendientes saco más satisfecha me siento.

No, no me curé de distimia, sigo pensando que esto de vivir es un chiste muy mal contado, que incluso ahora que ya puedo disfrutar algunas emociones que me eran desconocidas, es una ojetada de quien haya planeado esta «experiencia» que uno tenga que pasarla mal junto con pasarla bien. Qué pésimo diseño de producto: tú jamás comprarías un refresco que dijera: te va a saber a gloria al mismo tiempo en que te tomas una taza entera de azúcar que tapará tus arterias, alentará tu metabolismo y te hará sentir necesidad compulsiva de otro refresco. ¿Verdad que no?

Pero la realidad es que la vida es así: engorda, tapa las arterias, cansa. Y si empiezas a entender que hay emociones que sí están a tu alcance, como ser feliz, como disfrutar lo que antes odiabas, te cansas. Lo disfrutas, pero te cansas, porque no estamos… al menos yo no estoy acostumbrada al consumo de energía que implica sentirte bien.

Cuando he estado deprimida, en crisis pues, más allá de mi distimia, más allá de mis muchos issues emocionales, cuando he estado por semanas o meses sin poder hacer contacto con nadie, metida en la cama, perdida en mi pantano de miedos, me canso igual, pero más denso. Si pudiera medirlo sería como si el cansancio de la depresión fuera constante y delgado pero sucio, como una mancha de aceite en un vidrio. El cansancio de la felicidad, del entusiasmo es como una mancha de agua, se va rápido, pero con la lluvia vienen un montón y no paras.

Me asusta, y mucho. No sé cómo no tener miedo de perder todo esto nuevo que me hace sentir bien, y a veces me da tanto miedo que entorpezco las pláticas, me tenso, me entra el pánico y me echo a perder el momento. Pero como siempre, algo hice bien en medio de todo, y a pesar de que la gente que me quiere se desespera (y es perfectamente natural que lo haga), siempre consiguen ayudarme a regresar a mi centro.

 

Yo no tengo manera de saber a qué le tienen miedo ustedes, o qué situaciones les han provocado gusto, felicidad. No sé si le tienen miedo, supongo que sí. No estamos acostumbrados a esto. Pero ya me está pasando, llevo varios meses así, y sin miedo a equivocarme les digo: vale la pena. Justo la pena. O la gloria. Lo que sea que venga. Pero jamás dejen de intentar algo por miedo.

Nosotros, los que somos una pelotita de gente igual que se une en este espacio tenemos muchas características en común. Nos sentimos incomprendidos, la mitad del tiempo que pasamos despiertos pensamos constantemente en qué sentido tiene estar vivos, cuando encontramos algo que nos hace sentir bien tenemos dos reacciones: nos asusta a morir o nos atragantamos hasta acabárnoslo. Morimos todos los días un poco, pero nunca es suficiente.

Una de las características más dolorosas que he encontrado entre nosotros los locos es que sobre-pensamos en los demás. Siempre estamos pensando en el otro, pero no en qué pensarán de nosotros, o por qué no nos entienden, si esa idea cruza nuestro ciclo de ideas, fácilmente se va: tenemos demasiada locura qué procesar como para detenernos en el juicio del otro. Nos detenemos en el dolor que nos causa, en el vacío que tiene el otro y que nos jala a su propio infierno; porque sabemos que quien no nos entiende, que quien nos señala, que quien nos juzga es porque no sabe ver hacia dentro de sí mismo. Por eso, entre locos, y hasta entre locos y civiles, siempre andamos ofreciendo ayuda, hasta cuando no tenemos para darla.

El dolor del otro nos paraliza, nos absorbe, nos consume. Tal vez por eso cuando ofrecemos ayuda parecemos desesperados. No es que queramos que a huevo la tomen, queremos que estén bien, porque su dolor nos duele, nos trastoca.

 

Hace poco me preguntaron por qué vivo con tantos animales. La verdad no soy una de esas personas que ve a sus gatos y les habla en diminutivos y les corta jamón en cuadritos. Tampoco creo que hablemos el mismo idioma o que me entiendan en un nivel equitativo. Vivo con tanto animal porque no tenían dónde quedarse. Los animales que viven conmigo nadie los quiso, nadie los aguantó. Tengo un par que llegaron por mi gusto, es verdad, pero todos estuvieron en una situación donde nadie los quería.

Pero ayudar a un animal es muy fácil. Sólo necesitas dinero, tiempo, esfuerzo. Lo más difícil que se tiene que hacer al ayudar ellos lo solucionan. Jamás te ponen resistencia. Un animal herido podrá tirar la mordida, los arañazos, pero está asustado. Hay un punto en todos los gatos y perros que he rescatado en situación física pinche, donde dejan de moverse del miedo que tienen. Eventualmente sucede. Y ya que los curas, puede que sientan miedo y no se pongan cariñosos contigo, pero reciben la comida y el techo que les das.

Los humanos no somos tan fáciles.

En mi desesperación por ayudar he terminado estorbando el 90% de las veces. Ese es mi bateo histórico. La riego de una manera desproporcionada, tanto como mi intención por ayudar. No he terminado por aprender a hacerlo, y sigo sintiendo este impulso desesperado. A veces siento que si no ofrezco ayuda me voy a romper por dentro, una grieta grande grande tronará y la caja torácica no podrá contenerme más. Y el problema no es que explote, es que salpico, y alguien saldrá herido, y entonces… tendré que desesperarme otra vez por ayudar por el problema que causé. Es un ciclo sin fin.

 

En esos viajes circulares he aprendido muy poquito, pero no porque sea poco voy a dejar de compartirlo.

 

  1. «Que tú no hayas recibido atención de niña, que no hayas tenido una mamá que te cuidara no quiere decir que los demás estén igual que tú. Es más, los demás, la mayor parte sí tuvieron, y no andan buscando como tú una mamá. Así que deja de ofrecerlo». Sabias, crueles pero sabias, palabras de mi ex. En algún momento lo desesperé en mi desespero, en algún momento mi necesidad compulsiva porque todos estén bien y la intranquilidad que me provoca no lograrlo lo rebasó y me puso ese alto. No estuvo bonito. Lloré como si me hubiera dado un golpe directo al pecho. Les juro que se sintió físicamente como un golpe al centro de mi pecho. Y dolió porque tiene razón. Que yo haya pasado por lo que pasé, que eso me haya provocado esta ansiedad porque todos tengan lo que yo no tuve, no significa de ninguna manera que los demás lo necesiten, lo quieran o incluso se sientan cómodos de recibirlo.
  2. La otra persona puede estar muriéndose, pero si no pide ayuda, es porque no está lista para recibirla. Y si no está lista para recibirla, tú nomás vas a lastimar si la ofreces. Te vas a lastimar a ti porque interpretarás un sanísimo «no» como un rechazo. La persona en dolor o en necesidad se sentirá incómoda porque no te estaba pidiendo nada y ahí vas a ofrecerlo. Si no piden nada, no lo ofrezcas. La compañía en silencio ya es bastante ayuda.
  3. Cuando alguien no acepte tu ayuda, por favor, por favor, por favorsísimo trata de recordar que no te rechaza a ti, rechaza lo que ofreces porque no lo necesita. Y que no lo necesite es bueno, porque quiere decir que ya tiene claro que al menos eso que das NO lo necesita. Hay un mar de soluciones y caminos allá afuera de sus problemas y por lo menos tú ya le diste la tranquilidad de que eso, no lo necesita. Se siente jodido, pero es un gol. Es un win. Es un logro.
  4. Ayudar es un gusto. Ayudar es un placer que llena ese hueco infinito que tenemos dentro. Así que recuerda que el primer beneficiario eres tú. Esperar algo a cambio es inútil, es estéril, hecha a perder el mero acto de ayudar, el placer de darse al otro.

 

Una vez que uno acepta salir del clóset del ayudador compulsivo la situación mejora. No es fácil, pero mejora. Seguiremos siguiendo unos freaks, unos weirdos y seguiremos preguntándonos what the hell are we doing here (cause) we don’t belong here, pero mejora.  Procúrate siempre un gusto, date siempre algo a cambio de ese dolor interminable que a veces es vivir y ayudar sin entender por qué. Los chocolates sirven. Las siestas también.

 

Y acuérdate: siempre pregunta antes de ayudar.

La última vez que estuve en cama meses no fue principalmente por la depresión si no por las múltiples enfermedades. Quién sabe qué habrá sido primero si la depresión o las enfermedades, pero lo que realmente me mandó a la cama fue que me atropellaran.

Yo le llamo a esa época El Año del Terror. Fíjense nomás:

  1. Ya diagnosticada, con 8 años y medio de diagnóstico y tratamiento, en un matrimonio estable (con sus problemas, pero estable), con trabajo y sin deudas, me da el telele emocional. De la nada entro en depresión y al mes me acuerdo de un trauma violento que me manda a la lona. Los psiquiatras que me atendían en el Nacional decidieron mandarme más medicina, lo que me puso en zombie. Estuve así un mes, sin dejar de ir a trabajar, pero comenzando a romperme en todo.
  2. Al mes de estar así, el marido dice: «Se me acabó la gasolina, no sé si te amo, ya me voy».
  3. Al mes se van con él dos de mis perras. Ese día entra una gata a mi casa y sus 5 crías.
  4. Al mes se muere una.
  5. Al mes me atropellan.
  6. Al mes me quedo sin trabajo.
  7. Al mes me da bronquitis.
  8. Al mes neumonía.
  9. Al mes recibo la última comunicación de mi ex en un tono que en 10 años me había hablado. Lloro durante una semana sin parar. Como si en ese momento hubiera entendido que tronamos.
  10. Pasarían 4 meses más hasta conseguir trabajo.

 

¿Y cómo sobreviviste María? ¿Cómo le hacías para comer? 

Tengo mucha suerte. MUCHA. A mí me ha ido de la fregada, pero siempre he tenido piso dónde caer. Literalmente, siempre he tenido dónde vivir, y eso es más de lo que el 75% de la población puede decir. Yo jamás he sentido duda de tener casa, JAMÁS. Tengo el 60% del problema resuelto. Cuando uno tiene casa, comer es lo de menos. Sobre todo si además de tener mi privilegio tienes el amor incondicional de alguien. Yo tuve una mamá… digamos, complicada, pero la vida me compensó con mi nana. Ella, aunque yo no tuviera dinero, aunque tiene que viajar 2 horas para llegar todos los días a mi casa, aunque siempre ha tenido menos que yo, iba una vez por semana (los demás días obvio los ocupó para conseguir más casas que limpiar), y me daba de comer, me cuidaba, se aseguraba de que me bañara y me echaba la bendición.

Si tienes casa puedes dormir, y si duermes tu cuerpo se va acostumbrando a todo. Ofrezco disculpas de una vez porque mi visión de este problema es ultra privilegiado, lo que yo les aconseje está mermado por esta riqueza en la que jamás me ha hecho falta un techo. Aún así puedo contarles qué han hecho a quienes conozco que no tienen eso: pedir ayuda.

No es fácil, nadie nos enseña a hacerlo, nadie nos aclara que se tiene metodología para hacerlo (NETA, no hablo desde los vicios que me ha dado trabajar en Publicidad, hasta para pedir ayuda hay que cumplir con un check list).

 

¿Cómo pido ayuda?

¿Has oído eso de que el primer paso es aceptar que eres adicto? ¿O que tienes un problema? Pos por ahí se empieza. Cuando estaba tirada en la cama sin comida, angustiada porque mi nana me daba lo que no tenía, porque mis 8 gatos y mis dos perras no tenían qué comer pensaba: «qué bonito sería no existir, que nada existiera, que todo se evaporara y ser una con el polvo del Cosmos». Ya les he contado que para mí el suicidio no es una salida desesperada, es una puerta seductorsísima, donde todo se soluciona. Así que consciente de ello, tenía que recordar que por mucha tranquilidad que esa imagen me daba, era absolutamente imposible e irreal. Así que a pedir ayuda. Primero, contactar a la gente con la que había trabajado, contarles que andaba sin trabajo y que necesitaba encontrar algo cerca porque no podía caminar mucho y estaba enferma. Que quería trabajar de CM y que no podía con algo más pesado que eso.

Es decir: pedí específicamente algo, y además fui específica dentro de la petición. No dije: «No tengo dinero, estoy enferma, no mames no encuentro la salida». Eso no es pedir ayuda, eso es quejarse, y uno tiene derecho a hacerlo, pero no es pedir ayuda.

Cuando uno se queja sobre lo que nos pasa pero no tiene la humildad de aclarar: «necesito tu ayuda» se está pidiendo de más, estás metiendo al otro en el problema de creer que estás tan mal que tiene que resolverte, que no puedes con eso. Y a lo mejor es verdad, la cosa es que absolutamente nadie tiene por qué resolverte. NADIE. ¿Qué fuerte, verdad? Pasa que por más que el otro esté bien y tenga lo que tú necesites, si te lo da así nomás sin que lo pidas y te hagas responsable de pedirlo y recibirlo, te echa a perder y además, le quitas la certeza de haberte ayudado.

Cuando pidas ayuda, sé lo más claro posible, no sólo en lo que vas a pedir, en qué carajos necesitas. ¿Necesitas casa hoy? ¿Necesitas casa por tiempo indefinido? Pídelo con todas sus letras. ¿Necesitas dinero? Pídelo y aclara para qué y cuándo lo devuelves, si puedes devolverlo, si no podrás. No tengas miedo a no tener nada, tampoco a que te digan: no puedo ayudarte. Ten miedo a no saber qué necesitas, a no poder ver con claridad el desmadre en el que te encuentras, y por lo tanto a no saber por dónde empezar a levantarlo.

 

Cómo sacarle provecho a la ayuda recibida

Una cosa rebonita de pedir con claridad es que recibes lo que necesitas y como ya lo sabías, entonces ya sabes qué hacer con ella. Y se resuelve un problema, y te tomas 5 minutos para disfrutarlo y de ahí sacas fuerza y entonces tienes para resolver lo siguiente. Cuando por fin tuve trabajo, no tenía para comer. Pero no importaba, el trabajo me quedaba caminando, la nana me hacía un bote de arroz con algo y eso comía antes de la oficina y después. Y en la oficina nunca dije mentiras: siempre aclaré que estaba saliendo de una crisis bien pinche y que por favor me dijeran si la estaba cagando, que haría mi mejor esfuerzo para no tomarlo personal y darle.

Y así fue. Obvio, no di el ancho, obvio la cagué, obvio casi me corren, si no pasó es porque antes me ofrecieron un trabajo mejor. Vaya, honren lo que les dan. A mí me dieron trabajo y di todo lo que pude para conseguir sacarlo. La regué, pero la corregí. Y aunque la chamba no era la ideal, la trabajé como si fuera la panacea. Ahí conocí a Annie (y miren todos los años después lo bueno que fue conocerla); ahí conocí a una jefa que me enseñó que el trabajo se toma con seriedad, sin emociones, y se ejecuta, y que ese trato seco no significa que yo esté mal, significa que al trabajo se le quita la emoción para que salga rápido. Ahí me aprendí el alfabeto aeronáutico. Estoy muy orgullosa de eso. También trabajé mi primera cuenta internacional y hacerlo me hizo recuperar el ritmo como para que otro amigo me ofreciera un trabajo mejor pagado.

En cuanto pude recuperarme la nana no sólo recibió un aumento merecidísimo, si no que le compré todo lo que pude y se me dio mi gana. También la saqué de trabajar de sus otros clientes que no la tratan como familia. A quienes me ayudaron invitándome a comer, les invité comida. A quienes me prestaron, les pagué. A quienes me abrazaron, abracé. Y así me llené el vasito de la autoestima y el amor. Y estuve lista para la siguiente caída o cuando alguien más cerca de mí, se cayó.

 

Cuando estés en crisis, cuando estés en el piso, date todo el chance del mundo de llorar, de mentar madres. Incluso puedes pedir ayuda a alguien para que te oiga y no te diga nada, sólo te oiga (Recuérdalo: pide con claridad. Oye, me siento de la chingada, ¿puedes oír todo lo que traigo y no decirme nada?). Mi amiga Nisa y yo tenemos ese acuerdo: «Mana, necesito rant, ¿me lees?» Y ah jijos, no saben cómo sirve.

 

Ya que consigas sacarlo todo organizar tu desmadre, empieza por saber en qué escala de la pobreza estás. Neta, sin pena, aclara dónde estás según la ONU. Procúrate techo, comida, baño. Si tienes esos tres, entonces tienes un momento de disfrutar el alimento, la limpieza, el descanso. Y agarra fuerzas de ahí para revisar qué sigue: ¿Trabajo? ¿Puedes con eso? ¿Qué clase de trabajo puedes hacer? Haz una lista de los trabajos que sí puedes realizar y pide ayuda, búscalos. Y así, como gorda en tobogán: te avientas por el primero y lo disfrutas. Sales de ahí. Vuelves a subir las escaleras. Te vuelves a aventar. Sales de ahí. Vuelves a subir las escaleras. Te vuelves a aventar… Eventualmente podrás decir: ya no más toboganes, ahora vamos a la alberca, a disfrutar.

Si me dieran un peso por cada vez que alguien me ha dicho cosas como:

 

¿No será que dices que estás enferma porque te compraste la idea que alguien te dijo?

¿Y si en realidad lo que pasa es que te sientes cómoda diciendo que tienes todo eso que dices para no enfrentar que eres super fuerte y que puedes con eso y más?

La neta, no sé por qué dices que estás enferma, a veces hasta me asusta que lo digas tan fácilmente… es que no se te nota. Vaya, yo conozco gente que sí está enferma y pues tú no estás así.

 

Este… miren… básicamente no necesito el permiso de nadie para decir qué soy, cómo soy, cómo me siento, qué tengo, cómo lo tengo, por qué lo sé. No tengo por qué justificarme con nadie sobre mis diagnósticos y cómo los encontré o porque me siento cómoda nombrándolos. Peeero… En vista de que ya me puse muy públicamente a escribir y hablar de esto, lo haré, porque ya entendí que no soy la única a la que ponen en duda y este espacio se trata de crear herramientas para que todos nos sintamos menos solos.

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Una de mis hermanas me dijo recientemente: «lo que más jode es que no te crean, que te digan que exageras para llamar la atención».

Nunca me voy a cansar de describirme con la misma tranquilidad y desaprensión con que diría la receta de las lentejas al Tequila: Soy María, soy mexicana, tengo 40 años. Soy morena, caderona, ojo de capulín. Soy talla 13, peso 85 kg, calzo del 6.5, no lleno un brassiere y tengo distimia, soy medio intolerante a la lactosa, ya me cae pesada la barbacoa y también soy border, me dan ataques de ansiedad y de pánico porque tengo agorafobia y ansiedad social. Ah, también tengo disritmia paroxística en el lóbulo parietal frontal izquierdo, soy Crazy Cat Lady y fan de Star Wars por culpa de Joseph Campbell. Creo que Carl Sagan decía puras cosas ciertas. Mi color favorito es el verdemoradonaranja y no me gustan las fiestas.

 

¿Saben qué son todas esas palabras? CARACTERÍSTICAS. Identificadores con los que los seres humanos hemos encontrado que nos comunicamos mejor. Si yo les digo verde, ustedes imaginan verde, pero si nos ponemos a compararlo, cada quién tiene un verde diferente en mente. Pero igual le decimos verde para no perdernos entre tantos detalles de percepción; ahora, si es necesario entrar en detalles, pos es porque te dedicas a los colores.

Cuando digo que tengo distimia, no me saqué de un diccionario de enfermedades la palabra (aunque muchos hacen eso con diccionarios de medicina alternativa y a ellos sí no les cuestionan sus enfermedades, porque son avant garde, porque están siendo holísticos…). Cuando digo que varios psiquiatras que han estudiado bastantes años para poder atenderme a mí y a otros y quien me escucha decirlo decide que son médicos pagados de sí mismos, ególatras que no tienen autoridad alguna para decirme nada, les recuerdo que están discutiendo con alguien que no tiene terminada la preparatoria, y que mi vocabulario es más extenso, mi capacidad de comprensión es mayor, y mi tolerancia, evidentemente, infinita.

 

Cuando alguien viene y me dice que prefirió no hacerle caso al psiquiatra, que las medicinas le hacían sentir peor, y que encontró en la ayahuasca y la meditación la forma de sentirse mejor, no tengo nada que decir más que: felicidades. Porque normalmente los que padecemos algo, lo que sea, compartimos lo que hemos pasado sin ánimo de estar convenciendo a nadie de que nuestro método es el bueno.

No hay método bueno. No hay receta inefable. No la hay porque cada persona es distinta, cada padecimiento tiene sus propias características y circunstancias. Y por eso cuando yo digo depre, ustedes imaginan una cosa que bien puede ser medio gris, medio triste, medio oscura, pero cada quien sabe qué tanto.

So, paren de mamar: si les digo que eso soy, es porque eso soy, porque me conozco, porque llevo años entendiéndome, haciendo la chamba, escuchando a muchos, leyendo más. Y por favor, si no tienen nada constructivo qué decir, recuerden que lo mejor que pueden hacer por un depresivo, o por cualquier persona con un dolor cualquiera, es ESCUCHAR.

La palabrita me trae recuerdos infantiles. Todos asociados a mariposas, El Quijote, el Claustro de Sor Juana, los gatos… Crisis era la palabra clave del trabajo de vida de mi madre, culpable/responsable del propedéutico de Filosofía que se llevaba a cabo en aquella Universidad a mediados de los 80.

Me aprendí de memoria ese curso que se titulaba «Cauce de Integración Humana», cuya creadora no fue mi madre si no Tita Romero, su mentora. Una mujer a la que recuerdo muy poco.

Crisis… mi madre se había convertido de ama de casa a trabajadora 24 x 7. Daba clases, tomaba clases, cosía de día y de noche para poder pagar el vicio de aprender.

Crisis. Mis padres divorciados, mis hermanos huyendo de la casa familiar como si la peste hubiera caído.

Crisis. Enfermedades y accidentes múltiples antes de cumplir 5 años. La caída de la Bolsa en el 84, país en crisis. Mi papá me enseñaba lo que significaba vivir en un país tercermundista mientras desayunábamos en el Club de Banqueros donde la única niña era yo.

Crisis. El temblor del 85. Olor a muerte y meses sin escuela, sin rutina. La locura de ser un niño al que no se puede acomodar en ningún sitio para que los adultos sigan siendo adultos.

Crisis.

¿Cuándo un chilango, un mexicano, un tercermundista no ha vivido en crisis?

En el último mes me ha tocado sobrevivir a una nueva crisis que no es propia pero me afecta en las meras bases de mi vida. -¿Cómo le haces para no estar metida en la cama llorando todo el día?, me han preguntado. Es fácil: tengo cuatro perros. La última vez que decidí perderme en la crisis, tenía solo uno, así que no fue tan difícil dejar de ganar dinero. Hoy, dejar de ganarlo costaría que cuatro vidas dejaran de comer.

Las crisis para los distímicos como yo son fáciles de llevar porque nos hemos curtido muchas veces con crisis previas. Las sufrimos igual, nos duelen igual, nos desgarran por dentro y nos obligan a reconstruirnos todos los días hasta que en algún momento de la noche sólo quedan jirones de lo que fuimos y debemos dormir para levantarnos.

Me gusta pensar que en las crisis soy como los super héroes en las películas, como Hulk que con su enorme masa corporal y supuesta incapacidad de precisión se permite ser vulnerable y escucha una órden. Como Constantine a la mitad del infierno tratando de buscar un alma en condena sólo para poder salvar otra o la propia.

En las crisis, no tengas miedo de pedir ayuda. No tengas miedo de comer chocolate. Ni de llorar. No más levántate al siguiente día y ve por las croquetas hasta que encuentres otra razón para seguir.

Y si puedes, escribe. Que a nadie le viene mal leer cómo pasas tú las crisis.

Hace tres años y medio que tomo varios chochos. El primero fue Epival (Valproato Semisódico, 500 mg).  No saben el miedo que me dio tomarme esa primera pastilla.

Me acordé de cuando en la casa donde vivía con mi madre y algunas de mis hermanas, arriba del microscópico refrigerador, había un plato con diferentes medicinas, Tafil, Tegretol… Un día mi mamá me dio una que porque me hacía falta. Yo sólo había visto a mi hermana la mayor tomar medicinas y no me gustaba el resultado. Hice como que me la tragué y la escupí en cuanto pude.

Epival. Rosita. Huele a dulces confitados. Me lo mandaron porque tras un electroencefalograma descubrieron que tengo disritmia permanente en el lóbulo parietal frontal izquierdo. Vaya, un cuarto de mi cerebro saca chispas.

Me lo tomé. Me fui al sillón de la tele. Durante muchos años mientras veía la tele le preguntaba a quien me estuviera acompañando: ¿Oyes eso? ¿Ese piiiiiiiiiip bajito como zumbido? Nadie lo oía más que yo.

Pasaron un par de horas y de repente dejé de oir… o tal vez comencé a oir todo con claridad. El ruido detrás de mis pensamientos se había ido, ese ruido gris como zumbido.

A las pocas semanas dejé de tener pesadillas, y poco poco dejé de ver cosas que nadie más veía (hablo de luces y sombras, no de un sargento del FBI que me obliga a encontrar códigos en los periódicos locales).

Desde mi última recaída he tenido que tomar más chochos y en dosis más altas. La semana pasada en jueves podrían haberme declarado zombie. Traía encima 1 mg de Rivotril, 50 de Seroquel, 750 de Epival y los 40 de Prozac la neta no daban competencia.

Era un bulto. «Lupita, ¿tengo las piernas hinchadas verdad?» Creo que pregunté eso unas cinco veces. Mi jefe me mandó a la casa. Yo había previsto dos días de vacaciones después de la visita el lunes al psiquiatra pensando en que me cambiarían los medicamentos y habría un ajuste y no quería que en la oficina me padecieran. Sin embargo dos días fueron muy pocos. El jueves no podía ni caminar, mi querida LaPla me llevó a casa en su coche… Paréntesis importante.

Viajar en coche es una de las cosas que emocionalmente más me cura. Cuando no estaba diagnosticada y simplemente me soltaba llorando o me sentía a punto de morir, le pedía a mi marido que saliéramos a manejar. Teníamos una GEO Tracker amarilla a la que llamábamos El Pollo. Y con la camioneta descapotada nos íbamos a darle vueltas a Interlomas, a Santa Fe… yo lloraba o cantaba pero mientras me iba paseando me iba componiendo. Menos mal que mi marido prueba coches for a living…

Ese jueves llegué a casa me metí a la cama y me perdí. Al día siguiente Lupita y mi marido me vieron en calidad de zombie y para el sábado ya estaba un poco más recuperada.

Hoy lunes estoy no zombie. El Prozac está haciendo su efecto y poquito a poco, me están quitando el Rivotril.

Muchas cosas están cambiando en mi vida, muchas muchas muchas, pero las medicinas y mi familia son constantes. De hecho mi vida por fin tiene constancia por culpa de las medicinas y de mi familia. Huevo y gallina que se persiguen eternamente.

Lo único que lamento de estar drogada es que los demás tienen que soportarme, y eso consume un chorro de energía y hace que la vida de los demás se vuelva la vida de uno. Uno es el protagonista de la vida de los demás simplemente porque no da espacio a nada.

Dios es Woody Allen, se los juro. En este guión hace todo irónico e irrecompensable nomás por hacernos sufrir… para poder tocar jazz.

Tengo la enorme ventaja de conocer, convivir y confiar en muchas personas que padecen depresión. No importa qué etiqueta les cuelgue, padecemos depresión y nos contamos nuestras cosas y nos mandamos mensajes cuando queremos que el techo se nos caiga encima o cuando amanecimos más de buenas que canción bailable de Juan Gabriel.

Esos dos estados de la depresión son francamente inconscientes, no nos permiten tener control sobre lo que sentimos ni nos dejan saber qué queremos. Cuando estamos abajo, no hay manera de saber por qué o cómo salir del maldito tren de auto-destrucción. En mi caso me entra la paranoia con el fin del mundo, me hundo en mis defectos y ahora que este año cumpliré 36 y me doy cuenta que laboralmente tengo 22, me clavo en la textura de: Mierda, ¿qué has estado haciendo con tu vida?

Al día siguiente, o tal vez unas horas después, reacciono de manera opuesta y dijo: «Pos sobreviviendo babosa, como que qué has estado haciendo? ¿Qué no te das cuenta lo difícil que ha sido vivir? Ándale, vamos a trabajar y acaba ese Excell y programa tal y cual y corrige esto y escribe en el blog. ¡Ah¡ Pero vamos por una paleta de chocolate con chocolate que tenga relleno de chocolate y chispas de chocolate y dos cafés y… ¡Sí! hay que regar las plantas, y también apuntar en la agenda las cosas que tienes que hacer el fin de semana….

Y como diría Pink Floyd construyendo el soundtrack de mi vida: Hey… Is there anybody out there? Eh… no.

Yo no estoy en ninguno de esos dos momentos. Ayer tuve oportunidad de estar, dentro de mí, afuera de mí y conectarme con todo lo que sentía en todo momento. A lo mejor para los que estaban a mi alrededor no parecía eso, porque básicamente estuve llorando como Ana Martin en telenovela, y cuando no, estaba totalmente hundida en mis ideas sin poder escuchar a los demás. Pero, estaba ahí. En mí, tomando decisiones sobre mis emociones.

Desahogarse es un proceso que ahora que los recuerdos de mi infancia volvieron de golpe, se ha vuelto básico; sin embargo, es importante que sepa escoger cómo, cuándo y sobre todo con quién. Mis recuerdos pueden lastimar a los demás, y herirlos tanto como me hirieron a mí. Pero mis recuerdos también pueden ayudar a otros. No hay manera de saberlo… yo trato de escuchar, de leer los rostros de la gente cuando me ve llorando e intentar ver qué tanto quieren, pueden y deben saber.

Hoy me duele todo. Cada músculo en mis brazos me pesa como si hubiera hecho levantamiento olímpico, la espalda está hecha un desastre, los muslos, las pantorrillas todo me duele y no hay Rocainol que me lo quite ni Aspirina que haga efecto. Porque lo que me duele es, como decía Carl Sagan, la memoria celular.

La liberación de los recuerdos es un ejercicio maratónico. Y acá entre nos, eso de irme en bici a la oficina lo hago por que no soporto el camión, ni el tráfico.

Obvio, insomnio. Obvio, dormir de más. En general un montón de desórdenes del sueño que no sólo alteran la percepción de cómo vemos lo que ya de por sí para nosotros está deformado.

El sábado me desperté muy temprano, me dormí tarde; el domingo más temprano aún. El lunes me costó mucho trabajo levantarme y me dormí a mi hora pero desperté a las 4:30 am del martes. Y sigo despierta. Y mi cuerpo está agotado, pero no tengo sueño. Tengo una especie de… sopor físico y mental que me obliga a no concentrarme en nada y preocuparme por todo.

A medio día tuve fiebre, mareo, sensación de vómito. Si hubiera estornudado… pero no. El hambre me va y me viene. Y más que hambre, la sensación de comer por compulsión algo. Un sandwich de queso, un yogur. A media tarde quise pan casi como si se me fuera la vida en ello. Bendito sea Dog Cheesus, Pam tenía una barra de frutas en su cajón.

La sintomatología de gripa o embarazo se me quitó luego de compartir por… séptima vez el recuerdo del trauma desde el miércoles pasado cuando lo recordé. Pude volver a caminar sin sentir que me caía y la cabeza me dejó de pesar.

He escrito cuatro veces ya el archivo que debo entregar ayer al cliente, no me gusta, no le entiendo, siento que dice nada. Me revuelve. Tengo miedo de no dormir y tengo miedo de meterme en la cama y no poder despertar para llegar a la oficina. Si tan sólo fuera viernes…

Ayer ritualicé mi desbloqueó del trauma que aparentemente generó gran parte de mis rasgos de personalidad, o locura clínica, o desórdenes emocionales o como sea que le quieran decir. Me tatúe por primera vez un diseño sólo para mí, que no rinde tributo a nadie, que no le promete nada a nadie. Me cuida y me vigila y nos cuidamos. Es un «Milefante».

Lo tengo en la muñeca derecha y me ve directo cuando llevo la mano a la frente para descansar las ideas, cuando se te está cayendo el mundo. Ese elefante soy yo de niña. Es un elefante con cuernos aunque es bebé. Es un elefante porque tiene la piel dura, porque no es agresivo pero es poderoso. Porque necesita hacer el trabajo de un adulto para poder existir en un mundo rodeado de otros animales que no parecen elefantes.

En las orejas del elefante hay plumas. Es lo único que tiene de delicado. Lo único que se puede romper o deshacer. Es un elefante que ahora, después de haber recordado, se sabe vulnerable y lo acepta y lo muestra al mundo; aclara que, aunque sea un animal poderoso necesita ser tratado con cuidado.

Después de 32 años me acuerdo, ahora el reto es acostumbrarse a vivir sin la duda.

 

Encontré una nota que habla de personas que físicamente son hermosas y padecían depresión y se suicidaron. Y me acordé de todas las veces que he tratado de explicar la depresión, la cantidad de respuestas que he dado cuando alguien me dice: es que es cosa nomás de echarle ganas, el pasado ya pasó, no te claves en lo que no puedes resolver, y varias frases que acumulan etcéteras miles.

Como creo que jamás, jamás se entenderá con claridad qué es la depresión, y los medios nunca ayudarán a que así sea, aquí voy de nuevo, en un intento más contestándole a esta escueta publicación.

 

Lina Marulanda

El pasado 22 de abril, la modelo y conductora colombiana, Lina Marulanda, de 29 años, murió al caer de su apartamento ubicado en el sexto piso de la Calle 86 con Carrera 16, en el barrio Antiguo Country, de Bogotá, Colombia.

Una amiga cercana a Marulanda afirmó que la conductora se encontraba triste por el trámite de divorcio con Carlos Oñate y atravesaba por un mal momento, otras personas cercanas a Lina dijeron que estaba tomando antidepresivos.

 

Es verdad que hay antidepresivos, que al ser administrados sin tomar en cuenta la posibilidad de bipolaridad o esquizofrenia, resulten en una propensión al suicidio. Es verdad también que las viejas nos sentimos muy perdidas cuando nos divorciamos. Y el conjunto puede ser fatal, pero no es tan simplista.
Uno no se deprime sólo por una razón. Mucha gente, como decía mi mamá, nacimos deprimidas.

 

Kurt Cobain

Hiperactivo y heredero de los genes depresivos por parte de su familia paterna, Kurt Cabain padecía bronquitis crónica y escariosis (una desviación de la espina dorsal, que se le acentúo con los años debido al peso de la guitarra).

El famoso vocalista de Nirvana comenzó a ingerir drogas, en especial heroína, a principios de los 90s para aminorar molestias de salud.

El 4 de marzo de 1994, Cobain ingresó al hospital en estado de coma después de un fallido intento de suicidio al tomar un cóctel de medicamentos. Finalmente, el 5 de abril de 1994, de acuerdo al reporte policial, Cobain de 27 años de edad, puso una escopeta en su boca y jaló el gatillo. Cerca de él se encontró una nota suicida

 

¿Se acuerdan del Unplugged de MTV? Quien no se diera cuenta en ese preciso momento que Cobain estaba a dos de jalar el gatillo era ciego, sordo e imbécil. Cobain, como dice la nota, heredó los genes depresivos (aunque no se ha comprobado científicamente que las enfermedades psiquiátricas sean heredables, no se puede negar que hay conexión. Mi conclusión es que si vives con un loco, te vuelves loco).
Los suicidios violentos implican una serie de sintomatologías muy distintas. Aquellos suicidas que buscan lastimarse lo menos posible en el intento, quieren decirle menos cosas a sus supervivientes. Lastimar tu cuerpo es un mensaje muy claro de ira y represión contra quienes te sobreviven.

 

Virginia Woolf

Tras escribir dos cartas, una para su hermana Vanessa Bell y otra para su marido Leonard Woolf, la escritora Virginia Woolf de 59 años de edad decidió suicidarse; así, se ahogó en el río Ouse,cerca de su casa de Sussex el 28 de marzo de 1941.

Antes lo había intentado, días antes regresó a casa con la ropa empapada, fue un intento fallido. La segunda ocasión pensó que era conveniente meter piedras pesadas en las bolsas de su abrigo.

Se dice que tal vez el motivo de su depresión y el origen de su suicidio pudiera ser el abuso sexual por parte de sus hermanos.

El simplismo de esta conclusión me abruma. Si te violaron, eres depresivo. Si te violó un sacerdito serás pedófilo. Si creciste con un político ¿serás mentiroso? El abuso sexual es una marca indeleble que toma millones de síntomas al crecer la víctima. Que en la televisión sean más explotadas aquellas que generen mejores guiones, es un tema muy aparte que tiene que ver con vender jabón, y pasta de dientes, y ropa.
¿Por qué estoy deprimida?
En mi caso, la depresión es un estado, no un momento, no una época. Es una traza de mi carácter que me impide darme cuenta quién soy. Es un disfraz que le pongo a Doña M para protegerla de lo que la asusta. Y cada que consigo quitármelo, hay resultados diferentes: a veces le concedo razón a Misses Joy en protegerme, a veces quisiera matarla. ¿Eso es suicidio?
¿Cuántos de los que se suicidaron querían matar sólo esa parte de ellos?