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María, ¿cómo vas con el libro? ¿Ya avanzaste? ¿Qué tal van esos capítulos? ? Jijos mano… The pressure. La angustia. No ha estado fácil, porque más allá de querer complacer a los demás que se entusiasman por la idea de un libro sobre depresión (¿qué pedo con esa contradicción semántica?) está la idea, la enorme presión, de complacerme a mí misma.

Una cosa es que una tenga distimia, que es un pain in the ass y una carga pesadísima de vivir. Pero una es hija de workaholics, hermana de workaholics, y en mi familia hay pecados que se pueden perdonar, con todo y que nací en una familia uuuultra católica (algunos muy de domingos y superficiales, otros muy nomás en laculpa histórica y los más, en lo teológico, académico, estudiado pues. Mi familia es nerd del catolicismo y la filosofía).

En mi familia se pueden perdonar los divorcios, las infidelidades, el alcoholismo, la depresión, la pobreza, algunas adicciones, determinados gustos musicales o estéticos, la superficialidad emocional o intelectual SIEMPRE Y CUANDO te estés partiendo la madre por estar bien. Y ahí de ti donde se te ocurra medio tirar la toalla. Primero porque no mames, no la tires, estorba. Segundo porque no mames, cómo se te ocurre tirarla si absolutamente todo mundo la tiene más complicada que tú, para eso te dimos educación, para que supieras que afuera hay un mundo de gente más miserable que tú. Tercero, porque no mames, qué hueva la gente que no hace absolutamente todo, hasta morirse, por salir adelante.

La idea de escribir este libro sucedió una tarde mientras releía a Diario de una Oveja Financiera de Sonia Sanchez Escuer. Como ya es más costumbre que excepción en mi vida, estaba tratando de reinventarme fuentes de empleo, porque eso es algo que los que no estudiamos y tenemos crisis emocionales que nos impiden tener continuidad en cualquier entorno (profesional, escolar, familiar) tenemos que hacer cada tanto. Estaba, como casi siempre, sin chamba y sin poder encontrarla. Así que por supuesto, estaba escribiendo ese libro, el que empecé hace dos años, para intentar trabajar, y a ver si esa inercia me hacía conseguir trabajo. Y así ha sido, me pongo tantito bien, consigo chamba, la consigo mantener un tiempo, vale madre, la pierdo, y otra vez.

Entonces, llevo dos años, tratando como dice el slogan de este sitio, viviendo con depresión aunque quiero morir en el intento. Y pues a veces consigo avanzar el libro, a veces lo acabo de un jalón (pasó que en una semana escribí 7 capítulos y neta, con eso armábamos un libro) pero por supuesto ya leyéndolos no servían para nada y los arrumbé en algún lugar y ahora ya no sé ni dónde están ni cómo empezó ni nada.

A veces consigo escribir algo más formal, a veces le doy forma, a veces hago un mapa más real. A veces pido ayuda y a veces la consigo. A veces se me ocurre que ya está listo para pitcharse a una editorial y luego me acuerdo que eso no haría el libro que quiero…

Verán, hay gente con depresión que no puede salir a la calle, que no puede ni siquiera abrir el celular porque ahí está la fuente de muchos disparadores de nuestra enfermedad. Ahí están las críticas, los estándares imposibles de cumplir, las promesas de la vida feliz que jamás logramos conseguir. No podemos salir a la calle porque cuando lo hacemos nos sentimos observados, juzgados, ridiculizados y eso desgasta. Pero además no podemos salir a la calle porque el dinero, es un poquito más escaso que el de la gente sana, porque nosotros rara vez tenemos trabajos estables o porque el dinero que tenemos ya lo debemos, o porque el que tenemos lo necesitamos invertir en medicinas, terapias, asistencia de gente que nos ayuda a ser un poquito funcionales.

Entonces, no hay chance de que ese libro que yo podría hacer y venderle a una editorial, le llegue por cuenta propia a quienes están como yo. Así que me la he pasado escribiendo un libro que no estoy segura que valga la pena escribir.

Lo que sí vale la pena, es seguir haciéndolo, seguir comunicando las ideas del libro, porque eso ha ayudado. Los posts en Facebook (que tanto odio), los posts aquí que sí disfruto, le han servido a algunas personas. Y eso me sirve porque me hace sentir útil, que es mi hit de dopamina más cabrón en el universo. Y si me sirve a mí y le sirve a alguien más, hay que seguir haciéndolo.

Así que ahora, en lo que consigo ordenar qué carajos hacer, en lo que consigo sobrevivir al day by day, no habrá libro, habrá podcast. Y podrán escucharlo los jueves, en Spotify, en iTunes y en la página de Dixo, que es la plataforma que amabilísimamente, decidió producirlo.

Les aviso para que guarden su lunes AM, para que se pongan un recordatorio, porque neta creo que mi productora Verónica, hizo un trabajo increíble y me ayudó a darle coherencia a las miles de ideas que suceden en mi cabeza. Recordatorio o no, aquí les dejo el link del primer episodio, aquí en Spotify, aquí en iTunes, y aquí en la página de Dixo.

Muchas gracias a todos los que durante dos años han seguido aquí, a los que lo acaban de descubrir y me escriben y lo recomiendan y lo usan. Hay gente que sobrevive a la depresión porque tiene hijos, porque ama a alguien y es correspondido, porque se ven en la sonrisa de otro. Yo sobrevivo a veces por mi nana, a veces por mis gatos, pero muchas porque sé que alguien aquí me lee y que de algo le sirve saber que yo también estoy aguantando.

Ojalá les sirva el podcast. Ojalá nos sirva.

Después de 16 años en medicinas psiquiátricas, un día me vi sin pastillero, sin alarmas, forjando un churro y confiando en que todo estuviera bien.

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Una pastillita verde, explosiva, incomprendida, que tuvo malas películas… y que me ha salvado cada vez que quiero suicidarme. Stan Lee me regaló Hulk.

 

Tengo 10 minutos de descanso. Ahora vivo contando minutos. Soy la Social Media Lead de Cultura Colectiva Noticias, fuente inagotable de uno de las mejores herramientas para aprender a vivir con Síndrome de Ansiedad Mayor: no tienes tiempo de hacerle caso al demonio interno cuando cada 5 minutos el mundo tiene algo qué contar y tú eres responsable de uno de los engranes que hace que un par de millones de personas se enteren.

 

Reaccionando a una de esas historias, me enteré que murió Stan Lee. Inmediatamente dejé mis pendientes en hold, y me puse a hacer mi chamba. Para hacerlo subí y bajé unas 8 veces las escaleras de donde hace meses me caí y casi me mato, por accidente, no porque quisiera. Tres horas después me cayó el 20.

 

 

Fue lo más que pude hacer para mí, para darme mi chance de llorarlo. Y para ustedes, porque este sitio existe para que yo comparta cómo chingados le he hecho para sobrevivir…me. Porque el mal está en uno, como en cualquier super héroe. Por eso tenemos kriptonita (ya sé que no es Marvel, pero Superman también vive en mí… y Batman). Por eso tenemos a Wonder Woman que nos ha reinventado el feminismo. Por eso tenemos a Hulk… que me ha salvado tantas veces.

 

Tan pronto lo publiqué ustedes, que son la mar de generosidad, empezaron a comentar. Y me están compartiendo sus versiones de Hulk, y ese es el milagro del regalo de Stan Lee: nos sintetizó códigos complejísimos, para que todos encontremos en su personajes, alguien que nos de el poder de una imagen, que jamás será tan fuerte como el de las palabras.

 

No tengo chance de escribir más, pero no podía dejar de hacerlo. Desde mi Hulk, sepan que admiro, amo, y quiero al suyo, a su Spiderman, a su IronMan, a su Batman (si como yo viven divididos en el amor por DC y MArvel), a su Luke Skywalker, a su Darth Vader… a su Han Solo (personaje que siempre me recordará mi más reciente intento suicida). Les abrazo a todos. Desde mi Hulk, les abrazo a todos.

Sucede que sí… pero no. Vaya, no es tan fácil. ¿Y qué podría serlo hablando de suicidio? Leer más

No tengo idea de cuántas veces me he querido suicidar. Lo que sí sé, es cuáles han sido las únicas palabras que me han detenido de hacerlo una vez.

 

Tomen en cuenta que nunca como ahora había sido taaan abierta con mi idea compulsiva sobre el suicidio. Nunca. Nadie me lo creería, pero me tomó mucho tiempo entender que había millones de personas como yo: deprimidas, que andamos por la vida sin entenderla, sin darle el golpe, así que no era algo que hablara con mucha gente.

Eso sí, intenté hablarlo muchas veces y nunca fue… lo que esperaba. Y sí, sí se que los locos estamos enfermos de eso, de las expectativas. Tenemos futuritis aguda. Pero ese es otro tema…

Cada que hablaba con alguien, cada que me sinceraba, se me rompía más el corazón. En vez de que me quitaran las ganas, o me calmaran la desesperación, o que me convencieran de que valía la pena vivir por algo (nomás escribir la frase me produce escorbuto en la elegancia de mi amargura), terminaba convencida de que debía suicidarme. Si no lo hice, es porque me ejercito demasiado.

 

Qué NO decirle a alguien que está en crisis suicida

 

Que vale la pena vivir. PUAJ. A mí me da asco la frase, pero hay gente a la que le provoca náuseas, hastío, frustración. Nos recuerda que para muchos hay razones para vivir, y que nosotros no las hemos encontrado, o que las que tenemos no nos mantienen sin sufrir todo el tiempo.

Que le echemos ganas que nos pongamos las pilas. ¿En dónde? Neta, ¿en dónde echo las ganas? ¿Si fuera tan fácil como quitarme y ponerme pilas, no creen que a estas alturas ya me habría transplantado una maldita pila recargable o solar? Lo que intentan decir es justo una de las razones por las que pensamos en suicidarnos: no sabemos cómo echarle ganas, ponernos las pilas, y nos frustra, y nos hace sentir impotentes ver cómo ustedes sí pueden y nosotros no.

Que pensemos en la gente a la que lastimaremos al hacerlo. Miren, a mí eso me ha detenido, pero porque yo soy una culpígena mayor al grado de querer suicidarme por culpa… hasta que pienso en la persona que saldría lastimada, y entonces vuelve el ciclo y 24 horas después, quiero suicidarme por otra cosa. ¿VEN? Ni a mí me funciona. El suicidio, las ganas de suicidarse no se detienen porque amemos a quienes amamos, o porque no queremos hacerles daño, a veces nos dan precisamente por eso.

Que nunca nos soltarán, y luego soltarnos. No chinguen. Eso no se le hace a nadie, ni a los que sí sienten eso de que vale la pena vivir, pero mucho menos, a quien se quiere suicidar. Tantita madre…  Y es que justo una de las razones o motivaciones detrás de la desesperanza en el suicidio es la soledad dolosa, la que te hace sentir mierda, no como Rihanna sola frente al mundo en el MET Gala y sin acompañante.

Por favor, por más que quieran evitar que alguien se suicide, jamás le prometan que lo cuidarán o que le ayudarán o que lo acompañarán si no pueden hacerlo después y por tiempo indefinido. Sí. Indefinido.

Y cuidarnos no es fácil, y no se nos va a pasar para siempre esta idea de querer morirnos. Y estamos locos, y sí, también somos adorables y seductores y atractivos y mil cosas más pero nadie nos aguanta tanto como para de verdad quedarse para que jamás nos agarre la desesperación y de verdad suicidarnos. E idealmente nadie debería, porque todos tenemos que salir adelante por nuestra cuenta, eso es estar sano… pero aquí estamos locos, y lo sabemos. Así que no prometas lo que no cumplirás.

 

Qué SÍ decirle a alguien que está en crisis suicida

«Aquí estoy». Y no digas más, siéntate junto, y serena tu mente, y no sientas miedo de lo que hagamos. Si tú estás en calma, nosotros nos calmamos.

Acércate, ofrécenos tu mirada, tu mano pero no nos obligues a tomar lo que ofreces. A veces el simple hecho de saber que alguien está intentando conectarse es suficiente luz en esa oscuridad que nos ciega.

Escúchanos, no nos digas nada, sólo escúchanos. Y mientras hablamos, haz que nos demos cuenta que nos escuchas, no te quedes simplemente en silencio. Míranos, asienta, haznos saber que nos estás poniendo atención y que estás haciendo un esfuerzo por entendernos, no por detenernos si no por entendernos.

 

¿Qué me dijeron a mí?

«No por desesperación, mailob» Y eran mis palabras en la boca de alguien que me quiere. Y nunca nadie había usado mis palabras a mí favor, siempre en mi contra. Y nunca nadie me había dicho en una sola frase, con el tono perfecto, con la mirada perfecta, todo lo que necesitaba escuchar.

«Pero entonces, ¿cómo nos vamos a ir de viaje» Y no eran mis palabras, pero eran mis planes en palabras de alguien que tampoco me juzga por vivir siempre en el borde de las ganas locas de aprender a vivir o las ganas histéricas de morir de felicidad o de dolor, pero que ya todo acabe. Alguien que entiende mi desesperación y no se asusta.

Son las únicas dos veces que una frase me detuvo, me distrajo de la obsesión seductora de mandar todo al carajo.

Todas las demás, me he detenido yo, con esa primera frase, o pensando en que le quedaré mal a alguien con un compromiso. ¿Verdad que no suena lógico? ¿Quién en la desesperación del suicidio deja de hacerlo porque el lunes tiene una junta laboral que, de cancelarse, obliga a que más personas se compliquen laboralmente la vida? Yo. Yo soy esa culpígena que ni por morirse quiere darle lata a nadie. Y eso me detiene. Y me voy a vivir, a sentir todo el tiempo que le doy lata a todo mundo y aguanto y aguanto hasta que se llena la olla otra vez y hay que soltar el vapor acumulado.

A veces se libera fácilmente: ir al cine, un sábado en martes, un abrazo de las hadas mágicas de mi oficina. Incluso una comida que me haga sentir cobijada. A veces una canción. A veces ni todo junto. A veces todo se rompe.

El suicidio no es lógico, nos orilla a un estado mental alterado. Por favor, entra con cuidado si quieres rescatarnos de ese infierno. Entra sabiendo que nos estamos quemando, y no queremos quemarte.

 

 

¿Y si no funciona lo que nos dices para calmarnos? ¿Y si nos suicidamos?

Por favor, ten la certeza, de que no es tu culpa. La locura que nos domina no nos deja oír tu desesperación o tu esfuerzo por ayudarnos. Está siempre consciente de que sabíamos que hacías lo mejor que podías, la cosa es que nosotros no tenemos llenadera, nuestro dolor no la tiene y nos consume, y ni tú ni nadie evitaría algo que sólo nosotros podíamos evitar.

Si nos vamos, por favor recuerda el bien que nos hicimos, y no ese último momento en que nosotros, por las razones que hayan sido, no pudimos seguir aquí.

No es tu culpa. Y gracias por insistir.

 

 

Ahora, tú, suicida de confianza.

Sí, tú, que ya van mil veces que lo intentas

o que estás a dos,

o que lo andas pensando.

PIDE AYUDA

 

Tan claramente como puedas. Inténtalo. Igual y sale mal, pero igual sale bien. Y aquí va mi paracaídas por si te sirve de algo: Nunca en desesperación. Nunca. Decide tú, no dejes que la locura decida por ti.

 

Se puede curar la depresión

Llevo desde que me acuerdo deprimida. No, no exagero. Y a ratos siento que es una mentira que me dijeron los médicos, pero luego me acuerdo, y se me pasa mientras me hundo en la cama por días.

La verdad es que no se cura. No en mi experiencia, pero tampoco se cura la caries, ni la urzuela, ni la gastritis crónica, ni la hernia hiatal. Vaya, hay un montón de enfermedades que no se curan, aprendemos a vivir con ellas… y sí, se puede vivir bien con depresión.

 

Vivir con depresión

La mayor parte del tiempo es cansado. Si no la padeces, te cuento qué se siente: despiertas porque abres los ojos y la decepción de seguir vivo te domina. Sí, es decepcionante. A todos nos encantaría que en la noche la pesadumbre de cargar con uno mismo, no, no exagero. Neta es super normal despertarme y en vez de estirarme como hacen ustedes, me encojo y me hundo más en las cobijas. Quisiera quedarme ahí por siempre, o hasta que el resto de ustedes crean que es una buena hora para irse a dormir.

La depresión en sí, solita con sus efectos, nos hunde en la cama, o en la regadera… Me acuerdo que hubo una época en que después de bañarme por 5 minutos, -porque me da culpa hacerlo por más tiempo porque hay gente en Iztapalapa sin agua- me quedaba sentada en el piso, con el agua escurriendo, contando las piezas de cerámica del piso para intentar llenar la cabeza de algo que no fuera el ruido gris y los pensamientos destructivos. «Uno, dos, tres, dibujo, cuatro, cinco, seis, borde».

Encima de lo que nos hace la depresión tenemos que lidiar con la presión social porque, como la depresión no se ve, no se nos nota como la gripa o el dolor de estómago o una pierna fracturada, tenemos que explicarle a la gente que nos sentimos mal aunque nos veamos bien y que no, no se trata de echarle ganas, o de ponerle ánimo, o de creer que las cosas estarán mejor. ¡Justo estamos enfermos de no poder creer esas ideas!

Así empiezan los días malos. Y si esos son los primeros minutos del día, ¿imagínense cómo la pasamos si logramos salir de la cama y arrastrarnos al trabajo (si es que la chingadera de enfermedad nos permite hacerlo)?

Tener depresión es como estar pegajoso en la vida, como si intentar avanzar por los minutos del reloj fuera imposible porque a cada paso tienes que destrabar el pie, y luego el otro, y el otro… Es un ejercicio interminable para repetir una acción tan simple para muchos, como dejar que pase el tiempo. Para nosotros el tiempo no pasa, nos atraviesa, nos usa, nos extiende la tortura, y cada minuto sintiéndonos miserables se expande.

 

¿Cómo es un día bueno?

Claro que en más de 4 décadas han habido días en que me despierto y me estiro como gatito que sabe que al final de sus 79 posiciones de yoga relajante, caminará elegantemente a su plato, lleno de croquetas y esa idea le llena el corazón de felicidad. Sí, sí he tenido días de esos. Y sí, me gustan y me alientan y me llenan el corazón de una sensación cálida y relajante que se recorre por mi pecho hasta la cabeza y luego se va.

Me pasa. Y no muy seguido. Y no, no puedo repetir la fórmula, no puedo pensar en eso y hacer que vuelva a pasar. Mi mente es más lista que eso y no se engaña con lo que sea.

En un día bueno puedo hacerlo casi todo: no se me olvida comer, ni lavarme los dientes ni bañarme. También puedo hacer plática casi intrascendente (es decir, relajarme y convivir ?) y así paso un poco por normal. Y lo hago porque conseguirlo me da satisfacción, me recuerda que hay días en que la depresión no interfiere con mi esfuerzo contra ella y consigo salir adelante.

 

¿Y por qué no te esfuerzas todos los días y luchas contra la depresión?

Yo no sé mucho de americano. De futbol americano. Lo poco que sé me lo enseñaron mis dos maridos, ambos jugaron y pues tocaba aprender. Para ambos el futbol les había dado la disciplina que tanta falta les hizo en la adolescencia. Les ayudó a entender su fuerza física y enfocar la mental. Sirvió para entender sus emociones y usarlas en lo práctico.

En ese sentido, me paso toda la vida jugando futbol americano: disciplinadamente me recuerdo que si la idea de suicidarme viene, tengo que decirle: «Ahorita no joven, estoy trabajando». Si insiste: «Pérame, te veo a las 5, ahorita estoy ocupada». Si empiezo a alucinar con imaginar la escena, si pienso en cómo hacerlo, entonces tengo que dejarla que lo haga y no poner resistencia, poner música, cantar, intentar bailar donde sea que esté.

A veces la locura cree que por hacerlo le estoy diciendo que sí, y sí, pero como la negra del son: le digo que sí, pero nunca cuando. Ese es el siguiente paso. Cuando ya estoy muy convencida de suicidarme, entonces le pongo fecha, y siempre postfecho ese cheque. Le doy años de distancia para entretenerla.

En mi cabeza eso hace un entrenador de futbol, piensa estrategias para que cada jugador de su equipo haga algo en contra del enemigo. Pero cuando me dicen: «Échale ganas, ánimo, verás que mañana será otro día», es como si me mandaran a taclear al equipo contrario armada del jugador más enclenque del mundo, sin casco, sin hombreras y cada minuto.

Mi depresión es, como el equipo de defensa de los Steelers a finales de los 90. Y mi mente es como un montón de gatitos drogados que sólo quieren amor, y croquetas, y arenero limpio y… ¡ay mira, ahí hay alguien a quien le podemos hacer cariños! Y ya, valí madre, me distraje y mi gatito interior ya dejó que los jugadores de la NFL de mi depresión lo aplastaran.

 

¿Y la solución?

No sé cuál será la tuya, pero te platico la mía y espero que te sirva.

 

  1. No importa lo difícil que sea, SALTE DE LA CAMA. Te juro que sirve que te arrastres a la ventana y veas el sol, estires la espalda y hagas que tus ojos enfoquen más lejos que la tele, ayuda. Aunque no lo sientas, salte de la cama, y respira.
  2. COME. Ya sé, es una pus. A mí me dan náuseas todo el tiempo y por todo. Y siempre he creído que tiene que ver con la depre, con las emociones, con algún trauma. OJO: amo comer. Los placeres más grandes de mi vida empiezan con C. Y comer es uno de ellos, pero me gustan las comidas planeadas, las que calculas todo el tiempo qué combinarás, cómo maridarás. Evidentemente lo que me gusta es el control del placer, construirlo, pero comer en sí, alimentarme, llenarme el tanque de gasolina nutritiva no se me da. Y pues hay que hacerlo. Ponte alarmas, no dejes un día sólo comiendo helado y galletas y refresco y cigarro.
  3. Olvídate del azúcar. Neta, olvídate del azúcar procesada. Eso de desayunar café (con una de azúcar aunque sea sustituto) y un pan dulce de bolsita es como alimentar tu cuerpo de aire explosivo. El ázucar nos da un subidón, y luego nos baja y nos da ansiedad por comer. Entre más veces comes, más chamba tiene tu organismo y pues el pobre ya está lidiando con la confusión que le provoca la depre (mareos, cansancio crónico, insomnio, falta de apetito, dolor de cabeza, dolor en el pecho, dolor de espalda). Si le das la tarea de metabolizar un montón de bombas de azúcar (refresco, galletitas, chocolates de tienda, caramelos) no le estás dando chance de aprovechar comidas que lo nutran y que poquito a poco construyan algo mejor que un boost de energía. Deja el azúcar ya.
  4. Las redes sociales son para convivir, no para vaciar tus miedos y angustias y compartirlos irresponsablemente con todos tus conocidos. Para eso está el consultorio de tu terapeuta. Recuerda que todo lo que pones en tu Facebook lo ve alguien, y sí, a lo mejor consigues la reacción que querías pero no te atreviste a provocar en vivo, pero también habrá consecuencias para ti, y no te van a gustar. Sé el community manager de tus ideas, y no andes publicando todo a lo menso. 
  5. VE A TERAPIA. ¿Que cuesta mucho? Bueno, pues pide ayuda. Todos esos amigos que te dicen que le eches ganas, pos que le echen ganas ellos y te ayuden. No les pidas lana para tu consulta a cualquiera, eso sólo está para la familia y normalmente lo hacen porque a ellos también les afecta tu depre y les beneficiará que vayas.  Pero no sientas miedo por pedir ayuda.
    ¿Te da miedo ir? Pues sí, a todos, sobre todo porque igual y nos dicen que sí podemos solos y qué horror, si de ahí venimos de estar solos, lo que menos queremos es seguir solos contra esto. Pero si sigues yendo te darás cuenta que la terapia hará que le pierdas miedo a eso de poder con la depre all by yourself.
Ser feliz, cansa. Pero sienta bien.

¿Cuánto tiempo tienen sintiéndose mal? ¿Cuánto tiempo han vivido sin poder sacudirse el malestar emocional, la depresión, la frustración, la ansiedad? Yo tengo toda mi vida así, y aunque han habido periodos en que experimento una cierta paz, nunca en mi vida había sido feliz. Sí, lo dije en pasado. Y ahora soy feliz, tengo exactamente desde el 23 de abril de 2018 siendo feliz. Y no saben lo cansado que es.

 

¿Han oído cómo se quejan los papás porque dicen que nadie los prepara para serlo? ¿O se acuerdan de eso que decía el idiota de Salinas de Gortari, de que nos preparáramos para la administrar la abundancia? Bueno, pos así me siento. Ando como loquita para todos lados, trabajando como si tuviera 20, construyendo nuevos lazos emocionales en la chamba, en la escuela, entendiendo que sí tengo amigos y que está cool y que me los merezco. Eso, para mi cerebro distímico, incapaz de creer que la vida tiene propósito alguno, es como para alguien con 20 kilos de sobrepeso hacer unas 50 abdominales.

Yo supongo que así es como se iniciaron los primeros experimentos de la terapia Gestalt. ?Me acuerdo cuando mi madre andaba estudiando Gestalt un día me entintó los pies y me puso a caminar en un rollo de papel larguísimo. «Estoy analizando tus pisadas para entender cómo te sientes». Créanme, jamás volví a caminar con confianza frente a ella… pero aprendí mucho sobre Gestalt y sus principios y ahora entiendo cómo, modificando hábitos no sólo emocionales como lo propone la corriente alemana de terapia, sino hábitos alimenticios, de rutina, sociales y de convivencia. Ojo, no quiero decir que corran a cambiar toda su vida, sino que de verdad cada cambio, por pequeño que hagan, siempre y cuando sea constante, traerá otros cambios y muchas veces, aunque saquen por completo de lugar, son para bien.

Mi rutina pasó de despertar cuando el cuerpo y la mente me lo permitían, tratar de armar algun texto para este sitio, atender a los gatos, trabajar en mis clases para Mutant y volver a dormir. Ahora despierto a las 6AM, limpio la casa, preparo café y desayuno, me arreglo. Sí, leyeron bien, me quito la pijama y me visto con ropa de calle y me maquillo, y salgo a la calle oyendo música y normalmente voy de buenas. Hasta yo me tengo que pellizcar de vez en cuando.

Luego de esa mañana que ya de leerla me cansa, paso 8 horas en una redacción de noticias, trabajando los canales de social media, conviviendo, aprendiendo, dejándome llevar. Sí, leyeron bien: dejándome llevar.

Hay días en que saliendo voy al gym, otros a terapia, otros derecho a la escuela y otros a dar clase privada. En no sé qué tiempos que me invento consigo ir al super, traer la cena, hablar con mi familia por Whatsapp. Y entre más cosas hago, entre más pendientes saco más satisfecha me siento.

No, no me curé de distimia, sigo pensando que esto de vivir es un chiste muy mal contado, que incluso ahora que ya puedo disfrutar algunas emociones que me eran desconocidas, es una ojetada de quien haya planeado esta «experiencia» que uno tenga que pasarla mal junto con pasarla bien. Qué pésimo diseño de producto: tú jamás comprarías un refresco que dijera: te va a saber a gloria al mismo tiempo en que te tomas una taza entera de azúcar que tapará tus arterias, alentará tu metabolismo y te hará sentir necesidad compulsiva de otro refresco. ¿Verdad que no?

Pero la realidad es que la vida es así: engorda, tapa las arterias, cansa. Y si empiezas a entender que hay emociones que sí están a tu alcance, como ser feliz, como disfrutar lo que antes odiabas, te cansas. Lo disfrutas, pero te cansas, porque no estamos… al menos yo no estoy acostumbrada al consumo de energía que implica sentirte bien.

Cuando he estado deprimida, en crisis pues, más allá de mi distimia, más allá de mis muchos issues emocionales, cuando he estado por semanas o meses sin poder hacer contacto con nadie, metida en la cama, perdida en mi pantano de miedos, me canso igual, pero más denso. Si pudiera medirlo sería como si el cansancio de la depresión fuera constante y delgado pero sucio, como una mancha de aceite en un vidrio. El cansancio de la felicidad, del entusiasmo es como una mancha de agua, se va rápido, pero con la lluvia vienen un montón y no paras.

Me asusta, y mucho. No sé cómo no tener miedo de perder todo esto nuevo que me hace sentir bien, y a veces me da tanto miedo que entorpezco las pláticas, me tenso, me entra el pánico y me echo a perder el momento. Pero como siempre, algo hice bien en medio de todo, y a pesar de que la gente que me quiere se desespera (y es perfectamente natural que lo haga), siempre consiguen ayudarme a regresar a mi centro.

 

Yo no tengo manera de saber a qué le tienen miedo ustedes, o qué situaciones les han provocado gusto, felicidad. No sé si le tienen miedo, supongo que sí. No estamos acostumbrados a esto. Pero ya me está pasando, llevo varios meses así, y sin miedo a equivocarme les digo: vale la pena. Justo la pena. O la gloria. Lo que sea que venga. Pero jamás dejen de intentar algo por miedo.

Por la misma razón por la que pudo gozar, por la que nos enseñó a todos que nuestro cuerpo no es un templo si no un parque de diversiones. Anthony Bourdain, como el ser extraordinario que es (porque deja un legado que lo mantendrá vivo por siempre), sentía todo lo que vivía, y por eso también decidió morir.

No, no lo sé de cierto, pero supongo que alguien que sabía gozar con esa capacidad de intimidad, sólo podía vivir siempre de esa manera. Jamás podré compararme con la sofisticación y cultura, capacidad de vivir sin miedo y entrega que tenía Bourdain, pero me identifico mucho. Vivir duele, vivir sabe, vivir calienta y enfría y cansa. Y te tumba al piso y quieres vivir ahí siempre o morir en un segundo sólo para revivir y luego no sentir nada. Cada texto suyo, cada entrevista, cada risa, cada expresión de extrañamiento, cada vez que cerraba los ojos y probaba algo lo hacía con tal compromiso que era imposible que el resto de su vida fuera menos intensa.

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A todos nos pega. Vemos una foto, un objeto y nos transporta a un momento importante en nuestro pasado. A la mayor parte de la gente le da por guardar objetos que les recuerdan momentos que les hacen sentir bien al verlos. Y si algún sentimiento incómodo se atraviesa, simplemente se lo sacuden. Ah… la felicidad de ser neurotípico.

Pero nosotros, «los locos, somos otro cosmos», diría mi maestro Oscar de la Borbolla, y los recuerdos son como el teletransportador que nos secuestra del presente y nos lleva al momento mismo donde nació ese recuerdo. «Beam me up, Scotty», y pronto estamos en el pasado, viviendo como si fuera por primera vez ese momento de mierda o de luz que nos llevó a un estado alterado de la consciencia. Porque no, nosotros no tenemos recuerdos, tenemos alientos de vida o de infierno.

Este retrato que ven, lo hizo Jaime Ávila, un gran, GRAN, gran fotógrafo a quien tengo el gusto de conocer hace un par de pares de años y que me ha hecho el favor de interesarse en este proyecto por lo que yo he hecho el esfuerzo de socializar y salir de mi cascarón a una cervecería en la Roma, donde convocó a quien quisiera participar en su serie «Deconstructed«.

¿Ya vieron qué chuladas de retratos? ¿Qué maravillosa capacidad tiene Jaime para capturar el momento más esencial de una persona? Bueno, pos porque la serendipia es como es, Jaime tomó esa foto mientras estaba ilusionada por un día que pintaba complicado, pero que valdría la pena el esfuerzo. ¿Se dan cuenta como mis ojos dudan? ¿Se fijan como en mi expresión hay un: «mejor ponte flojita, porque se avecina un madrazo»?

 

Minutos después de que Jaime tomara la foto, una persona a quien quiero profundamente, me lastimó muchísimo y en público. Horas después, otra persona a quien amo, olvidó que teníamos un compromiso importante porque estaba entrepiernado con una adolescente de trasero monumental; horas después, estaba sola en una sala de cine, en un ataque de ansiedad, viendo una película profundamente importante para mí y que de ahora en adelante será el recordatorio de uno de los días más dolorosos de mi vida.

Al día siguiente las cosas empeoraron, me quedé sin trabajo y entonces el suicidómetro se salió de control y me vi con el frasco de medicinas en la mano pensando: ¿Cuántas de estas serán necesarias para apagarme el CPU?

Estoy escribiendo esto, así que no me las tomé. En vez de eso le avisé a mi roomie que estaba suicida y que necesitaba que me monitoreara (a la distancia, porque no estaba en casa, pero en mi cabeza la idea de que lo supiera me ponía en mente que no estaba chido que me encontrara muerta en la casa y se sintiera por alguna razón responsable); le avisé a una amiga y le fui a un lugar de confianza a fingir que no pasaba nada. No funcionó así que me fui a refugiar a casa de mi amiga. Tampoco funcionó y en la noche me enteré de otra estocada…

Hoy veo la foto que Jaime tomó minutos antes de que sucediera la derrama de eventos desafortunados. Un neurotípico mentaría madres y diría: «puta madre Jaime, ahora estaré en una colección JUNTO A ELY GUERRA con mi cara de estúpida antes de que me diera cuenta de que todo valió madre». Por fortuna, yo estoy loca, soy neuroAtípica y estoy enferma de sobrevivir, de salir adelante. Así que veo en la foto lo que dijo mi querida Fátima: «…en tu foto hay una fuerza que precisamente se preparaba para lo que venía».

 

Vivir es mi deporte menos favorito, y yo odio los deportes. Sobrevivir es una consecuencia de la vida que tengo y me parece nefasta. Y a pesar de eso escribo, y he rescatado decenas ya incontables de animales y he podido ayudar incondicionalmente, dar clase (¿se imaginan? Soy capaz de enseñar algo a otras personas); de tejer, de cocinar, de servir una mesa, de atender y curar a quien amo. ¿Cómo sería si gozara vivir? ¿Cómo sería si sobrevivir fuera una idea lejana que sólo conociera por referencia?

 

Gracias Jaime. Tu foto revela quien soy. Este volcán activo que se cuida mucho de no hacer erupción para no lastimar a nadie, pero que siempre regala paisajes hermosos, dramáticos, pero hermosos.

 

 

Mucha gente cree que ser border o bipolar es lo mismo. Es más, mucha gente confunde cualquiera de esos dos diagnósticos con la maniaco-depresión o con la «simple» volubilidad..

 

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