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Una pastillita verde, explosiva, incomprendida, que tuvo malas películas… y que me ha salvado cada vez que quiero suicidarme. Stan Lee me regaló Hulk.

 

Tengo 10 minutos de descanso. Ahora vivo contando minutos. Soy la Social Media Lead de Cultura Colectiva Noticias, fuente inagotable de uno de las mejores herramientas para aprender a vivir con Síndrome de Ansiedad Mayor: no tienes tiempo de hacerle caso al demonio interno cuando cada 5 minutos el mundo tiene algo qué contar y tú eres responsable de uno de los engranes que hace que un par de millones de personas se enteren.

 

Reaccionando a una de esas historias, me enteré que murió Stan Lee. Inmediatamente dejé mis pendientes en hold, y me puse a hacer mi chamba. Para hacerlo subí y bajé unas 8 veces las escaleras de donde hace meses me caí y casi me mato, por accidente, no porque quisiera. Tres horas después me cayó el 20.

 

 

Fue lo más que pude hacer para mí, para darme mi chance de llorarlo. Y para ustedes, porque este sitio existe para que yo comparta cómo chingados le he hecho para sobrevivir…me. Porque el mal está en uno, como en cualquier super héroe. Por eso tenemos kriptonita (ya sé que no es Marvel, pero Superman también vive en mí… y Batman). Por eso tenemos a Wonder Woman que nos ha reinventado el feminismo. Por eso tenemos a Hulk… que me ha salvado tantas veces.

 

Tan pronto lo publiqué ustedes, que son la mar de generosidad, empezaron a comentar. Y me están compartiendo sus versiones de Hulk, y ese es el milagro del regalo de Stan Lee: nos sintetizó códigos complejísimos, para que todos encontremos en su personajes, alguien que nos de el poder de una imagen, que jamás será tan fuerte como el de las palabras.

 

No tengo chance de escribir más, pero no podía dejar de hacerlo. Desde mi Hulk, sepan que admiro, amo, y quiero al suyo, a su Spiderman, a su IronMan, a su Batman (si como yo viven divididos en el amor por DC y MArvel), a su Luke Skywalker, a su Darth Vader… a su Han Solo (personaje que siempre me recordará mi más reciente intento suicida). Les abrazo a todos. Desde mi Hulk, les abrazo a todos.

Soy remensa para soltar el cansancio, la tensión, el enojo afuera de mí. Hoy es uno de esos días en que estoy pagando las consecuencias de hacerme la valiente y exigirme de más.

No puedo dormir porque el estómago está completamente en guerra. Retortijones, ruidos, dolores. Todo el show.

El lunes hubo clase, estuvo más larga de lo esperado y me tomé tarde las medicinas. El martes, hecha un trapeador, salí a comprar ropa indispensable (calzones pues) y caminé un montón y estuve en la calle con gente.

El miércoles hubo clase: extra ruidosa, extra intensidad. Pero además antes de la clase, en plena manía, me topé con Amandititita y faneé durísimo.

El jueves era un trapo. Y aún así quise ir al Centro a conseguir equipo para las clases. Al Centro. Histórico. De la Ciudad de México. Seis gotas de Clonazepam permitieron el milagro.

El viernes fui al banco, al súper, al Hospital, a Cachito, a Casa Apolorama donde había mucha gente. Dejé Cachitos, Abracé al Apoloramo. Caminé a mi casa. A la mitad me quedé inmovilizada de entre cansancio y miedo. Llegué a casa hecha trapeador.

Tengo el estómago gritando: ¡Fue demasiado!

Le he hecho esto a mi cuerpo siempre. De niña dejaba de caminar, me privaba y no podía mover las piernas. A los 4 o 5 escuché por primera vez la palabra «somatización». Ahora en los ataques de ansiedad o pánico, lo primero que me pasa es que se me entumen los brazos.

Qué chingas le paro a mi cuerpo. Al pobre nomás le tocó la mala suerte de tenerme dentro a mí.

UPDATE:

Entiendo perfecto que este texto suena a queja, a «me tiro para que me levanten». Y ahora que lo entiendo corrijo: compartí cómo me siento físicamente porque sé que a muchos de nosotros nos pasa esto, nos agotamos físicamente por el esfuerzo emocional de mantenernos funcionales.

Quiero que puedan leerlo tanto quienes lo sentimos como quienes nos acompañan y no entienden que estamos como crudos, como golpeados por tan solo haber tenido un día de convivencia normal.

Efectivamente me duele todo. El estómago sigue dando lata. Pero pude dormir un cacho largo y ya estoy acomodada en el sillón, y me voy a poner a ver series de crimen que son mis favoritas y así me curaré «la cruda de convivencia social».

Esto no se trata de ánimo, o de echarle ganas, o de ponerte las pilas, o de quererte componer; se trata de darte tu tiempo, de entender que tu organismo necesita lo que te está pidiendo, en este caso, descansar, y que no tiene nada de malo hacerlo aunque no te hayas ido de borracho y estés en vivo, o hayas trabajado 20 horas, o hayas corrido un maratón.

Para quienes estamos enfermos del «regulador de emociones», cosa tan simples como salir al súper, tomar un café con un amigo, ir a consulta, subirte a un taxi, son tan cansadas como para otras hacer 4 horas de crossfit, con la diferencia de que ustedes suben fotos a Instagram y se felicitan por sus logros y nosotros escribimos y tratamos de buscar consuelo.

Son dos mecanismos con los mismos pasos y distintos procesos, porque todos somos distintos. Y todos tenemos chance de serlo

Tengo la enorme ventaja de conocer, convivir y confiar en muchas personas que padecen depresión. No importa qué etiqueta les cuelgue, padecemos depresión y nos contamos nuestras cosas y nos mandamos mensajes cuando queremos que el techo se nos caiga encima o cuando amanecimos más de buenas que canción bailable de Juan Gabriel.

Esos dos estados de la depresión son francamente inconscientes, no nos permiten tener control sobre lo que sentimos ni nos dejan saber qué queremos. Cuando estamos abajo, no hay manera de saber por qué o cómo salir del maldito tren de auto-destrucción. En mi caso me entra la paranoia con el fin del mundo, me hundo en mis defectos y ahora que este año cumpliré 36 y me doy cuenta que laboralmente tengo 22, me clavo en la textura de: Mierda, ¿qué has estado haciendo con tu vida?

Al día siguiente, o tal vez unas horas después, reacciono de manera opuesta y dijo: «Pos sobreviviendo babosa, como que qué has estado haciendo? ¿Qué no te das cuenta lo difícil que ha sido vivir? Ándale, vamos a trabajar y acaba ese Excell y programa tal y cual y corrige esto y escribe en el blog. ¡Ah¡ Pero vamos por una paleta de chocolate con chocolate que tenga relleno de chocolate y chispas de chocolate y dos cafés y… ¡Sí! hay que regar las plantas, y también apuntar en la agenda las cosas que tienes que hacer el fin de semana….

Y como diría Pink Floyd construyendo el soundtrack de mi vida: Hey… Is there anybody out there? Eh… no.

Yo no estoy en ninguno de esos dos momentos. Ayer tuve oportunidad de estar, dentro de mí, afuera de mí y conectarme con todo lo que sentía en todo momento. A lo mejor para los que estaban a mi alrededor no parecía eso, porque básicamente estuve llorando como Ana Martin en telenovela, y cuando no, estaba totalmente hundida en mis ideas sin poder escuchar a los demás. Pero, estaba ahí. En mí, tomando decisiones sobre mis emociones.

Desahogarse es un proceso que ahora que los recuerdos de mi infancia volvieron de golpe, se ha vuelto básico; sin embargo, es importante que sepa escoger cómo, cuándo y sobre todo con quién. Mis recuerdos pueden lastimar a los demás, y herirlos tanto como me hirieron a mí. Pero mis recuerdos también pueden ayudar a otros. No hay manera de saberlo… yo trato de escuchar, de leer los rostros de la gente cuando me ve llorando e intentar ver qué tanto quieren, pueden y deben saber.

Hoy me duele todo. Cada músculo en mis brazos me pesa como si hubiera hecho levantamiento olímpico, la espalda está hecha un desastre, los muslos, las pantorrillas todo me duele y no hay Rocainol que me lo quite ni Aspirina que haga efecto. Porque lo que me duele es, como decía Carl Sagan, la memoria celular.

La liberación de los recuerdos es un ejercicio maratónico. Y acá entre nos, eso de irme en bici a la oficina lo hago por que no soporto el camión, ni el tráfico.

«Alguien apagó la luz o por qué este camión se puso todo oscuro». Eso decía el tuit que inició el hashtag #Hoyenaventurasdeunautista (ciertamente debí llamarlo de otro modo).

Era un día entre semana y caminé al camión de Reforma que me llevaría a Periférico. Siempre espero, no importa cuánto tenga que hacerlo, a que aparezca uno que no esté a reventar y me subo en ese. Casi llegando al final de Gandhi me mareé, se me nubló la vista, el brazo izquierdo no me respondía, tampoco la pierna. Como pude me acerqué a la puerta y me bajé. Me senté en una jardinera. Aguantándome las ganas de llorar y con la quijada apretada de coraje, de miedo, de vergüenza me dije: te paras y te subes a otro camión. Te paras en este momento y te subes a otro camión porque si te regresas a la casa no sólo no vas a volver a subirte a un camión si no que no volverás a la oficina, y otra vez estarás encerrada en tu casa por años. Te paras y tomas otro camión ahora.

Eso hice. No quería. Pero lo hice. Me subí, tomé la combi de Periférico, crucé el puente provisional bajo la ballena que no fue asesina y llegué a Wunderman. Eran las 8:30 am. Mi jefe de entonces, el Buen Bob me dijo: ¿Te pasó algo? Me dio un ataque de pánico en el camión. Anda, baja a que te dé el aire.

No lo hice. Me encerré en el baño para discapacitados que es muy grande y me tiré en el piso a enfriarme. Estaba ardiendo. No lloré. Tenía la quijada apretada todavía. Entonces empezaron a llegar los conocidos que varias semanas después se convertirían en mi familia de los #4feos.

Platiqué con Adriana, la diseñadora de nuestro cluster lo mucho que me molestaba no poder hacer una cosa tan sencilla como subirme a un camión atiborrado como todo mundo y sobrevivir sin un ataque. «Todos tenemos algo con lo que no podemos, date chance».

Pasé todo ese día en calidad de zombie, volví a casa en taxi pero orgullosa de haber acabado con la jornada.

Mi madre me empujaba a subirme a los camiones aunque yo sentía pánico. Decía que a mi edad (12- 13 años) era absolutamente natural y normal que los chavos se fueran solos a la escuela. Y sé que es verdad… pero yo nunca pude sin sentir horror.

Nací entre muchos privilegios económicos y he sido suficientemente mañosa para mantenerlos. Así que difícilmente me veía en la necesidad de usar transporte público.

Cuando llegué a casa y cené descubrí que el molar izquierdo estaba roto. Ya no tenía raíces hacía tiempo, era un pedazo de hueso muerto pero no me lo podía quitar. Unas semanas después la dentista la sacó. Prueba irrefutable de que se ganan unas batallas y se pierden otras.

Yo no sé qué tengo con las multitudes y los lugares cerrados con mucha gente. Eso incluye mesas de fiestas donde hay más de 10 personas hablando al mismo tiempo. Centros comerciales en fechas de compras. Cumpleaños. Conciertos por supuesto…

Hasta hace 3 semanas, antes de esta recaída tenía ganas de ir a mi primer concierto sin ir dopada. Al único que he ido es al de U2, la primera vez que vinieron. Traía encima 6 Dolacs. He ido a conciertos chiquitos, tres a lo mucho, en espacios muy pequeños donde no hay mucha gente. Siempre acompañada de gigantes (hablo de hombres de tamaño imponente y con quienes me siento segura).

¿De dónde habrá salido este miedo?

Ultimamente sueño con la cocina de la casa donde nací. Soy un bebé, un toddler como dicen los gringos. Y veo todo para arriba y hay mucha gente y todos se gritan. Ayer por primera vez en mi vida hablé mientras dormía. Tuve una conversación completa con mi marido el Emperador sobre cómo por fin tenía la dirección (sabrá Dios de qué) y que había que ir al Banorte. No recuerdo el sueño, pero me sentía desesperada.

En el transcurso de mi vida y mi padecimiento he escuchado muchas teorías sobre el origen del trauma. Que si hay algunos tan dolorosos que los bloqueamos y jamás podemos recordarlos, que si hay otros que son constantes y entonces se fragmentan en tu memoria haciendo lo mismo con tus emociones, que si el trauma se supera una vez que lo recuerdas, que si al recordarlo corres el riesgo de volverte loca…

Mi teoría es que cada quien su receta. Hoy, estos días, quiero acordarme. Quiero intentarlo y ver qué pasa. Y volverme a subir al camión del trauma aunque me de miedo y me rompa la muela. Ya comprobé que puedo vivir sin una muela… igual tengo muchas.

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Esto fue lo único que me consoló en esta depre-gordura-antiejercicio época de mi día. Sí, dije de mi día. Las mujeres de 30 que no somos (ni seremos) mamás, solemos ser secuestradas por nuestras hormonas.

Esta película fue mi pesadilla de niña. Tuve tantas pesadillas que un día me dio fiebre a media noche. Un poco así, pero menos dramático y más constante es el tema de la gordura/ejercicio/cuerpoquenoesmío.

Mi papá siempre decía: este cuerpo no soy yo, me carga a mí, me pertenece, pero no soy yo.

Supongo que podría empezar por ahí, por recordarle a mi cuerpo que hormonas, químicos, dietas, peso, celulitis, años, ejercicio o no, YO vivo en él, y que es un mero medio de transporte de quien soy. Así que más le vale alinearse por la izquierda y dejarme en paz.

Empecé a escribir un comment para contestarle a Zorombas y Özer y se hizo tan largo que pensé era mejor escribir una segunda parte. También porque en el Facebook, donde se redirecciona este blog, gente que me quiere me ha dicho las mismas cosas. 


Yo les agradezco mucho los consejos. De verdad. Cuando he estado en mi peso, también he dado esos consejos. Sé cómo bajar de peso, sé que debo hacer ejercicio, sé que vale la pena. Pero me doy cuenta que no escribí lo que quería decir. Estoy harta de subir y bajar. Estoy harta de que mi cuerpo se vulnere tan fácilmente. Mi problema no es estar gorda (no lo disfruto, pos supuesto, pero no es mi problema), mi problema es la comida. Es lo que lleno dentro de mí con la comida. 

¿Tienen alguna adicción? ¿Fuman por fumar? ¿Toman por tomar? ¿Se meten al tuiter y no paran de tuitear y hasta se fastidian pero siguen ahí?  Eso es una adicción. 

Y así como puedo comer sin parar, puedo no comer por días. Puedo ponerme a dieta, hacerla religiosamente. Escribir de sus beneficios y decirle al doc (por que sí, he ido con el doc y con el entrenador profesional y así) lo feliz que soy, lo bien que me siento.

Creo que ahora me pegó claramente porque gracias a las medicinas, no me siento detenida por mí… por mi cabeza y mis ideas para hacer lo que quiero. Y ahora mi cuerpo está pesado y se cansa porque yo tengo más energía que antes. Las medicinas psiquiátricas (los docs dicen que no, pero los pacientes decimos que sí), pero sobre todo los antidepresivos, tienen este efecto de incrementar las ansias que en los depresivos de carrera, suelen ser por comer. 

Yo sé que estos 10 kilos no son del Prozac, ni del Epival. Son míos toditos, pero ayudan las pastillas. 

El otro día salía del consul de la psiquiatra y pensé: «gorda pero feliz». Asumo que de ahí salió el refrán. A lo mejor en los 80, cuando el Prozac se volvió la panacea, y la gente empezó a sentirse feliz pero gorda… No sé. Cosas de pacientes. 

Hoy hice ejercicio. Ayer hice ejercicio. Planeo ir con el amigo Julián a caminar como anoche por Reforma. No me gusta, lo odio, me siento estúpida haciéndolo. Pero mi cuerpo ya no tiene 23 años y ya no baja de peso sólo comiendo bien. 

Debo aclarar que no creo que valga la pena, en términos netamente hedonistas, esto de comer como pajarito pura cosa que sabe a cartón (y me disculpan, pero el Special K y las galletas de avena y los panes con fibra y la soya texturizada saben a cartón -no le digan a mi marido que dije eso por favor). 

Me caga saber cómo le va a la vaca antes de ser procesada y empacada bellamente, limpiamente en un plato de asqueroso unicel pero me caga más saber que sabe deliciosa. No soporto cómo se ven los camarones, y los últimos camarones que comí en mi vida, para colmo, estaban feos. Pero por sobre todas las masacres animales por mucho que adore el tocino, los tacos al pastor, las chuletas ahumadas y mi guiso de puerco a la guayaba, no  puedo volver a comer puerco sabiendo que son desangrados hasta morir. 

Para colmo, no puedo comer tanta azúcar como quisiera. Y quisiera comer toda la que hay en el mundo mezclada con cacao, con nueces, con las harinas más cernidas y aireadas en mantequilla suavizada. Preparar los pasteles de café con nueces y chocolate drops más esponjosos y servirlos con café con leche. Hacer brownie de chocolate y servirlo con helado de vainilla…

Quisiera volver a
tomar alcohol sólo para tomar cocteles. Piñas coladas, Daiquirís de fresa y Margaritas de mango. Plátanos flameados con Cognac y salsa de caramelo de Bailey’s. 

El tema es que no puedo. No puedo y además ya me harté de vivir presa de mis antojos, de ver algo en la televisión, un guiso cualquiera y tener que comer aunque no tenga hambre. Así que ahora, tristemente, justo como me acuerdo que es estar a dieta y finalmente estar en tu peso, estoy comiendo a mis horas, las raciones adecuadas, de las comidas adecuadas. Haciendo ejercicio tres veces al día, dos veces cardio, una vez anaeróbico. Y pensando que sí, moriré como mi papá: deseando toooda la vida ser flaco y poder comer lo que uno quiera sin mover un dedo.

En fin, muchas gracias por los ánimos. De verdad me apapacha mucho que quieran que pueda con esto, que vea lo sencillo que es. Ya volveré a estar ahí y hasta escribiré que no entiendo a la gente gorda. 

Mi mamá, como creo son muchas mamás en el mundo, tenía la maña de recordarme constantemente que yo no era lo que ella esperaba. De hecho, que hasta me alejaba bastante de serlo. Entre los muchos elementos de esta que soy yo, su mal concebido guisado, estaba mi gracia de no ser discreta. «Mijita, ¿qué no te das cuenta que a las mujeres entre más calladitas, mejor les va? ¿Por qué no eres más reservadita? ¿Por qué te haces tatuajes? ¿No te da miedo que un día nadie te quiera contratar porque tienes tatuajes? ¿Por qué te hiciste uno de tu papá y no uno de mí?»…

Puff.
Estos últimos días he notado un… discreto, muy polite, muy amable, es más muy atento cuestionamiento de mis seres cercanos: «Oye… mmm. No te preocupa… No sientes como… ¿No crees que sería bueno que la gente no supiera que tomas medicinas?» Y aclaro, por «medicinas» se refieren a medicinas psiquiátricas…. uuuuu Mufasa.
No. No me da pena. Al contrario. Me da un cierto sentimiento de tranquilidad. Si yo me decidí a tomar medicinas, a buscar ayuda de los que estudian nomás 15 añotes para poder darte una receta, es porque alguien más no fue discreto con su condición, porque alguien más tuvo la tranquilidad de decirme (ojo, no de confesarme, porque no es un pecado que se dice en un lugar oscuro con una reja de por medio): «soy bipolar, tengo epilepsia generalizada y padezco depresión crónica, y me tomo 3 chochos al día y es lo mejor que me puede pasar, por que gracias a los chochos soy yo, pero sin estarme metiendo el pie todo el tiempo».
Si esa persona no hubiera sido honesta conmigo, yo jamás me hubiera atrevido a buscar ayuda, a hacerme análisis, a sentarme con un psiquiatra, a poner en la mesa de la realidad mi historia familiar y dejarme de tonterías donde el sufrimiento pasado no es otra cosa más que una novela que jamás escribiré.
Un día, alguien más me verá y con algo de suerte (porque se necesita que esa persona esté dispuesta a verlo y que yo esté dispuesta a enseñarlo) coincidiremos y mi «ejemplo» le dará fuerza para ir a pedir ayuda.
No. No me da pena. Padecer depresión no es nada diferente a padecer… síndrome de colon irritado. La diferencia, es que yo con mis chochos sí dejo de armar pedos.