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Hola, soy Shantale Carrera, un alma melancólica. Irónicamente me tomo mi tiempo para cada cosa… pues es carrera, no carrerita, digo yo. Hoy es el día ideal para unirme al DepreBook, no sólo porque llueve y ando down, sino porque perdí a mi cuñado y por él «arrastré el lápiz». Gracias por leerme y sin afán de abusar, les pido un poco de luz colectiva para los apagados.

 

Si midiéramos la vida en bocanadas o los jalones que le damos a un cigarrillo, algunos querríamos llegar a la colilla, incluso quitar el filtro y seguir… pellizcando con las yemas de los dedos el papel o con dos moneditas con ganas de que nunca de los nuncas se apagara la brasa. No fue el caso de mi cuñado. Él dijo que no llegaría a viejo y se le concedió. Eso me lleva a confirmar que somos capaces de tomar todas las decisiones de nuestra vida, todas, aunque sea con la firme intención.

Cigarro que se quedó a tres cuartos...

¿Vida inconclusa? Foto: Creative Commons

Él se quedó como el cigarrillo de la fotografía, a tres cuartos del promedio. La mayoría de la gente dirá “le quedaba tanto por vivir” o “por qué se van los jóvenes, no es justo” y se entiende que lo sientan así a primera instancia, sería lo lógico, ¿cierto? Pero, la vida no obedece a la lógica; hay quienes deseamos tener un hijo con todo el corazón y no lo hemos logrado y hay también los que mientan madres cada vez que la prueba sale positiva. Somos un abanico de opciones y casi siempre insatisfechos, ¡ay los humanos!

El amor que se le tiene a un cuñado es peculiar, por un lado es una relación no tan cercana como para andar en camisón sin bata, pero lo suficientemente cercana como para compartir popote en una taquería (eso del popote perderá significado en 3, 2…), como sea es alguien que sin ser tu hermano ni tu pareja, es un poco de ambos porque cumple con funciones de hermano como molestar, ayudar y defender, al mismo tiempo posee muchas de las características físicas y culturales de tu novio, como en mi caso.

Incluso pude contemplar su belleza por dentro y por fuera sin sentirme atraída, reírme y molestarme de sus comentarios… como haría con mi propio hermano. Lo dicho, es un parentesco importante que poco se explota cuando se tiene. No me pondré en plan de “hubiera confiado más en él” o “hubiera ido más veces a cenar tacos con él aunque me cayeran pesados”, porque tampoco se trata de entrar en la espiral del flagelo (aunque para eso es este espacio). Lo disfruté, poco pero lo disfruté y, digo poco porque ¿realmente cuándo tenemos suficiente las personas?

No tenemos llenadera y la muerte nos lo recuerda –por no decir nos lo restriega en la cara–, pienso que cada día que le saqué alguna carcajada o él a mí (como era lo común) fue un regalo. Celebré cada vez que vi detalles hermosos en él semejantes a su hermano, y también me alegré al encontrar defectos que no comparten (la neta). En resumen, su vida era especial y única para mí y para mucha gente. Lo cierto es que no me siento en posición de sufrirlo porque precisamente la relación entre cuñados parece lejana, pero perdí a un ser querido y sí muy cercano, hoy lo sé. Conforme pasan las horas y arrecia el resfriado y dolor de cuerpo lo confirmo y duele un poco más.

Encima de todo y para acabarla de chingar, como buen ser melancólico que soy, la música me lleva a él con canciones que ya me gustaban de por sí, que canto con frecuencia de hecho y, que desde su partida han cobrado un nuevo significado, uno muy triste hoy, pero que posiblemente sea feliz después, cuando las aguas se aplaquen y el egoísmo nos permita decir: él está bien. Vivió intensamente y quizá ya esté en un lugar más feliz en el que no se tiene que preocupar de convenciones sociales y tantas pendejadas, por qué no decirlo. Yo deseo que así sea y que se acabe su cigarrito en otro escenario, el que él elija.

Hasta siempre cuñado, gracias por tu risa, por tus bromas, por tu ayuda en mi mudanza, gracias por regalarme un soundtrack para las tardes lluviosas como esta.

Joder. Hay cosas fáciles de entender pero increíblemente complejas de explicar. Como por ejemplo el sabor del helado de menta con chocolate.

La depresión es una palabra que usamos como adjetivo, como sustantivo, como calificativo y todos tenemos imágenes en la cabeza de cómo se ve, y todos sabemos o creemos que sabemos cómo se siente.

Yo conozco algunas palabras para llamarle a la depresión:

LAS MIAS
– Misses Joy. Así la bauticé hace varios años. Le digo así porque vive conmigo, para darle nombre, porque se roba mi joyfullness.
– El monstruo. Acuñada recientemente por la psiquiatra que me atendió en el servicio de emergencias del Nacional de Psiquiatría. «Es un monstruo que has tenido bajo correa tres años, y como buen monstruo, a veces se fastidia».

LAS DE LOS QUE NO TIENEN DEPRESION
– Tristeza (Wrong!)
– Hueva (Wrong!)
– Ganas de llamar la atención (Wrong!)

LAS DE LOS QUE TIENEN DEPRESIÓN
– Miedo.

LAS DE LOS DOCTORES
– Depresión clínica
– Depresión crónica
– Distimia

LAS DE LOS QUE NO TIENEN DEPRESIÓN, PERO LA CONOCEN A TRAVÉS DE TERCEROS Y QUIEREN SER EMPÁTICOS.
– Saudade
– Melancolía
– Sin ganas de vivir

Hay gente que necesita conocer las palabras y entender sus conceptos médicos para creer que existen y entonces creer que entienden la idea. Gripa por ejemplo. Hay gripa, resfriado, bronquitis, laringitis, influenza, infuenza H1N1, y aunque todos lo googlean y lo buscan en los diccionarios médicos algunos creen que es una infección, otros que es un asunto del clima, otros que es porque estás triste. Total que vale madre la información, porque la verdad es que las enfermedades son únicas y específicas en cada paciente. Claro que tienen cosas en común con otros pacientes, por eso los médicos pueden ayudarnos y a veces hasta curarnos, pero eso no quiere decir que estar triste sea estar deprimido.

Así que comencemos por ahí. Cuando digo que tengo depresión no me imaginen echada en mi cama, comiendo de un bote de helado con galletas de chocolate, con la mirada perdida y llorando incontrolablemente. Eso lo hago cuando la película lo amerita.

Después de años de padecer depresión, de vivir rodeada de gente deprimida, de enterrar a un par que vivieron y me educaron así… creo que la depresión es la incapacidad de no cuestionar a la vida y simplemente vivirla.

¿Me siguen?

Yo me sirvo un café, y no saben… no alcanzan a imaginar el placer que siento cuando saco los granos molidos y todo el olor se mete por mi nariz. Inhalo y siento claramente cómo todo mi planeta se detiene y mi columna vertebral se acomoda y todo es perfecto. Eso me pasa también cuando canto sin que me jodan. Cuando mi marido me saca a pasear en coche. Cuando me abraza de cucharita.

En esos momentos, en esos escasos y contados momentos mi cuerpo, mi mente y las miles de voces que hablan dentro de mi cabeza (eso lo explicaré en la parte 2) están todas en el mismo lugar y no nos preocupa nada. El resto del tiempo…

Una vez que sirvo el café me angustia que se caiga una gota, ensuciar la mesa de doña Geno en la oficina, perder demasiado tiempo en lavar la prensa, que no haya ofrecido café a alguien más que a Beto pero también por qué carajos voy a ofrecerlo ¿Ya te diste cuenta de la hora? No es normal, no es normal. No te acuerdes. El status de la cuenta. El perro… ahhhhh el olor…

Y yo sé que ustedes me van a decir que a todos nos pasa, que a ustedes les pasa, que muchas veces no consiguen detener las ideas en su cabeza, que tome clases de meditación y que respire.

Lo hago. Lo hago. Lo hago.

Gracias a eso aprendí a los 33 a subirme a un camión y no llorar. (Me rompí una muela en el ataque de ansiedad mientras apretaba la quijada, pero no lloré). Gracias a eso el 7 de marzo cumpliré un año completito de ir a una oficina, donde hay gente extraña, y contesto el teléfono y nadie se entera que soy como soy.

Pero mientras a ustedes el discurso interno les sigue y luego se duermen o van con los cuates y se ríen y se relajan yo sigo igual todo el maldito tiempo. Mientras sueño, cuando me baño, cuando le doy un sorbo al café y a veces esas voces, esas ideas se vuelven emociones tan intensas que acabo llorando de la nada, inmovilizada donde esté parada, temblando. A veces empiezo a hablar como si de eso dependiera que respirara.

Y para evitar que esas cosas pasen (que son los síntomas particulares de MI depresión que médicamente se llama Distimia), me dan medicinas. Y como todas las medicinas, a veces dejan de servir y hay que ajustarlas.

Y ahorita estoy en eso…

Y me senté a escribir esto porque en el camino de la distimia he aprendido una cosa: Si el sexo es tabú, la depresión más. Todos le tienen más miedo. Y ya estuvo bueno.